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El desplazamiento del Mysterium Fidei y la aclamación inventada del Memorial

La historia de cómo las palabras de la consagración que se pronuncian sobre el cáliz fueron cambiadas para el Novus Ordo Missæ es una poderosa exhibición de los muchos problemas interrelacionados característicos de la reforma litúrgica, en general: un falso arqueologismo, una defectuosa comprensión de la participatio actuosa, un encaprichamiento con la praxis oriental, a la par con un desprecio por lo exclusivamente occidental, un desdén por la piedad y la doctrina medievales, una carencia de humildad ante lo que somos incapaces de comprender por completo, sumada a una falta de reverencia frente a lo que es misterioso; una reducción mecanicista de la liturgia a lo únicamente material, que podemos modelar a voluntad (tal como intentamos hacer con el mundo natural, empleando la moderna tecnología) y una comezón por construir nuevas formas, debido al aburrimiento o al malestar con las antiguas. Este ejemplo, por tanto, sirve como una cristalina ilustración de los errores y los vicios que permean la reforma, en su conjunto.

1.- La visión tradicional

Por siglos, regresando a través de la bruma del tiempo, el sacerdote ha pronunciado las palabras “Mysterium fidei”, en medio de las palabras de la consagración susurradas sobre el cáliz. Estas palabras evocan con fuerza la irrupción o incursión de Dios entre nosotros en este insondable Sacramento. La consagración del vino completa el significado del sacrificio de la Cruz, el momento en que nuestro Sumo Sacerdote nos consiguió la eterna redención (cf. Heb. 9:12), cuya representación, junto con la aplicación de sus frutos, es el propósito mismo de la Misa.

El 29 de noviembre de 1202, el Papa Inocencio III enviaba la carta Cum Marthæ circa al Arzobispo Juan de Lyon- un documento que, por cierto, no falta en el Denzinger [1]- en la que escribía:

“Me has preguntado quién agregó a las palabras de la fórmula usada por Cristo mismo, cuando transustanció el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, las palabras que se encuentran en el Canon de la Misa, usadas generalmente en la Iglesia, pero que ninguno de los evangelistas ha registrado… [literalmente] las palabras ‘Misterio de fe’, insertas en las palabras de Cristo… Seguramente hay muchas palabras y hechos del Señor que han sido omitidas en los Evangelios, en estos leemos que los apóstoles las han suplementado con sus palabras y las han expresado en sus actos… Pero la expresión ‘Misterio de fe’ se usa porque lo que aquí se cree, difiere de lo que se ve y lo que se ve, difiere de lo que se cree. Porque lo que se ve es la apariencia de pan y de vino y lo que se cree es la realidad de la carne y de la sangre de Cristo y el poder de la unidad y del amor.

La respuesta del papa se limita a esto: hay muchas cosas que Cristo dio a los apóstoles para que las transmitieran de las que no hay registro en las Escrituras y ésta bien podría ser una de ellas. Escribiendo solo setenta años después, Santo Tomás de Aquino, hace de la pregunta del arzobispo la novena objeción en contra de la conveniencia de las palabras de la consagración del vino:

“Además, las palabras mediante las cuales este sacramento es consagrado, extraen su eficacia de la institución de Cristo. Pero ningún evangelista dice que Cristo pronunció todas estas palabras. Por lo tanto, esta no es una forma apropiada para la consagración del vino. [2]

Así responde a esta objeción:

“Los evangelistas no pretendieron transmitir las formas de los sacramentos, que, en la Iglesia primitiva, debían ser guardadas bajo secreto como señala Dionisio al cierre de su libro Sobre la Jerarquía Eclesiástica; su propósito era redactar la historia de Cristo. No obstante, casi todas estas palabras pueden ser recogidas de varios pasajes de las Escrituras. Porque las palabras “Este es el cáliz”, se encuentran en Lucas 22:20 y en 1 Corintios 11:25, mientras que Mateo dice en 26:28: “Esta es Mi Sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos, para la remisión de los pecados”. Las palabras que se han agregado, es decir “eterno” y “misterio de fe”, fueron transmitidas a la Iglesia, por los apóstoles, que las recibieron de Nuestro Señor, según 1 Corintios 11:23: “He recibido del Señor, lo que también os he entregado”.

Santo Tomás pudo haber notado que, en la Primera Carta a Timoteo, se incluye la expresión “conserven el misterio de la fe en una conciencia pura” (1 Tim 3:9). Posteriormente, en este tratamiento de la redacción exacta de las fórmulas de la consagración, el Aquinate reitera que tales detalles litúrgicos fueron ocultados deliberadamente en la Iglesia primitiva; las Escrituras no tienen por propósito la revelación de la forma precisa en que los misterios sacramentales deben ser celebrados. [3]

Mysterium fidei

2.- La antigüedad y la oscuridad de la frase

Ni el gran desmitificador del conocimiento litúrgico del siglo XX, el P. Josef Jungmann, SJ, intenta desechar o deconstruir las que él llama “las palabras enigmáticas”:

“La frase se encuentra inserta en los más antiguos textos de los sacramentales y son mencionadas hasta el siglo VII. Solo se las echa de menos en fuentes posteriores. Acerca del significado de las palabras mysterium fidei, no hay, en absoluto, ningún acuerdo. Se debe encontrar un paralelo distante en las Constituciones Apostólicas, que ponen en boca de nuestro Señor, en la consagración del pan: “Este es el Misterio del Nuevo Testamento, tomad y comed, este es Mi Cuerpo”. Tal como aquí, el mysterium está referido al pan, en la forma de un predicado, así como, en el canon de nuestra Misa, está referido al cáliz, en la forma de una oposición… Mysterium fidei es una expansión independiente, sobreagregada a todo el complejo autosuficiente que precede.

¿Cuál es el significado de las palabras mysterium fidei? La antigüedad cristiana no se hubiese referido a ellas tanto como a la oscuridad de lo oculto a los sentidos, pero accesibles (en parte) solo a la fe (subjetiva). Más bien las hubiese tomado como una referencia al sacramentum cargado de gracias en que toda la fe (objetiva), en que todo el divino orden de la salvación está comprendido. El cáliz del Nuevo Testamento es el símbolo vivificante de la verdad, el santuario de nuestras creencias. Cómo o cuándo esta inserción fue hecha o qué suceso externo la motivó, no puede ser afirmado con certeza. [4]

Varios puntos merecen ser subrayados. Esta frase aparece en todas las fuentes más antiguas que tenemos de la Misa, lo que sugiere una gran antigüedad para su origen. La edición crítica del Canon de la Misa, publicada por Brepols, en la serie Corpus Orationum, no muestra variaciones, cualquiera que sea la posición del mysterium fidei [5]. El texto romano es citado en más de cincuenta manuscritos de varias épocas y orígenes, sin variaciones significativas. El texto ambrosiano, que es producto de una romanización del Rito Ambrosiano, efectuado en la era carolingia, tiene solo cinco manuscritos- pero todos lo contienen también en la misma posición.

Lo extraño de semejante inserción y el hecho de que debía ser celosamente custodiado y transmitido, indica que no era considerado un rasgo solo accidental del rito, sino algo intrínseco a la esencia del rito de Roma. Al tanto que discrepamos con la sutil excavación de Jungmann, en la interpretación de Inocencio III, la noción de que el “mysterium fidei” apunta nada menos que a “la fe objetiva íntegra” de la Iglesia, “el divino orden de la salvación”, tal como está localizado (por así decirlo) en el símbolo del cáliz y su precioso contenido, es algo impresionante. El eje de la realidad corre a través del vaso inclinado en el altar.

El relato de Jungmann, junto con los registros paleográficos, pone de relieve el problema básico que enfrenta a los historiadores litúrgicos cuando no pueden saber con certeza el origen de una costumbre en particular. En tales circunstancias, es imposible descartar la hipótesis de que es de institución apostólica o sub-apostólica, en Roma. Si hasta el estudio más riguroso no puede detectar un momento particular de la historia, en que las palabras mysterium fidei fueron incorporadas por vez primera y, si contamos con un testigo monolítico de los manuscritos existentes, no es mucho mejor– indiscutiblemente, ¿no es obligación solemne de reverencia para las cosas más sagradas que poseemos- preservar la fórmula precisa que ha sido transmitida? Obrar de otra forma ciertamente implicaría el riesgo de profanación. Esto, no hay duda, habría sido tanto la hipótesis como la actitud de todos los católicos, hasta el siglo XX.

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3.- Una campaña para eliminar la frase del oficio

En un asombroso orgullo desmedido, esta frase fue eliminada de su sitio inmemorial y transformada en la petición de una “aclamación de un memorial” que nunca había existido antes, en el Rito Romano. Lo que había sido un secreto y sublime reconocimiento de la salvación- oculta, como el cristiano, con Cristo, en Dios (cf. Col. 3:3)- se convirtió en un extrovertido anuncio al público, en aras de una “participación”, entendida restrictivamente como diciendo y haciendo cosas. ¿Cómo, exactamente, ocurrió esto y por qué?

Hacia la época del Concilio Vaticano II, los cirujanos litúrgicos habían estado impacientes por hundir sus bisturíes en el Canon Romano, tan pronto se los permitiera la autoridad, para remediar sus “defectos”. En un capítulo de un libro pomposamente llamado “Los principales méritos y defectos del actual Canon Romano”, Cipriano Vaggagini, OSB, declaraba en 1966:

“El tercer defecto importante en la forma en que [el Canon] relata la institución de la Eucaristía, es la inserción de la frase mysterium fidei, en medio de las palabras dichas sobre el cáliz. Esto no tiene paralelo en ninguna otra liturgia y dentro del Rito romano mismo, su origen es incierto y su significado debatible. Sin embargo, es obvio que, en su forma actual, al menos la inserción de mysterium fidei sirve para cortar e interrumpir las palabras de la institución. [6]

Bugnini nos dice, en su voluminoso tomo La Reforma de la Liturgia, que Vaggagini, “en tres meses de intenso trabajo en la biblioteca de la Abadía de Mont-César (Lovaina), en el verano de 1966… compuso dos modelos de las nuevas Oraciones Eucarísticas, que presentó al grupo, para su discusión” [7]. La discusión posterior concluyó en que algo debía hacerse con este fastidioso mysterium fidei:

“La adición ‘el misterio de la fe’ en la fórmula para la consagración del vino, en el Canon Romano: no es bíblica; ocurre solo en el Canon Romano: es de origen y significado inciertos. Los mismos expertos discrepan sobre el sentido exacto de las palabras. En efecto, algunos asignan a la frase un significado muy peligroso, puesto que las traducen como ‘un signo de nuestra fe’; interrumpe la sentencia y dificulta su comprensión y traducción. Los franceses, por ejemplo, han sido obligados a repetir la palabra sangre, tres veces; ‘Este es el cáliz de mi sangre,  sangre de la nueva alianza, misterio de fe, sangre derramada…’ lo mismo es cierto, en mayor o menor medida, en los restantes idiomas. Una vez más, muchos obispos y pastores han pedido que, en las nuevas anáforas se suprima la adición ‘mysterium fidei’. Todo esto explica el curso seguido en las nuevas anáforas  respecto de las palabras de la consagración. [8]

Además, se estimaba deseable que hubiese alguna “aclamación de la congregación después de la consagración y elevación del cáliz” ¿por qué?

“La práctica viene de las iglesias orientales, pero parece apropiado aceptarla en la tradición romana como una forma de incrementar la participación activa de la congregación. Respecto de la forma exacta de la aclamación, la rúbrica dice que se puede usar “estas palabras u otras similares, aprobadas por las autoridades territoriales”. Puesto que las aclamaciones deben ser pronunciadas o incluso cantadas por la congregación, es necesario conceder suficiente libertad para que sean adaptadas a los requerimientos de los diferentes idiomas y géneros musicales. [9]

A estas alturas del proceso, entonces, la idea era eliminar completamente las palabras “mysterium fidei” y sencillamente tener una aclamación luego de la elevación del cáliz.

El 26 de junio de 1967, el Cardenal Ottaviani, en su condición de jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, envió una carta a Annibale Bugnini [10], expresándole los cambios que la Congregación preferiría ver hechos a las cuatro Oraciones Eucarísticas que habían sido sometidas a la revisión doctrinal. Aquellos que ven a Ottaviani como un héroe por haber puesto su nombre al Breve Examen Crítico dos años después, pueden quedar sorprendidos y desencantados al ver cuán fácilmente estaba marchando al compás del plan del Consilium:

“Acerca de la omisión del paréntesis (inciso) ‘mysterium fidei’: afirmativo.

Respecto de la ‘aclamación’ inmediatamente después de la elevación, ‘Mortem tuam…’, preferiríamos un texto que exprese más claramente un acto de fe y que reemplace así el desaparecido ‘mysterium fidei’– [una frase] ciertamente inoportuna para la posición en la que se encuentra, pero obviamente indicada como un llamado a despertar la fe en ese solemne momento. Se ha sugerido la frase evangélica ‘Deus meus et Dominus meus’.

Mientras que Ottaviani consentía en la eliminación de la fórmula, su sugerencia de que un texto diferente de Mortem tuam fuese usada como aclamación fue evidentemente descartada.

En el famoso Sínodo de los Obispos de octubre de 1967- cuyos participantes conformaron el primer cuerpo significativo de ‘forasteros’ al que se mostró la Missa normativa, o borrador de lo que luego Paulo VI denominaría Novus Ordo Missæ [11] y al que después se le pediría que votase sobre ella y que contribuyese con comentarios– la siguiente pregunta, entre otras, fue planteada al Sínodo de Padres, según informó Bugnini:

“¿Deberían ser borradas de la fórmula para la consagración del vino, las palabras ‘mysterium fidei’? de los 183 votantes, 93 dijeron que sí, 48 que no, 42 que sí, con reservas. En sustancia, las reservas fueron estas: 1) Las palabras también deberían ser omitidas del Canon Romano. 2) Las palabras no deberían desaparecer completamente de la liturgia, pero deberían ser usadas como aclamación después de la consagración o en alguna otra fórmula. [12]

Si tomamos los votos no mas los sí con reservas (placet iuxta modum), vemos que la mayoría sin reservas en favor de la eliminación es estrecha: 93 a 90. No obstante, parece que la actitud de la mayoría fue como la de Ottaviani: ¿por qué no sacar ventaja de la inquietud generalizada y hacer de esta frase un vehículo de participación?

No se puede eludir la impresión de que gente ‘hace cosas a medida que avanza’, indiferente, a cualquiera verdadera reverencia por la tradición o por el temor al Señor.

4.- Paulo VI insiste en readaptar la frase

El problema siguió siendo controversial al interior del Consilium. Cono refiere Bugnini, el tema surgió nuevamente en la décima reunión general (del 23 al 30 de abril de 1968), que discutió los seis cambios en los que Paulo VI había cometido la temeridad (a los ojos de los expertos) de insistir respecto de la Missa normativa. “todo este asunto causó alguna consternación, ya que el papa parecía estar limitando la libertad de investigación del Consilium, al usar su autoridad, para imponer soluciones” [13]. El subcomité especial, creado para tratar el problema incluía, entre otros, a Rembert Weakland, Joseph Gélineau y a Cipriano Vaggagini.

Respecto del tópico presente, a Paulo VI- nada sorprendente para un papa que había elegido el título Mysterium Fidei para su gran encíclica de 1965 en defensa de la transustanciación y condenar ciertas tendencias heréticas en la teología eucarística- le disgustaba la idea de pasar directo de la elevación a la aclamación y había pedido específicamente que “las palabras mysterium fidei” deban [todavía] ser pronunciadas por el sacerdote, antes de la aclamación de la congregación”. Cuenta Bugnini:

“¿Cuáles eran las dificultades planteadas por el grupo de estudio, en contra de la adopción de lo que el papa quería?… Misterio de fe. Si las palabras eran pronunciadas por el celebrante antes de la aclamación de la congregación, (a)esta sería una innovación no encontrada en la tradición litúrgica; (b) alteraría la estructura del canon en un momento muy importante; (c) cambiaría el significado de las palabras en cuestión, pues ya no quedarían relacionadas con la consagración del cáliz. Si se debía conservar las palabras, deberían quedar conectadas con la fórmula de la consagración del vino o con la aclamación [14].

Al final, Paulo VI se impuso. Por tanto, no nos sorprende encontrar este cambio y su “beneficio” pastoral anunciados en la Constitución Apostólica Missale Romanum, del 3 de abril de 1969. Sin embargo, la ironía del contexto inmediato merece una detenida atención:

“En cuanto a las palabras Mysterium fidei, eliminadas del contexto de las palabras de Cristo, Nuestro Señor y pronunciadas por el sacerdote, ellas abren el camino, por así decirlo, a la aclamación, por los fieles.

En relación con el Ordo de la Misa, “los ritos han sido simplificados, teniéndose el debido cuidado de preservar su sustancia”. …. Además, “Han sido restaurados… en concordancia con la antigua forma de los Santos Padres, varios elementos que han sufrido daños a lo largo de los accidentes de la historia”.

A diferencia de la justificación para “restaurar” el “salmo responsorial”, que se basa en el falso arqueologismo y en una reductiva teoría de la participación, el papa no ofrece ninguna explicación, excepto que “abrirá el camino, por así decir, a la aclamación de los fieles”. Pero este cambio al venerable Canon Romano (y luego replicado en todas las neo anáforas) no pudo haber sido hecho con el “debido cuidado”, para “preservar [la] sustancia” de los ritos, como la irónica referencia a “la restauración de elementos que han sufrido daño, a lo largo de accidentes de la historia, en concordancia con la antigua norma de los santos padres” indica [15]

Respecto del mysterium fidei, se violó expresamente la antigua norma; el único daño infligido estuvo en el diseño del Consilium. Fue más bien a causa de los accidentes de la reforma litúrgica post conciliar que el Rito Romano recibió daños.

5.- Protestan cardenales y teólogos

Una vez que el texto aprobado del Novus Ordo estuvo disponible en 1969, al parecer el Cardenal Ottaviani cambió de idea lo suficiente como para estampar su firma, junto a la del Cardenal Bacci, al Breve Examen Crítico del Nuevo Orden de la Misa, en el que encontramos la siguiente crítica de “un grupo de teólogos romanos”:

“La vieja fórmula para la consagración era una fórmula sacramental propiamente hablando y no meramente una narración… El texto de las Escrituras no era usado palabra por palabra como fórmula para la consagración. La expresión de San Pablo, el misterio de la fe, fue inserta en el texto, como una expresión inmediata de la fe del sacerdote en el misterio que la Iglesia hace real por medio del sacerdocio jerárquico. [16]

Encuentro que esta es una excelente percepción del beneficio ascético para el sacerdote: el mysterium fidei, en medio de la consagración de la Preciosa Sangre, es un “amortiguador”, que le recuerda que debe estar más consciente de la asombrosa realidad de lo que está haciendo, delante de Dios y para el pueblo- no es una vacua aclamación, sino el hacer presente del Misterio objetivo “que ha estado oculto, de generación en generación, pero que ahora se manifiesta a Sus santos” (Col 1:26). Continúa el Breve Examen Crítico:

“Además, la aclamación del Memorial, por el pueblo, que viene inmediatamente después de la consagración- Proclamamos Tu muerte, Oh Señor… hasta que vengas- introduce la misma ambigüedad acerca de la Presencia Real bajo el disfraz de una alusión al Juicio Final. Sin una pausa, el pueblo proclama su espera, al final de los tiempos, en el momento preciso en que Él está sustancialmente presente sobre el altar- como si la real venida de Cristo solo ocurrirá al final de los tiempos, en lugar de en el propio altar. La segunda aclamación del memorial resulta aún más fuerte: “Cuando comemos este pan y bebemos de esta copa, proclamamos Tu muerte, Señor Jesús, hasta que vengas en gloria”. La yuxtaposición de dos realidades completamente diferentes- inmolación y comida, la Presencia Real y la Segunda Venida de Cristo- eleva la ambigüedad a nuevas alturas. [17]

 Incluso si el Breve Examen pudo haber expresado esta crítica con mayor precisión (el lenguaje es demasiado laxo), es incuestionablemente correcto decir que mover una frase de tal antigüedad, densidad teológica y significación litúrgica , e introducir aclamaciones que inmediatamente atraen la atención al banquete escatológico, no pueden sino modificar la comprensión del acto intentado.

Una respuesta, impresa en 1969, en Notitiæ, el periódico oficial del Consilium (y luego de la Congregación para el Culto Divino, que tomó su lugar), dejó en claro que el trasplante del mysterium fidei alteró fundamentalmente el carácter de este.

Pregunta: Cuando no hay fieles presentes, ¿quién podrá hacer la aclamación después de la consagración?, ¿debería el sacerdote decir “El misterio de la fe”?

Respuesta: En lo negativo. Las palabras El Misterio de la fe, que han sido sacadas del contexto de las palabras del Señor y puestas después de la consagración, “sirven como una introducción a la aclamación de los fieles” (cf. Const. Missale Romanum). sin embargo, cuando, bajo circunstancias particulares nadie está en condiciones de responder, el sacerdote omite estas palabras, como se hace en una Misa en que, por grave necesidad, se celebra sin ningún ministro, en la que se omiten los saludos y las bendiciones al término de la Misa (Instgen., n. 211). Lo mismo es válido para una celebración de sacerdotes sin fieles presentes. [18]

6.- Mayores implicancias del cambio

La remoción del mysterium fidei, desde su sagrada posición, hacia una nueva ubicación, con una nueva función, tuvo al menos un efecto cuádruple.

Primero, se ratifica, una vez más, y de un modo más bien dramático, la difundida tendencia de los entendidos en la moderna liturgia– no solo Jungmann quien, como hemos visto, domina el mysterium fidei, sino figuras eminentes como Adrián Fortescue y el Cardenal Schuster– de asumir que las perdurables partes del texto del Canon son simples accidentes históricos o, más probablemente, errores introducidos por palurdos ignorantes. Palmotearon las espaldas de los Vaggagini del mundo, diciendo: “¡Bien hecho, críticos de los sirvientes buenos y fieles!”

Segundo, se cancela o, al menos, se pone entre paréntesis las piadosas sospechas en la derivación de la fórmula de la tradición apostólica y la recepción medieval de la misma tradición a la que el testigo litúrgico sin excepción ofrece un apoyo mayor al que cualquiera duda que la erudición pueda inducir. De esta manera, hizo su propia contribución a la general demolición de la piedad hacia las formas litúrgicas heredadas, quizás la más execrable secuela de la reforma.

Tercero, modificando con audacia la fórmula usada en el momento más solemne del Santo Sacrificio, el cambio envió un claro mensaje- más claro aun que la inserción del nombre de San José, en el canon de 1962, que fue su precursor– que los cambios litúrgicos emprendidos en los años sesenta constituyen una revolución, no una reforma.

Plausiblemente, ciertos cambios no pueden ser vistos como refinamientos o ajustes, en continuidad con la tradición; son, lisa y llanamente, rupturas. Mientras antes reconozcamos esto, más pronto podremos deshacernos de la quimera de la “Reforma de la Reforma” y reasumir la pérdida continuidad en el punto en que fue rota. [19]

Finalmente, en un nivel completamente práctico, está la franca banalidad de la “aclamación del memorial” inventada, tal como se ha puesto en práctica en la plétora de versiones vernáculas, en que se ha desintegrado el Rito Romano. [20] Cuando se reza en voz alta la Oración Eucarística en lengua vernácula, la atmósfera- que un afortunado ars celebrandi podría hasta haber convertido en una atmósfera de oración- es destrozada en su punto más solemne por el nunca tan unánime murmullo de uno que otro texto designado, dirigido por el sacerdote, en su rol secundario como institutriz. Cuando la aclamación es cantada, los resultados pueden ser mucho peores: los músicos, mal alimentados en base a una dieta de Haugen-Haas MR, parecen caer por debajo de sus peores esfuerzos, con empalagosas melodías y acartonados lugares comunes. La inmolación del Esposo es borrada de la mente mediante una barata imitación de Broadway.

Desde un punto de vista ritual y teológico, no es más que una intrusión, una interrupción y una irrelevancia en el fluir de la acción litúrgica, que, en ese momento, se dirige a ofrecer al Padre, la Santa Víctima, la Víctima Inmaculada, para la salvación del hombre. Nuestra participación es adorar en silencio uniéndonos a Su sacrificio en la Cruz y a esperar Su abundante misericordia. No es el mysterium fidei el que merece ser denigrado como “un paréntesis”, sino la aclamación del memorial, idea de Paulo VI, y del Consilium.

7.- Como siempre, la Tradición es el camino

El misterio de nuestra fe está íntima e intrínsecamente ligado con hunc praeclarum calicem, “este precioso cáliz”. Las murmuradas palabras mysterium fidei están en el corazón de la consagración del cáliz. Su remoción es emblemática de lo que se ha hecho a la liturgia, en su conjunto, cuando el corazón de tantos ritos ha sido erradicado de ellos. Incluso si las palabras mysterium fidei no fuesen necesarias para significar la transustanciación (y, de este modo, la consagración puede ser “efectiva” y la Misa “válida”, sin ellas), el sacar a mysterium fidei de su ancestral posición denuncia la siguiente actitud: nada es sagrado.

El Salmo 15 usa la copa o cáliz como un símbolo de la generosa provisión de Dios a Su pueblo: “El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa: tú eres quien me devolverá mi herencia” (Ps 15:5). Este versículo nos recuerda la naturaleza de nuestra herencia litúrgica. No es el resultado de alguna serpenteante casualidad e intenciones simplemente humanas, sujetas a perpetuas revisiones, sino una tradición viva que comienza en el Logos de Dios y culmina en el Logos encarnado, nuestro eterno Sumo Sacerdote, que conduce a Su Iglesia mediante el don de Su Espíritu. La actitud que se supone debemos tener frente a nuestra herencia- la que “nos toca en suerte”- se capta en el siguiente versículo: “Me marcaron un sitio de delicias, magnífica yo encuentro mi parcela” (Ps 15:6)

Estas dos palabras, mysterium fidei… El que no sepamos de dónde provienen o por qué están donde están, impone un límite irremontable de humildad a nuestra orgullosa erudición, que no podamos comprender todo el espectro de su significado, ni que podamos clasificarlas en ideas cartesianas “claras y distintas”, frustra la incansable vanidad de nuestras ambiciones, poniéndonos en el lugar de mendigos tras las migajas de percepción que puedan caer de la mesa de nuestro amo celestial. Eso es lo que realmente son; esto es a donde verdaderamente pertenecemos. “Esta es la paciencia y la fe de los santos… Aquí está la sabiduría” (Rev 13:10, 18).

NOTAS:

[1]Aún sigue allí, en la 43ª edición del Denzinger (San Francisco: Ignatius Press, 2012), en el Nº 782.

[2]Summa theologiæ III, qu. 78, art. 3.

[3]cf. Summa theologiæ III, qu. 83, art. 4, ad 2.

[4] Josef Jungmann, SJ, La Misa del Rito Romano: Sus Orígenes y Desarrollo (Missarum Sollemnia), 2 vols., trad. Francis A. Brunner (Notre Dame, IN: Christian Classics, 2012) 2:199–201.

[5]Tomo X (1997), comenzado por Edmond Eugene Möller y continuado por Jean-Marie Clément, OSB, y Bertrandus Coppetiers‘t Wallant. En el cuerpo de la obra, esa parte del Canon es la Oratio 6265, con tres variantes mayores: 6265a es el texto Romano, 6265b el Ambrosiano, y 6265c un texto Ambrosiano anómalo, registrado en un solo manuscrito.

[6] Cipriano Vaggagini, OSB, El Canon de la Misa y la Reforma Litúrgica, trad. Peter Coughlin (Staten Island, NY: Alba House, 1967; publicado en italiano, en 1966), 104. La afirmación de Vaggagini de que “no tiene paralelo en ninguna otra liturgia”, aunque es verdad, en lo que al texto concierne, es característicamente engañosa: ningún rito cristiano histórico ha usado jamás el texto bíblico, estricta y únicamente, como las palabras de la consagración. En otras palabras, las fórmulas de la consagración registradas en el Nuevo Testamento no son fórmulas exactas usadas en las liturgias cristianas históricas. Estos ritos litúrgicos anteceden a los textos bíblicos y reflejan costumbres en particular que cuentan con su propia lógica.

[7] Annibale Bugnini, La Reforma de la Liturgia, 1948–1975, trad. Matthew J. O’Connell (Collegeville, MN: The Liturgical Press, 1990), 450. El Grupo era Coetus X, al que se le confió el Ordo Missæ.

[8] Ibid., 454.

[9] Ibid., 455.

[10]Prot. N. 1028/67, se encuentra en la p. 14 de este archivo PDF.

[11]Consistorio de Cardenales, 24 de mayo de 1976: “usus novi Ordinis Missae” y “Novus Ordo promulgatus est”—“el uso del nuevo Ordo Missæ”; “el nuevo Ordo ha sido promulgado.”

[12] Bugnini, La Reforma de la Liturgia, 352.

[13] Ibid., 370.

[14] Ibid., 371–72.

[15]La teoría propuesta por algunos eruditos preconciliares, al efecto de que el mysterium fidei, como algo que el diácono decía a los fieles en o inmediatamente a continuación de la consagración, ya había sido descartada en 1949 por Jungmann como “poesía, no historia”: La Misa del Rito Romano, 199. Fue un libro que todos habían leído en ese momento.

[16] Alfredo Cardenal Ottaviani y Antonio Cardenal Bacci, La Intervención Ottaviani: Breve Examen Crítico del Nuevo Ordo de la Misa, trad. Anthony Cekada (West Chester, OH: Philothea Press, 2010), 56; texto ligeramente modificado, para calzar con el texto en inglés de la aclamación del memorial.

[17]Ibid., 58.

[18] Notitiæ 5 (1969): 324–325, n. 3. Esta traducción del original latín está tomada de http://notitiae.ipsissima-verba.org/.

[19] Ver mi artículo “Por qué la Reforma de la Reforma está Condenada”, OnePeterFive, 22 de abril del 2020, https://onepeterfive.com/reform-of-the-reform-doomed/.

[20] En contraste con casi todas las versiones vernáculas, siempre que he escuchado la aclamación en latín (Mortem tuam annuntiamus, Domine…) está bellamente inserta en una melodía gregoriana clásica. Sin embargo, la belleza del canto no puede ocultar los problemas más profundos discutidos en este artículo.

Traductor: Valinhos. Artículo original

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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