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La Virgen de Guadalupe, verdadera Madre de América

Nuestra Señora de Guadalupe posee los títulos de Patrona de Hispanoamérica (concedido por San Pío X), de las Américas (Pío XI), Emperatriz de América (Pío XII) y Madre de las Américas (Juan XXIII). Previamente, Benedicto XIV la había proclamado patrona de Nueva España en 1754.

La historia de la aparición de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego, indio de estirpe real,  en el cerro Tepeyac es harto conocida, por lo que no nos detendremos mucho en ella. Nuestra Señora se le apareció varias veces, y le pidió que solicitara al obispo que le construyese una iglesia en aquel lugar. El prelado le pidió una prueba. La Virgen se le volvió a aparecer, e hizo que brotaran rosas en el Tepeyac, a pesar de que era invierno. Juan Diego las recogió en su tilma (manto que usaban los indios, pero que también utilizaban como ayate o mecapal para llevar cargas cuando trabajaban en el campo). Cuando se presentó ante el obispo y abrió el manto dejando caer las rosas en el suelo, la imagen apareció impresa en la tilma. Es una imagen aqueiropita, es decir, no pintada por manos, al igual que la Sábana Santa, Nuestra Señora de Coromoto o el Santo Rostro de Manoppello.

Las tilmas se confeccionan tejiendo fibras del maguey o ágave. Los tejidos de ágave rara vez llegan a durar más de 20 ó 30 años. Una copia hecha en tela de maguey hace un par de siglos se desintegró en unas pocas décadas. La tilma ya tiene 489 años y no ha sufrido el menor deterioro. Durante más de un siglo careció de la menor protección, soportando el humo de las velas y los toques y besos de los fieles. Por alguna razón misteriosa, la tela repele el polvo y los insectos. El monte Tepeyac, lugar de la aparición, junto al lago Texcoco, tiene tal grado de salinidad que en ochenta años deshace el hierro. Cuando en 1795 un trabajador que limpiaba el marco de plata la salpicó accidentalmente con ácido. Habría sido suficiente para destruir la tela, pero apenas dejó unas leves manchas que tienden a desaparecer con el tiempo. El 14 de noviembre de 1921 un anarquista colocó un explosivo disimulado en un ramo de flores que destruyó vidrieras y ventanas de la basílica y casas aledañas, y hasta retorció un crucifijo de bronce, pero la tilma no sufrió el más leve daño; ni siquiera se quebró el vidrio antibalas que la protege.

La tilma mide 1,43 m., pero guarda la proporción áurea. Es un pictograma. Los aztecas no tenían alfabeto y escribían mediante imágenes, como los egipcios con los jeroglíficos; de un solo golpe de vista captaban  mucho. Entendían el lenguaje de los símbolos.

Al superponer la tilma sobre un mapa de México las flores coinciden exactamente con montañas y volcanes que eran sagrados para los indios. Esto quiere decir que Ella es Señora de todos ellos. Pero como eso sólo se puede comprobar observando desde el espacio, tal cual los ve Ella desde el cielo, aquí tenemos un mensaje para nuestra época tecnológicamente avanzada, como pasa con la Sábana Santa. La Reina de la Tierra es María, no la Pachamama (que además es andina y ni siquiera se la representaba con una estatuilla hasta la abominación desoladora que se dio en el lugar santo del Vaticano en octubre de 2019; justo antes de la plaga del covid, qué casualidad. Pero claro, hoy en día prima el buenismo y a nadie le gusta a hablar de que Dios manda castigos y plagas). Para nosotros, la flor es un adorno o se ofrece como un gesto de cariño; para los aztecas, era el símbolo de la verdad. Por medio de flores, la Virgen demostró que su mensaje era verdadero y que Juan Diego no mentía.

En 1531 apareció el cometa de Halley, lo cual fue para los indios señal de que algo andaba mal. Luego vino un eclipse que los dejó aterrorizados. Pensaron que Huitzilopochtli, el dios de la guerra, debía de estar furioso. Eso exigía sangre, muchos sacrificios humanos. Para colmo, un terremoto destruyó los templos, y una epidemia de viruela se cobró gran cantidad de víctimas. Todo aquello quería decir que su religión estaba errada.  Cuando los conquistadores destruyen sus ídolos, los indios entienden que su civilización está herida de muerte. Sin templo, para ellos no hay cultura ni civilización. Entonces hace su aparición la Virgen Tecuatlasupe, la que aplasta la serpiente, trayendo el nuevo templo, simbólicamente representado en su manto.

El 12 de diciembre, día de la primera aparición, era el solsticio de invierno, pues aún estaba en vigor el calendario juliano. En el gregoriano equivalía al 22 de diciembre, pero éste calendario no entró en vigor hasta 1582. A partir del solsticio de invierno los días empiezan a ser más largos, hay más luz. Nuestra Señora se aparece inaugurando la era de la luz.

Por eso, a lo largo de la siguiente década cerca de diez millones de indígenas se bautizan. A lo largo del Nuevo Mundo se dieron apariciones e intervenciones milagrosas de la Virgen, que contribuyeron a la rápida conversión de los naturales, como Coromoto e Itatí, y hasta Santiago Apóstol se apareció en caballo y ayudó a los españoles en algunas batallas en que se vieron en un aprieto con indios agresivos que los superaban en número, según cuenta el Inca Garcilaso en su Historia general del Perú. 

Richard Kuhn, premio Nobel de química en 1938, llegó a la conclusión de que los pigmentos que componen la imagen no son de origen vegetal, animal ni mineral, ni tampoco sintéticos. No fue capaz de determinar el origen. No son de este mundo. El Dr. Phillip Callaghan, biofísico, científico de la NASA y técnico en pinturas ha afirmado que los pigmentos no son de ningún elemento conocido. Y en todo caso, no hay el menor rastro de pinceladas. Esto es posible apreciarlo a simple vista en el zapato de la Virgen, que aparece pisando la luna. Es del color de la tilma y permite apreciar la trama de los hilos. Se observa además que carece de imprimación, es decir, de alguna de las sustancias que se suelen aplicar previamente a una superficie para pintarla. Por tratarse de una tela muy porosa que puede contener orificios, desgarros, costuras visibles y nudos en los hilos, es imprescindible la imprimación para ocultar las imperfecciones de la tela y permitir que se adhiera mejor el color. De hecho, las imperfecciones contribuyen a destacar la belleza de la imagen; por ejemplo, un nudo en la trama queda disimulado formando el labio inferior.

El Dr. Enrique Graue, oftalmólogo y rector de la UNAM, observó con un oftalmoscopio que los ojos de la Guadalupana reflejan la luz exactamente como lo harían unos ojos humanos: al acercar una luz se contraen las pupilas, y alejarla se dilatan, y poseen las tres características de refracción de la imagen que tiene el ojo humano: el efecto Púrkinje-Sánsom, por el que la imagen se triplica en la córnea y en las dos caras del cristalino. ¡Están vivos! Esto es imposible de hacer en una pintura. Los ojos han sido examinados por una veintena de oftalmólogos, así como por el Dr, José Aste Tönsmann, ingeniero informático de la Universidad de Cornell y profesor de investigación operativa de la Universidad Iberoamericana de México, aumentando la imagen hasta una escala 2500 veces superior al tamaño real, y llegaron a descubrir en la imagen un total de 13 personas, varias de las cuales han podido ser identificadas. Se trata de las que estaban presentes en el momento del milagro de las rosas, incluido el obispo junto con sus asesores y sirvientes. Es una instantánea de lo que sucedió en el momento del milagro. En el centro de la pupila y a escala más reducida se ve otra imagen, independiente de la primera: en el ojo izquierdo aparece una familia indígena compuesta por una mujer, un hombre y varios niños, y en el derecho otras personas de pie detrás de la mujer. 

Las estrellas del manto reproducen la situación de las constelaciones visibles en la madrugada del 12 de diciembre de 1531 en el momento de la aparición. El Dr. Andrés Brito explica que las estrellas corresponden a la posición que ocupaban en el cielo, con la peculiaridad de que se trata de una imagen especular anamórfica: es como un espejo que refleja las estrellas del firmamento. Como si la Virgen estuviera en el espacio y las estrellas se reflejaran en el manto.

Como en el capítulo 12 del Apocalipsis, es una Mujer revestida del Sol, con la Luna a sus pies y una corona de 12 estrellas en la cabeza. Hay en total 46 estrellas y 14 constelaciones: sobre la cabeza brilla la constelación Corona Boreal. Claro. Es Reina. Hay otras constelaciones, como el León (el León de Judá), con la estrella Régulus (en latín, pequeño rey; el Niño Jesús al que dará a luz), que coincide con nahui ollin. La constelación de Virgo (la virgen) se representaba en ilustraciones de la época con una espiga y un sarmiento: en ella están las estrellas Spica y Vendimiatrix (espiga y vendimiadora: el pan y el vino de la Eucaristía). Junto a Virgo está Coma Berenice, que es una mujer con un niño. A continuación va el Navío Argós, representando el arca de Noé o arca de salvación, como también se ha llamado con razón a María, y la Cruz. Centauro, con una víctima y Ara (el altar). Luego Sagitario con el arco, señal de la Alianza, (otro centauro; ser con 2 naturalezas, como Cristo), que dispara al Escorpión y Ofiuco (la serpiente). Todo muy significativo. Y la estrella Sirio, que en hebreo se llama Nas seir ene (el Príncipe que viene) y recuerda en su pronunciación a nazareno. «Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19,2).

Huitzilopochtli, al que los españoles, incapaces de pronunciar su nombre, llamaban no sin cierta lógica Huichilobos, era el dios de la guerra, sanguinario y caníbal; Ometéotl era en cambio el dios de la vida y la alegría que hacía brotar las plantas. No tenía forma antropomorfa. Se lo representaba como una espiral en cuyo centro estaba la flor nahui ollin, símbolo para los aztecas de la vida universal. Era el creador de las personas, dueño del Cielo y la Tierra y dios verdaderísimo por el que se vive, características propias del Dios verdadero. Nuestra Señora se presenta ante los indígenas como Madre de ese Dios. Era un mensaje que entendían perfectamente. Les habla en su idioma, por así decirlo. Les decía que había un Dios bueno, al que sin conocerlo intuían y torpemente veneraban y buscaban a tientas; como el Dios desconocido (Agnostos Theos) de los griegos por el que juraban los atenienses, y que, según les explicó San Pablo (Hechos 17) era aquel al que adoraban sin saberlo, Creador del mundo y cuanto éste contiene, Señor del Cielo y la Tierra que da vida y aliento a todo. Semina Verbi que preparaban el camino para conducir al Dios verdadero.

La Virgen es una Señora. Si no tuviera la cabeza inclinada, la costura de la tela pasaría por su cabeza, y eso no va con una Señora. Pero como tiene el cabello suelto, eso quiere decir que es virgen; no está casada. Las casadas llevaban el pelo recogido. Tiene un broche de jade, piedra semipreciosa que pulían los indios para hacer espejos; la consideraban divina porque se veían reflejados en ella. Y como en el broche de jade estaba el símbolo que veían en los estandartes de los conquistadores (la Cruz), pensaban: «Ella es de la misma religión que éstos que han venido por el mar a los que consideramos dioses». 

Tiene las manos juntas. Para nosotros está rezando, y así es, pero para los indios ese gesto significaba: «Traigo un regalo». La cinta que lleva a modo de cinturón quiere decir que está embarazada (¡en cinta!). Esto concordaba con lo que decían los misioneros de que tuvo a Jesús a pesar de ser virgen. El regalo que trae es su Hijo, Creador del mundo y sostenedor del universo.

Se adorna con el Sol, se viste con las estrechas y tiene la Luna a sus pies: esto quiere decir que es emperatriz del universo. Es más poderosa que los astros y que sus dioses, porque esos dioses –los astros– están al servicio de Ella. Pero no es una diosa. A pesar de ser emperatriz, no deja de manifestar humildad con la cabeza inclinada. Inclinada ante Aquel que es mayor que Ella.

La flor nahui ollin, flor de Ometéotl, aparece siete veces: el regalo que trae es, pues, el verdadero Dios del que Ometéotl es figura. Los españoles no percibían nada de esto, pero los indios lo entendían en cuanto lo veían. 

Tiene una rodilla ligeramente levantada. Recuerda a las Inmaculadas de Murillo y otros pintores, aunque éstas son posteriores. Pero esa postura de contrapposto, que se utiliza en pintura y escultura para dar sensación de movimiento, significa para los indios que está bailando. Nosotros entendemos el baile como algo lúdico y festivo que no va con la liturgia, pero para los indios era su forma de adorar. Está rezando y adorando al Dios que nos trae. La túnica es de color turquesa, que sólo podía ser usado por el emperador; por tanto, es emperatriz.

Está situada sobre la Luna. México significa «ombligo de la Luna». O sea, que viene a tomar posesión del país. Hay otras etimologías, pero ésta es la más popular hoy en día y la que tiene más sentido. Para los mexicas, al igual que lo era su propia tierra para tantos otros pueblos de América y de Asia, México era el centro del mundo. La luna es negra: María eclipsa el Sol y oscurece la Luna, que eran dioses para los indios, y les hace ver que su Hijo es el Sol de Justicia, más poderoso que sus dioses paganos. 

El ángel no es tal, sino Juan Diego vestido con la camisa que llevaban los indios convertidos. Sus alas no son de ángel, sino de águila, porque habla como Águila. Cuauhtlatoatzin, apellido de Juan Diego y nombre que usaba antes de bautizarse, significa «el que habla como el águila». Nos trae a la Virgen. Con una mano sostiene el cielo, representado en el manto, y con la otra la Tierra, simbolizada por la túnica. Une cielo y tierra mediante la Virgen de Guadalupe. La que aplasta la serpiente, es decir, aplasta a Coatlicue, madre de los dioses equivalente a la Pachamama incaica, cuyo templo se hallaba precisamente en el Tepeyac y a la que ofrecían sacrificios humanos. Se la representaba con una falda de serpientes y de la cabeza le brotaban otros dos ofidios. También la conocían como Tonantzin, que significa «nuestra venerada madre». Pero la verdadera Madre del Cielo vino a sustituir a la falsa, y por eso le pidió a San Juan Diego que se le edificase un templo allí en el Tepeyac. Como tantas otras veces en la historia de la conversión de los pueblos, el nuevo templo de la verdadera religión se edifica sobre el viejo de la idolatría. La verdad se impone y sustituye a la mentira y la ubicación de los antiguos templos y lugares sagrados es exorcizada y consagrada, como ha sucedido tantas veces a lo largo de la historia al cristianizarse Roma y los diversos pueblos paganos. Que no nos vengan ahora con cuentos queriendo resucitar el paganismo ni inventando sincretismos.

Tecuatlasupe quiere decir la que aplasta la serpiente. Los españoles, incapaces de pronunciar trabalenguas como aquellos nombres mexicas, entienden Guadalupe. Pero la propia Virgen pidió que se la honrase como Santa María de Guadalupe cuando se apareció a Juan Bernardino, tío de Juan Diego que estaba enfermo y fue sanado por la Virgen, y con ese nombre une el Viejo y el Nuevo Mundo. Es madre de los españoles y de los indios. Por eso tiene rasgos mestizos. Estudios genéticos han demostrado que el 93% de la población del país es mestiza. Es la raza cósmica (es decir, universal) de la que hablaba el mexicano José de Vasconcelos. Al contrario que las potencias coloniales o que EE.UU., España no exterminó a los indios; se casó con ellos, los bautizó y tuvo descendencia, ampliando su familia y acrecentando almas a la Iglesia.

El 24 de abril de 2007, día en que se legalizó el aborto en México, los feligreses que atestaban la basílica durante la Misa pudieron observar a la altura del vientre de la imagen una luz con la forma de un embrión, que muchos pudieron fotografiar (ver aquí).

Para terminar, diremos que el contador y matemático Fernando Ojeda superpuso el diseño de las flores y las estrellas sobre un pentagrama y obtuvo una melodía que se cree que es la música celestial que oyó Juan Diego cuando se le apareció la Virgen. Cuando se intentó repetir el experimento con copias de los siglos XVI y XVII en las que los pintores habían dispuesto aleatoriamente las flores y las estrellas salió un sonido inarmónico. En Youtube se pueden encontrar numerosas grabaciones y adaptaciones: para arpa (aquí y aquí), con otra instrumentación, y hasta arreglada para orquesta.

¡Feliz onomástica a todas las Guadalupes de América, España y Filipinas!

Bruno de la Inmaculada
Bruno de la Inmaculada
Meditaciones y estudios desde el silencio claustral y la oración.

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