Aquí se blasfema demasiado. Basta. Me voy.


Lo que voy a contar no es fruto de la fantasía; es crónica. Narro algo efectivamente sucedido hace poco en una ciudad toscana, y de lo cual he tenido noticia por boca del propio interesado.

Este hombre, al que llamaremos Francisco, trabajaba en una empresa particular con un discreto número de empleados. Francisco es un cristiano valiente, hombre de fe que reza y comparte su religiosidad con la mujer y los hijos. Sus compañeros de trabajo tenían la pésima costumbre de ofender constantemente al Señor por cualquier nadería. Todos tomaban blestialmente el nombre de Dios en vano, hasta las mujeres. Y no hablamos de arrebatos de ira, de situaciones límite en las que alguien pierda los estribos, sino de una cotidianidad inquietante. Algo continuo insoportable para oídos católicos.

Francisco había intentado ya poner coto al problema, se había quejado de diversas maneras, había tratado de convencer a sus compañeros más próximos de sección, pero sin frutos apreciables. Unos hacían oídos sordos a las llamadas de atención que con buenos modos y gran dolor les daba Francisco. Otros, aunque en el momento expresaban su intención de enmendarse o contenerse, no tardaban en volver a las andadas. En fin, siempre la misma canción. Terrible.

La reacción interior inicial de Francisco durante los primeros años mientras trataba de persuadir a sus compañeros para que se comportaran, fue de aguantar, rezar tanto en casa como en el trabajo, convencido de que cargando la cruz con Jesús lo ayudaría a llevarla. Naturalmente, pedía al Señor que los perdonara, pero día tras día llegó un momento en que ya no podía más. Levantarse cada mañana pensando que iba a pasarse el resto del día en un lugar donde se blasfemaba sin parar se había convertido en un tormento cada vez más insoportable. ¿Cómo podía ser que el Dios, del Santísimo, sea objeto de vituperio sin motivo en toda conversación? Ya sea bromeando, ya por molestia, o porque la máquina del café tardaba en calentarlo, porque lloviese, o sin ninguna razón que lo justificara… Era una sucesión constante de barbaridades irrepetibles dirigidas contra el Nombre de Dios y el de la Santísima Virgen María.

Hasta que llegó un momento en que dijo: ¡Se acabó!

Y explicó la razón.

La dirección de la empresa quedó sorprendida y perpleja. Intentaron hacerlo desistir, porque Francisco era más competente que los demás, pero la decisión ya estaba tomada. Dicho y hecho. Notificó su intención, y se dio de baja. Y fue una liberación.

Ahora Francisco está desempleado. Su mujer trabaja, pero por el momento él está sin trabajo. Eso sí, confía en que encontrará otro empleo, a pesar de no ser ya muy joven que digamos.

Alguno dirá que en un nuevo puesto de trabajo volverá a encontrarse entre blasfemos, pero él confía en que con la ayuda de Dios lo encontrará en un ambiente cristiano, o no, pero con cierto aislamiento.

(Amadísimos hemanos: Absteneos de blasfemar, recordando que: 1º Dios os oye; 2º Que Dios os juzgará pronto por toda palabra, cuanto más por las blasfemias; y 3º Que Dios puede castigar con el fuego eterno la lengua que se os dio para alabarlo, no para ofenderlo.

Colóquese en un lugar público.)

A los ojos del mundo, Francisco es desde luego un irresponsable. ¿Cómo se le ocurre abandonar un empleo estable por semejante motivo? Pero la verdad es que, pensándolo bien, ha sido coherente con su conciencia. Se fue porque no estaba a gusto en su puesto de trabajo (¿será el primero que lo no lo ha estado?), y ahora, confiado en la Providencia, busca otro, sabiendo que no se morirá de hambre aunque acepte por el momento ser más pobre.

¿Cómo podemos evaluar lo que ha hecho?

Ante todo, digamos que el lamentable fenómeno de la blasfemia se ha disparado espectacularmente. Cuando yo era chico no estaba tan extendido, que yo recuerde. Ahora me dicen que son muchísimos lo que lo hacen sin parar: chiquillos en el colegio, obreros trabajando, en las fábricas, en las tiendas, y hasta por parte de personas que hasta hace poco parecían inmunes a ello, como mujeres y muchachas adolescentes. Soy testigo de oídas. Viajando hace unos años en tren, o sea en un lugar público, dos muchachas iban sentadas a mis espaldas. No paraban de parlotear y bromear, salpicando continuamente su discurso con blasfemias. Al principio me pareció que no había oído bien y habrían dicho otra cosa, pero cuando me di cuenta de la amarga realidad, me sentí morir. Dos chiquillas de aspecto normal, sin piercings, tatuajes ni el pelo teñido de morado, con apariencia de estudiantes pulcras de secundaria. Me bajé del tren hondamente consternado.

Después me contaron que hasta los niños de hoy… No quiero ni pensarlo.

Y sin embargo, hay que tenerlo en cuenta. Estas cosas pasan en nuestro país. Tengo que decir que a veces me alegro de salir al extranjero por razones de trabajo, porque así me libro de tener que oír por la calle, en el tren, en las tiendas y otros lugares los reniegos que los hombre de hoy lanzan contra Dios.

La teología moral considera la blasfemia un pecado intrínsecamente ilícito. Es siempre un pecado grave, aunque el blasfemo la suelte sin malicia en un momento de exasperación. El Catecismo de la Iglesia es claro en lo que se refiere a los pecados intrínsecamente ilícitos: «Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio» (n.º 1756).


El padre Pío no se andaban con chiquitas en estas cosas. Era un pecado que lo afligía inmensamente. Cuenta el P. Marcellino Iasenza en su libro Il padre: «Un penitente se confesó de haber blasfemado. El Padre le preguntó que contra quién. Respondió que contra el Señor y la Virgen. Como si acabasen de darle una puñalada, se cayó sobre el reclinatorio del confesionario, y murmuró con un hilo de voz: «Contra el Señor y la Virgen, nada menos… Si no podían hacer más de lo que han hecho por nosotros». Le preguntó cuántas veces habían sido, y el penitente no supo responder. «¿Cómo es posible –repuso el santo confesor– que hagas algo tan atroz con tanta ligereza que no te des cuenta?» Y tras una breve pausa, añadió: «Anda, hijo, ve… y vuelve. Y no blasfemes más».

Una gran santa, la joven toscana Gema Galgani, tenía una extrema sensibilidad en este sentido. Cuenta su biógrafo el padre Enrico Zoffoli en su voluminosa obra La povera Gemma: Cuenta sor Eufemia Giannini que en cierta ocasión, no recuerdo quién soltó una blasfemia cuando se encontraba en casa de su tía en Lucca, y Gema se desvaneció y se puso a sudar sangre».

Por la gracia de Dios, en el Paraíso no oiremos más tan horrendas imprecaciones. Qué delicia. Será el reino del amor y de la alabanza. Ojalá estemos allí pronto. Pero aquí en la Tierra el trigo y la cizaña tienen que crecer juntos, y por eso tenemos que llevar esa carga y bregar. ¿Cómo? Nuestro deber es reparar por los pecados, como nos enseñó la Virgen María en su aparición de Fátima y las más recientemente reconocidas de Montechiari (Rosa Mística). La reparación por los pecados se vive en la oración, en la penitencia, ofreciendo los sacrificios que nos imponga la vida y los que voluntariamente queramos hacer para compensar tales ofensas con el fuego del amor divino. Le dijo el Señor a la venerable Consolata Beltrone: «Cada vez que dices “Jesús, María, os amo” reparas un millar de blasfemias». Es decir, que la proporción es de una por mil.

Debemos creer en ello, tener la certeza de que si hacemos nuestra parte contribuiremos a purificar la Creación. Lo poco que podamos hacer es ya una preparación y un anticipo de la limpieza que habrá en el Paraíso. El Santo Cura de Ars lo sabía muy bien. Con sus mortificaciones voluntarias, sus exhortaciones y sus padecimientos acabó prácticamente con los reniegos en la demarcación de su parroquia. Tenemos que pedir al Señor, con la oración y la penitencia, no sólo por la reparación de los pecados, sino también que los blasfemos se arrepientan, enmienden y conviertan, pues con todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas anhelamos que todos los hombres se salven.

Alcemos la mirada al Cielo y pongamos empeño. Que cada uno aporte su granito de arena, porque el Señor nos ha prometido que ni una sola oración caerá en saco roto, ni un solo sacrificio ni acto de amor puro se desperdiciará si se vive con fe y convicción.

Nuestro amigo Francisco se ha tomado una pausa, un breve respiro. Deseamos que encuentre un trabajo más en consonancia con lo que él quiere, quizá como sacristán en una concurrida feligresía. No se ha apartado para cerrar los ojos al problema, sino para limpiarse los oídos y tonificar el corazón con oraciones impetratorias y de reparación.

Que el Señor lo escuche.

Padre Serafino Tognetti

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