El espíritu perenne del Alcázar

El asedio del Alcázar de Toledo constituye una de las páginas más épicas de la Guerra de Liberación española, en la que entre 1936 y 1939 chocaron cruentamente el bando de las fuerzas nacionales católicas y el del Frente Popular republicano y socialcomunista. El sitio comenzó el 21 de julio de 1936 y se prolongó hasta el 27 de septiembre, cuando los asediados fueron liberados por el ejército del generalísimo Francisco Franco.

El Alcázar era una fortaleza de origen medieval, sede de la Academia Militar. Se encontraba en una zona de la ciudad de Toledo que estaba en manos del Frente Popular. Para evitar las matanzas iniciadas por los milicianos comunistas y anarquistas, que constituían el brazo armado del ejército republicano, unas 1800 personas se refugiaron tras los muros de la mencionada fortaleza al amparo del coronel José Moscardó, director de la Academia Militar. Aparte de los jóvenes cadetes, había también miembros de la Guardia Civil y cerca de 500 civiles, entre los que se encontraban ancianos, mujeres y niños. Las fuerzas republicanas los superaban ampliamente en número y armamento, mientras que los sitiados andaban escasos de víveres y municiones y el ejército nacional estaba lejos. A pesar de todo, decidieron resistir contra viento y marea.

Su heroico espíritu queda sintetizado en un célebre episodio. Las milicias populares comunistas capturaron a un hijo del coronel Moscardó, Luis, que contaba diecisiete años, que se encontraba fuera del Alcázar. El comandante miliciano Cándido Cabello telefoneó al coronel conminándole a entregar el Alcázar o de lo contrario mataría inmediatamente a su hijo. Le dio diez minutos para decidir, y puso al teléfono a Luis. Entonces el coronel Moscardó dirigió estas conmovedoras palabras a su hijo: «Encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota gritando Viva Cristo Rey y Viva España». «Así haré, papá», respondió Luis, y dos días más tarde fue fusilado. A continuación, el coronel le dijo al comandante rojo: «¡Puede ahorrarse el plazo que me ha dado; el Alcázar no se rendirá jamás!»

El asedio se prolongó por 72 días, durante los cuales los defensores se vieron sometidos a asaltos de infantería, bombardeos aéreos, fuego de artillería, ataques con gases lacrimógenos e incesantes disparos de fusil. Al interior de la fortaleza se sobrevivía a base de unas magras raciones de carne de caballo y mendrugos de pan rancio y bebiendo agua putrefacta del aljibe del Alcázar.

En la última fase del sitio, los mineros rojos asturianos excavaron tres galerías bajo el Alcázar y colocaron tres potentes cargas explosivas. Este intento también resultó infructuoso. Sólo una parte del edificio se desplomó, y los cascotes cayeron fuera, con lo que se convirtieron en un nuevo obstáculo para los sitiadores.

Finalmente, el 27 de septiembre de 1936, las tropas nacionales lograron romper el cerco y liberar a los heroicos defensores de la fortaleza. Haciéndole el saludo militar, el coronel Moscardó dijo una vez más al general José Enrique Varela, que capitaneaba las tropas victoriosas lo que desde los primeros días había sido sido el parte diario de los sitiados: «Sin novedad en el frente, vuecencia».

En los días que siguieron, Moscardó afirmó en varias ocasiones que todo fue un milagro en el Alcázar. Si se produjo ese milagro fue porque aquellos militares y civiles, aquellos hombres y mujeres a los que los misteriosos designios de la Divina Providencia habían juntado entre los muros del Alcázar, se prodigaron generosamente en la lucha ayudándose y animándose unos a otros, pero ante todo rezando con inmensa confianza a la Virgen. Nuestra Señora del Sagrario, patrona de Toledo, no los defraudó. El coronel Moscardó transformó la enfermería en una capilla instalando una estatua de la Santísima Virgen. Cuando estallaron las minas y aquella parte de la fortaleza se vino abajo en una nube de polvo, la estatua de la Virgen quedó indemne e ilesas resultaron también algunas señoras que rezaban ante Ella, mientras los escombros aumentaban la pila de obstáculos que impedían el asalto de los milicianos.

Ahora bien, la mayor ayuda que obtuvieron del Cielo los asediados no fue material, sino la gracia de la fortaleza, la determinación para combatir hasta el fin, rechazando lo que habría sido una deshonrosa rendición. El sacrificio del hijo del coronel Moscardó infundió un aliento sobrenatural a los sitiados, que desde aquel momento juraron combatir hasta vencer o morir. Y vencieron.

El Alcázar es un símbolo histórico de la fortaleza espiritual en la que debemos atrincherarnos para sostener el terrible asedio al que nos vemos sometidos en estos tiempos, que es más que nada psicológico y moral. Somos atacados espiritualmente por un enemigo que quiere desestabilizarnos mentalmente, acabar con nuestras defensas psicológicas y espirituales, sumergirnos en la confusión y someternos al caos. Y aun así existen familias espirituales de amigos de la Cruz y de la lucha que no dan un paso atrás en la batalla. En su Carta a los amigos de la Cruz, cuya lectura viene tan bien en Cuaresma, San Luis María Griñón de Monfort escribe: «Amigos de la Cruz, estáis profundamente unidos, como otros tantos soldados crucificados, para combatir al mundo (Gál. 6, 14). No huís vosotros de él, como los religiosos y religiosas, por temor a ser vencidos, sino que, como valerosos y bravos guerreros, avanzáis en el campo de batalla, sin retroceder un paso y sin

volver la espalda. ¡Animo! ¡Combatid con valentía! Uníos fuertemente, y vuestra unidad de espíritus y corazones será infinitamente más fuerte y más terrible contra el mundo y el infierno, que lo que pueda ser el ejército de un reino bien unido contra los enemigos del Estado».

Por su parte, Plínio Corrêa de Oliveira, comentando esta carta de S. Luis de Monfort y a fin de que se entendiera bien, evocaba el espíritu perenne del Alcázar:

«El Alcázar puede ser también una asociación, un centro cultural, una mera agrupación de laicos católicos de ambos sexos unidos por el amor a Dios y a la Iglesia y la devoción a la Divina Providencia y a la Santísima Virgen. Pero el alcázar espiritual y moral es ante todo nuestro corazón, que es una fortaleza inexpugnable si la Virgen encuentra lugar en él. En este caso, el día en que comparezcamos ante el Juicio de Dios podremos repetir, no las palabras del coronel Moscardó sino las de San Pablo: “Vuecencia, he peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe. En adelante me está reservada la corona de la justicia prometida» (2 Tim.4,7-8).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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