La primera entrada de la imponente Enciclopedia cattolica (Ciudad del Vaticano, 1949, vol. 1, pág.2), compendio del saber católico en tiempos de Pío XII, está dedicada a la AA, sociedad secreta católica francesa del siglo XVII, cuyas siglas significan al parecer Asamblea de los Asociados o Asamblea de los Amigos. La AA fue fundada en el colegio jesuita de La Flèche por el padre Jean Bagot (1591-1664) en torno a 1630, en la misma época en que nació –reinando Luis XIII– la Compañía del Santísimo Sacramento.
Escribe monseñor Amato Pietro Frutaz, redactor de la mencionada entrada, se presentaba como una asociación que congregaba en secreto a los miembros más fervorosos de la congregación mariana del colegio. La costumbre de asociarse en secreto pasó de La Flèche al colegio de Clermont. Quienes se apuntaban eran conocidos como bons amis. Los grupos de buenos amigos eran muy reducidos: estaban compuestos por una docena o como mucho una veintena de personas seleccionadas por su fe y dedicación. En sus reuniones semanales rezaban juntos y se animaban unos a otros mediante un ejercicio de apertura del corazón y respaldo mutuo en la vida espiritual. Eran en su mayoría estudiantes de teología, y también había laicos que no vivían en el seminario a los que se llamaba hermanos.
Las AA eran comunidades espirituales independientes entre sí sin ningún vínculo formal salvo su común aspiración a la vida perfecta. A las AA las unía la caridad, expresada en el lema C.U.A.U. (Cor unum et anima una). Funcionaban de forma muy parecida a la de las congregaciones marianas, aunque hay que tener en cuenta algunas diferencias fundamentales: el número reducido de miembros, la amistad y el secreto. En particular, el secretismo se consideraba necesario para fomentar la humildad personal de los asociados, que no debían hacer ostentación de su piedad como el Tartufo de Molière. Y tambíen era útil para llevar a cabo sus actividades externas con más eficacia y evitar las campañas denigratorias de los enemigos externos e internos de la Iglesia. Las reglas de la AA se encuentran en un librito titulado Práctica de la devoción y virtudes cristianas según las reglas de las congregaciones de Nuestra Señora, que se publicó en Lyon en el siglo XVII. Este opúsculo se volvería a publicar, ligeramente abreviado, con el título de El director portátil, como una especie de vademécum de bolsillo. El padre Robert Rouquette, historiador de la espiritualidad, llama a las reglas de la AA «una pequeña obra maestra de claridad, sencillez, equilibrio y sentido espiritual que nutrió la vida interior de toda una élite de nuestro clero durante tres siglos» (voz Congrégations secrètes, en el Dictionnaire de Spiritualité (1953), vol. II, col. 1494 y, más en detalle, col. 1491-1507).
El cimiento de la espiritualidad de la AA era la devoción a la Virgen. El primer capítulo del Director, titulado Origen y finalidad de la congregación, enumera todos los actos destinados a alcanzar dicho fin: oración, frecuencia de los sacramentos, lectura de buenos libros, rezar a la Virgen (letanías, Rosario, Oficio Parvo), examen de conciencia y Misa diaria. La santificación secreta de sus miembros se simultaneaba con un intenso apostolado público, misionero y caritativo. Señala el P. Rouquette que la importancia concedida por la AA al celo apostólico lo distinguía de la clásica escuela francesa de espiritualidad, que se centraba ante todo en los aspectos litúrgicos y de culto (op. cit., col. 1496).
La asociación llegó a difundirse por más de treinta ciudades de toda Francia formando una élite de católicos militantes. El sacerdote bretón Vincent de Meur (1628-1668), futuro superior del Seminario de Misiones Extranjeras de París, fundó en 1688 la AA de Tolosa, que al poco tiempo fue el centro ideal de todas las AA que se propagaron desde el Canadá hasta Italia y desde Suiza hasta Alemania, y siguió siéndolo hasta el siglo XIX. Entre otros, pertenecieron a las AA San François de Montmorency-Laval (1623-1708), obispo de Québec, el también obispo Pierre Lambert de la Motte (1624-1679), misionero en Oriente, fundador de la Sociedad para las Misiones Extranjeras, y monseñor François Pallu (1626-1684), misionero en China.
De Meur y muchos otros miembros de la AA pertenecían también a la Compañía del Santísimo Sacramento, y cuando esta última se disolvió en 1660, su espíritu se conservó y propagó en las AA. A Turín llegó en 1781 desde Burdeos gracias al subdiácono y estudiante de teología de la universidad turinesa Jean-François Murgeray, que introdujo en la asociación a su compañero de estudios Pio Brunone Lanteri, futuro director de otra sociedad secreta católica, las Amicizie cristiane.
Henri-Marie Boudon (1624-1702), archidiácono de Evreux, alumno del P. Bagot y discípulo del P. Jean-Joseph Surin, cuya biografía escribió, fue una las figuras más destacas de la AA. Con diez años, Boudon se consagró a María en el santuario de Nuestra Señora de Liesse, al norte de Francia. Desde ese momento, la devoción mariana sería el centro de su espiritualidad. Se ordenó sacerdote en 1649, y pocos años después fue nombrado archidiácono de Evreux y puso todo su empeño en renovar el clero y promover la vida cristiana según el espíritu de Trento. Sin embargo, fue implacablemente perseguido por los sacerdotes de su diócesis debido a su intransigente postura antijansenista. Los últimos años de su vida estuvieron caracterizados por la austeridad, la enfermedad y la pobreza, siempre con un abandono total a la Divina Providencia. Falleció en olor de santidad en Evreux el 31 de agosto de 1702 a los 78 años de edad.
Henri Boudon dejó numerosas obras espirituales que publicó el abate Migne en tres volúmenes en 1856. Están dedicados a la vida escondida con Jesucristo en Dios, la santísima Virgen María, la devoción a los ángeles y, sobre todo, a Dios sólo, texto que revela el anhelo de pureza de intenciones y la radicalidad evangélica que manifestó a lo largo de su vida. Las obras de Boudon tuvieron mucha influencia: por ejemplo, San Luis María Griñón de Monfort leyó y meditó La sagrada esclavitud de amor de la admirable Madre de Dios (1688), al que cita en su Tratado de la verdadera devoción a Santísima Virgen, y en el que se inspiró para su doctrina de la esclavitud mariana. Quien desee estudiar y entender en profundidad esta obra maestra de Monfort debe remontarse al P. Boudon y, a través de él, a la escuela espiritual de las AA. (Continuará.)
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























