Recuperemos el encanto de hablar como católicos

Luke J. Ayers

Hace poco le conté a mi hija de cuatro años el milagro del sol que se produjo durante la última aparición de la Santísima Virgen en Fátima el 13 de octubre de 1917. Su reacción fue muy diferente de la que yo tuve cuando conocí el milagro gracias a la lectura del blog de Marc Barnes hace más de una década. En aquel momento yo ya creía, en principio, en los milagros, pero todavía no había llegado a creer en la mayoría de los milagros en concreto. «Claro que Jesús resucitó de entre los muertos –pensaba–, pero desde entonces no ha vuelto a pasar nada del otro mundo».

Cuando le expliqué a mi hija lo que pasó en Cova de Iría hace más de cien años no se sorprendió. Por supuesto que se maravilló; sabe muy bien que el sol no se pone a bailotear por el cielo. En cuanto a mí, cuando a los dieciséis años, camino a mi conversión, tuve por primera vez noticia del prodigio, me quedé estupefacto. Al final atribuí mi desconocimiento a que soy de origen protestante, porque en el milagro había intervenido la Madre de Dios. Cuál no sería mi sorpresa cuando, incluso después de mi conversión, apenas sí había oído hablar del suceso.

Cuando la mayoría de los católicos adultos habla de Fátima suele hacerlo en un contexto de advertencias sobre el Infierno, exhortaciones al arrepentimiento y la instrucción que dio la Virgen de rezar el Rosario todos los días. O incluso de los tres secretos, generalmente con exageraciones. Y cuando hablamos de Nuestra Señora de Guadalupe, la milagrosa imagen de la tilma (tanto en cuanto a su origen como a sus cualidades inherentes), enseguida pasan a hablar de el hecho de que se apareciera a un hombre como Juan Diego demuestra el cuidado de Dios por los pobres y humildes sobre el que canta María en el Magnificat (Lucas 1,52). Son enseñanzas morales efectivamente ciertas –que hay que temer el castigo, arrepentirse y rezar–; pero al centrarnos en lo metafórico excluimos el asombro ante lo sobrenatural. Mi hija acepta sin discusión los elementos más claramente sobrenaturales de nuestra fe. Sabe que si se cae al río se hunde. Pero sabe también que si ve un cuadro del Señor sacando a San Pedro del agua y oye esa lectura en la Misa, es algo que sucedió realmente. Mientras que los adultos, incluso los que estamos convencidos de la posibilidad de los milagros, filtramos instintivamente el asombro por lo sobrenatural.

La actual crisis sobre la fe en la Presencia Real ha puesto en evidencia este fenómeno. Tanto si la estadística más exacta es un tercio o dos tercios de católicos que creen este dogma, está claro que un sector considerable de la Iglesia ha adoptado un concepto puramente simbólico y aséptico del Santísimo Sacramento. Sea cuál sea la verdadera proporción, un estudio encargado por la Universidad de Georgetown ha dado a conocer otra preocupante estadística: que menos de la mitad de los católicos adultos de EE.UU. conocen correctamente la doctrina católica de la Eucaristía, y una pequeña mayoría equivocada cree que la Iglesia la entiende como un símbolo.

Para no perder respetabilidad en medio de una cultura materialista y secular, hasta los católicos ortodoxos han adoptado sin darse cuenta un vocabulario neutro. ¿Cuándo fue la última vez que el lector oyó hablar en una homilía sobre la infinidad de milagros eucarísticos comprobados? Se ha empezado a hablar un poco más después del reciente Congreso Eucarístico Nacional y de la canonización de Carlo Acutis, que diseñó un portal de internet en el que cataloga dichos milagros. ¿Hablamos los adultos con nuestros hijos y en presencia de ellos de tales prodigios como de algo auténtico (pues efectivamente lo fueron)? Nuestra cultura, tan impregnada de materialismo, nos ha adoctrinado para entender los milagros como recordatorios éticos o parábolas de hecho, y corremos el riesgo de transmitir a nuestros hijos esa forma de hablar. En el catolicismo, las pruebas de los milagros son casi infinitas (aunque claro, no hay peor ciego que el que no quiere ver), pero el mayor beneficio de aceptar la naturaleza milagrosa de nuestra fe es recuperar lo que Charles Taylor llamaba recuperar el encanto, las fascinación por el mundo. Nos hemos encerrado en unos búnqueres del yo en los que los aspectos físicos y espirituales de nuestro ser (y nuestras creencias) están disociados. Si solamente hablamos de cómo actúa Dios en nosotros por medio de los sacramentos y no hablamos de la verdadera transformación realizada por el sacerdote sobre el altar, o de la curación física que experimentamos gracias al sacramento de la extremaunción, no es de extrañar que al llegar a la edad adulta no tengamos claro ni lo que cree la Iglesia.

Una cultura desencantada y materialista no se puede convertir empleando su estéril vocabulario. El cristianismo no es una filosofía que lleve añadidos unos símbolos útiles y consoladores. Es una irrupción del infinito y la eternidad en el mundo físico y la historia humana. Uno de los títulos más evocadores de la Madre de Dios en la cristiandad oriental es Platütera ton uranon: más espaciosa que los cielos. San Agustín evoca la misma idea en su sermón sobre el Nacimiento del Señor (184): «Al que no contienen los cielos lo llevaba en el seno una sola mujer». ¡En María estaba contenido aquel que no cabe en toda la creación! Si esto es así, ¿cómo no va a obedecer el sol a la Madre de Dios y ponerse a danzar por el cielo? ¿Y por qué no se va a transformar físicamente la Eucaristía en carne y sangre?

No es imprescindible que quienes nos jactamos de ortodoxia estemos convencidos de la realidad de lo sobrenatural; pero sí debemos tener el valor para hablar de ello sin complejos. Hay que resistir la tentación de traducir los milagros de Cristo (¡en las Escrituras y en la historia reciente!) a metáforas seguras y respetables. La Iglesia sólo podrá convertir a un mundo desencantado si habla con plena convicción de haber traspuesto el velo de lo físico. Tenemos que esforzarnos por volver a ser como niños: contemplando el altar, contemplando el cielo y hablando unos con otros con la absoluta y sincera fascinación de un niño que cree que el sol es capaz de bailar.

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