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Gertrud von le Fort: el velo y el misterio de la colaboración con Dios

Gertrud von le Fort fue una escritora alemana (nació en 1876 en Minden; † en  1971 en Oberstdorf). Nacida en una familia protestante, en 1926 se convirtió en Roma al Catolicismo. Fue una de las más destacadas escritoras católicas del siglo XX; participó del gran movimiento de renovación del pensamiento católico o renouveau catholique que tuvo su lugar sobre todo en el período entre guerras con autores de la talla de P. Claudel, G. Bernanos, Ch. Peguy, S. Weil y F. Mauriac en Francia, G. K. Chesterton, G. Greene, A. Cronin, C.S. Lewis y T. R. Tolkien en Inglaterra, G. Papini y R. Guardini en Italia, García Morente, R. de Maeztu, Menéndez Pelayo en España  y Reinhold Schneider, la propia Gertrud y Edith Stein en Alemania.

Es precisamente la amistad con esta última la que la lleva a escribir La mujer eterna. En una carta a H. Molitor, en 1962, le Fort escribe textualmente:

“Conocí a Edith Stein gracias a la mediación del Reverendo Padre Erico  Przywara […]. Nos encontramos en Munich, y este encuentro dejo la más profunda impresión en mí, que concernía tanto la piedad, la sencillez y modestia encantadoras como la alta inteligencia de la en aquel tiempo docente en Münster. Estas impresiones eran tan profundas que influyeron esencialmente en mi libro La mujer eterna, no por la colaboración por parte de Edith Stein, sino por la visión esencial interior [de la mujer] que tuve en este encuentro: durante el trabajo recordé a menudo la imagen espiritual de Edith Stein como aquella que tenía en mente en mi descripción de una auténtica mujer cristiana”.  (citado en: La Chevallerie, Eleonore de (comp.). Gertrud von le Fort. Wurzburgo: 1983, p. 32)

Franken Kurzen afirma que en su ensayo La mujer eterna de 1934 Gertrud von le Fort esboza la imagen de la mujer y que la importancia de esta publicación se debe a su gran difusión en el ámbito cultural católico. Así, por ejemplo, a comienzos de los sesenta, ya iba por su vigésima cuarta edición como obra representativa de la era de la literatura cristiana. Lamentablemente comenzó a perder vigencia, según la opinión casi unánime de los críticos literarios, a mediados de los sesenta, cuando se produjo un “cambio en el paradigma cultural” a nivel mundial y aun dentro de la Iglesia.

Sólo pretendemos recuperar aquí algunos párrafos de este ensayo que pueden ayudarnos a encontrar respuestas en la incertidumbre de nuestros tiempos.

Sobre el sí de la Santísima Virgen María:

“Ya se ve aquí claramente la enorme importancia, en general, del dogma de María. Si la Inmaculada es la viva imagen divina de la humanidad, la Virgen de la escena de la Anunciación es su representante. En el humilde Fiat con que responde al Ángel, vemos que el misterio de la Redención depende de la criatura. Pues para su Redención el hombre no tiene más que ofrecer a Dios la disposición a la entrega incondicional. La receptividad pasiva de la mujer, en la cual la filosofía antigua veía lo puramente negativo, aparece en el orden de la gracia cristiana como lo positivamente decisivo. Formulado brevemente, el dogma mariano significa la doctrina de la colaboración de la criatura en la obra de la Redención. El fiat de la Virgen es, pues, la manifestación de lo auténticamente religioso”. (p. 19-20)

San Luis María Grignon de Monfort había indicado la importancia de María entre los cristianos de los últimos tiempos. ¿Será tal vez justamente por esto? Nuestra época tan autosuficiente, extremadamente antropocéntrica hace culto de la no colaboración de la criatura en la obra de la Redención. El non serviam es el lema de la modernidad. El fiat de María es pues el antídoto.

El velo de la mujer:

“El velo es el símbolo de lo metafí­sico en el mundo. Pero también es el símbolo de lo femenino. Todas las formas elevadas de la vida femenina presentan la figura de la mujer velada”. (p. 22)

“Partiendo del motivo del velo resulta que a la mujer le es propia sobre todo la sencillez. Todo lo que pertenece a la jurisdicción del amor, la bondad, la compasión, el cuidado y la protección, o sea, lo realmente escondido y casi siempre traicionado en el mundo”. (p. 24)

Resalta el alto contenido simbólico del velo femenino y ese amoroso cuidado de aquello que es rechazado por la modernidad.

La mujer en el Apocalipsis:

“Así como la mujer caída se encuentra al principio de la historia humana, de la misma manera se encuentra al final de la historia. No es el hombre la auténtica figura apocalíptica de la humanidad, sino que la esencia de los «últimos tiempos» es precisamente el decaimiento de la figura del hombre, porque ya no puede dominar varonilmente las fuerzas desnudas de la destrucción. Por ello la Revelación apocalíptica no designa al Anticristo como ser humano, sino como «fiera del Averno». Como figura apocalíptica de la humanidad se encuentra en el Apocalipsis a la mujer; sólo la mujer infiel a su determinación puede representar la infecundidad del mundo que le traerá su muerte y su destrucción.

Si el signo de la mujer es el «hágase en mí», es decir, el querer concebir, o expresado en sentido religioso, el «querer ser bendita», la desgracia siempre se hallará donde la mujer no quiera concebir, no quiera ser bendita. Esto no sólo cabe decirlo en sentido biológico. A la línea ascendente de la jerarquía de entrega responde la línea descendente de la negación egoísta. Entre la negación heroico- trágica de la amazona y la negación apocalíptica de la mujer se abre un mundo. Al igual que el hombre pierde su humanidad en el imperio de las fuerzas desencadenadas que debería dominar, la mujer la pierde como prostituta. La «gran prostituta» es la imagen apocalíptica de la época final. La prostituta significa la terminación radical de la línea del Fiat. En lugar de la entrega, aparece la forma última de la negación interior, la prostitución. Esta palabra no significa un juicio sobre la más desgraciada entre todas las mujeres, sino que la misma prostituta ya expone este juicio. La prostituta ya no sirve como “colaboradora” en el espíritu del amor y de la sumisión, sino que sirve como puro instrumento; el instrumento se venga dominando. Sobre el hombre caído en el imperio de las fuerzas se eleva triunfante la esclavizadora de sus instintos. De la misma manera que la prostituta como infecundidad absoluta significa la imagen de la muerte, como dominadora significa el dominio de la perdición”. (p. 28-29)

Magnífica y trágica descripción de nuestros tiempos: la terminación radical de la línea del “hágase en mí”, la no concepción, el rechazo de la bendición, el afán de dominio y de poder, el imperio esclavizador de los instintos.

El significado de la caída del velo:

“Los apocalipsis de las diferentes edades y culturas preceden al apocalipsis final. Esto significa para el presente que la caída religiosa de nuestros días, inaudita en sus dimensiones, se percibe ya claramente en la aparición empírica de lo femenino. Como el velo, también la caída del velo es de un profundo simbolismo. Hemos dicho que todas las formas elevadas de la vida de la mujer la presentan velada; la novia, la viuda, la monja todas llevan el mismo símbolo. El porte exterior nunca es vano; sino que tal como sobresale del objeto, representa a éste. Visto así, muchas modas se convierten en terribles traidoras, en sentido auténtico de la palabra, comprometen a la mujer. El quitar el velo a la mujer significa la caída de su misterio. Sin duda la mujer que ni tan siquiera se entrega en la esfera sensual, sino que se da al más desgraciado de todos los cultos, esto es, al de su propio cuerpo —y esto en medio de una inaudita miseria entre sus semejantes— representa una degeneración que ha roto hasta la última unión con su determinación metafísica”. (p. 29-30)

El quitar el velo de la mujer simboliza, por tanto, la caída del misterio de la mujer y de su sentido metafísico de colaboradora de la obra redentora. Es símbolo del narcisismo que carcome desde adentro a nuestra sociedad, que carcome a la mujer, que carcome a la familia, que carcome a la Iglesia.

El retorno a la doctrina de la cooperación:

“La proclamación de un dogma responde siempre a un determinado peligro religioso. El dogma mariano llevado a su formulación más general indica —ya lo vimos— la cooperación de la criatura en la obra de la Redención. Partiendo de aquí se nos esclarece su inmenso significado en relación con nuestros tiempos, pues la Gracia divina no se transforma; pero lo que hoy aparece transformado en medida creciente es la cooperación de la criatura.

Reside en la consecuencia de la doctrina de la cooperación el que María aparezca como la más poderosa ayuda cuando peligra la fe y como la triunfadora sobre la caída religiosa”. (p. 31)

La manera de triunfar sobre la crisis religiosa de nuestro tiempo, nos dice Gertrud von le Fort no podrá darse sino volviendo a la “doctrina de la cooperación”. El camino no es el de la afirmación autorreferencial de los caprichos del hombre, de espaldas a la Fe y a la Palabra de Dios sino el del regreso al “hágase en mí” a ejemplo de María.

Andrea Greco de Álvarez

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Gertrud von le Fort, La Mujer Eterna, Madrid – Mexico – Buenos Aires – Pamplona, Ediciones Rialp, 1965.

Clemens August Franken Kurzen, “La cercanía espiritual de Gertrud von le Fort con Edith Stein y Teresa de Ávila” [en línea],   Jornadas   Diálogos:   Literatura,   Estética   y   Teología.   La   libertad   del   Espíritu,   V,   17-19   septiembre   2013, Universidad Católica Argentina. Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires. Disponible en: http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/ponencias/cercania-espiritual-gertrud-von-le-fort.pdf   [Fecha de consulta: 20-02-16]




Andrea Greco
Andrea Grecohttp://la-verdad-sin-rodeos.blogspot.com.ar/
Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.

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