Trasfondo y tentativa de definición de una de las mayores herejías
El presente artículo se publicó originalmente como primera parte de una trilogía en el blog Tratition and Sanity el 3 de febrero de 2025. Con motivo de la festividad de San Pío X el 3 de septiembre, lo volvemos a publicar para beneficio de nuestros lectores.
Si queremos entender al papa Francisco y el rumbo que ha tratado de imprimir a la Iglesia, no basta con fijarse en Argentina, los jesuitas ni el Concilio. Hay que ir más allá y contemplar el problema –mejor dicho, la plaga– del modernismo. Para delimitarlo, empezaremos por San Pío X a comienzos del siglo XX. No le quepa duda al lector de que cuando termine de leer esta trilogía dispondrá de la clave para entender la catástrofe que atravesamos.

¿Está sujeta la fe a una reinterpretación y re-creación radical con arreglo a la mentalidad de cada época? Ese es el principal interrogante que plantea el modernismo.
Instaurar todas las cosas en Cristo
Con su primera encíclica, E supremi apostolatus, el Sumo Pontífice que sucedió a León XIII describió elocuentemente las líneas generales del programa de su pontificado: Instaurare omnia in Christo, instaurar todas las cosas en Cristo. Los años siguientes corroborarían que Giuseppe Melchiorre Sarto (1835–1914), que reinó con el nombre de Pío X desde 1903 hasta su fallecimiento poco después del inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, se entregó con entusiasmo y valentía a dicha misión. San Pío X sentía mucho cariño por su grey, siempre dispuesta a seguirle en pos de pastos de sana doctrina y santidad mientras él observaba con honda preocupación las crecientes multitudes de incrédulos, ovejas perdidas por las que sentía la compasión del Buen Pastor.
Fue el primer pontífice en ser canonizado en muchos siglos, dadas las exigentes y rígidas normas de canonización anteriores al Concilio. Puso todo su empeño en la reforma de la Iglesia, en particular en cuanto a liturgia y devoción1. Sus escritos revelan que siempre consideró que la mejor, y ciertamente, la única defensa de la Iglesia de los ataques internos y las disensiones internas estaba en su fortalecimiento interior, en afianzar la vida de fe y sacrificio.
San Pío X era consciente de la importancia fundamental de mantener y predicar la Fe católica en toda su pureza y plenitud, pues es el gran obsequio que puede ofrecer la Iglesia a la humanidad. Por mucho que se transformen el mundo y sus estructuras, por mucho que avance la tecnología, la condición humana siempre será la misma: el hombre pecador nunca dejará de necesitar la misericordia de Dios, siempre necesitará la salvación que brinda Cristo a través del ministerio de la Iglesia que fundó, confesando sin cesar la verdadera religión fundada por Dios. A la luz de esta obstinada adhesión a la esencia inmutable de la Fe católica es como debemos entender el combate de San Pío X contra los modernistas.

A diferencia de lo que predominaba en los ambientes académicos modernistas, Giuseppe Sarto era un hombre del pueblo atento a las necesidades de la grey cristiana.
Más miasma que movimiento
El modernismo era un movimiento complejo que nunca tuvo un programa ni una organización centralizada. Se trataba más bien de un conglomerado vagamente definido de tendencias y opiniones, un método y una mentalidad que permeaba la intelectualidad europea a fines del siglo XIX y principios del XX, y que proyectaría una larga sombra durante muchas décadas, llegando hasta nuestros días.
Los modernistas creían había que reinterpretar el cristianismo a la luz de lo que entendían como los descubrimientos y exigencias de la vida actual. Esto suponía, por otra parte, que el cristianismo no era una religión revelada por Dios sino el producto de mentes humanas que meditaban cuestiones teológicas, reflejando por consiguiente la evolución y las vicisitudes del pensamiento y la experiencia humana.
Para los modernistas, la religión propiamente dicha es una expresión social organizada de experiencias personales, inmanentes y subjetivas de lo divino. Dicha expresión puede adaptarse más o menos a los tiempos y lugares, lo cual permite clasificar a las religiones con arreglo a la claridad y elevación de sus diversos conceptos teológicos. Las formulaciones doctrinales, las normas morales y el culto proceden de una exigencia o impulso interior del espíritu humano conocido como sentimiento religioso, concuerdan con él y lo siguen.
Los modernistas consideraban que tenían la misión de actualizar el cristianismo ajustándolo al espíritu de la época. Para ellos, el progreso –patente en los cada vez mayores avances de las ciencias naturales– obligaba a reinterpretar o redefinir los dogmas principales de la doctrina cristiana, desde la Creación hasta la inspiración de las Escrituras, pasando por la Inmaculada Concepción y la Resurrección, la eclesiología y la esjatología. Ni siquiera la liturgia se tenía que salvar de la modernización. Se pondría al día, que es lo que quiere decir el italianismo aggionamento.
Ahora bien, el intento de crear una cristianismo moderno –más espiritual y auténtico, menos mítico, milagroso y sobrenatural– significaba que tarde o temprano habría que rechazar el concepto mismo del depósito inerrante de la Fe contenido en las Escrituras, la Tradición y un Magisterio que entiende y enseña ese depósito sin error y sin contradecirse a lo largo de los siglos. En consecuencia, no era raro que los modernistas rechazaran los grandes credos históricos, se fueran apartando de la Fe y se volvieran unos escépticos empedernidos.

¿Resucitó Jesús realmente, o su resurreción estaba sólo en la mente y el corazón de sus discípulos? Cuadro de Ivanka Demchuck.
La pésima teología de Loisy
El más directo de ellos, Alfred Loisy, afirmó que lo único que creía del Credo era que Jesús padeció bajo el poder de Poncio Pilatos. El historiador Yves Chiron nos cuenta más sobre este controvertido personaje:
«En noviembre de 1902 el P. Loisy publicó dos nuevos títulos: una colección titulada Estudios evangélicos, y otra más conocida, El Evangelio y la Iglesia, que fue conocida como el librito rojo por su cubierta rojo-anaranjada. Esta obra posterior afirmaba ser una réplica a Das Wesen des Christentums (¿qué es el cristianismo?), colección de transcripciones de conferencias publicadas por el célebre catedrático protestante Harnack] … Éstas son las conclusiones a las que llega Loisy al final de cada uno de sus cinco capítulos: el Evangelio no es una verdad única e inmutable, sino una fe viva, concreta y compleja que experimenta una revolución; la divinidad de Cristo y su resurrección son actos de fe: “La resurrección no es un hecho que se pueda determinar de forma directa y oficial”; la Iglesia no es otra cosa que “la vida colectiva y continuada del Evangelio, y “las decisiones tomadas por la autoridad se limitan a sancionar, por así decirlo, y a consagrar el rumbo del pensamiento y religiosidad de la comunidad”; la Iglesia no exige creer en sus dogmas como si estos fueran una expresión adecuada de la verdad, y “la doctrina cristiana evoluciona continuamente”; la Iglesia se esfuerza por regular las formas externas de culto. No debe verse como algo contrario a la fe y piedad verdaderas, sino como modalidades de “una inmensa transformación que se ha producido en la Iglesia, y que no ha llegado a su fin, “dado que siempre ha sido necesario adaptar el Evangelio a las cambiantes circunstancias que afectan a la humanidad, y hoy es más necesario todavía que nunca”»2.
Loisy también dijo lo siguiente:
«A mí me parece evidente que el concepto de Dios nunca ha sido más que una especie de proyección ideal, una réplica de la personalidad humana, y una teología que nunca ha sido (ni podría ser otra cosa que) una mitología que con el paso del tiempo va purificándose cada vez más».
La Arquidiócesis de París hizo pública una condena del libro de Loisy, la cual concluía con estas palabras: “Codenamos este libro y prohibimos su lectura a los sacerdotes y los fieles de nuestra diócesis”. Otros obispados del país galo no tardaron en adoptar medidas semejantes.
Siete meses más tarde, el cardenal Sarto fue elegido papa y tomó el nombre de Pío X. El 16 de diciembre de 1903, El Evangelio y la Iglesia, junto con otra obras del mismo autor, fue incluido en el Índice de libros prohibidos mediante decreto del Santo Oficio. Chiron lo explica de esta manera:
«Pío X sabía muy bien que el de Loisy no era un casa aislado. Tras las tesis propuestas por el exegeta francés observaba una tendencia o sistema que empezaba a asomarse. Lo expresó a comienzos de 1905 en una carta dirigida al rector del Instituto Católico de París. Habiendo comenzado por elogiar al Instituto, a “sus escogidos maestros, capaces de elevar la honra de la erudición y la religión”, deploró que algunos en la Iglesia Católica quisieran al parecer “aprobar sin reservas la máxima de moda de que lo que hoy es falso mañana será considerado cierto. Tal es la explicación del método ampliamente difundido de eliminar todo lo antiguo y promover lo novedoso, por el puro afán de la novedad. Diríase que la erudición consiste en una especie de desdén hacia la antigüedad»3.
Cosa de año y medio más tarde, en una carta dirigida a los obispos italianos, Pieni l’animo, fechada el 28 de julio de 1906, S.S. Pío X repitió y desarrolló este punto:
«Es igualmente reprobable en las publicaciones católicas todo cuanto, inspirándose en malsanas novedades, ridiculice la piedad de los fieles y señale nuevas orientaciones de la vida cristiana, nuevas directivas de la Iglesia, nuevas aspiraciones del alma moderna, una nueva vocación social del clero, una nueva civilización cristiana, y otras cosas semejantes»4.
En una alocución a los nuevos cardenales pronunciada el 17 de abril de 1907, el papa Sarto describió con exactitud el modernismo, con unas palabras que estremecen al leerlas en 2025:
«Con sutiles fórmulas, esos rebeldes profesan y reiteran monstruosos errores sobre la evolución del dogma, sobre el retorno a un Evangelio puro –o sea, según ellos, un Evangelio depurado de toda explicación teológica, definición conciliar y máxima relativa a la vida moral– y sobre la emancipación de la Iglesia. Lo hacen de una nueva manera: no organizan revueltas, para que no los expulsen, pero tampoco se someten, para no tener que abandonar sus convicciones. Al exhortar a la Iglesia para que se adapte a las circunstancias modernas, hablan y escriben predicando una caridad desprovista de fe. Son muy tolerantes con los creyentes, pero en realidad les despejan a todos el camino hacia la eterna perdición»5.
Las creencias modernistas se pueden resumir en cuatro consignas:
• la formulación del dogma tiene que someterse a una evolución;
• hay que volver a un Evangelio puro;
• es preciso emanciparse de la autoridad eclesiástica;
• la Iglesia debe adaptar su Magisterio a los tiempos actuales.

Hermosa moneda acuñada en 1907 en conmemoración de la condena del modernismo por la encíclica Pascendi
Una de las encíclicas más importantes de todos los tiempos. Y su eclipse postconciliar.
Apenas pocos meses después, en julio y en septiembre de 1907, San Pío X iba a hacer a la Iglesia el doble obsequio del decreto del Santo Oficio Lamentabili sane y la encíclica Pascendi Dominici gregis, documentos que, arrojando luz a raudales sobre un mundo en tinieblas, apartaron a innumerables almas del precipicio del error y las mantuvieron bajo el suave yugo de Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida.
La batalla de Giuseppe Sarto contra el modernismo –iniciada cuando era obispo de Mantua, proseguida como cardenal patriarca de Venecia y llevada al culmen durante su pontificado– tenía por objeto salvar al alma misma de la Iglesia, dado que estaban en juego la inmutabilidad y persistencia de la verdad divinamente revelada, sin la que el cristianismo, y en particular la Fe católica, no puede existir. Resulta inquietante leer sobre la crisis modernista de principios del siglo XX y descubrir el tremendo paralelo con el relajado modernismo cotidiano que envuelve a la Iglesia actual como una niebla contaminante. Igualmente impacta la diligencia y el celo con que San Pío X y su curia tomaron medidas para descubrir, frustrar, castigar y eliminar todo rastro de modernismo. Campaña que podría haber sido exitosa si los sucesores del papa Sarto hubieran estado dispuestos a seguir el camino que él trazó7.
Los modernistas nunca constituyeron una escuela concreta con un sistema definido. Había gran diversidad de opiniones entre unos y otros, entre un país y otro, entre las distintas disciplinas. De todas formas, sus ideas tendían a brotar de unas mismas corrientes generalizadas de pensamiento moderno –sobre todo, la marcada influencia de los filósofos alemanes Kant y Hegel–, y propendían a converger en propuestas similares de reinterpretación, revisión y reforma.
Por eso, San Pío X pudo publicar un esquema del sistema general al que tales ideas forzosamente darían lugar, y demostrar a continuación su total incompatibilidad con el cristianismo confesional, o incluso con la sana filosofía. La originalidad y contundencia de Pascendi radica ante todo en su exposición de un modernismo plenamente consistente que sin duda no existía como tal en la mente de nadie pero era el paquete completo a partir del cual uno podía tomarse el tiempo para ensamblar todas las piezas.
El centésimo aniversario de la encíclica se cumplió en 2007 y pasó sin pena ni gloria. No hubo celebración pública ni conmemoración oficial. Son más bien escasos los católicos que hoy en día han oído hablar de ella. Los teólogos e historiadores que se dignan mencionar el documento suelen despacharlo atribuyéndolo a un embarazoso berrinche pontificio, describiéndolo como una caricatura que no surtió efecto, una despiadada e inhumana negativa a asimilar los descubrimientos de teólogos modernos con santísimas intenciones. Y en todo caso, les parece que cualquier vigencia que hubiera podido tener pasó enseguida a la historia.
En 2007, el historiador jesuita Giovanni Sale expresó la opinión de que «el movimiento de los innovadores (al menos el movimiento doctrinal y teológico) no salió de los restringidos círculos de eruditos católicos, en su mayoría sacerdotes jóvenes y seminaristas”, y que por tanto no tuvo mucha influencia en la vida y el pensamiento católicos. El mismo historiador puso de relieve los elementos que se consideraban más desfasados: su excesiva estructura doctrinal, su tono demasiado rígido y censor y su aplicación en exceso fundamentalista y severa8. (Cada vez que alguien tilda de fundamentalista a un católico, salta a la vista que es un modernista, sea radical o moderado9.)
A nadie que lo lea atentamente se le pasará por alto que la encíclica Pascendi no sólo es muy pertinente, sino que ahora lo es mucho más que cuando se promulgó hace más de un siglo. Los errores de doctrina y de práctica que condenó San Pío X están mucho más extendidos en la Iglesia actual y en los seminarios que en la época de apogeo de Alfred Loisy, George Tyrrel y Friedrich von Hügel.
Por lo que respecta a la observación del jesuita, más bien se acuerda uno de los que afirmaban que el americanismo condenado por León XIII era una herejía fantasma que sólo existía en el papel en Europa y en ninguna parte en Estados Unidos. Nada que ver. Lanzo el reto a cualquiera que lea hoy Testem benevolentiae a demostrar que los principios denunciados por León XIII no empapan y dominan la Iglesia de EE.UU10. León XIII y su sucesor Pío X hicieron un sagaz diagnóstico del mundo político y eclesiástico. Conocían los efectos cancerígenos de los falsos principios a los que no se ponía coto. Por eso se esforzaron por alejar a la Iglesia de tantas parcialidades reduccionistas y destructivas del modernismo (racionalismo, liberalismo, utilitarismo, materialismo, etc.) y encaminarla hacia el único todo que contiene en origen y valida todas las verdades parciales: la Fe católica11.

Loisy, Tyrrel y Von Hügel. Los dos primeros murieron excomulgados; el tercero falleció como devoto católico y no fue sancionado.
Análisis del modernismo según Pascendi
La encíclica Pascendi expone de la siguiente manera la reinterpretación modernista del cristianismo:
• La fe es un sentimiento interior que brota de la necesidad de Dios. No es un don externo sino un mantial inmanente, una intuición del corazón, una experiencia subjetiva.
• En consecuencia, la religión consiste en que ese sentimiento se eleva al nivel de la conciencia y se convierte en expresión de una cosmovisión.
• ¿Qué es, entonces, la Revelación? La conciencia que despierta de Dios en mí.
• A su vez, la doctrina es la constante elaboración por parte del intelecto de ese despertar, mientras que las fórmulas dogmáticas son meros símbolos o instrumentos de los que se vale el intelecto para captar el sentido de la experiencia religiosa.
• De ahí que inevitablemente el dogma evolucione en respuesta a la presión ejercida por fuerzas vitales, con creencias que siempre se modifican con arreglo a las cambiantes maneras de entender la realidad y a la experiencia subjetiva.
• ¿Qué pasa entonces con la Escritura y la Tradición? Que la Tradición consiste en comunicar a otros una experiencia original de tal forma que también sea la experiencia de ellos, en tanto que las Escrituras son el testimonio escrito de experiencias particularmente conmovedoras expresadas mediante inspiración poética.
• Por último, los sacramentos son gestos públicos con los que la comunidad de fieles reunida se representa una cosmovisión determinada y se estimula a conocer a Dios.
Con razón el documento Lamentabili sane promulgado en 1907 por el Santo Oficio condenó la siguiente proposición modernista (junto con muchas otras por el estilo): «La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, puesto que evoluciona con él, en él y por él». Ese mismo año, el cardenal Désiré-Joseph Mercier, arzobispo de Mechelen (Bélgica), escribió:
«En esencia, el modernismo consiste en sostener que el alma religiosa debe de su interior, de nada más que ella misma, el objeto y motivo de su fe. Rechaza toda revelación impuesta a la conciencia, con lo cual es inevitable que termine por negar la autoridad doctrinal de la Iglesia fundada por Jesucristo, así como que niegue también a su jerarquía divinamente constituida el derecho a gobernar la sociedad cristiana».
El cardenal Mercier prosigue con estas palabras sus perspicaces observaciones:
«¡Cristo no se presentó ante el mundo como promotor de una filosofía ni inseguro de su doctrina! No dejó a sus discípulos un sistema modificable de opiniones para que las debatieran. Al revés: firme en su divina sabiduría, expresó e impuso a los hombres la verdad revelada que garantiza la salvación eterna, y les indicó la única forma de acceder a ella. Les promulgó un código moral y les facilitó ciertos auxilios sin los que sería imposible poner esos preceptos en práctica. La gracia y los sacramentos que nos la proporcionan –o nos la restituyen cuando hemos pecado y la buscamos mediante el arrepentimiento– constituyen conjuntamente esos auxilios, esa economía de la salvación. Instituyó una Iglesia, y como sólo viviría unos años con nosotros en la Tierra, confirió su poder a sus Apóstoles, y después a sus sucesores los pontífices y obispos».
El cardenal Mercier dijo a continuación que a todo niño al que se preparaba para la Primera Comunión se le enseñaba que la Fe católica nos ha llegado por tradición, y que no debemos apartarnos de la Tradición. Por eso el Papa tuvo que condenar el modernismo. Está clarísimo que lo que entiende Mercier (y también el papa cuya doctrina resume) está en las antípodas de lo que piensa Jorge Mario Bergoglio, salvo quizá por lo que dice de someterse a las autoridades eclesiásticas. Cuando los modernistas llegaron a ser mayoritarios, ese fue el único elemento que les quedó de la fe, y les viene muy bien para su revolución y su venganza.
En la segunda parte examinaremos más en detalle las enseñanzas de San Pío X y las medidas que tomó para librar a la Iglesia del modernismo. Veremos también cómo Pablo VI fue eliminando una tras otra esas medidas y el joven Ratzinger, en la época del Concilio, se habría considerado seguidor de esa tendencia modernizadora, postura de la que se distanciaría una vez visto el daño que se había hecho en nombre de ella.
Gracias por su atención, y que Dios los bendiga.
1 Puede decirse que destacó por su promoción de la música sacra, así como por fomentar una recepción más frecuenta de la Sagrada Comunión. No hace falta que nos detengamos a comentar los problemas que suscitó la reforma del Breviario emprendida por San Pío X. Bastará con decir que se esforzó de buena fe por solucionar un problema aparentemente insoluble, la decadencia en que había caído en la práctica el ciclo semanal de los Salmos por el uso constante del oficio litúrgico. Si bien sus motivos son defendibles, su solución de reordenar radicalmente el Oficio Divino es susceptible de crítica debido a su ruptura con la tradición inmemorial de la Iglesia de Roma. Se podría haber logrado el objetivo por medios menos violentos.
2 Yves Chiron, Saint Pius X, Restorer of the Church (Kansas City, MO: Angelus Press, 2002), 191.
3 Letter Solemne Illud, 22 de febrero de 1905, en Chiron, 197.
4 Chiron, 199.
5 Chiron, 200.
6 Chiron, 199.
7 En la historia de la Iglesia que los grandes impulsos reformadores emprendidos por un papa son más tarde echados a perder o combatidos por sus sucesores. Si bien el fenómeno no es nuevo, nunca es edificante.
8 Ver La encíclica contra los modernistas cumple cien años. Pero en voz baja, Séptimo cielo, 23 de octubre de 2007.
9 Catholics who hold fast to truths of faith are now condemned as ‘fundamentalists, LifeSiteNews, 28 de noviembre de 2018. Why Catholicism is necessarily dogmatic, with a definite content, LifeSiteNews, 12 de febrero de 2019.
10 Para entender cómo Testem benevolentiae se aplica perfectamente a la situación actual, ver el capítulo La contemplación de la verdad inmutable, en Resurgimiento en medio de la crisis, 93-109.
11 León XIII flaqueó hasta cierto punto en su política del Ralliement con respecto a Francia, que no tenía coherencia con sus doctrina política. Pero esto será tema para otra ocasión (ver los escritos de De Mattei y de Ureta.)





























