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San José Moscati: un modelo en la era del coronavirus

Hasta hoy, en Italia, murieron 96 sacerdotes en consecuencia del Coronavirus. El último es un sacerdote calabrés que prestaba servicios en los Estados Unidos. El párroco de la Catedral de Cremona también falleció: la Iglesia llora a sus médicos de almas y reza en sufragio por sus almas. Por otra parte, la Federación Nacional de las Órdenes de Médicos Cirujanos cuenta hasta la fecha, entre los médicos de cuerpos, con 94 víctimas del Covid-19. Y mientras crece la lista de estas muertes, día tras día, el dato oficial de los trabajadores de la salud infectados -difundido cada noche por el Instituto Superior de Salud, incluidas las enfermeras- asciende el 5 de abril a 2629. Muchos de ellos, sin embargo, mueren incluso si la causa de la muerte no es directamente atribuible al virus, ya que la muestra no se lleva a cabo. Por lo tanto, es cierto que los números son decididamente más altos. Los médicos de familia son una de las categorías más golpeadas por el contagio, porque a menudo van y siguen yendo a la guerra invisible a cara descubierta y manos desnudas: sin protección como los sacerdotes y como nuestros soldados cuando partieron a la campaña de Rusia y allí encontraron la «muerte blanca».

Muchos médicos y enfermeras, tanto en Italia como en el extranjero, también tienen la suerte de acompañar los últimos momentos de la vida de aquellos que mueren completamente aislados de sus afectos y de la presencia de un sacerdote, dando palabras de consuelo humano y a veces, incluso, de consuelo religioso.

Cristianamente hablando, esta campaña de salud no puede sino promover el pedido de proteger a estos soldados en las trincheras para cumplir la misión y/o el deber profesional de aquellos que han dedicado sus vidas a los enfermos, dando testimonio de su Fe en privado y en público. Muchos son los santos que a lo largo de la historia de la Iglesia han ofrecido todas sus energías y fuerzas para sanar cuerpos y almas. Una lista muy larga, que resumiremos aquí con dos nombres: San José Moscati, médico, investigador, maestro y el Beato Luis Bordino, enfermero en el camino trazado por San José Benedicto Cottolengo.

Este año, el dies natalis de Moscati, nacido hace 140 años en Benevento el 25 de julio de 1880, cae precisamente en el día de la Santa Pascua. Fue, de hecho, el 12 de abril de 1927, cuando murió a los 46 años, después de haber asistido a la Santa Misa y recibido la comunión en la iglesia San José de los Españoles y después de haber realizado su servicio en el hospital y en su consultorio particular. Leemos en el Martirologio Romano del 2001: «En Nápoles, San José Moscati, quien, como médico, nunca falló en su servicio diario e incansable en la asistencia a los enfermos, por el cual no pidió ninguna compensación a los más pobres, y al tomar cuidar los cuerpos también cuidaba las almas con gran amor».

Las crónicas napolitanas de la época informan que toda la ciudadanía de Nápoles representada en todas sus clases, desde la más humilde hasta la más destacada, se reunió alrededor del cuerpo de Moscati,: «Pocas veces la ciudad de Nápoles asistió a un espectáculo tan imponente en su infinita tristeza y que atestigua cuánto afecto, cuánto aprecio y admiración recogió el hombre que supo hacer de su profesión un noble apostolado, que supo prodigar con la ayuda benéfica de su doctrina, su incomparable bondad hacia las criaturas sufrientes, que supo demostrar cómo la religión y la ciencia se pueden reconciliar admirablemente en un espíritu noble». Otro testimonio conmovedor de la proximidad de Nápoles a Moscati se puede encontrar en las palabras que un anciano escribió durante su funeral: «Lo lamentamos porque el mundo ha perdido a un santo, Nápoles un modelo de todas las virtudes y los enfermos pobres lo han perdido todo«.

En abril de 1906, mientras el Vesubio entró en erupción lanzando cenizas, minerales y fragmentos cristalizados de lava en la Torre del Greco, poniendo gravemente en peligro un pequeño hospital, sucursal del Hospital Riuniti, donde Moscati era un extraordinario coadjutor, el médico sagrado se trasladó al lugar para poner a salvo a los enfermos, del cual ordenó la evacuación, terminada justo antes del colapso de la estructura. Dos años después, aprobado el concurso de asistente ordinario de la cátedra de Química Fisiológica, comenzó a realizar actividades de laboratorio y de investigación científica en el Instituto de Fisiología del hospital de enfermedades infecciosas Domenico Cotugno y se convirtió en miembro asociado de la Real Academia Médico-Quirúrgica.

En 1911, una epidemia de cólera azotó a Nápoles y fue llamado por la Inspección de Salud Pública, donde preparó un informe sobre los trabajos necesarios para la rehabilitación de la ciudad, que fueron tomados en consideración. Se le otorgó, a propuesta de Antonio Cardarelli, la cátedra en Química Fisiológica, al estallar la Primera Guerra Mundial presentó una solicitud de reclutamiento voluntario, pero fue rechazado porque fue llamado a ayudar a los soldados heridos en el frente. Luego fue nombrado Director del servicio militar de 1915 a 1918. Durante este período, de acuerdo con los registros del Hospital de los Incurables, visitó a 2524 soldados.

La religión y la ciencia fueron los pilares de su vida y no formó una familia para dedicarse por entero a su vida espiritual y médica. La Junta Directiva del Hospital de los Incurables lo nombró primero en 1919 y el 2 de mayo de 1921 el profesor Moscati envió la solicitud al Ministerio de Educación para ser habilitado por título a la libre docencia en Clínica Médica General: el 6 de junio de 1922 la Comisión designada por el Ministerio lo consideró adecuado. Cuando se probó la insulina para la diabetes en enero de 1922, se posicionó entre los primeros en Italia en usar esta terapia, que aún se practica hoy en día.

El 18 de julio de 1923 viajó a Edimburgo para el Congreso Internacional de Fisiología, pasando por Roma, Turín, París, Londres y su amada Lourdes. Numerosas de investigaciones suyas fueron publicadas en revistas italianas e internacionales, incluida la investigación pionera sobre las reacciones químicas del glucógeno.

En estos días trágicos de la epidemia, muchos, especialmente en el sur de Italia, rezan a San Giuseppe Moscati, quien el 17 de octubre de 1922 escribió: «Ama la verdad; Muéstrate quién eres, y sin pretensiones y sin miedo y sin consideración. Y si la verdad te cuesta persecución, acéptala; y si atormento, sopórtalo. Y si en verdad tuvieras que sacrificarte a ti mismo y a tu vida, sé fuerte en el sacrificio».

Amante de la verdad revelada por Jesucristo y fuerte en el sacrificio también lo fue Luis della Consolata, miembro de los Hermanos de San José Benedicto Cottolengo, quien decidió ayudar a los enfermos con el uniforme del enfermero.

Bordino había nacido en una familia de viticultores en Castellinaldo d’Alba, en la provincia de Cuneo, el 12 de agosto de 1922. Más inclinado al deporte que al estudio, Andrea (el nombre Luis lo tomará cuando vista el hábito religioso), con un físico atlético, se convierte en campeón de pelota elástica1, un deporte muy popular en sus tierras, y se forma de manera cristiana dentro del hogar, la parroquia y la Acción Católica. A los veinte años se alistó en la artillería alpina del área de Cuneo, entre los Alpini -que hoy operan con un hospital de campaña en el maltratado Bérgamo- destinada al frente ruso. Al principio a cargo de la comida, se enfrentó heroicamente a los horribles días de la retirada, cuando las tropas de Armir fueron rodeadas por la contraofensiva contra el Don. Hambre, dolor y muerte en la nieve y el hielo, con esos zapatos de cartón …

Andrea cae prisionero, junto con su hermano Risbaldo, el 26 de enero de 1943. Hace escala primero en los horrores de los campos de concentración siberianos y después en los campos de Mongolia. Pero él no se cuida a sí mismo, sino a los demás y en el hospital en el campo 19/3 de Pactarol se ocupa de los infectados y de los moribundos.

Con sus compañeros camina por páramos y estepas heladas, en senderos bordeados de muertos y en ese momento su vocación religiosa madura. Está entre los pocos que volvió a ver a su familia. Ya no está acostumbrado a una cama, duerme un rato en el suelo: volver a la vida cotidiana normal fue impactante después de las pesadillas vividas.

El 23 de julio de 1946, golpea la puerta de la Pequeña Casa de la Divina Providencia en Turín, fundada por Cottolengo, y nunca más se moverá de allí. Los días del hermano Luis se desarrollan en oración y en servicio a los enfermos: es el enfermero más solicitado por el cuerpo médico y los pacientes en las salas, tanto por sus habilidades profesionales como por su carácter humano y apostólico. Encarna en todos los aspectos el «Caritas Christi urget nos» paulino y cotolenguino. Su actitud hacia los enfermos es la misma que tiene frente a la Eucaristía. Para él, los pacientes en sus camas de dolor representan a Jesucristo.

Después, súbitamente, la enfermedad. Tiene 55 años cuando él mismo se diagnostica la leucemia mieloide que lo ataca. Comienza una calvario de gran sufrimiento, acompañada de su serena y fuerte alabanza a Dios. Morirá el 27 de agosto de 1977 y el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, lo beatificará el 2 de mayo de 2015 en Turín. Su biógrafo, el hermano Domenico Carena, vice postulador de la causa, quien falleció el 26 de junio de 2015, escribió sobre él: «El hermano Luis no solo ha seguido a Cristo, sino que se ha identificado con Él y por esta razón ha irradiado su amor entre los pobres a quienes sirvió». Ese Cristo que será venerado el Sábado Santo – 11 de abril de 2020 – a través de la televisión y la web, gracias a la extraordinaria exposición del Santo Sudario. La Exposición del Sagrado Lino será visible en todo el mundo, un mundo silenciado en sus calles e iglesias debido a la pandemia, y estamos seguros de que muchos también silenciarán el volumen de la transmisión que lleva a nuestros hogares y comunidades la Imagen sagrada para una mayor y más íntima contemplación-adoración, sin voces, conversaciones, comentarios … de cualquier parte que vengan.

1 N. del T.: En italiano la palabra se refiere a una pelota inflada o globo. Así se designa a diferentes juegos de pelota en Italia.

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