Monseñor Robert Mutaerts
Obispo auxiliar de Bolduque (Holanda)
A lo largo de más de dos mil años, la Iglesia Católica ha conocido prácticamente todo cuanto pueda sucederle a una institución: malos pontífices, prelados corruptos, herejías, cismas, revoluciones, persecuciones, monasterios decadentes, curas depravados y teólogos tan resueltos a ser originales que al final ni ellos mismos se entienden.
Y a pesar de todo, la Iglesia sigue adelante. No porque los católicos hayan sido siempre prudentes; ésa sería una hipótesis histórica bastante atrevida. La Iglesia ha sobrevivido a causa de un fenómeno peculiar que no deja de repetirse: una vez pasadas la humareda, las disputas y las piruetas intelectuales, la ortodoxia católica ha demostrado tener una capacidad extraordinaria de supervivencia. Arrio pasó a la historia; pero Nicea permaneció. Los cátaros desaparecieron; y el Credo siguió en pie. El jansenismo, el modernismo y muchas otras modas semejantes surgieron presentándose como el futuro, y terminaron reducidos a meras notas marginales. Sin embargo, el catolicismo posee una piedra de toque bastante clara: su continuidad. De ahí la importancia de la Tradición, del depósito heredado de la Fe.
Eso no quiere decir que nada vaya a cambiar nunca. La liturgia se ha desarrollado, el derecho canónico ha cambiado, las disciplinas eclesiásticas han conocido alteraciones y las fórmulas teológicas han tenido nuevas definiciones. Al cabo de quinientos años, una encina no se parece a la bellota de la que salió. Ahora bien, si de pronto de la bellota sale un tulipán, ya no cabe hablar de desarrollo. Y ahí es donde radica el problema de la crisis que actualmente atraviesa la Iglesia. Porque no se ha producido un asalto por sorpresa al Vaticano. En un principio, la doctrina permanece intacta. El esquema por el que funciona hoy en día la Iglesia viene a ser el siguiente: «Claro que la doctrina no cambia, pero hace falta cambiar el enfoque pastoral». Así se tranquiliza la gente… hasta que con el paso de los años la práctica pastoral termina por transmitir exactamente lo contrario de la doctrina que en teoría se mantiene intacta.
Fijémonos en el caso de Alemania. El camino sinodal no se limitó a hablar de reformas administrativas o de mejoras en la supervisión de la autoridad episcopal. En el orden del día figuraban temas como sexualidad, homosexualidad, el papel de la mujer en cargos eclesiásticos, o la estructura jerárquica. En 2023 el camino sinodal llegó a adoptar una resolución que pedía la celebración de ceremonias particulares para, entre otras cosas, parejas homosexuales y divorciados vueltos a casar, y la formulación de ritos especiales para esos casos.
La propia Roma identificó el problema. En 2022, la Santa Sede declaró categóricamente que el camino sinodal alemán carecía de autoridad para imponer nuevas formas de gobernar la Iglesia ni instrucciones novedosas en materia de doctrina y moral, ya que desgarraría el tejido de la Iglesia y pondría en peligro la unidad. Ni más ni menos. Cuando Roma se ve obligada a amonestar públicamente a un proceso dirigido por obispos para que no introduzca una nueva moral, está claro que no se trata de una irregularidad litúrgica de poca monta.
Y a pesar de ello el proceso siguió. En abril de 2025, representantes de la Conferencia Episcopal Alemana y del Comité Central de los Católicos Alemanes publicaron un manual que fomentaba descaradamente la bendición de divorciados vueltos a casar, parejas de cualquier orientación y parejas no casadas por la Iglesia. Una vez más, no dicen que la doctrina sea errada, sino que acompañan a las personas. No es que cambie la moral; es cercanía pastoral. Y al que discrepe le cuelgan automáticamente el sambenito de fariseo. El innovador tiene amor; el católico ortodoxo por lo visto sólo tiene el libro de la ley. Es una retórica muy cómoda.
El mismo problema salió a la luz con Fiducia supplicans. Este documento de 2023 sostiene de manera formal y explícita la doctrina católica sobre el matrimonio. Llega incluso a afirmar que las uniones homosexuales no deben confundirse con el matrimonio, y que las bendiciones en cuestión no deben celebrarse de forma que parezca una boda. Pero luego permite las bendiciones espontáneas de parejas del mismo sexo. Hay que ser ingenuo a más no poder para creer que un acto simbólico no transmite ningún mensaje.
Al día siguiente de la publicación del documento, el jesuita estadounidense James Martin bendijo una pareja homosexual en Nueva York en presencia de periodistas. Se podría decir que, formalmente, no se casó a nadie. Pero en la práctica, medio mundo vio a dos hombres que vivían emparejados recibir juntos la bendición de un sacerdote católico.
Y vuelven con la curiosa distinción de siempre: «Lo que ha visto no es lo queremos decir». Se trata de una estrategia pastoral compleja a largo plazo. El lenguaje sacramental de la Iglesia se compone precisamente de signos visibles. Si durante años se nos ha enseñado que los gestos representan realidades, no podemos ponernos a insistir de la noche a la mañana en que hay que entenderlos a la luz de una nota a pie de página de un documento de la Santa Sede.
Está además el caso de Johan Bonny, obispo de Amberes. En marzo de este año declaró estar empeñando esfuerzos para que en 2028 se puedan ordenar en su diócesis hombres casados. Y después de un periodo brevísimo de formación. Cuando el verdadero sacerdocio requiere muchos más años de formación. Incluso lo dijo de tal manera que dio a entender que no es tanto cuestión de si se hará sino de cuándo se hará. Ya se están preparando aspirantes, aunque para que se ordenen hará falta la aprobación de Roma. Y eso es precisamente lo que indica el nuevo estilo de llevar la Iglesia. Primero, se infunden esperanzas. Después se organiza la práctica. Y por último se pide a Roma que regularice algo que durante ese tiempo ha ido surgiendo. La cuestión no es qué es lo que permite la Iglesia, sino qué se puede hacer para que más tarde a la Iglesia le resulte difícil revertir la situación. Eso no es sinodalidad. Es una teología de hechos consumados.
Esto nos recuerda al papa Francisco. Su pontificado promovió una cultura en que la ambigüedad se interpretaba siempre en un sentido marcadamente progresista. Más o menos, la fórmula siempre era: la doctrina sigue intacta, pero este caso en concreto es complejo; todavía hay unas normas, pero hace falta discernimiento. La doctrina es clara, pero su aplicación pastoral variará según los casos. En sí, no hay nada que no sea católico. Santo Tomás de Aquino sabía también que según las circunstancias concretas hay que hacer uso de prudencia. Pero cuando prácticamente todas las excepciones apuntan en la misma dirección, toca preguntarse si seguimos hablando de casos excepcionales.
Hay motivos para preocuparse. ¿Por qué? Leamos la historia de la Iglesia. Cuando un trastorno ha sacudido a la Iglesia, casi nunca empezó porque alguien anunciara: «A partir del próximo lunes vamos a hacer borrón y cuenta nueva con dos mil años de tradición católica». No es así como lo hacen. Comienzan diciendo que no se ha entendido bien la doctrina. Luego dicen que la terminología es perjudicial. Después, que nadie quiere cambiar la doctrina, pero hay que dar lugar a la pastoral. Por aquí y por allá, empiezan a hacerse experimentos. Los experimentos se vuelven la práctica. La práctica suscita expectativas. Las expectativas se convierten en una experiencia de vida. Y al final, a quienes defienden la doctrina original se les pregunta por qué se aferran tanto a conceptos ya superados. Así funciona la revolución silenciosa.
No se trata de negar el dogma, sino de conseguir que se evapore. No te dicen «esto ya no es verdad», sino «hoy en día hay que matizar más en este asunto». No dicen: «El sexto mandamiento ya no rige», sino «no se puede agobiar a la gente con tantas normas». En vez de «el sacerdocio está cambiando», dicen: «La situación de la parroquia exige otra cosa ahora». De esa forma, una doctrina puede seguir durante años en el Catecismo aunque cada vez sea menos eficaz pastoralmente.
A veces la Iglesia tiene que estudiar nuevas maneras de proclamar una misma verdad de un modo inteligible. Pero, precisamente por eso, la pregunta decisiva no es si está cambiando algo, sino si en la novedad que se introduce se puede apreciar un nuevo desarrollo orgánico de lo precedente, o si se ha producido una ruptura con lo anterior. Por eso, la continuidad no es pasatiempo de nostálgicos. Es un criterio católico. El verdadero católico no se limita a preguntar si la novedad es amable, o inclusiva, o tiene eficacia pastoral. La pregunta decisiva siempre es: «¿Es esta la misma Fe que se nos transmitió? ¿La de San Pablo, San Agustín, Santo Tomás, Trento, Newman, Juan Pablo II y Benedicto XVI?»
Quizás lo más paradójico de la presente situación sea que durante sesenta años nos han intentado convencer de que las reformas progresistas son necesarias para que la Iglesia resulte más atractiva para el hombre de hoy. Y sin embargo, en los países más secularizados los templos se vacían. ¿No será que al hombre de hoy le impresiona menos una Iglesia que le dice lo que ya leyó en el periódico de ayer? ¿Quién va a querer madrugar un domingo para que en una iglesia le vengan con sermones que digan lo mismo que oyó la noche anterior por la tele? Al cabo de un tiempo, quien no vea a nadie con él en la iglesia puede llegar a la conclusión de ya se ha llegado al ideal profético. Pero cabe otra posibilidad: que se haya equivocado de camino.
Sólo hay una cosa verdaderamente revolucionaria que ofrece la Iglesia: el Evangelio. Y el Evangelio no se puede adaptar a los gustos del público como un producto que se vende en el mercado. El cristianismo no nació porque a doce apóstoles se les ocurrió ajustarse más al espíritu romano de su tiempo. Proclamaban algo que a algunos de sus contemporáneos les gustaba, a otros les parecía una locura y a otros los escandalizaba. Y por esa razón, no los invitaban a participar en un diálogo sinodal. Al revés, los mataban.






























