Entre Pío X y Francisco: de la expulsión a la entronización del modernismo (2ª parte)


Un veneno más mortífero que el protestantismo desperdigado por todo el torrente sanguíneo


En la primera parte de esta serie me remonté a la primera generación del modernismo a finales del siglo XIX y principios del XX, a fin de hacer una recopilación de los rasgos más destacados de dicha herejía y formular una definición. Consideré varias etapas de la reacción de San Pío X, que culminaron en la encíclica Pascendi Dominici gregis de 1907 y me ocupé detenidamente en identificar y desarmar a los propagadores del error. Concluí con un excelente resumen del cardenal Mercier, y voy a proseguir con un estudio sobre el problema de base del modernismo. A continuación hablaré de la función del Juramento antimodernista, y plantearé si una considerable cantidad de prelados cometió perjurio.

Liubov Serguéievna Popova, Construcción: espacio y fuerza (1921)

Una filosofía falsa disuelve la fe

Bastantes décadas después de la publicación de Pascendi, el gran dominico tradicionalista Roger-Thomas Calmel escribió lo siguiente a este respecto:

«El modernismo es más mortífero que el protestantismo. En realidad, no se propaga negando abiertamente, sino mediante una esterilización interior. No se niegan descaradamente los dogmas ni los sacramentos, pero con un diabólico proceso de desmantelamiento, el modernismo conduce poco a poco a una desnaturalización y vaciamiento de los misterios en sí»1.

A causa de estos y otros errores, San Pío X condenó en Pascendi globalmente el modernismo en su conjunto como conjunto de todas las herejías, omnion hareseon conlectus, colección de todas las herejías, según la frase empleada por el Papa en el texto original latino. Se lo declaró incompatible con la verdad primordial de la Fe católica: que Dios, con la libertad de su amor, quiso manifestarse al hombre, al cual le proporcionó el don de la fe y una serie de motivos razonables para creer a fin de que por su libre albedrío pudiera dar una respuesta adecuada a dicha revelación mediante su asentimiento intelectual y basar en ella su vida.

Ahora bien, ¿por qué calificó San Pío X al modernismo con la llamativa y quizá hasta desconcertante expresión de conjunto de todas las herejías? El religioso André-Marie lo explica atinadamente con estas palabras:

Una filosofía falsa disuelve la fe

Bastantes décadas después de la publicación de Pascendi, el gran dominico tradicionalista Roger-Thomas Calmel escribió lo siguiente a este respecto:

«El modernismo es más mortífero que el protestantismo. En realidad, no se propaga negando abiertamente, sino mediante una esterilización interior. No se niegan descaradamente los dogmas ni los sacramentos, pero con un diabólico proceso de desmantelamiento, el modernismo conduce poco a poco a una desnaturalización y vaciamiento de los misterios en sí»1.

A causa de estos y otros errores, San Pío X condenó en Pascendi globalmente el modernismo en su conjunto como conjunto de todas las herejías, omnion hareseon conlectus, colección de todas las herejías, según la frase empleada por el Papa en el texto original latino. Se lo declaró incompatible con la verdad primordial de la Fe católica: que Dios, con la libertad de su amor, quiso manifestarse al hombre, al cual le proporcionó el don de la fe y una serie de motivos razonables para creer a fin de que por su libre albedrío pudiera dar una respuesta adecuada a dicha revelación mediante su asentimiento intelectual y basar en ella su vida.

Ahora bien, ¿por qué calificó San Pío X al modernismo con la llamativa y quizá hasta desconcertante expresión de conjunto de todas las herejías? El religioso André-Marie lo explica atinadamente con estas palabras:

«Dice el Santo Padre que los modernistas “han aplicado la segur [hacha] no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas”. Dicho de otro modo: hay algo más profundo que la herejía. No es que, en un sentido literal, los modernistas profesen todas las herejías que han existido a lo largo de la historia, cosa materialmente imposible, pues muchas de ellas son mutuamente excluyentes; se trata, más bien, de que el modernismo es radical –en el sentido literal de que llega a la raíz– al negar la fe. Ello obedece a que “del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema de ellos”, que es una filosofía que niega el conocimiento, el orden sobrenatural, la estabilidad de la verdad, el principio de no contradicción y la metafísica del sentido común (…) Los múltiples resultados de este siniestro connubio entre la fe y una indigna meretriz son los frutos de un árbol que está podrido desde la misma raíz»2.

Es posible que cuando Santa Teresa del Lisieux escribió aquellas memorables palabras de todo es gracia estuviera sintetizando las objeciones de San Pío X al modernismo. Que Dios nos creó; que Él nos tendió una mano para sacarnos de nuestro miserable estado; que se hizo carne y murió por nosotros; que derramó su amor en nuestros corazones; que con los sacramentos de la Iglesia nos ofrece poder participar en su vida… Todo eso es pura gracia, puro don que desciende del Padre de las Luces, el que concede toda buena dádiva y al que nos entregamos mediante la obediencia, el amor filial y la adoración.

Los modernistas lo ponen todo al revés. Es como si estuvieran en una sala con las paredes cubiertas de espejos y no se vieran sino a sí mismos. Todo es un reflejo de uno mismo, atrapado en el tiempo, todo en constante evolución si llegar a ninguna parte, una ruidosa porfía de opiniones. Nos es difícil percibir por detrás del caos catequético, litúrgico, doctrinal y moral de la Iglesia actual la larga sombra de ideas que ni siquiera las estrictas medidas disciplinarias que adoptó San Pío X –ni intentos posteriores de Pío XII en el mismo sentido– consiguieron erradicar.

Teniendo en cuenta la tremenda influencia del modernismo en la Iglesia, Pascendi es una encíclica que ningún católico formado puede permitirse el lujo de desconocer, aunque no le resulte de fácil lectura. Página tras página, el documento distingue, define y desmonta todos los aspectos la estructura del modernismo, y demuestra que una idea tergiversada conduce a otra y cómo contradice cada una la doctrina de la Fe. Y en muchos casos, también la verdad de la sana filosofía. Es indudable que hay más ingredientes en la cazuela de la crisis que se viene cocinando desde el siglo pasado, pero el modernismo es más que un simple condimento: es la carne del guiso.

Ojo con ese tóxico brebaje

En cierta ocasión estaba enseñando Pascendi a un grupo de alumnos universitarios. Después de exponer en detalle la redefinición modernista de conceptos como fe y revelación, les pregunte: «¿Cuál es su opinión de todo esto?»

Como era de esperar, un alumno dijo: «Me recuerda mucho a lo que nos enseñaban en la clase de religión de secundaria». Y otro: «Yo también he oído esas cosas en homilías». Y un tercero añadió: «Un amigo mío tenía un libro sobre la Misa que decía ni más ni menos lo que usted acaba de explicar». Entonces pregunté: «¿Por qué rechaza Pío X todo eso sin excepción?» Y otro alumno dijo: «Porque todo es subjetivo, depende de sus ideas, ¿y dónde está Dios entonces?» Y el que estaba a su lado agregó: «Hace borrón y cuenta nueva de la idea de que la fe es un don recibido, algo que hace Dios, un mensaje que nos confía. Los modernistas se han inventado su dios y su religión para no tener que someterse al de verdad. Hay que tener humildad para ceder a la fe y no pensar que el hombre de hoy es tan genial y tan diferente».

A medida que proseguía el debate, se nos fue haciendo dolorosamente más claro también a mis alumnos y a mí: todos los errores que disecciona Pío X en Pascendi se siguen enseñando en la actualidad. Indudablemente, es la más escandalosa dejación de funciones que se haya visto jamás en la historia de la Iglesia, y también por el propio papa actual. No una ni dos veces, sino con frecuencia y en una amplia gama de temas.

Jurar la ortodoxia y abjurar del error

Entre otras medidas que tomó San Pío X para sofocar el modernismo y sostener la Tradición estuvo la institución del famoso (infame para sus adversarios) Juramento antimodernista promulgado el 1 de septiembre de 1910. Tenían que jurarlo «todo el clero, confesores, predicadores, profesores de filosofía y teología en seminarios». Me gustaría reproducir algunos trozos de tan importante texto, que comienza así:

«Yo, N., abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos».

Presten especial atención al cuarto apartado del juramento:

«En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, siempre con el mismo sentido y la misma interpretación. Por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio. Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el depósito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido».

Semejante lenguaje nos evoca la constitución Dei Filius Concilio Vaticano I, y nos remontamos más atrás, a San Vicente de Lérins, que afirmaba en su Conmonitorio, tratado escrito en el siglo V, que ningún progreso teológico podía adoptar la forma de mutatio o cambio de naturaleza, sino de profectus, crecimiento orgánico, de manera que si una nueva explicación es más amplia o profunda, jamás podría contradecir lo enseñado hasta entonces, y el resultado nunca sería diferente. Así pues, el Credo del Concilio de Trento de 1563 es más amplio que el de Constantinopla de 381 y el de Nicea de 325, los cuales a su vez amplían el de los Apóstoles. Pero todos ellos son coherentes entre sí, y cada uno se limita a desarrollar lo que ya estaba implícito en los anteriores. Así es como ha entendido siempre la Iglesia lo que es un progreso posible y deseable. Un progreso que nunca exige desechar los catecismos anteriores para dar paso a otros nuevos que enseñen algo diferente. Todos los catecismos siguen siendo válidos y útiles para diversos fines, porque armonizan entre sí.

Prosigue el Juramento antimodernista:

«Mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades del subconsciente, bajo el impulso del corazón y el movimiento de la voluntad moralmente informada, sino que un verdadero asentimiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente, asentimiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro Creador y nuestro Señor».

Esta parte del Juramento afirma rotundamente el carácter objetivo e intelectual del catolicismo. Quiero decir con esto que nuestra Fe no consiste en una serie de sentimientos agradables sobre vagos conceptos religiosos, sino que posee un contenido concreto y claramente expresado de verdades que Dios nos comunica acompañadas de señales que confirman su credibilidad y con una capacidad inherente para convertir y persuadir, así como no se puede entender la Fe en el sentido de entenderlo todo ni estamos perdidos entre brumas de incertidumbre y variaciones constantes. Y que Dios no es una especie de fuerza cósmica o mundo espiritual que evolucione junto con nosotros, como un ciego que guía a otro ciego. Es un Ser personal, infinitamente perfecto, libre, amoroso y veraz que desea nuestra salvación.

En su conjunto, los once puntos del Juramento antimodernista sintetizan a la perfección el entramado de errores en que se enredaron hombres como Loisy y resurgieron vigorosamente más tarde en personajes como Teilhard de Chardin. El Juramento finaliza con estas palabras:

«Prometo que he de sostener todos estos artículos fiel, entera y sinceramente, y que he de guardarlos inviolados, sin desviarme de ellos en la enseñanza o en ninguna otra manera de escrito o de palabra. Esto prometo, esto juro, así me ayude Dios, y estos santos Evangelios».

Los prelados y los peritos perjuraron

Llama la atención que todos los modernistas moderados que trabajaron entre bastidores durante el Concilio como peritos o expertos, preparando borradores, codeándose con obispos y cardenales y propagando su sesgo particular en los medios de difusión habían hecho el juramento. Otro tanto había hecho Pablo VI, que tampoco era un modernista acérrimo pero desde luego simpatizaba con el modernismo y tenía afinidad con los modernistas, de manera especial en el terreno de la liturgia. El concepto que tenía de esta se apoyaba enteramente en la idea de que el Rito Tridentino en su plena madurez ya no se adaptaba a las necesidades y la capacidad del hombre moderno, y era preciso por esa razón sustituirlo por una creación artificial de especialistas científicos en el ámbito de la liturgia pastoral. Todos esos hombres sin excepción habían hecho el Juramento. Y puede alegarse, por tanto, que todos ellos fueron culpables de perjurio por haberse apartado a sabiendas de las declaraciones con que se habían comprometido cumplir con las manos sobre los Evangelios.

Más grave todavía, por no decir más siniestro, fue que Pablo VI aboliera el Juramento antimodernista el el 17 de julio de 1967 (el año anterior ya había derogado el Índice de libros prohibidos). La supresión del Juramento, que llevaba 57 años en vigor, tuvo lugar mientras el Consilium (organismo encargado de llevar a la práctica la reforma litúrgica) trabajaba activamente en la preparación de las nuevas plegarias eucarísticas que suplantarían el Canon Romano, y que desde hacía al menos 1600 años. Escasos días más tarde, el 23 de julio de 1967, se firmó en Wisconsin la fatídica declaración de Land O’ Lakes, que en esencia desligaba los seminarios y universidades católicos del Magisterio y de la obligación de mantener y enseñar la Fe católica.

La revocación del Juramento se produjo poco antes de la revolución de 1968, que no habría sido posible sin el Concilio, como sostuve en mi artículo Vatican II as Cause of Cultural Revolution: Questioning the Victim Narrative. En resumidas cuentas: el Juramento antimodernista quedó abolido en el momento exacto de la apoteosis doctrinal, moral y litúrgica del modernismo. Diríase que para descargar la conciencia de sacerdotes, párrocos, confesores, predicadores, superiores de órdenes y profesores de seminario para que no tuvieran que renegar el Evangelio. Monseñor Viganò lo expresa con mucha sagacidad:

«La derogación del Juramento antimodernista formaba parte de un plan para desmantelar la estructura disciplinaria de la Iglesia precisamente en el momento en que era mayor el peligro de adulteración de la fe y la moral por parte de los novadores. Esa operación confirma la intención de quienes ante el ataque ultraprogresista lanzado en el Concilio no sólo dieron rienda suelta al enemigo sino que al mismo tiempo privaron a la Jerarquía de los medios disciplinarios para protegerse y defenderse. Aquello fue una deserción, una traición de una gravedad inaudita, y más aún en aquellos terribles años. Sería como si en plena batalla el comandante el jefe ordenara a sus hombres que depusieran las armas ante el adversario justo cuando estaban a punto de tomar por asalto la fortaleza enemiga»3.

Y añade:

«La Revolución del 68 encontró una base ideológica en las universidades católicas y formó allí a sus más entusiastas protagonistas, algunos de los cuales estaban adscritos a la extrema izquierda. No exigir al profesorado de aquellas universidades y a los capellanes de las instituciones laicas que hicieran el Juramento fue equivalente a autorizarlos a transmitir sus heterodoxas ideas, dando a entender que ya no estaba en vigor la condena del modernismo. Esto permitió que los novadores se hicieran los amos conforme a los métodos de Antonio Gramsci, que identificaba el aparato del Estado –colegios, partidos, sindicatos, prensa y asociaciones diversas– casamatas del enemigo que había que tomar en una acción paralela a la guerra en las trincheras»4.

Encuentro sumamente interesante la realidad histórica de que tanto la encíclica Pascendi como el juramento antimodernista sólo se pusieran en práctica de modo parcial y con muchas excepciones en suelo alemán, donde hoy encontramos la más liberal de las iglesias nacionales. El propio Joseph Ratzinger fue acusado en 1955 de modernismo por el supervisor de su tesis de habilitación, el profesor Michael Schmaus. En un pormenorizado artículo, Maike Hickson resume la estrecha relación de Ratzinger con el movimiento neomodernista después de la Segunda Guerra Mundial, de la que parcialmente se apartó en años posteriores4. Monseñor Viganò explica acertadamente lo siguiente sobre Ratzinger:

«A mí me parece también innegable que en muchos de sus escritos afloran su formación hegeliana y la influencia modernista, como tan magníficamente ha explicado el profesor Enrico Maria Radaelli y como confirma con abundantes detalles y a partir de numerosas fuentes Peter Seewald en su nueva biografía de Benedicto XVI. A este respecto, es evidente que las declaraciones del joven Ratzinger señaladas por Seewald contradicen en gran medida la hermenéutica de la continuidad que más tarde teorizó Ratzinger, quizá como una prudente retractación de su anterior entusiasmo»5.

La última parte de esta trilogía se centrará en cómo se contaminó el Concilio con rasgos modernistas, y en que esas características no sólo las podemos apreciar en el papa Francisco, en el que se manifiestan de forma evidente, sino también, y de modo más sutil, en Benedicto XVI, a pesar de sus innegables opiniones y tendencias conservadoras y tradicionalistas en el terreno de la sagrada liturgia.

Gracias por su atención, y que Dios los bendiga.

Durante su pontificado, fue un teólogo que no dejaba de recurrir al tesoro de la Tradición, hasta el punto de usar el camauro por primera (y única vez) desde Juan XXIII.

1. P. Roger-Thomas Calmel, O.P., en The Angelus, vol. 38, nº 1 (enero-febrero 2015), 43. Véase además Pink, Vatican II and Crisis in the Theology of Baptism (en tres partes), sobre la reducción de los sacramentos a una especie de teatro de la salvación.

2. What Did St. Pius X Mean When He Called Modernism ‘the Synthesis of All Heresies’?, Catholicism.org, 9 de septiembre de 2007.

3. Ver este artículo publicado el 10 de octubre de 2021. La mención del polémico arzobispo y las citas suyas no deben interpretarse en modo alguno como un apoyo incondicional a todas sus opiniones. No obstante, la honradez intelectual exige reconocer el valor y perspicacia de algunos de sus escritos.

4. Ver Maike Hickson, The Great Influence of Joseph Ratzinger in the Revolutionary Upheaval of the Second Vatican Council, Rorate Caeli, 11 de diciembre de 2020.

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

Del mismo autor

Señales inquietantes de que el satanismo se está infiltrando en la Iglesia Católica

Aunque el satanismo no es un tema agradable de conversación, últimamente...

Últimos Artículos

La desesperación de nuestro tiempo

Hace pocos días saltó a los titulares la noticia...

La Misa, corazón de la vida cristiana

Gracias al buen hacer de nuestros hermanos de Una...