Ejemplos de la dialéctica ratzingeriana y el evolucionismo bergogliano
El presente artículo se publicó originalmente como primera parte de una trilogía en el blog Tratition and Sanity el 13 de febrero de 2025. Con motivo de la festividad de San Pío X el 3 de septiembre, lo volvemos a publicar para beneficio de nuestros lectores.
En la primera parte de esta serie me remonté a la primera generación del modernismo y, con la ayuda del cardenal Mercier, formulé una definición. En la segunda, me remonté hasta el origen del problema fundamental, que está en una falsa filosofía que socava la fe natural en una revelación divina definida, y referí cómo el Juramento antimodernista fue suprimido por Pablo VI, pontífice que demostró un sospechoso entusiasmo por abrazar al menos algunas de las ideas que dicho juramento condenaba. En esta última parte expondré algunos ejemplos de cómo afectó al papa actual y a su predecesor la función clave que desempeña el evolucionismo que caracteriza la mentalidad modernista. Y para terminar, ataré los cabos que conectan el conjunto, dividiéndolos entre modernistas negros, colorados y violeta.
Francisco, evolucionista de la doctrina
Uno de los rasgos que distinguen al modernismo es que depende de un esquema ideológico evolucionista en el que la verdad no es estática sino dinámica: la Iglesia no está en posesión de la verdad en ningún momento dado, sino que la busca, y siempre está descubriendo nuevos aspectos de ella que pueden incluso suponer la inversión de lo que la Iglesia consideraba verdadero1.
Es algo que se puede apreciar con viva claridad en el papa Francisco, que sostiene que la Iglesia ha estado equivocada durante mil años por su apoyo a la pena de muerte, porque ahora sabemos que la pena capital es contraria a la dignidad humana, y es por eso inadmisible siempre y en todo lugar (pero eso sólo es posible si es per se malum: malo de por sí, intrínsecamente; de lo contrario, en algunos casos sería admisible). O quizás sea más preciso decir que para los modernistas hubo una época en que la Iglesia, cuando la conciencia humana todavía no estaba muy desarrollada, estuvo acertada al promover la pena de muerte –pues, para un pueblo culturalmente inmaduro, sería legítima–. Pero ahora que somos más conscientes y entendemos mejor el concepto de los derechos humanos universales y la hermandad de todos los hombres, y que la autoridad política no es de origen divino, y que conocemos la benevolencia universal del Dios Creador, nos damos cuenta de que la pena capital está mal. Claro, que eso puede ser en la fase concreta de conciencia que estamos atravesando; la evolución podría llevarnos en una dirección sorprendente, quién sabe.
Otro ejemplo podemos verlo en la falsa doctrina del capítulo octavo de Amoris laetitia, que hace borrón y cuenta nueva de la hasta ahora inflexible exclusión de los sacramentos para los católicos que vivan en situación objetiva de adulterio. Claro que los modernistas dirían que conceptos como pecado mortal, pecado objetivo y la necesidad de estar en gracia de Dios para recibir los sacramentos han evolucionado, porque ahora entendemos de forma cada vez más completa el misericordioso amor de Dios, para el que no hay barreras (como ellos dicen), y que no lo ganamos ni perdemos por nuestros actos, y cosas así. Se observará que siempre hay una pizca de verdad en los mencionados errores, ya que de otra manera no tendrían ninguna credibilidad ni para el más tosco intelecto.
El universalismo en el que participó Francisco en Abu Dhabi, Singapur y muchos otros lugares es otro ejemplo más: antes la Iglesia enseñaba que sólo ella posee y enseña la religión verdadera que nos trajo Dios para salvarnos, pero ahora sabemos que Dios habla al hombre por medio de todas las religiones y las trasciende todas. Entonces, todas son vías de salvación para quienes las siguen sinceramente. En el mejor de los casos, el de Jesús sería el camino privilegiado de la salvación, como dijo en cierta oportunidad monseñor Robert Barron2. Aquí se nota la influencia de la teoría subjetiva, emocional y pragmática de la religión que describió San Pío X en Pascendi.
Se podrían seguir poniendo muchos más ejemplos de doctrinas modernas que ya existían antes del Concilio y se manifestaron abiertamente después que llevan ese cuño revolucionario. El Hno. André-Marie explica:
«Para Kant, todo era estático, pero Hegel introdujo un elemento dinámico en su metafísica (como Heráclito). Según Hegel, todo evoluciona en una dialéctica de tesis, antítesis y síntesis. La historia, la verdad, el pensamiento, y de hecho toda la realidad, se explican mediante este principio. En la historia del pensamiento, la dialéctica hegeliana da lugar a la conciencia histórica, perspicaz percepción del cambio incesante que describe toda realidad como un desarrollo que nunca termina. Igualmente, da lugar al historicismo, teoría según la cual las leyes generales del progreso histórico determinan los acontecimientos. Conforme a esta teoría, todo está supeditado a procesos evolucionarios progresivos»3.

Cornelis Jacobsz, Dialéctica (source)
La dialéctica hegeliana de Ratzinger
Nos damos clara cuenta de que incluso la teoría de la hermenéutica de la continuidad a la que aludía Benedicto XVI comporta o retiene algún elemento de hegelianismo. En la célebre alocución que dirigió a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005, no habló de hermenéutica de la continuidad (aunque ya había empleado la expresión en otras ocasiones)4, sino de la «hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado».
Como explica Brian McCall, no es tan prometedor como parece:
«Benedicto XVI alega que el objeto de la fe puede variar con el tiempo en tanto que la Iglesia continúa siendo el mismo sujeto que propone esas ideas que van progresando. A lo largo del tiempo estudia revisiones de esas doctrinas mediante un proceso que mantiene en su lugar la estructura de la Iglesia»5.
O sea que, aunque Benedicto rechaza en el mismo discurso lo que llama hermenéutica de la ruptura, que hace la Iglesia durante el Concilio y después de este una entidad muy diferente de la anterior, con creencias muy distintas, afirma a continuación que en lo que se refiere a cuestiones más contingentes como la relación de Iglesia con el mundo moderno hay en realidad una mezcla de ruptura y continuidad. Que, por así decirlo, hay ciertas rupturas que son necesarias para que haya mayor continuidad. O, como él mismo dijo, «la naturaleza misma de la verdadera reforma consiste precisamente en esa combinación de continuidad y discontinuidad a diversos niveles».
Veamos algunos ejemplos de cómo funciona esta dialéctica hegeliana en Ratzinger:
1. En su libro Teoría de los principios teológicos, Ratzinger afirmó que la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno Gaudium et spes era un antisilabus frente al Sillabus de errores de Pío IX6. La tesis es el antiliberalismo de Pío IX; la antítesis, el liberalismo moderno; el proceso dialéctico, la lucha por integrar la modernidad en el catolicismo; y la síntesis resultante es un liberalismo mayor que también es católico.
2. En el motu proprio Summorum Pontificum y la carta adjunta a los obispos Con grande fiducia, tenemos una tesis: el rito romano tridentino. Una antítesis: el Novus Ordo. Un proceso dialéctico: enriquecimiento mutuo. Y una síntesis final: un futuro rito romano, viejo y nuevo a la vez, que reúne en teoría las mejores cualidades de los dos7.
3. En la postura que adopta Benedicto XVI con relación al Cielo, el Infierno y el Purgatorio en la encíclica Spe salvi, podemos reconstruir la estructura latente de esta manera: tesis: el concepto históricamente dominante de que el género humano es una massa damnata, es decir, que está con toda justicia destinado a la perdición por el pecado original y el actual, y sólo una minoría se salva. Antítesis: el universalismo de Orígenes, David Bentley Hart, Hans Urs von Balthasar y monseñor Barron: todos se salvarán, o al menos es razonable esperar que así sea. El proceso dialéctico es la incesante ampliación del efecto de la gracia salvífica. Síntesis final: que la mayoría se salva, aunque unos pocos que sean malos sin remedio, como Hitler y Stalin, se pierdan. No pueden participar en un mismo banquete celestial8.
4. Por lo que se refiere a la evolución del hombre, la tesis es que el hombre fue creado directamente por Dios y la mujer por Dios a partir del primer hombre, y toda la raza humana procede de esta pareja. La antítesis es que el ser humano no es otra cosa que un accidente cósmico, el resultado imprevisto de partículas que por azar interactuaron entre sí. La síntesis consiste en la evolución teísta, en la que Dios sostiene y dirige de algún modo un proceso material aleatorio hasta que llegue un momento en que interviene para crear los primeros humanos que no fueron hijos de otros humanos.
A lo largo de los escritos de Ratzinger se puede observar este esquema dialéctico. Es muy cierto que aunque se diferencia mucho del cardenal Walter Kasper, ambos tienen en común un profundo núcleo de filosofía germánica, sin bien lo aplican de distinta manera. Por ejemplo, Kasper describe el paso del periodo apostólico al postapostólico de los concilios de los primeros cristianos como una continuidad en la discontinuidad en la que el kerygma o mensaje de salvación original se transcribió a categorías griegas de pensamiento a fin de adaptarse a la mentalidad del momento. Y afirma que eso es lo que hay que hacer en todos los tiempos: traducir el Evangelio a un nuevo lenguaje, dejar los conceptos que han perdido vigencia o sentido y adoptar otros nuevos para acomodarse a las nuevas exigencias.
Hablo mucho de la historia, personalidad y métodos filosóficos de los modernistas, porque si no lo tenemos claro, no seremos capaces de reconocer la amplia gama de maneras –en ocasiones complejas y sutiles– que asume el modernismo en los tiempos que vivimos. Hay modernistas a ultranza como Kasper, y también hay muchos otros que han recibido influencias del modernismo o se han formado en él y quizás ni se han dado cuenta, o bien creen que pueden recuperar o rehabilitar sus aspectos positivos sin salirse de la ortodoxia católica y la Tradición (yo diría que Ratzinger es de ellos, como la mayoría de los católicos conservadores).
Como me he desvivido por demostrar, el modernismo no consiste en un sistema cerrado y ordenado que se pueda aceptar o rechazar en bloque. Se trata más bien de un revoltijo de ideas sobre la fe y la religión, qué es la salvación, cómo se formaron las Escrituras, como surgen y se se pulen las definiciones dogmáticas, cómo la ley del progreso del pensamiento –es decir, la expansión y perfeccionamiento de la conciencia moral– exige la modernización del hombre y sus instituciones, entre las que se incluye la Iglesia. Es improbable que todas estas ideas concuerden en todos los modernistas y semimodernistas. Y más improbable todavía que quienes las profesan sean conscientes del origen y las consecuencias de dichas ideas.

Tres oleadas modernistas
De todos modos, hay también quienes saben de sobra lo que hacen y tienen muy claro el rumbo que quieren imprimir a la Iglesia. Propongo clasificarlos en tres categorías: los modernistas negros de hace 120 años, los colorados de hace 60 y los color violeta de hoy.
Los modernistas negros de hace 120 años eran eclesiásticos, como Alfred Loisy y George Tyrrel, que abrazaron el racionalismo, el cientifismo, el historicismo, el revisionismo y el relativismo. Con sus escritos y conferencias abrieron paso en la Iglesia a un clima de desconfianza, sospecha y desprecio de la Tradición. Sus ideas dieron pie a una creciente inquietud reformista, y en muchos casos promoviendo reformas en la liturgia. Pío XI y Pío XII trataron de moderar y mitigar ese movimiento, con resultados contradictorios9.
Fue Juan XXIII el que, aunque personalmente era más tradicional en lo religioso, cometió el error fatal de convocar un concilio ecuménico en un momento en el que el programa neomodernista había recobrado ímpetu (para comprobarlo, basta con examinar la obra de Rahner, Congar, Chenu, Küng, Schillebeeckx, Häring, De Lubac y Ratzinger, entre otros muchos teólogos). Después la cosa se complicó al permitir que esos peritos conciliares y sus obispos prescindieran de los documentos preparatorios del Concilio y dieran un golpe de mano que desviaron el rumbo y mentalidad fundamental del mismo.
Ahora que han pasado sesenta años de la clausura del Concilio, podemos hablar de los modernistas violeta, refiriéndonos a los cardenales y obispos de ese periodo que, si bien en general eran en lo personal de una moral impecable y tenían un sólido sentido del deber, eran partidarios de unas ideas más progresistas o liberales. Y con más razón podríamos hablar de obispos y cardenales consagrados o creados en las décadas inmediatamente posteriores; esos serían los que las llevarían más plenamente a la práctica, normalizando con ello formas moderadas de las ideas condenadas por Pío X en Pascendi. Lo que se podría llamar un modernismo mitigado, que sería el fondo teológico de un catolicismo beige, como decía monseñor Barron.
En realidad, ese modernismo es ni más ni menos el credo de la antiiglesia, los principios operativos de un clero y una estructura eclesiástica que se hace pasar por Iglesia de Cristo y vive como un parásito a costa de su capital histórico y sus activos económicos. Se puede reconocer a la antiiglesia por sus contradictorios rasgos: una dogmática falta de dogmatismo, un rígido laxismo, inclusividad exclusivista, antiescolasticismo y eclectismo por sistema, un espíritu antitradicional que en la práctica se ha convertido en una nueva tradición por tener tanto tiempo ya como para adquirir cierta pátina de respetabilidad (nótese que la canonización por razones políticas de varios papas del Concilio ha sido fundamental para crear la idea de que Dios daba su sello de aprobación).
Errores intelectuales seguidos de una reestructuración de la Iglesia –entre los que se cuenta la promoción de una colegialidad y una sinodalidad que desmantelan episcopado– y la traición de que ha sido objeto la sagrada liturgia han desembocado en un vacío moral. Peor todavía, en un vacío abarrotado de demonios: el escándalo de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes, del cual se podría decir que tiene características de pandemia. Los abusos que tienen su epicentro en el ex cardenal McCarrick y actualmente amparados por compinches convenientemente instalados por él en la Conferencia Episcopal de los EE.UU. y el Vaticano, está vinculada desde luego con el vicio sodomita, que siempre ha reavivado en los peores momentos de la historia de la Iglesia. En épocas en las que el conocimiento, la virtud y la entrega al Señor se han diluido, en que la fe es una diminuta ascua protegida por un pequeño resto de fieles que por la inmensa misericordia de Dios han terminado por traer reforma y renovación.
Por eso hablo de los modernistas color violeta: tienen mucho en común con los de los otros dos colores, el negro y el colorado, aunque son todavía peores, porque aúnan a la infidelidad intelectual la ambición institucional, la corrupción litúrgica y la depravación moral. Y de esa forma, promueven y acarrean la gran apostasía.

El mayor paradigma y causa de fidelidad: Jesucristo suspendido de la Cruz. A sus espaldas, el pío Eneas salva a su padre de una Troya en llamas. Los perros son símbolo de la lealtad. Grabado de Jacob Matham inspirado en un dibujo de Hendrick Goltzius.
Reacción de los católicos fieles
¿Cómo podemos combatir a ese parásito multigeneracional que es el modernismo? En momentos de tanta confusión y falta de religiosidad, hay algo que está clarísimo: hay que atenerse porfiadamente a la tradición desarrollada y definida por la Iglesia:
• En la doctrina, que encontramos en todos los concilios ecuménicos que enseñaron dogmáticamente, en el Catecismo de Trento y todos los catecismos buenos de antes.
• En nuestra vida moral, ajustándola a la constante enseñanza y ejemplo de los santos.
• Y por encima de todo, en los ritos ancestrales y auténticos de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.
Eso es lo que se nos exige: que nos mantengamos fieles al patrimonio que heredamos antes de que llegara la anarquía. La única vía segura está en atenernos a aquello de cuya autenticidad tenemos certeza; implorar a diario la ayuda y la intervención de Dios; ponernos en manos de la Virgen María; y jamás abandonar la Iglesia en pos de imaginarios pastos más verdes. ¿Qué se ganaría con abandonar la Iglesia Católica? Sólo se conseguiría apartar a personas buenas de lo que más necesitan y de donde más falta hacen –el Cuerpo visible de Cristo– y contribuir a agrandar la creciente anarquía.
Lo que se necesita es estar firmemente unido a la Esposa de Cristo a pesar de que está desfigurada en la Tierra, una lealtad inquebrantable a su eterna Cabeza y la plena aceptación de la doctrina que en su integridad le confió. En resumidas cuentas: tenemos que hacer lo que nos enseñó San Pío X hace más de cien años. La verdad es eternamente joven y posee un rostro que irradia belleza y deleite; lo que envejece prematuramente y se vuelve repelente y monstruoso es el error.
Hace más falta que nunca el testimonio de católicos que digan la verdad con amor y con alegría. Serán los abanderados que lleven la luz de la Fe a lo largo de las restantes décadas de este siglo y después, mientras se desinfla la secta modernista (pues eso es ni más ni menos). Al fin y al cabo, el Señor lo dijo muy claro: Veritas liberabit vobis, la verdad os hará libres (Jn. 8,32). Él mismo es esa Verdad: Ego sum via, et veritas, et vita (Jn.14,6). Y su Iglesia, «columna y cimiento de la verdad» (1 Tim.3,15).
Teniendo en cuenta la huida de Dios que comenzó con la caída de Adán y se abre paso entre los hijos de Eva, no debería extrañarnos que el mundo prefiera la esclavitud del relativismo a la verdad que nos hace libres: «Vendrá el tiempo en que no soportarán mas la sana doctrina, antes bien con prurito de oír se amontonarán maestros con arreglo a sus concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, pero se volverán a las fábulas» (2 Tim. 3, 3-4). Desde luego, no es exigir demasiado a los católicos fieles pedirles que no hagan caso de ellas y por el contrario busquen, estudien y promuevan la sana doctrina con toda fe y humildad. Que desechen los mitos al uso y se adhieran al patrimonio de las verdades perennes. Que amontonen maestros que no se avergüencen de ser discípulos de la escuela de Cristo, se nutran de toda palabra que sale de la boca de Dios y fortalezcan a sus discípulos con el mismo alimento de vida.
Un examen realista de la Iglesia actual revela que existe lo que se podría llamar un cisma considerable. Pero al contrario de lo que dicen los progresistas, los cismáticos no son los católicos tradicionalistas, sino los miembros de la jerarquía y los laicos que, alucinados por la influencia del modernismo, han abandonado la roca firme de la verdad y el arca de salvación. No podemos dar por sentado que tendrán la humildad de reconocer sus errores y arrepentirse de sus pecados. Es innegable que atravesamos una tempestad apocalíptica de la que sólo nos puede librar un Dios omnipotente en respuesta a las oraciones que pide a nuestras fatigadas pero invictas almas. Como dice monseñor Viganò:
«La Iglesia está envuelta en las tinieblas del modernismo, pero la victoria será de Nuestro Señor y de su Esposa. Nuestro deseo es seguir profesando la fe perenne de la Iglesia en medio de los clamorosos males que la asedian. Queremos seguir velando con Ella y con Jesús en este nuevo getsemaní del final de los tiempos. Rezar y hacer penitencia en reparación por las innumerables ofensas de que son objeto (…) Sabemos que ese conjunto de todas las herejías que es el modernismo y su versión actualizada conciliar jamás podrán opacar el esplendor de la Esposa de Cristo sino por el breve periodo de eclipse que en su infinita sabiduría ha dispuesto la Providencia a fin de sacar un bien mayor a cambio»10.
Que nuestro progreso en la santidad a través de las pruebas, nuestro renovado compromiso con la oración, nuestro estudio y proclamación de la verdad y nuestra agradecida adhesión a lo que Dios nos ha prodigado en la Tradición católica que hemos heredado sean prueba en nuestra vida de que de la presente crisis Él ha sacado un bien mayor.
1. Una excelente explicación de las verdades dogmáticas definidas a las que se opone el modernismo se puede ver en Defending the Faith, 103–13, 268–69.
2. V. Is Jesus Christ the ‘privileged way’ to salvation—or the only way?, LifeSiteNews, 17 de diciembre de 2018.
3. What Did St. Pius X Mean When He Called Modernism ‘the Synthesis of All Heresies’?, en Catholicism.org, 9 de septiembre de 2007.
4. Se encontrará documentación sobre el tema en The Ongoing Saga of ‘the Hermeneutic of Continuity, New Liturgical Movement, 26 de noviembre de 2013. Cuando escribí ese artículo todavía creía que Francisco podría seguir tal vez la misma línea que Benedicto, y que la de Benedicto era incuestionable. El paso del tiempo y el estudio han puesto muchas cosas en claro.
5. McCall, A Voice in the Wilderness, 109.
6. «Si se desea emitir un diagnóstico global sobre este texto, podría decirse que significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones mundiales) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Antisyllabus. (…) Este documento trazó una línea de separación respecto de las fuerzas que remodelaron el siglo XIX, es decir, respecto de las concepciones científicas y políticas del liberalismo. La polémica sobre el modernismo acentuó y consolidó aún más esta doble delimitación. (…) Contentémonos aquí con la comprobación de que el documento juega el papel de un Antisyllabus y, en consecuencia, expresa el intento de una reconciliación oficial de la Iglesia con la nueva época establecida a partir del año 1789». (Teología de los principios católicos. Materiales para una teología fundamental, Herder, Barcelona 1985. Pág. 457-458.
7. Véase mi conferencia Beyond Summorum Pontificum: The Work of Retrieving the Tridentine Heritage, Rorate Caeli, 14 de julio de 2021.
8. V. la encíclica Spe salvi (30 de noviembre de 2007), n.º 44-46. Cf. con mi artículo On Hell: Clarity Is Mercy in an Age of ‘Dare We Hope, OnePeterFive, 7 de agosto de 2019.
9. Entre los modernistas no había unanimidad a favor de la reforma o experimentación litúrgica. Como lo que les interesaba era negar el sentido literal de los dogmas y subrayar la experiencia subjetiva religiosa y moral, no les resultaba difícil encontrar gusto en el simbolismo religioso que les proporcionaban los ritos tradicionales. Pero al mismo tiempo, el esquema evolucionista general del modernismo, en el que estado actual y futuro de la humanidad se consideran superiores a los pasados, se presta fácilmente al aggionarmento litúrgico. Paradójicamente, en la línea oficial de la Fraternidad San Pío X observamos una inversión del problema modernista: se pone hasta tal punto el acento en la doctrina que deformas litúrgicas como la de Pío XII a la Semana Santa (ensayo del Novus Ordo) se aceptan sin chistar. Es como si sostuvieran que un pontífice puede ejercer de monarca absoluto sin tener que responder ante la tradición litúrgica de la Iglesia siempre y cuando el dogma quede intacto. Podría sacarse un nuevo rito de la manga y habría que aceptarlo sin oponer reparos en tanto que se puedan plantear objeciones de tipo doctrinal. Tal es la esencia del nominalismo y el voluntarismo litúrgico, y esa actitud no es católica.
10. A Voice in the Wilderness, 157; 256.





























