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La aberrante práctica moderna de la comunión en la mano

Monseñor Barba y su desprecio por la Sagrada Eucaristía   –

«¡Es ya un aprobar el error, el no resistirlo; es sofocar la verdad el no defenderla!». (San Félix III, Papa -492-)

La moderna comunión en la mano fue concebida en la desobediencia y sus frutos son las inúmeras faltas de respeto a Cristo Eucaristía.

Hay quienes sostienen que antiguamente se daba la comunión en la mano, mas tal cosa no parece que fuera practicada como costumbre general, y eso se aprecia al analizar  exhaustivamente las fuentes que suelen citarse, a lo que debe añadirse citas concretas de los primeros siglos de las que se deduce lo contrario. Ferdinandus comenta, que es “paradójico que, al avalar la práctica de la comunión en la mano, los arqueólogos de la práctica eucarística aduzcan como prueba sólo tres testimonios controvertidos (Tertuliano, San Cipriano y San Cirilo de Jerusalén –el entrecomillado me pertenece-), y no quieran ver, sin embargo, los testimonios de la Iglesia de Roma que atestiguan incontrovertidamente como, desde el papa Sixto I (muerto en 125) en adelante y sin solución de continuidad, se practicaba seguramente en Roma el uso de la comunión en la lengua” (La Comunión en la Mano: Historia de un sacrilegio infame, desde los orígenes hasta el Motu Proprio Traditiones Custodes, cf. Adelante la Fe, 20 de septiembre de 2021).

Pero, sea como fuere lo anterior, nunca jamás se ha visto en toda la historia de la Iglesia la comunión en la mano concebida por el modernismo: en ella sobresale de manera asquerosa la irreverencia hacia Cristo Eucaristía. El Concilio de Trento ha sido tajante: “Siempre ha sido costumbre de la Iglesia de Dios, en la Comunión Sacramental, que los laicos tomen la comunión de manos de los sacerdotes, y que los sacerdotes celebrantes comulguen por sí mismos; costumbre que por razón y justicia debe mantenerse por provenir de la Tradición Apostólica”.

Monseñor Gabriel Barba llegó a la diócesis de San Luis, y quiso imponer, movido por su desaforado afán de más innovaciones, la aberrante práctica moderna de la comunión en la mano. Entre las falaces afirmaciones del obispo de San Luis tendiente a defender su comunión ultrajante, se encuentra esta: “La Iglesia en sus costumbres y tradiciones, jamás va a proponer como práctica universal un sacrilegio”. Claro que la Iglesia, no; pero alguno que otro progresista, sí. Barba entonces sostiene que la comunión en la mano tal como hoy se practica, encuentra acogida en la tradición católica y que es universal. Repitamos nuevamente con todo el Concilio de Trento cuál ha sido la Tradición, muy contrario a lo expresado por Barba: “Siempre ha sido costumbre de la Iglesia de Dios, en la Comunión Sacramental, que los laicos tomen la comunión de manos de los sacerdotes (…); costumbre que por razón y justicia debe mantenerse por provenir de la Tradición Apostólica”.

Reitero: la comunión en la mano tal como la conciben hoy los modernistas jamás existió en la Iglesia Católica, ni forma parte de la Tradición viva; mucho menos ha sido una práctica universal. Si se recuerda que la universalidad no tiene que ver con una cuestión de generalidad de una época, sino que abarca de manera unitiva la Iglesia de todos los tiempos, se prueba aún más la falsedad de Barba.

Es notable la reverencia exquisita que desde los comienzos del catolicismo se tuvo para con el Sacramento del Amor, para con la Sagrada Eucaristía. Así, Tertuliano dirá: “Cuidemos escrupulosamente que algo del cáliz o del pan pueda caer a tierra” (De Corona, 3PL 2, 99). Y San Hipólito predicará: “Cada uno esté atento (…) que ningún fragmento caiga y se pierda, porque es el Cuerpo de Cristo que debe ser comido por los fieles y no despreciado” (Trad. Ap. 32). San Efrén aseverará: “Comed este pan y no piséis sus migas (…), una partícula de sus migas puede santificar a miles de miles y es suficiente para dar vida a todos los que la comen” (Serm. In hebd. S., 4, 4). San Sixto I, Papa, ha dicho: «Las Sagradas Especies no son para ser manipuladas por otros que no estén consagrados al Señor».

Probaré básicamente dos cuestiones en este escrito: 1.) Que la comunión en la mano es práctica protestante. 2.) Que la comunión modernista es obra de la desobediencia.

Veamos lo primero. Monseñor Juan Rodolfo Laise, sostuvo en su libro “Comunión en la Mano”: “La comunión en la mano no nos acerca a las fuentes de la Iglesia primitiva sino al protestantismo y a muchas desviaciones doctrinales actuales” (Buenos Aires, 1997, p. 128). La conclusión es más que obvia: la comunión en la mano aleja impresionantemente de lo católico, es algo que acerca al protestantismo. Una inmensísima cantidad de autoridades eclesiásticas han llevado -y lo siguen haciendo- con su prédica o con su práctica o con ambas cosas, a que los fieles más y más se acerquen a lo protestante. No se puede participar de algo claramente no católico.

La comunión en la mano fue el gran deseo del protestante Butzer, el cual sostenía que debía ser “retomada la simplicidad de Cristo, de los apóstoles y de las antiguas iglesias, el sacramento ha de ser puesto en la mano del fiel”, así, de este modo, “las buenas gentes serán fácilmente conducidas hasta el punto de que todos recibirán los símbolos sagrados en la mano, se mantendrá la uniformidad en la recepción y se tomará precauciones contra todo abuso furtivo de los sacramentos. Pues, aunque por un tiempo puede hacerse una concesión a aquellos cuya fe es débil, dándoles los sacramentos en la boca cuando así lo deseen, si son cuidadosamente instruidos pronto se pondrán en consonancia con el resto de la Iglesia y tomarán el sacramento en la mano” (Davies, Michael, Un Privilegio de los Ordenados (Algunas precisiones sobre la comunión en la mano), Buenos Aires, 1996, págs. 9 y 10).  Y agregamos esto: “La práctica de comulgar en la mano fue introducida poco después del Vaticano II en Holanda por sacerdotes con mentalidad ecuménica que querían imitar la práctica protestante” (ob. cit. p. 11).

Hablando de la reverencia que implica la comunión en la boca, Laise insiste en que la comunión en la mano es irreverente y protestante. En referencia a la primera forma de comulgar dirá: “Este significado de reverencia era tan notorio que reformadores protestantes como Martín Bucero, asesor de la reforma anglicana, se esforzaron en cambiar el uso e introdujeron al comunión en la mano para que sus fieles no pensaran que Cristo estaba presente bajo la forma de pan” (Comunión en la Mano, Buenos Aires, 1997, p. 62).

Veamos ahora lo segundo, a saber, que la comunión en la mano es obra de la desobediencia. Lo dice Laise al expresar que la indicada práctica fue defendida precisamente “por los promotores de la desobediencia” (ob. cit. 82). En otro lugar leemos: “la única razón de la extensión del rito es que los Obispos no escucharon la vehemente exhortación” (ob. cit. p. 83). Y trayendo a colación un resumen del ladino Bugnini, se lee: “el sólo espíritu de obediencia no será suficiente para mantener en la iglesia latina el uso tradicional de la comunión” (ob. cit. p. 74, nota al pie de página n° 52). También, comenta Monseñor Laise, que en Holanda “ya en 1965 se daba la comunión en la mano sin acatar las prohibiciones expresas de Roma” (ob. cit. p. 77). Cómo será lo dañino del mencionado Catecismo, que, entre otras cosas, “se dejaba en duda la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía, se daba una explicación inadmisible de la transubstanciación y se negaba cualquier clase de presencia de Cristo en las partículas o fragmentos de hostia que se desprendían después de la consagración” (ob. cit. págs. 79 y 80). Todo ha sido un experimento calificado por el Cardenal Gut como enfermedad: “Esperamos que, en adelante (…) esta enfermedad de la experimentación llegue a su fin” (ob. cit. p 118). Y hasta Pablo VI confiesa que “se hacen experimentos arbitrarios y se introducen ritos que repugnan abiertamente a las normas de la Iglesia” (Discurso al Consilium ad exequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, 14 de octubre de 1968, A.A.S., 1968, p. 735). Las siguientes palabras sobre la abyecta práctica de la comunión en la mano son contundentes: se trata de un rito “confirmado por medio de desobediencias inquebrantables” (Monseñor Laise, Comunión en la Mano, Monseñor Juan Rodolfo Laise, Buenos Aires, 1997, p. 133). Dirá Dietrich Von Hildebrand: «No puede haber duda alguna que la ‘Comunión en la mano’ es una expresión de la tendencia hacia la desacralización dentro de la Iglesia en general y especialmente de la irreverencia al acercarse a la Eucaristía.”

Recordémoslo nuevamente: Monseñor Barba ha sostenido que la comunión en la mano es algo universal y que pertenece a la tradición de la Iglesia. Mas, lo cierto es que, en verdad, “la única razón de la extensión del rito es que los Obispos no escucharon la vehemente exhortación” (Monseñor Laise, Comunión en la Mano, Buenos Aires, 1997, p. 83). No obedecieron a la voz de la Iglesia que les decía “¡no, a la comunión en la mano!”. El rito ultrajante no tiene base en la tradición viva ni en la universalidad, sino en el desquicie y rebelión de algunos. La práctica modernista de la comunión en la mano es una obra más del espíritu contestatario, revolucionario, desobediente, obra de un grupo de progresistas. Ellos ganaron terreno, ellos han ido imponiendo gradualmente prácticas anticatólicas a las que, más luego, las presentaron como católicas. ¡Y qué llamativo!: Los mismos que desobedecieron a la reverencia, son quienes pretendieron y pretenden obediencia para imponer su irreverencia.

El auténtico espíritu católico que une a los verdaderos católicos actuales “con la edad patrística”, “es el cuidado reverente del cuerpo de Cristo, aún en las más pequeñas partículas. Sería engañar a los fieles hacerlos pensar que por comulgar en la mano se identifican más con el espíritu de la Iglesia primitiva (Monseñor Laise, Comunión en la Mano, Buenos Aires, 1997, págs. 68 y 69). Lo inconcuso de la afirmación contrasta impresionantemente con las falacias de Monseñor Barba.

Es completamente algo ignominioso para con Jesucristo, que sacerdotes perteneciente a una orden que se da aires de tradicional, que dicen defender el reinado de Cristo Rey, y que hasta ayer coqueteaban con la misa de siempre, se den vuelta con la facilidad de un panqueque y pasen a dar la comunión en la mano movidos por la ya famosísima falsa obediencia. Ante la disyuntiva: “o el respeto a Cristo Eucaristía o el agachar la cabeza ante una orden impía y aberrante”, han optado por esto último. Algo tan elemental, tan básico, queda minado por una obediencia mal entendida. Aquello de San Pablo que expresa “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, parece no ser escuchado. Repetiré con San Bernardo: “El que por obediencia se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión”. Ejemplo de firmeza y rechazo a la comunión en la mano fue el R.P. José Mendiano-Mendiano, el cual debió marcharse de La Pampa atento a que se negó a practicar el ultraje modernista consabido y que fuera impuesto por el obispo local.

La falsa obediencia conduce -aunque no se vea- al relativismo sobre la verdad. Los que se mueven por la indicada virtud falseada son capaces de, por obediencia, sostener hoy que lo redondo es circular, y mañana, también invocando la obediencia, manifestar que lo redondo es rectangular; y si todo quedase en ese ejemplo, bue… Pero hay algo inmensísimamente peor: hasta hace poco, por obediencia, muchos dijeron que estaba bien reverenciar a Cristo en la Eucaristía no comulgando en la mano porque eso implicaba un ultraje máximo; y hoy, por obediencia, esos mismos acatan dar la comunión en la mano favoreciendo con su práctica a la horrorosa irreverencia para con Jesús en la hostia.

 Se ha dicho estas impresionantes palabras: “Con la comunión en la mano se necesitaría un milagro para que en cada comunión no caiga alguna partícula al suelo o quede en la mano del fiel” (Comunión en la Mano, Monseñor Juan Rodolfo Laise, Buenos Aires, 1997, p. 136). Está claro que la irreverente comunión en la mano no tendrá la ayuda del milagro. Está claro que no le importa el milagro, porque si acaso algo importase la Eucaristía, no habría que recurrir al milagro sino a la más cuidada y perfecta reverencia.  

Imagina que presentas a quien tienes por mejor amigo, a otros diez que también dicen ser tus amigos. Imagina que al hacer la presentación, esos diez maltratan a tu amigo por permisión tuya. ¿Cómo puedes decir que el maltratado ante tus narices es tu mejor amigo? Mas, supongamos ahora que no diez, sino uno solo es el que se atreve a hacer el maltrato por permisión tuya. Ciertamente habrá nueve maltratos menos, pero, acaso, ¿cómo puedes soportar el maltrato que uno solo le hace a quien dices ser tu amigo entrañable, y eso porque tú lo permites? A todas luces, cualquiera con sentido común, diría que eso no se hace. Y bien, si con nuestro prójimo no procedemos tan dañinamente, cuánto más deberías cuidar la manera con la que tratas al Amigo por antonomasia en la Sagrada Eucaristía, a saber, Cristo nuestro amado Redentor.

Entre las estupideces que se afirman para dar la comunión en la mano, hay quienes expresan “que la ‘boca’ es menos digna que las manos, porque de la boca, por ejemplo, salen blasfemias”. El Padre Villa da una respuesta: “Decir esto es como afirmar que el alma no es el objetivo primario de la ‘presencia eucarística’ en nosotros, mientras lo sería el ‘vientre’, porque por el alma sale afuera toda la malicia! Pero, ¿no es la boca, en cambio, la que profesa la Fe y, con ella, el alma, la que ama al Señor con todas sus fuerzas?” Pienso que el principal engaño está en desviar la atención hacia una suerte de superficial competencia entre si hay más pecados con las manos o con la boca; y es tan torpe el planteo, que hasta dan a entender que uno se acerca a comulgar bajo pecados graves. Una vez más, el quid de todo es la máxima reverencia que se debe a Cristo en el Sacramento, cosa que la comunión en la mano descuida, al punto tal que, lo repetimos, harían falta milagros para que las partículas no caigan al piso o en cualquier otro lado.

La modernista comunión en la mano supone en quien participa de ella -de la manera que fuere-, lo siguiente: O que hay fe nula, una fe ya casi apagada, una fe tergiversada, esto es, ya protestantizada, y por eso con tal práctica se está indicando que no se cree realmente en la presencia real de Cristo en el Sacramento del Amor; o, en caso de que sí se crea que Cristo está presente en el Pan de Vida, supone eso, a sabiendas, un tremendísimo ultraje, atento a la irreverencia para con quien se está recibiendo.

Es llamativo que precisamente los que se la pasan deseando cambios y novedades y repitiendo como Monseñor Barba que deben abandonarse “estructuras caducas”, vayan a buscar en el pasado la práctica de la comunión en la mano. Esa táctica nada tiene que ver con el seguir la tradición viva de la Iglesia, sino que simplemente se trata del recurso a algo antiguo rechazado por la Mediator Dei de Pío XII. Los amigos del cambio como Barba, no están unidos a la raíz que alimenta el crecimiento, sino que se unen en todo caso a una rama que fue podada. Porque en el hipotético caso de que alguna vez en la antigüedad se haya comulgado en la mano como modo generalizado (cosa que descreo y me remito a lo que dije en un comienzo), la tradición viva vino a prohibir rotundamente esa práctica: “No se debe entregar la Eucaristía en manos de ningún laico, hombre o mujer, sino solamente en la boca” (Sínodo de Ruán -878-). Por eso Laise dirá que el uso de la comunión en la mano fue “prohibido expresamente y luego tomado por los protestantes como una clara significación doctrinal” (Comunión en la Mano,  Buenos Aires, 1997, p. 65).

A los irreverentes modernistas les diré con Santo Tomás Moro: « ¡Si tengo contra mí a todos los Obispos, tengo conmigo, en cambio, a todos los Santos y Doctores de la Iglesia!». Un San Francisco de Asís exclamará: “El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el altar en las manos del sacerdote”. ¡Qué contraste entre la profundidad de la reverencia mostrada y solicitada por los santos, con la payasada modernista que trata al Cuerpo de Cristo peor que a las migajas de una galletita! Hoy uno tiembla de espanto por el continuo maltrato eucarístico.         San Pedro Julian Eymar, en su libro ‘Obras Eucarísticas’ ha dicho: “La Iglesia prescribe el mayor respeto delante del Santísimo Sacramento, sobre todo cuando está expuesto, pues entonces el silencio debe ser aún más absoluto y más respetuosa la compostura” (ed. Eucaristía, España, 1963, p. 494). También dice: “Por manera que en los actos del culto todo debe ordenarse a la significación del homenaje íntimo del alma, su respetuosa y profunda adoración” (ob. cit. 494). La santa liturgia romana es “la única expresión pura  y perfecta de la fe y de la piedad de su Iglesia” (ob. cit. p 493). Y esto otro: “Solo lo que sea conforme (…) a la piedad del culto católico merece ser estimado y practicado. Siguiendo esta regla evitarán los adoradores el error en la fe práctica, la ilusión y la superstición, que tan fácilmente se deslizan en la devoción dejada a sí misma” (ob. cit. p. 493. ¿Qué decir? En los cambalaches modernistas se ve jolgorios de todo tipo, y el silencio brilla por su ausencia. Y con la comunión en la mano la irreverencia llega a su punto extremo, nada de respetuosa y profunda adoración, nada de respetuosa compostura. Grabemos lo de San Pedro Julián: “Solo lo que sea conforme a la piedad del culto católico merece ser estimado y practicado”.

Queda entonces perfectamente probado que la aberrante práctica moderna de la comunión en la mano es algo protestante, de lo que se deduce que eso es obra de una verdadera desobediencia. Y, reitero, ahora esos hijos de la desobediencia nos piden obediencia a una aberración.

¿Te atreverás a seguir esa práctica creyendo ilusamente que eso es católico? Ya viste la luz, ¿te empeñarás en dejarte arrastrar por una falsa obediencia que es un cúmulo de irreverencias? ¿Antepondrás una obediencia mal entendida por sobre la reverencia debida? Y si en todo el mundo se practicase una comunión irreverente concebida en amiguismo protestante y en la desobediencia, no por eso será católica, no por eso será reverente, no por eso se le debe obedecer. ¿Dónde pues está la debida reverencia a Cristo Eucaristía? Respondo: En la Santa Misa de siempre.

Si bajo la moderna visión modernista se practica una execrable comunión en la mano que deja a Cristo por el suelo: ¿Por qué te asombras que seas despreciado por esos innovadores cuando le haces frente y te opones a sus maquinaciones irreverentes? No te asombres si los modernistas te tildan de rebelde, separado y desobediente, ni te asombres si te condenan. Si a Cristo en la Eucaristía lo desprecian no importándoles si se lo pisa o a dónde va a parar, de allí se deduce con facilidad que también despreciarán a quienes respetando al Pan de vida alzan la voz contra la nefasta práctica.

Hoy, 24 de septiembre, día de Nuestra Señora de la Merced, le pido vivamente a ella nos ayude a llegar al cielo, y le pido también muy especialmente por los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que están cautivos por las falsedades y vilipendios modernistas, para que, si posible fuere, todos queden libres de ellos.

No cierres los ojos, pues no eres ciego, ni tapes tus oídos a la voz clara. No se trata de la voz del inmenso pecador que esto escribe, sino de la voz entrañable de la Santa Madre Iglesia. Mira la fe verdadera y escucha las sagradas palabras de la Tradición. Distingue a los verdaderos pastores aunque te los presenten hoy como excomulgados y desobedientes, que ya está de sobra probado dónde están los lobos rapaces con piel de oveja. Y graba a fuego la siempre nutricia voz de la maternal Esposa del Cordero, la cual te exhorta: “Así como, de entre todos los sagrados misterios que el Señor nuestro Salvador nos encomendó como instrumento certísimo de la Divina Gracia no hay ninguno que pueda compararse con el Santísimo sacramento de la Eucaristía, así también no ha de temerse de Dios castigo más grave de pecado alguno que, si cosa tan llena de toda santidad o, mejor dicho, que contiene al Autor mismo y fuente de la santidad, no es tratada santa y religiosamente por los fieles” (Catecismo Romano del Concilio de Trento, Parte II, cap. 4).

Tomás Ignacio González Pondal

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