Por gentileza de los organizadores, reproducimos a continuación la intervención titulada Nuestra Señora de Guadalupe y el Reino de Cristo Rey, pronunciada por el cardenal Raymond Leo Burke durante la inauguración del encuentro sobre el misterio de María en el dogma y el Magisterio en el Instituto Patrístico Agustiniano de Roma los días 7 y 8 de octubre.
Introducción
Es para mí motivo de inmensa alegría pronunciar el discurso inaugural de este importante convenio internacional, titulado La Virgen María en el dogma y en el culto: aportes teológicos e históricos. Uno a la vuestra mi tremenda gratitud a quienes han organizado este simposio y a quienes lo han hecho posible. Para empezar, propongo una reflexión sobre el tema Nuestra Señora de Guadalupe y el Reino de Cristo Rey: misión de la Corredentora y los corredentores.
Precisamente al comienzo de su primera aparición a San Juan Diego, la Guadalupana se identificó con estas palabras: «Sábelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño, que yo soy en verdad la perfecta siempre Virgen Santa María, que tengo el honor de ser Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra»1. Sus apariciones a San Juan Diego entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 pueden describirse como la manifestación de su divino Hijo Jesucristo como Rey del Cielo y de la Tierra. Como Aquel que restablece el verdadero orden y la verdadera paz, con el que y por el que Dios ha creado el mundo, y sobre todo al hombre, varón y mujer.
En su imagen, milagrosamente formada y conservada, la Virgen de Guadalupe es la «mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas»2 que vio el apóstol y evangelista San Juan en su visión de la victoria definitiva de Nuestro Señor sobre el pecado y la muerte. Nuestra Señora de Guadalupe está encinta de su Hijo varón3, que es verdaderamente Rey del Cielo y de la Tierra. El que vence a Satanás y sus huestes, para que a pesar de su feroz y maligna rebelión no prevalezca jamás sobre la Iglesia, sobre las almas de quienes viven en Cristo4. La vocación y misión de todo cristiano consisten por tanto, según dijo San Pablo en la epístola a los Efesios, en «reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra»5. Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, es el único Redentor. Pero Dios Padre, al enviar a su Hijo unigénito en carne humana para redimir el mundo, dispuso que el hombre colaborase en la obra redentora, comenzando por la bienaventurada Virgen María.
La Santísima Virgen María, Madre de Dios, participó de una manera muy singular en la misión salvadora de Cristo. Y puede, con exactitud, llamársenos corredentores. Según el apóstol y evangelista San Juan, hemos sido llamados a ser en Cristo «cooperadores de la verdad»6. Nuestro Señor mismo arroja luz sobre la intimidad de nuestra relación con Él, declarando: «Quien quiera seguirme, que tome cada día su cruz y me siga»7. Me gustaría presentar ante los asistentes a este convenio internacional sobre la Santísima Virgen María en el dogma y en el culto la participación singular en la misión de Cristo Rey, la misión de la Encarnación redentora, que corresponde a la Virgen Madre de Dios como Corredentora, y nuestra participación en la misma misión como corredentores. La aparición de la Virgen Madre de Dios sobre el cerro Tepeyac, en lo que hoy es Ciudad de México, nos ayudan de forma especial a entender su misión y la que nos corresponde a nosotros. De hecho, los hijos de la Reina de México, los guadalupanos, siempre han entendido su misión en el mundo como servicio a Cristo Rey bajo el cuidado maternal de su Madre, que Él nos dio para que fuera nuestra Madre mientras moría en la Cruz por nuestra eterna salvación8. El beato Miguel Pro escribió dos jaculatorias en la pared de la celda donde estuvo preso a la espera de su ejecución el 23 de noviembre de 1927 durante la sangrienta persecución contra la Iglesia mexicana: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!»9 También José Sánchez del Río, mientras un pelotón de ejecución lo torturaba y asesinaba cruelmente el 10 de febrero de 1928, no cesaba de repetir: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!»10 Del mismo modo que en las Bodas de Caná la Virgen Madre de Dios dirigió a los sirvientes a su divino Hijo para remediar la gran escasez, diciéndoles: «Haced lo que Él os diga11», también acompañó a los héroes mejicanos de la Fe mientras ofrecían la vida en cumplimiento de la voluntad de Dios.
Así también, Ella atrae nuestro corazón a su Corazón Inmaculado llevándonos a donarlo por entero al Sagrado Corazón de Jesús hasta derramar nuestra sangre con Él para la gloria de Dios y la salvación de las almas.
La doctrina de la corredención
La cooperación de la Virgen María a la obra redentora de Cristo presenta dos aspectos que a lo largo del tiempo se han ocupado de ilustrar los teólogos distinguiendo entre redención objetiva y redención subjetiva. Monseñor Arthur B. Calkins, autor de numerosos y profundos escritos sobre el título de Corredentora, explica dicha distinción:
«Tradicionalmente, los teólogos han distinguido entre la colaboración singular de María a la Redención, que tuvo lugar in actu primo, y la aplicación de las gracias de la Redención a las personas particulares, que se produce in actu secundo. La Redención in actu primo o redención objetiva, es decir la fase ascendente de la Redención, puede definirse como la adquisición de la salvación universal mediante el sacrificio dispuesto por Dios para reconciliar al mundo consigo. La Redención in actu secundo, llamada también redención subjetiva o fase descendente de la Redención o incluso mediación de la gracia, se puede definir como la aplicación de los frutos de la Redención a las personas particulares por medio de la mediación deseada por Dios. Se ha sostenido ininterrumpidamente que la Virgen participa de ambas fases de la obra redentora, mientras que todos los demás cristianos pueden participar en la aplicación de las gracias de la Redención a personas y situaciones concretas. Por tanto, todos podemos ser corredentores in actu secundo12.
De hecho, la santidad de vida es participación en la obra salvífica de Cristo, que es nuestra sola salvación.
En la carta a los Colosenses, San Pablo afirma la verdad de nuestra participación en obra Redentora de Cristo. Hablando de los propios sufrimientos, comprende que hay que unirlos a la Pasión y la Muerte de Cristo:
«Ahora me gozo en los padecimientos a causa de vosotros, y lo que en mi carne falta de las tribulaciones de Cristo, lo cumplo en favor del Cuerpo Suyo, que es la Iglesia. De ella fui yo constituido siervo, según la misión que Dios me encomendó en beneficio vuestro, de anunciar en su plenitud el divino Mensaje, el misterio, el que estaba escondido desde los siglos y generaciones, y que ahora ha sido revelado a sus santos»13.
No es que les falte nada a los padecimientos de Cristo por nuestra salvación eterna. Pero su vida en nosotros, la vida de la gracia, tiene que alcanzar su madurez en nosotros, y en particular mediante la asociación de nuestros sufrimientos a su Pasión y Muerte. En las últimas décadas se ha venido llevando a cabo en la Iglesia un debate sobre la colaboración activa de la Virgen en la obra de la Redención. La cuestión es: ¿en qué sentido la bienaventurada Virgen María es la Nueva Eva, compañera de Jesús el Nuevo Adán (cf. Rm 5, 12-21; 1Cor 15, 22. 45)? Desde hace más de quinientos años se viene usando el término Corredentora para expresar la idea de que María, aunque no sea equiparable a Jesús sino una criatura en todo dependiente de Él, secundaria y subordinada a Él, está de todos modos unida a Él y se unió al ofrecerlo al Padre por nuestra salvación en el Calvario. Lo propio de dicho título fue objeto de un apasionado debate mientras se redactaba el capítulo 8 de Lumen gentium, que contiene las enseñanzas fundamentales del Concilio Vaticano II sobre la Virgen. Finalmente, el Concilio enseñó claramente la colaboración activa de María en la obra de la Redención en los números 56-58 y 60-62 de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, pero no llegó a emplear la palabra Corredentora por temor a que no la entendieran bien los no católicos.
La mediación de la gracia por parte de la Virgen se deriva de su misión corredentora. La palabra mediadora sólo aparece una vez, en el n.º 62 de Lumen gentium, con la oportuna matización de que «ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador »14. Es mediadora junto con su divino Hijo, el Mediador, como ya lo habían enseñado con suma claridad los pontífices de los siglos XIX y XX, así como los papas postconciliares.
En parte, la dificultad estriba en el sentido que pueda tener la palabra corredentora en algunas lenguas modernas. Por ejemplo, en inglés el término Corredemptrix puede indicar alguien que trabaja en pie de igualdad con otro, aunque puede igualmente significar que esa persona colabora en una obra que es esencialmente de otro. Monseñor Arthur Burton Calkins afronta la posible confusión sobre el significado de Corredentora, explicando claramente que «la voz original Corredemptrix en latín es, sin embargo, que siempre la colaboración o cooperación de María en la Redención es secundaria, subordinada, depende de la de Cristo. Y a pesar de todo, es algo que Dios «ha querido de buen grado aceptar […] como parte no necesaria pero con todo maravillosamente apreciada del único y elevado precio que su Hijo pagó por la Redención del mundo»15. En su audiencia general del 25 de octubre de 1995, Juan Pablo II describió cómo había expresado de modo cada vez más claro la Iglesia a lo largo de la historia la verdad de la participación de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en la obra de la salvación:
«1. El Concilio, al afirmar que a la Virgen María «se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor» (Lumen gentium, 53), señala el vínculo que existe entre la maternidad de María y la redención.
»Después de haber tomado conciencia del papel materno de María, venerada en la doctrina y en el culto de los primeros siglos como Madre virginal de Jesucristo y, por consiguiente, Madre de Dios, en la edad Media la piedad y la reflexión teológica de la Iglesia profundizan su colaboración en la obra del Salvador.
»Este retraso se explica por el hecho de que el esfuerzo de los Padres de la Iglesia y de los primeros concilios ecuménicos, al centrarse en el misterio de la identidad de Cristo, dejó necesariamente en la sombra otros aspectos del dogma. Sólo progresivamente la verdad revelada se podrá explicitar en toda su riqueza. En el decurso de los siglos la mariología se orientará siempre en función de la cristología. La misma maternidad divina de María es proclamada en el concilio de Éfeso, sobre todo para afirmar la unidad personal de Cristo. De forma análoga sucede con la profundización de la presencia de María en la historia de la salvación.
»2. Ya al final del siglo II, san Ireneo, discípulo de san Policarpo, pone de relieve la aportación de María a la obra de la salvación. Comprendió el valor del consentimiento de María en el momento de la Anunciación, reconociendo en la obediencia y en la fe de la Virgen de Nazaret en el mensaje del ángel la antítesis perfecta a la desobediencia e incredulidad de Eva, con efectos benéficos sobre el destino de la humanidad. En efecto, como Eva causó la muerte, así María, con su sí, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todos los hombres (cf. Adv. haer. 3.22 4: SC 211, 441). Pero se trata de una afirmación que no desarrollaron de modo orgánico y habitual los otros Padres de la Iglesia.
»Esa doctrina, en cambio, es sistemáticamente elaborada por primera vez, al final del siglo X, en la Vida de María, escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí María está unida a Cristo en toda la obra redentora, participando, de acuerdo con el plan divino, en la cruz y sufriendo por nuestra salvación. Permaneció unida a su Hijo «en toda acción, actitud y voluntad» (Vida de María, Bol. 196 f. 122 v.). La asociación de María a la obra salvífica de Jesús se realiza mediante su amor de Madre, un amor animado por la gracia, que le confiere una fuerza superior: la más libre de pasión se muestra la más compasiva (cf. ib. Bol. 196, f. 123 v.).
»3. En Occidente, san Bernardo, muerto el año 1153, dirigiéndose a María, comenta así la presentación de Jesús en el templo: «Ofrece tu Hijo, Virgen santísima, y presenta al Señor el fruto de tu seno. Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios» (Sermo 3 in Purif., 2: PL 183, 370).
»Un discípulo y amigo de san Bernardo, Arnaldo de Chartres, destaca en particular la ofrenda de María en el sacrificio del Calvario. Distingue en la cruz «dos altares: uno en el corazón de María; otro en el cuerpo de Cristo. Cristo inmolaba su carne; María, su alma. María se inmola espiritualmente en profunda comunión con Cristo y suplica por la salvación del mundo: «Lo que la Madre pide, el Hijo lo aprueba y el Padre lo otorga» (De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1.694).
Desde esa época otros autores exponen la doctrina de la cooperación especial de María en el sacrificio redentor»16.
Como ilustra S. Juan Pablo II, llamarla Corredentora no agrega nada a las enseñanzas de la Iglesia, sino que más bien desarrolla de un modo coherente la expresión de lo que siempre ha enseñado el Magisterio.
En los últimos años ha surgido un movimiento muy activo a favor de que se reconozca el papel de María como Corredentora, Mediadora y Abogada mediante una solemne definición pontificia. Con motivo de los congresos mariológicos y marianos que se celebraron en Częstochowa (Polonia) en agosto de 1996, se instituyó por un breve tiempo una comisión encargada de asesorar a la Santa Sede sobre el particular. Entre otras cosas, expuso que hacían falta más estudios al respecto17. Dichos estudios continuaron por parte de numerosos y competentes teólogos.
La misión corredentora y mediadora de todas las gracias por parte de María proviene de su naturaleza como Madre espiritual nuestra a la que nos consagramos para pertenecer cada vez más plenamente a Jesús. Dos de los más grandes maestros modernos de la consagración mariana, San Luis María Griñón de Monfort (1673-1716) y San Maximiliano María Kolbe (1894-1941), fundamentan explícitamente su doctrina en la mediación de las gracias de la Redención que ejerce María a nuestro favor. Vivir en unión con Ella es esencial para crecer en el conocimiento y el amor de Jesús. Así rezaba San Luis María Griñón de Monfort: Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio te in mea omnia. Præbe mihi cor tuum, Maria. Soy todo tuyo, y todo cuanto tengo es tuyo. Te acojo como mi todo. Dame tu corazón, María18. Esta oración inspiró el lema de la divisa del escudo pontificio de Juan Pablo II.
María Corredentora en las Sagradas Escrituras
La verdad de la participación singular de la bienaventurada Virgen María en la obra de la Redención fue predicha en la primera promesa de salvación que hizo el Señor cuando pecaron nuestros Primeros Padres. Dirigiéndose a la Serpiente que había conseguido seducir a Eva, Nuestro Señor declaró: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar»19. El Protoevangelio, primer Evangelio como tan apropiadamente se lo ha llamado, pone de relieve que en la obra de la salvación intervendrá una Mujer cuya descendencia a.plastará la cabeza de la Serpiente, de Satanás y sus secuaces. O sea, que una Mujer cooperará de una forma singular, única, en la obra de la salvación.
Nuestro Señor renovó la promesa de salvación que había hecho el profeta Isaías al rey Acaz: «Por tanto el Señor mismo os dará una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel»20. Comentando los textos del Protoevangelio y de Isaías, el Concilio Vaticano II declaró:
«Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos. En efecto, los libros del Antiguo Testamento narran la historia de la salvación, en la que paso a paso se prepara la venida de Cristo al mundo Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en pecado (cf. Gen 3, 15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is. 7,14; cf. Mi. 5, 2-3; Mt. 1, 22-23). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de El la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad. »21.
Quien libra al hombre del pecado es Dios, Hijo encarnado de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. La Virgen María coopera de un modo muy singular, exclusivo, en la obra de la Redención por designio divino. La plena expresión de la identidad de María se encuentra en la Encarnación redentora. El padre Ignace de la Potterie ilustra la mediación de la Virgen Madre de Dios analizando el prólogo del Evangelio según San Juan y la historia de la Anunciación en el de San Lucas22.
Según el designio eterno de Dios, el Corazón de María fue concebido sin mancha del pecado original a fin de que su seno pudiese ser un sagrario digno en que pudiera morar el Hijo de Dios, y del cual nacería la familia de María y de José, su verdadero esposo y padre virginal de Jesús. El Corazón Inmaculado de María siempre está dispuesto a encaminar a los hombres con amor maternal al Corazón de su divino Hijo con la misma instrucción que dio a los sirvientes en las Bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga»23.
En su carta a los Gálatas, San Pablo expresa la verdad de la cooperación exclusiva de María el misterio de la Encarnación redentora con relación a nuestra vocación a ser «cooperadores [con Cristo] de la verdad»24:
«Mas cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de, mujer, puesto bajo la Ley, para que redimiese a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y porque sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”»25.
Es a través de la mediación de la Virgen María, de su misión corredentora en la Encarnación de su Hijo para redimirnos, como nos hacemos herederos de la vida eterna y somos llamados a alta dignidad de seguir a Cristo por la vía de la Cruz26.
Nuestra Señora de Guadalupe, Corredentora
Las apariciones y el mensaje de la Santísima Virgen María en el cerro del Tepeyac, en la actual capital de México, entre el 9 y el 12 de 1531, son una contundente expresión de su singular, de su exclusiva, participación en la Encarnación redentora in actu primo, esto es, en la obra con que su Hijo encarnado efectuó nuestra salvación con su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión, y in actu secundo, o sea, realizando su obra salvadora en las almas de muchas personas en todo tiempo y lugar, que cobran vida en Él por medio del Bautismo y viven en su Iglesia, son su Cuerpo Místico. Es más, se puede afirmar que todas las apariciones de la Virgen Madre de Dios son manifestaciones de la relación que guarda con Dios Hijo, su divino Hijo, gracias a la cual ha llegado a ser Corredentora, así como expresión de su misión corredentora en toda época y lugar hasta el final de los tiempos. Toda aparición mariana es obra de Cristo, con la asistencia de su Madre, como lo fue desde el momento de su virginal concepción.
María declara su identidad corredentora in actu primo desde el primer instante de su aparición a San Juan Diego. El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego se dirigía a Tlatelolco para asistir a la catequesis que impartían los franciscanos, cuando en la colina de Tepeyac tuvo una experiencia sobrenatural, celestial: desde el canto de los pájaros hasta la aparición gloriosa de María, entre las piedras y las plantas transformadas hasta cobrar la apariencia de piedras preciosas. El relato de la aparición que recoge el Nican mopohua, redactado por el sabio buen amigo de Juan Diego Antonio Valeriano según se lo contó originalmente Juan, indica que éste último reconoció a la Virgen como Madre de Dios. La Virgen se dirige a Juan Diego de un modo sumamente cariñoso y maternal, y le pregunta que adónde va. Juan le responde: «Señora mía, Reina mía, Muchachita mía, allá llegaré, a tu venerable casa en México Tlatelolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan, quienes son las imágenes del Señor, Señor Nuestro, nuestros sacerdotes27». “Apéndice A, El Nican Mopohua”.
Entonces la Virgen le dijo: «Sábelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño, que yo soy en verdad la perfecta siempre Virgen Santa María, que tengo el honor de ser Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra»28.
Estas palabras expresan a las mil maravillas el misterio de la virginidad perpetua de María y de su divina maternidad, gracias a la cual participa de una manera muy singular y única en la obra redentora de su divino Hijo. La Virgen se identifica, ya como siempre Virgen, ya como Madre de Dios Hijo. Ella misma declara su participación en la obra de la Redención in actu primo. Dicho de otro modo: aclara que nuestra relación con Dios Padre, que nos ha redimido mediante la Encarnación de Dios Hijo, nos pone en relación filial con Ella, con la Madre del Hijo encarnado. Somos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito Nuestro Señor Jesucristo, y por tanto tenemos la Madre en común, como le dijo al apóstol y evangelista San Juan cuando agonizaba en la Cruz29.
El apóstol y evangelista Juan representaba a la totalidad de los Apóstoles y a toda la grey que Cristo había confiado a la caridad pastoral de los Apóstoles. Nuestra relación con la Virgen procede precisamente del acto mismo de nuestra Redención por la muerte de Cristo en la Cruz.
Tras identificarse como Corredentora in actu primo ante San Juan Diego, la Virgen expresa su misión corredentora in actu secundo. Así explica el motivo de su aparición:
«Mucho quiero, mucho deseo, que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación. Porque, en verdad, yo me honro en ser tu madre compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra, y también de todas las demás variadas estirpes de hombres, los que me amen; los que me llamen, los que me busquen, los que confíen en mí. Porque ahí, en verdad, escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello, en verdad, te enriqueceré, te glorificaré; y mucho de allí merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío. Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte»30.
Las palabras de la Virgen manifiestan su servicio único e insustituible en la obra de nuestra salvación según los designios de Dios.
In actu secundo, la Santísima Virgen sigue siendo instrumento privilegiado de la gracia divina en la Iglesia, del mismo modo que fue el tabernáculo en que vino a habitar Dios Hijo cuando unió nuestra naturaleza humana a la suya divina en el seno de María por obra del Espíritu Santo. En la colina de Tepeyac se apareció a San Juan Diego para manifestar el amor y la misericordia de Dios a todos los hombres, para manifestar la sagrada dignidad de la vida humana creada a imagen y semejanza de Dios y salvada del pecado y la muerte por la Encarnación redentora de Dios Hijo. En las palabras que dirigió a Juan Diego cuando éste temía por la vida de su tío Juan Bernardino y quería posponer la cita con la Virgen para buscar un sacerdote que confesara a su tío antes de fallecer, la Virgen explicó su presencia constante entre nosotros en la Iglesia como Virgen Madre de Dios, que es también Madre de la gracia divina, nuestra Madre, que cada vez nos atrae a una comunión más íntima con su divino Hijo. Le dijo a Juan Diego:
«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante y aflictiva. ¿No estoy yo aquí, que tengo el honor de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estas en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, que no te inquiete; que no te acongoje la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora, ten por cierto que ya sanó»31.
La Virgen no habla con figuras retóricas. Al contrario, expresa que su misión continúa en la Tierra. Una misión singular en la que ha pedido a Juan Diego que participe.
La impronta milagrosa de su imagen en la tilma, la capa de Juan Diego, es una señal maravillosa de de su participación en obra redentora efectuada por su Hijo. Al confirmar su misión al obispo con la señal de la milagrosa floración de las rosas en pleno invierno sobre una loma pedregosa en la que sólo crecían hierba y arbustos espinosos, Dios nos dio una confirmación más que no ha hecho de ninguna otra aparición mariana. Veamos nuevamente el relato de la presentación de la señal de las rosas al obispo Juan de Zumárraga por parte de San Juan Diego:
«Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco estaban las flores. Y al caer al suelo todas las variadas flores como las de Castilla, luego allí en su tilma se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura en que ahora está, en donde ahora es conservada en su amada casita, en su sagrada casita en el Tepeyácac, que se llama Guadalupe. Y en cuanto la contempló el Obispo Gobernante y también todos los que allí estaban, se arrodillaron, mucho la admiraron, se pusieron de pie para verla, se conmovieron, se afligió su corazón, como que se elevó su corazón, su pensamiento. Y el Obispo Gobernante con lágrimas, con tristeza, le suplicó, le pidió perdón por no haber realizado su venerable voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra. Y el Obispo se levantó, desató del cuello de donde estaba atada, la vestidura, la tilma de Juan Diego, en la que se apareció, en donde se convirtió en venerable señal la Reina Celestial. Y luego la llevó allá, la fue a colocar en su oratorio. Y todavía allí pasó un día entero Juan Diego en la casa del Obispo, quien hizo que se quedara allí. Y al día siguiente, le dijo: “Anda, vamos a que muestres dónde es la venerable voluntad de la Reina del Cielo que le levante su templo”. De inmediato se dio orden de hacerlo, levantarlo»32.
En un tiempo brevísimo se construyó la capilla en la que el obispo Juan de Zumárraga custodió la sagrada tilma. El Nican mopohua concluye con estas palabras:
«Y después de que el Señor Obispo la tuvo algún tiempo, trasladó a la Iglesia Mayor la preciosa reverenciada Imagen de la amada Niña Celestial. La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba, para que todos la vieran, se admiraran de su preciosa Imagen. Y absolutamente todos, toda la ciudad, sin faltar nadie, se estremecieron cuando fueron a contemplar, a admirar su preciosa Imagen. Venían a conocerla como algo divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho se admiraban en qué milagrosa manera se había aparecido puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen»33.
La presencia incesante de la Madre de Dios, Madre de la gracia divina, para quienes se dirigen en peregrinación al santuario en que se custodiaba la tilma era y sigue siendo de una eficacia indescriptible. La Virgen de Guadalupe ha llevado a la vida en Cristo a incontables almas por medio del Bautismo y ayudado a tantos bautizados a abandonar una vida pecaminosa y seguir la vía de Cristo, nuestra única salvación.
María Corredentora siempre nos enseña, nos guía a participar en la obra de la Encarnación redentora in actu secundo con arreglo a nuestra vocación en la vida y los talentos que Dios nos haya dado. Como Corredentora, es la primera entre los discípulos de su Hijo; interviene en su obra de salvación in actu primo y in actu secundo, pero enseña a cuantos son hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito por el Bautismo que ellos también deben hacer todo lo que esté en sus manos para servir a Cristo, para ser sus «cooperadores de la verdad»34. Cuando San Juan Diego temió no ser capaz de llevar el mensaje de la Virgen y le propuso que buscara a alguien que fuera más noble y capaz, la Morenita del Tepeyac le respondió:
«Escucha, tú, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, edifique mi casa sagrada que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te envío a ti como mi mensajero»35.
Cada vez que peregrinamos al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, Ella nos confirma en nuestra misión de ser mensajeros suyos, heraldos e instrumentos del amor salvífico y la misericordia de Dios. Une nuestros corazones más plenamente al suyo inmaculado para que reposen de forma más sólida y completa en el Sagrado Corazón de Jesús, en el que se purifican del pecado y se inflaman del amor divino. Nos dice lo que le dijo a San Juan Diego:
«¿No estoy yo aquí, que tengo el honor de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estas en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa?»36.
Más que nunca en estos tiempos tan turbulentos e inquietantes que atraviesa la Iglesia, necesitamos acudir a nuestra Madre del Cielo y confirmarnos en la Fe en su Hijo para que permanezcamos con Ella en la Iglesia haciéndonos cargo de alguna parte de su Reino, por pequeña que sea, con todo el corazón. Con un corazón unido al inmaculado de Ella y que pertenezca por tanto a su Sagrado Corazón.
Espero que esta breve disertación les haya ayudado a entender que la aparición de la Guadalupana en el Tepeyac en 1531 es una de las manifestaciones y expresiones más bellas y elocuentes de la verdad de su singular y única participación en la obra salvadora de su Hijo; de la verdad de la doctrina sobre su título de Corredentora bien entendido. Y espero asimismo haber recordado a todos que, junto a la Virgen de Guadalupe, se nos ha llamado a ser partícipes de la obra de la Encarnación redentora. Ojalá que podamos decir, como San Pablo, a nuestros hermanos en la Iglesia, «ahora me gozo en los padecimientos a causa de vosotros, y lo que en mi carne falta de las tribulaciones de Cristo, lo cumplo en favor del Cuerpo Suyo, que es la Iglesia»37.
Conclusión
Aunque el Concilio Vaticano II no llegó a formular una definición dogmática, es indudable que, como he señalado, en cierta forma enseñó la verdad de la Corredención. A tal fin, habremos de estar atentos para que las vacilaciones en torno a posibles malentendidos con el mencionado título no terminen por debilitar la doctrina de la Corredención, que de modo singular se aplica a la bienaventurada Virgen María y, de una manera más general, a todos los bautizados. Espero que mi ponencia les haya dejado clara la importancia de la doctrina de la Corredención en nuestra vida diaria en Cristo.
Concluyo con una reflexión del P. Jean Galot SJ tomada de un artículo suyo sobre las controversias y cuestiones doctrinales ligadas al título que hemos tratado:
«Hay quienes han acusado a los privilegios marianos de abrir una brecha entre la Madre de Jesús y nosotros. En realidad, esos privilegios tienen por objeto, en el plan de Dios, acercar a María a la humanidad con miras a acrecentar mucho más la gracia. A pesar de ser tan singular y de un nivel tan inigualable, la cooperación de María a la Redención nos invita a cobrar una conciencia más viva de nuestra misión y nuestro deber en un mundo que necesita la salvación. Si a María no se la pudiera llamar Corredentora, los cristianos tampoco podríamos decir que somos corredentores. El carácter de la Iglesia en su misión corredentora se ilumina con el de María, primer modelo de toda redención»38.
Notas:
1 Nican mopohua, edición de Carl A. Anderson y Eduardo Chávez, en Nuestra Señora de Guadalupe. Madre de la civilización del amor, Random House Mondadori, México DF 2010, pág. 214, nº 26.
2 Apoc. 12,1.
3 Apoc. 12,5.
4 Cf. Mt. 16,18.
5 Ef. 1,10.
6 III Jn.3,8.
7 Lc. 9, 23. Cf. Mt. 16, 24; Mc. 8, 34.
8 Cf. Jn. 19,26-27.
9 Cf. Antonio Dragón, Vida íntima del Padre Pro, tr. Rafael Martínez del Campo, 6a ed., Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México, D.F. 1993, p. 234.
10 Cf. Fidel González Fernández, José Sánchez del Río. Il giovane martire che diede la vita per la fede, edición de Federica Picchi Roncali, Dominus Production Edizioni, Florencia 2016, pp. 129-133.
11 Jn.2,5.
12 Arthur Burton Calkins, “The Mystery of Mary Coredemptrix in the Papal Magisterium, en Mary Co-Redemptrix: Doctrinal Issues Today, Queenship Publishing Company, Goleta, CA 2002, p. 45.
13 Col. 1, 24-26.
14 «… ut dignitati et efficacitati Christi unius Mediatoris nihil deroget, nihil superaddat». Sacrosanctum Concilium Oecumenicum Vaticanum II, Constitutio Dogmatica de Ecclesia Lumen Gentium, Acta Apostolicae Sedis 57 (1965) 63, n. 62.
15 Calkins, p. 30.
16 https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1995/documents/hf_jp-ii_aud_19951025.html
17 Cf. L’Osservatore Romano, 4 de junio de1997, 10-11.
18 Cf. Karol Wojtyła – Giovanni Paolo II, Dono e mistero. Diario di un Sacerdote, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2011, p. 44.
19 Jn. 3,15.
20 Is. 7,14.
21 «Sacrae Litterae Veteris Novique Testamenti et veneranda Traditio munus Matris Salvatoris in salutis oeconomia modo magis magisque dilucido ostendunt et veluti conspiciendum proponunt. Libri quidem Veteris Testamenti historiam salutis, qua Christi in mundum adventus lento gradu praeparatur, describunt. Quae primaeva documenta, qualiter in Ecclesia leguntur et sub luce ulterioris et plenae revelationis intelliguntur, clarius pedetentim in lucem proferunt figuram mulieris, Matris Redemptoris. Ipsa, sub hac luce, iam prophetice adumbratur in promissione, lapsis in peccatum primis parentibus data, de victoria super serpentem (cfr. Gen. 3,15). Similiter haec est Virgo quae concipiet et pariet Filium, cuius nomen vocabitur Emmanuel (cfr. Is. 7,14; cfr. Michaea 5, 2-3. – Matth. 1, 22-23). Ipsa praecellit inter humiles ac pauperes Domini, qui salutem cum fiducia ab Eo sperant et accipiunt. Cum Ipsa tandem praecelsa Filia Sion, post diuturnam exspectationem promissionis, complentur tempora et nova instauratur Oeconomia, quando Filius Dei humanam naturam ex ea assumpsit, ut mysteriis carnis suae hominem a peccato liberaret» LG, 55.
22 Cf. Ignace de la Potterie, The Mediation of the Mother of Jesus at the Incarnation: An Exegetical Study, tr. de Salwa Hamati, en Mary Coredemptrix Mediatrix Advocate, Theological Foundations: Towards a Papal Definition?, edición de Mark I. Miravalle, Queenship Publishing, Santa Bárbara, CA 1995, pp. 173-190.
23 Jn.2,5.
24 III Jn.8.
25 Gál. 4, 4-7.
26 Cf. Lc. 9, 23.
27 Nican mopohua, op. cit., p. 214, n. 24.
28 Ib., pág.. 214, nº 26.
29 Jn.19, 25-27.
30 Op. cit. 214, nn. 26-37.
31 Íbid., pág. 220, nº 118-120.
32 Íbid., pág. 223-224, nº 181-193.
33 Íbid., pág. 225, nº 212-218.
34 III Jn.8.
35 Op. cit., pág. 216, nº 58-62.
36 Íbid., pág. 220, nº 119.
37 Col. 1,24.
38 Jean Galot, Maria Corredentrice. Controversie e problemi dottrinali, «La Civiltà Cattolica», año 145 (1994), nº 3459/3460, pág. 216.






























