(Lifesitenews) Con motivo de la reciente Conferencia de Fátima en Cincinnati, recordé algo que me contaba mi difunto esposo el Dr. Robert Hickson. Cuando era cadete en la academia militar estadounidense de West Point entre 1960 y 1964, contó con la bendición de tener unos buenos capellanes jesuitas. Mientras se celebraba el Concilio (1962-1965), aquellos sacerdotes le hablaron de uno de los participantes en el Concilio, el padre Victor-Alain Berto. Se trataba de un perito de monseñor Marcel Lefebvre, a la sazón superior general de la Congregación del Espíritu Santo, y había escrito una carta sobre ciertas cosas que pasaron en el Concilio en 1963, la cual tuvo una amplia circulación. La leyeron los capellanes de West Point, y le contaron su contenido al que sería mi futuro esposo. Era una dura crítica a los padres conciliares por haber votado a favor de desechar un esquema que estaba dedicado en particular a la Virgen María. Dado el deseo de acrecentar el diálogo con los protestantes, algunos modernistas que participaban en el Concilio sostenían que convenía que el tema de la Madre de Dios pasara más desapercibido, más disimulado según decía mi marido, dentro del tema general de la Iglesia.
El 29 de octubre de 1963 se planteó la siguiente pregunta a los padres del Concilio: «¿Les parece bien a los padres que se retoque el esquema sobre la Santísima Virgen María para que pase a ser el capítulo 6 del esquema sobre la Iglesia?» 1114 padres votaron a favor y 1074 en contra.
El abate Berto quedó estupefacto por tal decisión. En una carta suya que circuló por entonces en ambientes católicos, empezó por decir que la labor del Concilio había sido penosa, y afirma que lloró después de las votaciones del 29 y el 30 de octubre.
«Estos votos acarrearán un castigo de Dios –vaticinó–. El destino de aquella sesión quedó sellado ese día en el Cielo, donde reina un Hijo que no quiere que insulten a su Madre. El castigo es este tremendo desastre en que nos encontramos».
Resulta doloroso leer al cabo de tantas décadas cómo este sacerdote supo ver que Dios no estaría contento con una Iglesia a la que por lo visto le daba vergüenza de Nuestra Señora. Sintió gran remordimiento por aquello, y escribió: «Me acuso y deseo acusarme ante el mundo entero por haber dudado. Dudado del amor de nuestro Señor a su Madre y de lo que haría para desagraviar el honor de Ella. Su venganza no se ha demorado: desde hace seis semanas el Concilio se ha desquiciado; si la cosa no va a más, será un escarmiento suave.
El padre Berto se dio cuenta inmediata de la correlación entre la mencionada votación conciliar y la misión que cumplió Nuestra Señora en las Bodas de Caná: como explica el Evangelio, fue la Santísima Virgen quien animó a su Hijo a dar comienzo a su vida pública haciendo su primer milagro, convertir el agua en vino. Decía Berto:
La lamentable votación del 29 de octubre de 1963, en la que se apostató del pasaje evangélico de las Bodas de Caná, lejos de invitarla, supuso que Ella se fuera. La Virgen boicoteó el concilio que la expulsó. Y no se lo tuvieron que pedir dos veces. No tembló la tierra ni cayó un rayo sobre la cúpula de San Pedro. Se marchó discretamente en un profundo silencio. Tan discreta y silenciosamente que no llegó a decir vinum non habent. El destino de la segunda sesión quedó sellado.
Y añadió: «En vez de postrarse de rodillas implorando solemnemente que dijera el “no tienen vino”, la declararon oficialmente molesta, un estorbo para su Hijo. A Ella, que es la Esposa del Espíritu Santo. Deberíamos saber que echar a la Santísima Virgen de un concilio ecuménico tiene sus consecuencias, y no puede ratificarlo Aquel que le abrió a Ella las puertas del Cielo». El P. Berto entendió que la consecuencia era que el Espíritu Santo no podía asistir a un concilio que se avergonzaba de su Esposa.
Dijo también Berto: «Tenemos que ver más allá de nuestras narices. No podemos dar por sentado que tenemos derecho a la asistencia del Espíritu Santo cada vez que la queramos desde el principio de un concilio». Todo lo contrario, añadió, el Paráclito esperaba que «el Concilio se celebrara a la manera del Cenáculo, cum Maria matre Jesu. Dicho de otro modo: como Ella no estaba presente, no pudo pedir ayuda a su Hijo. Y según el padre Berto, Jesús tampoco pudo hacer avanzar su Obra. La carta concluía con estas palabras: «Jesús no pudo bendecir el Concilio porque la Santísima Virgen no se lo pidió».
Y es innegable que desde el Concilio la pérdida de la fe ha sido tremenda. Europa está prácticamente secularizada. Los padres del Concilio no invitaron a Nuestra Señora a asistir a las Bodas de Caná.
En los años ochenta, mi marido le habló de esta carta al padre Robert Bradley S.J., el cual agregó otro llamativo elemento a la historia del Concilio. Cuando hacia el final de éste, Pablo VI anunció que había decidido honrar a Nuestra Señora con el título de Madre de la Iglesia, el sacerdote en cuestión, que se hallaba presente en ese momento en la basílica de San Pedro, pudo oír un sonoro abucheo resonando en la basílica.
Mi marido decía que echaron a la Virgen de las Bodas de Caná con el abucheo en San Pedro.
Quiera Dios que el mundo católico en su conjunto regrese más plenamente a Nuestra Señora, Madre de Dios, y le pida que restablezca la Fe católica en la Iglesia por todo el mundo. Una de las mejores maneras de hacerlo es rezar cada día el Rosario y practicar la devoción de los primeros sábados de mes que nos encomendó la Virgen de Fátima.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























