De Maria nunquam satis es una frase atribuida a San Bernardo de Claraval. El próximo mes de octubre se celebrará un convenio internacional en Roma con vistas a profundizar el insondable misterio de las grandezas de la Santísima Virgen María (https://demarianumquamsatis.org/).
Pero el 13 de mayo nos recuerda que han pasado 109 años de las apariciones de la Virgen en Fátima, que se iniciaron el 13 de mayo de 1917 y concluyeron el 13 de octubre del mismo año. En dichas apariciones la Virgen transmitió un mensaje profético a los tres pastorcitos, Lucía, Jacinta y Francisco, mensaje dirigido a toda la humanidad que anunciaba una serie de catástrofes que sobrevendrían al mundo si éste no volvía a respetar y amar la Ley del Señor. El espíritu de oración y de penitencia, la práctica de la comunión reparadora los primeros sábados de mes y la consagración de Rusia a su corazón inmaculado fueron las condiciones que explícitamente pidió para alejar el castigo que se cernía sobre el mundo por culpa de los pecados de los hombres. Como ves, el mensaje estaba sujeto a unas condiciones, pero su conclusión no: el triunfo final del Corazón Inmaculado de María.
A pesar de que han transcurrido 109 años, podemos decir, parafraseando a San Bernardo: De Fatima nunquam satis. Sobre Fátima no se ha dicho ni se dirá nunca bastante, entre otras cosas porque es una profecía abierta, todavía pendiente de cumplimiento.
San Luis María Grignon de Monfort principia su Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María con estas palabras: «Por la santísima Virgen María Jesucristo vino al mundo, y también por Ella Él debe reinar en el mundo» (nº 1).
Este axioma sintetiza toda la teología de la mediación universal de María, que el santo mencionado desarrolla extensamente en su Tratado. Es el misterio de la Encarnación del Verbo, que divide a la humanidad en dos épocas: antes y después de la venida de Jesucristo. Nadie como María, la Purísima hija de San Joaquín y Santa Ana, conocía mejor las profecías bíblicas y la divina promesa del Antiguo Testamento que anunciaba la venida de un Mesías Redentor de la humanidad. María no había estudiado teología, pero la profundidad de su intelecto y el ardor de su Corazón Inmaculado la sumergían todos los días en la humilde contemplación del misterio que el Señor había ocultado al entendimiento de los soberbios.
María tenía a la vista la decadencia moral del Imperio Romano y la tragedia de su pueblo Israel, endurecido e infiel a su misión. Con todo, en ningún momento dudó que se cumplirían las ancestrales promesas. Llegaría un Salvador, pero no como lo esperaba su pueblo, y con su sacrificio redimiría al mundo. Todos los males que aquejaban a la Tierra eran consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres Adán y Eva. María sería la nueva Eva, escogida con antelación para asociarla al Nuevo Adán, Cristo Redentor. Si, como dice San Jerónimo, la muerte nos vino con Eva, la vida llegaría por María.
Este misterio se lo reveló el arcángel San Gabriel a la Santísima Virgen en la noche de la Anunciación. Y Ella, con su fiat, consintió la encarnación del Verbo. Por medio de Ella vino al mundo Jesucristo. ¿Cómo podrá Jesus gobernar el mundo a través de Ella? El Tratado de la verdadera devoción lo explica: el reinado de Jesucristo sobre el mundo no es una realeza de derecho, que ya la tiene, sino una realeza de hecho. Una realidad histórica que todavía no ha ejercido en su plenitud. Esto último todavía está envuelto en un manto de misterio. Pero al igual que con la Encarnación del Verbo, María cumplirá en ello una función decisiva. «El triunfo del Corazón Inmaculado de María –escribió Plínio Corrêa de Oliveira–, ¿qué otra cosa puede ser sino el Reino de la Santísima Virgen profetizado por San Luis Grignon de Monfort? ¿Y qué otra cosa puede ser ese Reino sino aquella época de virtud en que la humanidad, reconciliada con Dios en el seno de la Iglesia, vivirá en la Tierra conforme a la Ley, preparándose para la gloria del Cielo?» (Catolicismo, nº 84, diciembre de 1957.)
El mensaje de Fátima lo confirma. Será a través de la devoción al Corazón Inmaculado de María como Cristo reinará sobre el mundo, y el reinado de Cristo sobre el mundo será también el Reino de María, el triunfo esplendoroso de su Corazón Inmaculado. Después de las apariciones de Fátima, tanto la Virgen como el propio Jesús confirmaron numerosas veces a Santa Jacinta Marto, fallecida con nueve años el 20 de febrero de 1920, y a sor Lucía dos Santos, que con 97 años murió el 13 de febrero de 2005, la urgencia y significado de esta teología de la historia. El 3 de enero de 1944, en Tuy, antes de escribir el Tercer Secreto, sor Lucía tuvo la visión de una catástrofes de proporciones cósmicas, y poco después sintió en el corazón, como un presagio infalible: «En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, el Cielo».
Todos los papas de los siglos XX y XXI han corroborado la veracidad de este mensaje. A lo largo de los 109 años transcurridos ha llegado a ver una multitudinaria devoción a Fátima. Las estatuas de la Virgen Peregrina han recorrido todos los rincones de la Tierra, se han impreso innumerables libros con tiradas millonarias en ejemplares y se han organizado conferencias y congresos, los últimos en 2017, cuando se cumplieron los cien años. Infinidad de oraciones se han elevado al Cielo. Y a pesar de ello, se podría decir que hoy en día la Virgen de Fátima es la gran olvidada. Nunca como en este momento la dramática situación internacional hacen que cobre viva actualidad cuanto anunció la Virgen en 1917, y es más importante que nunca fomentar la esperanza en el triunfo final que Ella nos ha prometido. Pero la confianza en este triunfo está debilitada en las almas, a las que con frecuencia les falta verdadero espíritu sobrenatural y cuya devoción a la Virgen se fundamenta en sentimientos frágiles y pasajeros.
Y sin embargo esta es la hora de la virtud teológica de la esperanza, que no se apoya en los sentimientos sino en la razón y la fe. De Fátima no lo hemos dicho todo, y no todo se ha cumplido. De Fatima nunquam satis. No es momento para el cansancio y la huida; es la hora del gran regreso a Fátima; de la lucha confiada por la victoria de María Mediadora, Corredentora y Reina triunfante del Cielo y de la Tierra, porque «Por la santísima Virgen María Jesucristo vino al mundo, y también por Ella Él debe reinar en el mundo».




























