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LE ECHAN LA CULPA A FRANCISCO: Cómo la Revolución del Concilio sirve al Nuevo Orden Mundial

«Sígueme, y deja a los muertos enterrar a sus muertos» (Mt.8,22).

1. VIVIMOS TIEMPOS EXTRAORDINARIOS

Como cada uno de nosotros sin duda ha entendido, nos encontramos en una coyuntura histórica; acontecimientos pasados que antes parecían no guardar relación entre sí resultan ahora inequívocamente relacionados, tanto por los principios que los inspiran como por las metas a las que aspiran. Una mirada objetiva a la situación actual no puede menos que captar la perfecta coherencia entre la evolución de la estructura política internacional y la misión que ha asumido la Iglesia en lo que se refiere a la implantación del Nuevo Orden Mundial. Para ser precisos, habría que hablar de la misión que desempeña esa aparente mayoría de la Iglesia, en realidad pequeña numéricamente pero muy poderosa y que, en aras de la brevedad, llamaré iglesia profunda.

Claro está que no hay dos Iglesias, lo cual sería imposible, blasfemo y herético. Y tampoco ha fracasado en su misión la única Iglesia verdadera de Cristo pervirtiéndose hasta el extremo de convertirse en una secta. La Iglesia de Cristo no tiene nada que ver con los que desde hace sesenta años llevan a cabo un plan para apoderarse de ella. La superposición entre la jerarquía católica y los miembros de la iglesia profunda no es un hecho teológico, sino una realidad histórica que escapa a toda clasificación, y que como tal es preciso analizar.

Sabemos que el programa del Nuevo Orden Mundial consiste en implantar una tiranía por medios masónicos. Este plan se remonta a la Revolución Francesa, la época de la Ilustración, el fin de las monarquías católicas y la declaración de guerra a la Iglesia. Podemos afirmar que el Nuevo Orden Mundial es la antítesis de la sociedad cristiana. Sería la instauración de la Civitas Diabolila ciudad del Diablo– enfrentada a la Civitas Dei –la ciudad de Dios– en la eterna contienda entre la Luz y las tinieblas, el Bien y el mal, Dios y Satanás.

En ese enfrentamiento, la Providencia ha colocado a la Iglesia de Cristo, y en particular al Sumo Pontífice, como Katejón; es decir, el que se opone a la manifestación del misterio de iniquidad (2 Tes.2, 6-7). La Sagrada Escritura nos advierte además que cuando se manifieste el Anticristo, ese obstáculo, el katejón, dejará de existir. A mí me parece bastante evidente que el final de los tiempos se acerca, y salta a la vista, porque el misterio de iniquidad se ha propagado por todo el mundo con la desaparición de la oposición valerosa del katejón.

Por lo que se refiere a la incompatibilidad entre la Ciudad de Dios y la de Satanás, el jesuita consejero de Francisco Antonio Spadaro abandona las Sagradas Escrituras y la Tradición haciendo suyo el llamamiento de Bergoglio al abrazo universal. Para el director de La Civiltà Cattolica, la encíclica Fratelli tutti

«No deja de ser un mensaje con un marcado valor político, porque –se podría decir– invierte la lógica del apocalipsis que hoy se impone: la lógica fundamentalista que combate el mundo porque cree que éste es la antítesis de Dios; o sea, un ídolo, al que por tanto hay que destruir lo antes posible para acelerar el fin de los tiempos. El abismo del Apocalipsis, ante el cual ya no hay hermanos: sólo apóstatas y mártires que corren contra reloj (…) No somos combatientes ni apóstoles, sino hermanos» [1]

Es evidente que esta estrategia de desacreditar al interlocutor tildándolo de integrista tiene por objeto facilitar la acción del Enemigo dentro de la Iglesia, desarmar a la oposición y disuadir a quien disienta. La encontramos también en el ámbito civil, donde los demócratas y el estado profundo se arrogan el derecho a decidir a quién conceder legitimidad política y a quien condenar sin apelación al ostracismo de los medios. El método es siempre el mismo, porque siempre lo inspira el mismo. Al igual que la falsificación de la historia y de las fuentes es siempre la misma: si el pasado contradice el discurso revolucionario, los partidarios de la Revolución censuran el pasado y sustituyen la verdad histórica por una mentira. El propio San Francisco es víctima de esa adulteración que lo convierte en abanderado de la pobreza y el pacifismo, que son tan ajenos al espíritu de la ortodoxia católica como útiles para la ideología dominante. Prueba de ello es la fraudulenta alusión al Poverello de Asís en Fratelli tutti para justificar el diálogo, el ecumenismo y la hermandad universal de la antiglesia bergogliana.

No cometamos el error de presentar los actuales sucesos como algo normal, juzgando cuanto sucede por los parámetros legales, canónicos y sociológicos que tal normalidad supondría. En situaciones extraordinarias –y ciertamente es extraordinaria la crisis que atraviesa la Iglesia– pasan cosas que para nuestros padres superan la normalidad que conocían. En tiempos extraordinarios, podemos oír cómo un pontífice engaña a los fieles; ver a príncipes de la Iglesia acusados de delitos que en otros tiempos habrían causado horror y serían severamente castigados; presenciamos cómo en nuestros templos se realizan actos litúrgicos que parecen inventados por la perversa mente de Cranmer*; vemos cómo prelados llevan en procesión al inmundo ídolo de la Pachamama a la Basílica de San Pedro; y oímos al Vicario de Cristo ofrecer disculpas a quienes adoraron tal ídolo porque un católico osó arrojarlo al Tíber. En estos tiempos extraordinarios, oímos a un conspirador –el cardenal Godfried Danneels– decirnos que desde la muerte de Juan Pablo II la mafia de San Galo conspiraba a fin de elegir a uno de los suyos para el solio de San Pedro, el cual resultó más tarde ser Jorge Mario Bergoglio. Ante tan desconcertante revelación, nos causa estupor que ningún cardenal u obispo manifestase indignación o pidiese que se indagara la verdad.

(Thomas Cranmer: arzobispo inglés que cuando la reforma (más bien deforma) anglicana destrozó la liturgia y sustituyó los altares por mesas situadas en el centro del presbiterio, como las que vemos actualmente en las misas Novus Ordo. N. del T.)

La coexistencia del bien y del mal, de los santos y los condenados, en el cuerpo eclesial ha acompañado siempre los asuntos terrenales de la Iglesia, empezando por la traición de Judas Iscariote. Es sin duda significativo que la antiglesia trate de rehabilitar a Judas –y junto con él a los peores heresiarcas– presentándolos como modelos; a antisantos y antimártires, legitimizándose con ellos a sí mismos y sus herejías, inmoralidades y vicios. Como decía, en la coexistencia de buenos y malos de la que habla el Evangelio en la parábola del trigo y la cizaña parece haber llegado a imponerse ésta sobre aquél. La diferencia está en que el vicio y las desviaciones que en otro tiempo eran objeto de desprecio, no sólo se practican y toleran más hoy en día, sino que incluso se fomenta alaban, mientras la virtud y la fidelidad a las enseñanzas de Cristo son objeto de desprecio, burla y hasta condenación.

2. ECLIPSE DE LA VERDADERA IGLESIA

Desde hace sesenta años presenciamos como la Iglesia verdadera es eclipsada por una antiglesia que poco a poco ha usurpado su nombre y ocupado la Curia y los dicasterios romanos, así como las diócesis, parroquias, seminarios, universidades y monasterios. La antiglesia ha usurpado su autoridad, y sus ministros visten las vestiduras sagradas de la Iglesia; se vale del prestigio y el poder de la Iglesia para apropiarse de sus tesoros, bienes y dinero.

Tal como sucede en la naturaleza, este eclipse no se ha producido de golpe; se pasa de la luz a las tinieblas cuando un cuerpo celeste se interpone entre el sol y nosotros. Es un proceso relativamente lento pero inexorable en el que la luna de la antiglesia sigue su órbita hasta que se superpone al Sol, creando un cono de sombra que se proyecta sobre la Tierra. Actualmente nos encontramos en ese cono de sombra doctrinal, moral, litúrgico y disciplinario. No es todavía el eclipse total que veremos al final de los tiempos durante el reinado del Anticristo. Es un eclipse parcial que nos permite ver la corona luminosa del Sol rodeando el negro disco de la Luna.

El proceso que ha llevado al eclipse actual de la Iglesia se inició indudablemente con el modernismo. La antiglesia siguió su órbita a pesar de las condenas solemnes del Magisterio, que durante aquella fase alumbraban con el esplendor de la Verdad. Pero con el Concilio Vaticano II las tinieblas de esa falsa entidad descendieron sobre la Iglesia. En un principio sólo se oscureció una pequeña parte, pero poco a poco las tinieblas fueron en aumento. Si alguno señalaba al Sol deduciendo que Luna no tardaría en ocultarlo, era acusado de  profeta de desgracia con lo modos de fanatismo e intolerancia que nacen de la ignorancia y los prejuicios. El caso del arzobispo Marcel Lefebvre y otros prelados confirma por un lado la previsión de esos pastores, y por otro la desordenada reacción de sus adversarios, que por miedo a perder el poder se valieron de toda su autoridad para negar la evidencia y disimular sus verdaderas intenciones.

Prosigamos con la analogía: podemos afirmar que en el firmamento de la Fe un eclipse es un fenómeno extraordinario y poco frecuente. Pero negar que durante el eclipse se expanden las tinieblas, sólo porque en circunstancias normales no suceda tal cosa, no es señal de fe en la indefectibilidad de la Iglesia, sino tozuda negación de la evidencia, si no de mala fe. Según las promesas de Cristo, la Santa Iglesia nunca será vencida por las puertas del Infierno; pero eso no quiere decir que no vaya a estar –o que no lo esté ya– ocultada por la infernal falsificación: esa luna que, no por casualidad, vemos pisoteada por la Mujer del Apocalipsis: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap. 12,1).

La luna está bajo los pies de la Mujer que está por encima de toda mutabilidad, de toda corrupción terrenal, de la ley del destino y del reino del espíritu de este mundo. Ello se debe a que esa Mujer, que es a la vez imagen de María Santísima y de la Iglesia, está amicta sole, vestida con el Sol de Justicia, que es Cristo, «libre de todo poder demoniaco mientras participa en el misterio de la inmutabilidad de Cristo» (San Ambrosio). Se mantiene incólume, si no en su reino militante, ciertamente en las penas del Purgatorio y en el triunfante del Paraíso. Comentando las Escrituras, San Jerónimo nos recuerda que «las puertas del Infierno son los pecados y los vicios, y en particular las enseñanzas de los herejes». Sabemos, por tanto, que incluso la síntesis de todas las herejías que es el modernismo y su versión actualizada por el Concilio jamás podrá oscurecer el esplendor de la Esposa de Cristo sino apenas por el breve espacio de tiempo que ha permitido la Providencia en su infinita sabiduría para sacar mayor provecho de ello.

3. ABANDONO DE LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

En esta conferencia me gustaría hablar en particular de la relación entre la revolución del Concilio Vaticano II y la implantación del Nuevo Orden Mundial. El elemento central de este análisis consiste en poner de relieve el abandono por parte de la jerarquía eclesiástica, incluso en su vértice, de la dimensión sobrenatural de la Iglesia y su misión esjatológica. Mediante el Concilio, los novadores borraron de su horizonte teológico el origen divino de la Iglesia para crear una entidad de origen humano semejante a una organización filantrópica. La primera consecuencia de esta subversión ontológica fue la inevitable negación de la verdad de que la Esposa de Cristo no está ni puede estar sujeta a cambios por parte de quienes ejercen vicariamente autoridad en nombre del Señor. Tampoco es propiedad del Papa ni de los obispos y teólogos, y por consiguiente, todo intento de aggiornamento la rebaja al nivel de una empresa que para obtener beneficios renueva su oferta comercial, vende excedentes y sigue la moda del momento. Por otra parte, la Iglesia es una realidad divina y sobrenatural; adapta su manera de predicar el Evangelio a las naciones, pero nunca podrá alterar el contenido de una sola jota (Mt.5,18) ni negar su impulso trascendente rebajándose a un mero servicio social. En el bando contrario, la antiglesia se atribuye orgullosamente el derecho de llevar a cabo un cambio de paradigma al cambiar no sólo la manera de exponer la doctrina sino la propia doctrina. Lo confirma Massimo Faggioli en sus comentarios a la nueva encíclica Fratelli tutti:

«El pontificado de Francisco es como una bandera alzada ante los integristas católicos y los que equiparan continuidad material y tradición; la doctrina católica no sólo se desarrolla. A veces cambia mucho. Por ejemplo en lo relativo a la pena de muerte y la guerra»[2]

De nada sirve insistir en lo que enseña el Magisterio. La descarada pretensión de los novadores de que tienen derecho a alterar la Fe se ajusta tercamente al enfoque modernista.

El primer error del Concilio consiste sobre todo en la falta de una perspectiva trascendente –fruto de una crisis espiritual que ya estaba latente– y el intento de crear un paraíso en la Tierra con un estéril horizonte humano. Alineada con esta perspectiva, Fratelli tutti contempla la realización en la Tierra de una utopía terrena y una redención social en la fraternindad humana, una paz ecuménica entre religiones y la acogida a los inmigrantes.

4. COMPLEJO DE INFERIORIDAD Y SENSACIÓN DE INSUFICIENCIA

Como ya he escrito en otras ocasiones, las exigencias revolucionarias de la Nouvelle théologie encontraron terreno abonado en los padres del Concilio debido a un grave complejo de inferioridad ante el mundo. Hubo un tiempo durante la segunda posguerra mundial en que la revolución dirigida por la Masonería en los ámbitos civil, político y cultural penetró en la élite católica y la convenció de que no estaba en condiciones de afrontar el desafío de proporciones históricas que ya no puede evitar. En vez de cuestionarse a sí mismos y a su fe, dicha élite –obispos, teólogos e intelectuales– se atribuyó temerariamente la responsabilidad del inminente fracaso de la Iglesia para adherirse a su sólida estructura jerárquica y su monolítica enseñanza doctrinal y moral. Al observar la ruina de la civilización europea que la Iglesia había contribuido a formar, la élite pensó que la falta de entendimiento con el mundo se debía a la intransigencia de los papas y a la rigidez moral de los sacerdotes que no querían entenderse con el espíritu de la época y abrirse al mundo. Esta postura ideológica parte del erróneo concepto de que se puede establecer una alianza entre la Iglesia y el mundo contemporáneo, una concordancia de intenciones, una amistad mutua. Nada podría estar más lejos de la verdad, dado que no puede haber tregua en la lucha entre Dios y Satanás, entre la Luz y las tinieblas. «Pondré enemistad entre ti y la mujer,y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar» (Gn. 3,15). Se trata de una enemistad querida por el propio Dios, que pone a María Santísima y a la Iglesia como enemigos eternos de la Serpiente antigua. El mundo tiene su propio príncipe (Jn.12,31), que es el «enemigo» (Mt.13, 28),  «homicida desde el principio» (Jn. 8,44) y «mentiroso» (Jn.8,44). Intentar sellar un pacto de paz con el mundo significa ponerse de acuerdo con Satanás. De ese modo se trastoca y pervierte la esencia misma de la Iglesia, cuya misión es convertir a la mayor cantidad posible de almas a Cristo para mayor gloria de Dios, sin deponer por un momento las armas empuñadas contra quienes desean atraerlas hacia ellos mismos y hacia la condenación.

El complejo de inferioridad de la Iglesia y su sensación de fracaso ante el mundo crearon una tormenta perfecta para que la Revolución arraigara en los padres del Concilio y por extensión en el pueblo cristiano, en el cual quizás se había cultivado más la obediencia a la Jerarquía que la fidelidad al Depósito de la Fe. Voy a ser claro: la obediencia a nuestros sagrados pastores es ciertamente digna de elogio cuando mandan algo legítimo. Ahora bien, la obediencia deja de ser una virtud y de hecho se convierte en servilismo cuando es un fin en sí mismo y contradice el fin al que está ordenada, que es la Fe y la Moral. Debemos añadir que ese sentido de inferioridad se introdujo en el cuerpo de la Iglesia con grandes alardes de teatralidad, como la deposición de la tiara por parte de Pablo VI, los ostentosos abrazos ecuménicos con el cismático Atenágoras, los pedidos de perdón por las Cruzadas, la abolición del Índice y la opción preferencial por los pobres por parte del clero en sustitución del supuesto triunfalismo de Pío XII. El golpe de gracia de esta actitud quedó codificado en la reforma litúrgica, que manifiesta su vergüenza del dogma católico callándolo, con lo cual lo niega indirectamente. El cambio de rito engendró un cambio de doctrina que llevó a los fieles a creer que la Misa no es más que un banquete fraternal y que la Santísima Eucaristía no es otra cosa que un símbolo de la presencia de Cristo entre nosotros.

5. «IDEM SENTIRE» DE REVOLUCIÓN Y CONCILIO

La labor de los novadores, cuyas heréticas ideas coincidían con las del mundo, no hizo otra cosa que aumentar la sensación de incapacidad de los padres conciliares. Un análisis comparativo del pensamiento moderno corrobora el idem sentire, la identidad de parecer o de mentalidad de los conspiradores con cada uno de los elementos de la ideología revolucionaria:

–Aceptación del principio democrático como legitimación del origen del poder en sustitución del derecho divino de la monarquía católica (papado incluido).

Creación y acumulación de órganos de poder en lugar de responsabilidad personal y una jerarquía institucional.

El pasado se borra y se evalúa según parámetros actuales que no defienden la Tradición y el legado cultural.

–Se pone el acento en la libertad individual y se debilita el sentido de la responsabilidad y el deber.

Evolución constante de la moral y la ética, que quedan desprovistas de su naturaleza inmutable y de toda naturaleza trascendente.

Supuesta naturaleza secular del Estado en lugar del debido sometimiento del orden civil a la realeza de Jesucristo y de la superioridad ontológica de la misión de la Iglesia por encima de la esfera de lo temporal.

Igualdad de las religiones, y no sólo ante el Estado, sino incluso como concepto general al que debe ajustarse la Iglesia, contra la objetiva y necesaria defensa de la Verdad y condenan del error.

Falso y blasfemo concepto de dignidad del hombre como algo que le es connatural, basado en la negación del pecado original y de la necesidad de la Redención como premisas para agradar a Dios, hacerse acreedor a su Gracia y alcanzar la eterna bienaventuranza.

–Socavamiento del papel de la mujer y desprecio por el privilegio de la maternidad.

–Prioridad de la materia sobre el espíritu.

Culto fideísta de la ciencia[3]en reacción a una implacable crítica de la religión basada en falsas premisas científicas.

Todos estos principios, propagados por ideólogos masones y partidarios del Nuevo Orden Mundial, coinciden con las ideas revolucionarias del Concilio:

La democratización de la Iglesia, iniciada con Lumen gentium y llevada hoy a cabo mediante el camino sinodal bergogliano.

La creación y acumulación de órganos de poder se ha realizado delegando capacidades decisorias en las conferencias episcopales, sínodos de obispos, comisiones, consejos pastorales, etc.

El pasado y las gloriosas tradiciones de la Iglesia se juzgan con arreglo a la mentalidad actual y se los condena para ganarse el favor del mundo moderno.

La libertad de los hijos de Dios teorizada por el Concilio Vaticano II se ha implantado prescindiendo de los deberes morales individuales de personas que, en base a cuentos conciliares de hadas, se salvan todas independientemente de sus disposiciones interiores y del estado de su alma.

El oscurecimiento de toda referencia moral perenne ha tenido como consecuencia la alteración de la doctrina sobre la pena de muerte; y, con Amoris laetitia, que se administren los Sacramentos a notorios adúlteros, haciendo que se resquebraje el edificio sacramental.

La adopción del secularismo ha llevado a la desaparición de la religión oficial del Estado en los países católicos. Fomentada por la Santa Sede y el episcopado, ha llevado a su vez a la pérdida de identidad religiosa y al reconocimiento de derechos a las sectas, así como a la aprobación de normativas que vulneran la ley natural y la divina.

La libertad religiosa propuesta en Dignitatis humanae tiene unas lógicas y extremas consecuencias en la Declaración de Abu Dabi y la última encíclica, Fratelli tutti, con las que la misión salvífica de la Iglesia y la Encarnación dejan de tener sentido hoy.

Las teorías sobre la dignidad humana en el ámbito católico han ocasionado confusión en cuanto a la labor de los laicos en relación con la labor ministerial del clero y un debilitamiento de estructura jerárquica de la Iglesia, y se abraza la ideología feminista abonando el terreno para que las mujeres reciban órdenes sagradas.

Una desordenada preocupación por las necesidades temporales de los pobres, muy típica de la izquierda, ha transformado a la Iglesia en una especie de institución benéfica limitando su actividad a lo meramente material, hasta el punto de abandonar el aspecto espiritual.

–El sometimiento a la ciencia actual y a los avances tecnológicos ha tenido como consecuencia que la Iglesia desautorice a la reina de las ciencias (la Fe) desmitologizando milagros, negando la inerrancia de las Sagradas Escrituras, entendiendo los misterios más sagrados de nuestra Fe como mitos o metáforas, dando sacrílegamente a entender que la Transustanciación y la Resurrección son conceptos mágicos que no deben tomarse en sentido literal sino simbólico y calificando a los sublimes dogmas marianos de tonterías.

Hay un aspecto casi grotesco de este rebajamiento y deterioro de la Jerarquía que mira a ajustarse al pensamiento general. El deseo de la Jerarquía de agradar a sus perseguidores y servir a sus enemigos siempre llega tarde y descoordinado, dando la impresión de que los obispos están irremediablemente desfasados, de que desde luego no están a la altura de los tiempos. Hacen creer a quienes los ven jugueteando tan entusiásticamente con su propia extinción que tal demostración de sumisión aduladora a lo políticamente correcto no procede tanto de una sincera persuasión ideológica, sino del temor a ser barridos, a perder autoridad y el prestigio que a pesar de los pesares el mundo sigue confiriéndoles. No se quieren dar cuenta –o no lo quieren reconocer– de que el prestigio y la autoridad de que son custodios proviene de la autoridad y el prestigio de la Iglesia de Cristo, no del miserable y lastimoso sucedáneo que ellos mismos han inventado.

Cuando esa antiglesia esté totalmente implantada en el eclipse total de la Iglesia Católica, la autoridad de la Jerarquía dependerá de su grado de sometimiento al Nuevo Orden Mundial, que no tolerará la menor desviación de su propio credo y aplicará ese dogmatismo, fanatismo y fundamentalismo que muchos prelados y supuestos intelectuales critican en los que hoy siguen fieles al Magisterio. De ese modo, la iglesia profunda puede continuar portando la marca de Iglesia Católica, pero será esclava del pensamiento del Nuevo Orden, lo cual recuerda a aquellos judíos que después de negar la realeza de Cristo ante Pilatos fueron sometidos a servidumbre por las autoridades civiles de su tiempo: «No tenemos más rey que al César» (Jn.19,15). El César actual nos manda cerrar los templos, ponerse mascarilla y suspender las celebraciones con el pretexto de una pseudoepidemia. El régimen comunista persigue a los católicos chinos, y el mundo ve que Roma no dice ni pío. Mañana, un nuevo Tito saqueará el templo del Concilio, se llevará el botín a algún museo, y la venganza divina a manos de los paganos se habrá cumplido una vez más.

6. PAPEL INSTRUMENTAL DE LOS CATÓLICOS MODERADOS EN LA REVOLUCIÓN

Alguno dirá que los padres conciliares y los papas que presidieron aquella asamblea no se dieron cuenta de las repercusiones que su aprobación del Concilio tendría en la Iglesia. De ser así –por ejemplo, si hubiera habido algún arrepentimiento por haber aprobado apresuradamente textos heréticos o próximos a la herejía– cuesta entender cómo es que no fueron capaces de poner inmediatamente coto a los abusos, corregir los errores y aclarar los malentendidos y omisiones. Pero sobre todo es incomprensible que las autoridades eclesiásticas pudieran ser tan despiadadas con quienes defendían la Verdad católica, y a la vez contemporizar de un modo tan atroz con rebeldes y herejes. Sea como sea, la responsabilidad de la crisis conciliar se debe achacar a las autoridades que incluso ante miles de llamadas a la colegialidad y el pastoralismo han guardado celosamente sus prerrogativas para ejercerlas en una sola dirección, o sea contra la pusilla grex (pequeño rebaño), y la nunca contra los enemigos de Dios y de la Iglesia. Con rarísimas excepciones, cuando un teólogo hereje o un religioso revolucionario es censurado por el Santo Oficio no hace otra cosa que confirmar una regla que lleva vigente décadas. Eso sin decir que últimamente muchos han sido rehabilitados sin la menor abjuración de sus errores, e incluso se los ha ascendido para que ocupen puestos institucionales en la Curia Romana o en los ateneos pontificios.

Esa es la realidad, tal como se desprende de mi análisis. Ahora bien, sabemos que además del ala progresista del Concilio, y del ala católica tradicional, hay una parte del episcopado, del clero y del pueblo que intenta mantenerse a una distancia equivalente de lo que considera dos extremos. Me refiero a los llamados conservadores, es decir al sector centrista del cuerpo del cuerpo eclesial que termina por llevar agua a los revolucionarios, porque, aunque rechaza sus excesos comparte unos mismos principios. El error de los conservadores no está en dar una connotación negativa al tradicionalismo y situarlo en el bando contrario al progresismo. Su aurea mediocritas (vía media) no consiste en ubicarse arbitrariamente entre dos vicios, sino entre la virtud y el vicio. Son ellos los que critican los excesos de la Pachamama o las más radicales declaraciones de Bergoglio pero no toleran que se ponga en tela de juicio el Concilio, no digamos el vínculo intrínseco entre el cáncer conciliar y la actual metástasis. La correlación entre el conservadurismo político y el religioso consiste en situarse en el centro, síntesis entre la tesis de la derecha y la antítesis de la izquierda, según el enfoque hegeliano tan querido a los partidarios moderados del Concilio.

En el terreno de lo civil, el estado profundo ha dirigido la disidencia política y social valiéndose de organizaciones y movimiento que aparentemente son su oposición pero en realidad les sirven para mantener el poder. Del mismo modo, en el terreno eclesiástico la iglesia profunda se vale de los conservadores moderados para aparentar que ofrecer libertad a los fieles. Por ejemplo, el mismo motu proprio Summorum Pontificum aunque permite la celebración del Rito Extraordinario, exige al menos de modo implícito (saltem simpliciter) que se acepte el Concilio y se reconozca la legitimidad de la reforma litúrgica. Esta estratagema evita que quienes de benefician del motu proprio objeten lo más mínimo, porque se arriesgarían a que se disolvieran las comunidades de Ecclesia Dei. Así se inculca además en el pueblo cristiano la peligrosa idea de que para que una cosa buena sea legítima en la Iglesia y en la sociedad tiene que ir acompañada de otra mala o menos buena. Pero hay que estar muy desencaminado para pretender que se concedan iguales derechos al bien y al mal. Poco importa que personalmente uno esté a favor del bien si reconoce la legitimidad de los que están a favor del mal. En este sentido, la libertad de elección para abortar teorizada por los políticos demócratas encuentra su contrapeso en la no menos aberrante libertad religiosa teorizada por el Concilio, y que hoy en día defiende obstinadamente la antiglesia. Si a un católico no le está permitido apoyar a un político que defiende el derecho a abortar, menos permitido le está aprobar a un prelado que defiende la libertad personal para poner en peligro su alma inmortal optando por permanecer en pecado mortal. Eso no es misericordia, sino una grave dejación de funciones espirituales ante Dios para ganarse el favor y la aprobación del hombre.

7. SOCIEDAD ABIERTA Y RELIGIÓN ABIERTA

El presente análisis no estaría muy completo si no hablase de la neolengua tan popular en el ámbito eclesial. El vocabulario católico tradicional ha sido deliberadamente modificado con miras a alterar el contenido que expresa. Otro tanto ha sucedido con la liturgia y la predicación, en las que la claridad de expresión católica se ha sustituido por la ambigüedad o por la negación implícita de las verdades dogmáticas. Se podrían poner mil ejemplos. Este fenómeno se remonta al Concilio, que intentó elaborar versiones católicas de eslóganes mundanos. Con todo, me gustaría recalcar que esas expresiones tomadas de vocabularios secularistas forman también parte de la neolengua. Pensemos en la insistencia de Bergoglio en la Iglesia en salida o en la apertura como un valor positivo. Asimismo, pongo unas citas de Fratelli tutti:

«Un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente» (nº 160).

«La Iglesia es una casa con las puertas abiertas» (nº 276).

«Queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad […] para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación» (íbid.).

La semejanza con la sociedad abierta propugnada por la ideología mundialista de Soros destaca hasta tal punto que casi constituye una religión abierta que le hace de contrapunto.

Y esa religión abierta está en plena sintonía con las intenciones del mundialismo. Desde las reuniones políticas por un nuevo humanismo bendecidas por autoridades de la Iglesia hasta la participación de la intelligentsia en la propaganda verde, todo sigue el pensamiento dominante en un lamentable y grotesco de agradar al mundo. «¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aun tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo» (Gál.1, 10).

La Iglesia Católica vive bajo la mirada de Dios; existe para la gloria de Él y para la salvación de las almas. Y la antiglesia vive bajo la mirada del mundo, promoviendo la apoteosis blasfema del hombre y la condenación de las almas. Durante la última sesión del Concilio Vaticano II y en presencia de todos los padres sinodales resonaron estas insólitas palabras de Pablo VI en la Basílica Vaticana:

«La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas –y son tanto mayores cuanto mayor se hace el hijo de la Tierra– ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros –y más que nadie– somos promotores del hombre».[4]

Esta simpatía –en el sentido etimológico de συμπάϑεια, es decir, de participación en un sentimiento ajeno, es la imagen del Concilio y la nueva religión –porque es una religión– de la antiglesia. Una antiglesia nacida de la inmunda unión entre la Iglesia y el mundo, entre la Jerusalén celeste y la infernal Babilonia. Fijémonos bien: la primera vez que un pontífice ha hablado de nuevo humanismo fue en la clausura del Concilio, y hoy en día lo encontramos como un mantra repetido por todos los que lo consideran una expresión perfecta y coherente de la mentalidad revolucionaria del Concilio [5]

Sin perder de vista esta comunión de intenciones entre el Nuevo Orden Mundial y la antiglesia, debemos tener presente que el  Pacto Mundial para la Educación,   programa trazado por Bergoglio a fin de «generar un cambio a escala planetaria para que la educación sea creadora de hermandad, paz y justicia. Necesidad más urgente todavía en estos tiempos marcados por la pandemia». [6] Promovido en colaboración con las Naciones Unidas, este «proceso de formación en la relación y cultura del encuentro halla también espacio y valor en la casa común de todas las criaturas, ya que las personas, dado que se las forma en la lógica de la comunión y la solidaridad, ya trabajan «con vistas a recobrar una serena armonía con la creación» (Gaudium et Spes, 37).[7] Como se ve, toda referencia ideológica es siempre al Concilio, porque precisamente a partir de ese momento la antiiclesia colocó al hombre en el lugar de Dios, a la criatura en el lugar del Creador.

Es evidente que el nuevo humanismo posee una estructura ambientalista y ecológica en la que se injertan tanto la encíclica Laudato sii como la teología verde, la Iglesia de rostro amazónico del sínodo de los obispos de 2019, con su idólatra adoración de la Pachamama (madre Tierra) en presencia del sanhedrín romano. La actitud de la Iglesia durante la pandemia del covid 19 ha demostrado por una parte el sometimiento de la Jerarquía a los dictados del Estado violando con ello la libertas Ecclesiae que el Papa debería haber defendido con firmeza. Ha puesto igualmente de manifiesto la negación de todo sentido sobrenatural de la pandemia, sustituyendo la justa ira de un Dios ofendido por los innumerables pecados de la humanidad y las naciones por la más inquietante y destructiva furia de una Naturaleza ofendida por la falta de respeto al medio ambiente. Me gustaría subrayar que atribuir una identidad personal a la naturaleza, prácticamente dotándola de intelecto y voluntad, es la antesala de su divinización. Ya vimos un sacrílego preludio de ello bajo la mismísima cúpula de la Basílica de San Pedro.

La conclusión es la siguiente: al acomodarse la antiglesia a la ideología dominante del mundo actual entabla una auténtica cooperación con poderosos representantes del estado profundo, empezando por los que preparan una economía sustentable, como Jorge Mario Bergoglio, Bill Gates, Jeffrey Sachs, John Elkann y Gunter Pauli.[8]

Conviene recordar que la economía sustentable tiene repercusiones en la agricultura y en el mundo laboral en general. El estado profundo tiene que conseguir mano de obra de bajo costo mediante la inmigración, la cual contribuye al mismo tiempo a la desaparición de la identidad religiosa, cultural y lingüística de los países afectados. Por su parte, la iglesia profunda aporta una base ideológica y pseudoteológica a dicho plan de invasión, y al mismo tiempo garantiza una parte en el lucrativo de la acogida. Podemos entender la insistencia de Bergoglio en el tema de los inmigrantes, reiterado también en Fratelli tutti: «Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma» (nº 39). «Las migraciones constituirán un elemento determinante del futuro del mundo» (nº 40). Bergoglio emplea la expresión elemento determinante, indicando con ello que no es posible plantear la hipótesis de un futuro sin migraciones.

Permítanme que hable un poco de la situación de los EE.UU. en vísperas de las elecciones presidenciales. Fratelli tutti da la impresión de constituir un respaldo por parte del Vaticano al candidato demócrata, en clara oposición a Donald Trump,y aparece precisamente a los pocos días de que Francisco se negara a conceder una audiencia en Roma al Secretario de Estado Mike Pompeo. Con ello confirma de qué parte están los hijos de la luz y quiénes son los hijos de las tinieblas.

8. FUNDAMENTACIÓN IDEOLÓGICA DE LA «FRATERNIDAD»

La cuestión de la fraternidad, que constituye una obsesión para Bergoglio, encuentra su primera formulación en Nostra aetate y en Dignitatis humanae. La última encíclica, Fratelli tutti, es el manifiesto de esta perspectiva masónica en la que el trilema libertad, igualdad y fraternidad sustituye al Evangelio en aras de una unidad entre los hombres que excluye a Dios. Obsérvese que el Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común suscrito en Abu Dabi el 4 de febrero del año pasado fue orgullosamente defendido por Bergoglio estas palabras:

«Desde el punto de vista católico, ese documento no se aparta un milímetro del Concilio Vaticano II»

El cardenal Miguel Ayuso Guichot, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interrreligioso, comenta en La Civiltà Cattolica:

«El Concilio agrieteó poco a poco el dique, que terminó por romperse. El río del diálogo ha crecido con las declaraciones del Concilio Nostra aetate, sobre la relación de la Iglesia con los creyentes de otras religiones, y Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa; temas y documentos que están estrechamente ligados entre sí y permitieron que S. Juan Pablo II infundiese vida a encuentros como la Jornada Mundial de Oración en Asís el 27 de octubre de 1986, y que veinticinco años más tarde Benedicto XVI nos hiciera revivir en la localidad natal de S. Francisco la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo “Peregrinos de la verdad,  peregrinos de la paz”.  Por tanto, el compromiso de la Iglesia Católica con el diálogo interreligioso, que abre el camino a la paz y la fraternidad, es parte de su misión original y tiene sus raíces en el Concilio».[9]

Una vez más, el cáncer del Concilio confirma que es el origen de la metástasis bergogliana. El hilo conductor que une el Concilio con el culto a la Pachamama pasa también por Asís, como acertadamente señaló mi hermano Athanasius Schneider en su reciente discurso.[10]

A propósito de la antiglesia, monseñor Fulton Sheen describe al Anticristo con estas palabras: «Teniendo en cuenta que su religión será la hermandad pero sin la paternidad de Dios, engañará a los mismos elegidos».[11]   Se diría que estamos viendo cumplirse ante nuestros propios ojos la profecía del venerable arzobispo estadounidense.

No tiene nada de extraño por tanto que la infame Gran Logia de España, tras congratular calurosamente a su paladín elevado al trono, rinda nuevamente homenaje a Bergoglio con estas palabras:

« El gran principio de esta escuela iniciática no ha cambiado en tres siglos: la construcción de una fraternidad universal donde los seres humanos se llamen hermanos unos a otros más allá de sus credos concretos, de sus ideologías, del color de su piel, su extracción social, su lengua, su cultura o su nacionalidad. Este sueño fraternal chocó con el integrismo religioso que, en el caso de la Iglesia Católica, propició durísimos textos de condena a la tolerancia de la Masonería en el siglo XIX. [La última encíclica del papa Francisco] demuestra lo lejos que está la actual Iglesia Católica de sus antiguas posiciones. En Fratelli tutti el Papa abraza la fraternidad universal, el gran principio de la Masonería Moderna»[12]

El comentario del Gran Oriente de Italia es por el mismo estilo:

«Estos son los principios que la Masonería siempre ha perseguido y custodiado para la elevación de la humanidad»[13]

Austen Invereigh, hagiógrafo de Bergoglio, confirma lleno de satisfacción esta interpretación, que un católico encontraría como mínimo inquietante.[14]

Recuerdo que desde el siglo XIX, en los documentos masónicos de la Alta Venta, ya estaba planeada una infiltración masónica en la Iglesia:

«Vosotros también pescaréis a amigos y los llevaréis a los pies de la Sede Apostólica. Predicaréis la Revolución ataviados con tiara y capa magna, avanzando bajo la cruz y la bandera, en una revolución que no necesitará mucha ayuda para incendiar el mundo»[15]

9. SUBVERSIÓN DE LA RELACIÓN PERSONAL Y SOCIAL CON DIOS

Concluiré este análisis de los vínculos entre el Concilio y la actual crisis destacando una  alteración que considero sumamente importante y significativa. Me refiero a la relación tanto del laico individual como de la comunidad de los fieles con Dios. Mientras que en la Iglesia de Cristo la relación del alma con el Señor es eminentemente personal incluso cuando la realiza el ministro sagrado en la acción litúrgica, en la iglesia conciliar predominan la comunidad y la relación grupal. Pensemos en su insistencia en querer que el bautizo de un niño o la boda de una pareja sean un acto comunitario; o en la imposibilidad de recibir la Sagrada Comunión individualmente fuera de la Misa y en la práctica generalizada de comulgar en Misa aunque no se tengan las debidas disposiciones. Todo ello se autoriza basándose en el concepto protestante de participar del banquete eucarístico del cual no se excluye a nadie. Según esta manera de entender la comunidad, la persona pierde su carácter individual, se pierde en el anonimato comunitario de la celebración. De igual manera, la relación del cuerpo social con Dios se diluye en un personalismo que elimina el papel mediador de la Iglesia y el Estado. Esto también se aplica a la individualización en el terreno moral, en el que los derechos y preferencias individuales se convierten en motivos para erradicar la moral social. Ello se hace en nombre de una inclusión que legitima todo vicio y aberración moral. La sociedad, entendida como la unión de una serie de personas que se proponen alcanzar un objetivo común, se reparte entre una multiplicidad de individuos, cada uno con propio propósito personal. Es la consecuencia de un trastorno ideológico que amerita un profundo análisis en vista de sus consecuencias en los ámbitos eclesial y civil. Con todo, es evidente que el primer paso de dicha revolución se encuentra en la mentalidad conciliar, comenzando por el adoctrinamiento del pueblo cristiano que supone la liturgia reformada, en la que el creyente individual se mezcla con la asamblea despersonalizándose, y la comunidad pierde su identidad convirtiéndose en una serie de individuos.

10. CAUSA Y EFECTO

La filosofía nos enseña que a toda causa corresponde siempre un efecto determinado. Hemos visto que lo que se hizo con el Concilio ha tenido el efecto deseado y ha dado una forma concreta a ese momento antropológicamente decisivo que ha llevado hoy en día a la apostasía de la antiglesia y al eclipse de la Iglesia verdadera de Cristo. Por consiguiente, debemos entender que si queremos anular los efectos nocivos que vemos ante nosotros, es necesario e indispensable eliminar los factores eliminar los factores que los originaron. Si tal es nuestro objetivo, está claro que aceptar –aunque sea parcialmente– esos principios revolucionarios haría inútiles y contraproducentes nuestros esfuerzos. Por tanto, debemos exponer claramente los objetivos que nos proponemos alcanzar, ordenando nuestro obrar a esos objetivos. Pero también todos debemos ser conscientes de que en esta labor de restauración no cabe la menor excepción  a los principios, precisamente porque si no se transmitieran se impediría toda posibilidad de éxito.

Así pues, abandonemos de una vez por todas las vanas distinciones en lo que se refiere a los supuestos aspectos buenos del Concilio, la traición de la voluntad de los padres conciliares, la letra y el espíritu del Concilio, el peso magisterial (o la falta del mismo) de los actos conciliares y la hermenéutica de la continuidad frente a la de la ruptura. La antiglesia se ha servido de la etiqueta de concilio ecuménico para atribuir autoridad y fuerza legal a su programa revolucionario, de la misma manera que Bergoglio llama carta encíclica a su manifiesto político de fidelidad al Nuevo Orden Mundial. La astucia del enemigo ha aislado la parte sana de la Iglesia, que se debate entre tener que reconocer la naturaleza subversiva de los documentos conciliares, viéndose obligada con ello a excluirlos del corpus magisterial, y tener que negar la realidad declarándolos apodícticamente ortodoxos a fin de salvaguardar la infalibilidad del Magisterio. Los dubia supusieron una humillación para esos príncipes de la Iglesia, pero sin deshacer los nudos doctrinales que se pusieron en conocimiento del Romano Pontífice. Bergoglio no responde, precisamente porque no quiere negar ni confirmar los errores implícitos, con lo que se arriesga a ser declarado hereje y perder el pontificado. Es el mismo método que se utilizó en el Concilio, en el que la ambigüedad y el empleo de una terminología imprecisa impiden la condenación del error que se ha dado a entender. Pero cualquier jurista sabe bien que además descarada vulneración de la Ley, también es posible cometer un delito esquivándolo y utilizándolo con malos fines: Contra legem fit, quod in fraudem legis fit (lo que elude la ley es contrario a ella).

11. CONCLUSIÓN

La única manera de ganar esta batalla es volver a hacer lo que siempre ha hecho la Iglesia y dejar de hacer lo que hoy nos pide la antiglesia; es decir, lo que la Iglesia siempre ha condenado. Pongamos de nuevo a Nuestro Señor Jesucristo en el centro de la vida de la Iglesia; y antes de eso, en el centro de la vida de nuestra ciudad, de nuestra familia, de nosotros mismos. Restituyamos la corona a Nuestra Señora María Santísima, Reina y Madre de la Iglesia.

Volvamos a celebrar dignamente la sagrada liturgia tradicional, y recemos con las palabras de los santos, no con los circunloquios de los modernistas y los herejes. Volvamos a saborear los escritos de los Padres de la Iglesia y los místicos, y arrojemos a la pira las obras imbuidas de modernismo y sentimentalismo inmanentista. Apoyemos con oración y ayuda material a los muchos buenos sacerdotes que siguen siendo fieles a la verdadera Fe, y retiremos todo apoyo a los que se entienden con el mundo y sus mentiras.

Y por encima de todo –¡lo pido en nombre de Dios!– abandonemos ese complejo de inferioridad que nuestros adversarios nos han acostumbrado a aceptar; en la guerra del Señor no nos humillan a nosotros (es indudable que merecemos todas las humillaciones por nuestros pecados). No; humillan la majestad de Dios y a la Esposa del Cordero inmaculado. ¡La verdad que abrazamos no es nuestra, sino de Dios! Dejarla negar, o aceptar que deba justificare ante las herejías y errores de la antiglesia, no es un acto de humildad, sino de cobardía y pusilanimidad. Dejémonos motivar por el ejemplo de los santos mártires macabeos ante un nuevo Antioco que nos pide sacrificar a los ídolos y abandonar a Dios. Respondamos con las palabras de ellos, rogando al Señor: «Envía también ahora, oh dominador de los cielos, a tu Ángel bueno que vaya delante de nosotros, y haga conocer la fuerza de tu terrible y tremendo brazo; a fin de que queden llenos de espanto los que, blasfemando, vienen contra tu santo pueblo» (2 Mac. 15,23).

Finalizaré esta charla con un recuerdo personal. Cuando era nuncio apostólico en Nigeria, descubrí una preciosa tradición que surgió en la terrible guerra de Biafra y persiste hasta hoy. Participé personalmente en ella durante una visita pastoral a la arquidiócesis de Onitsha, y me causó una honda impresión. Se llama el rosario de los niños del barrio, y consiste en reunir a miles de niños (incluso pequeñines) de cada pueblo y barriada para rezar el Santo Rosario implorando la paz. Cada niño lleva en sus manos un pedazo de madera, como un altar en miniatura, con una imagen de Nuestra Señor y una velita encendida.

En los días previos al 3 de noviembre, invito a todos ustedes a participar en una cruzada del Rosario, una especie de asedio de Jericó, pero no con siete trompetas confeccionadas con cuernos de carnero y tocadas por sacerdotes, sino con el Avemaría de los pequeños y los inocentes para derribar las murallas del estado profundo y la iglesia profunda.

Participemos con los niños en el Rosario de los niños del barrio implorando a la Señora vestida del Sol que se restablezca el Reino de nuestra Señora y Madre y se abrevie el eclipse que nos aflige.

Que Dios bendiga estas santas intenciones.

[1] Padre Antonio Spadaro SJ, Fratelli Tutti, la risposta di Francesco alla crisi del nostro tempo, in Formiche, 4 de octubre de2020 (aquí).

[2] «El pontificado de Francisco es como una bandera alzada ante los integristas católicos y los que equiparan continuidad material y tradición; la doctrina católica no sólo se desarrolla. A veces cambia mucho. Por ejemplo en lo relativo a la pena de muerte y la guerra»

https://twitter.com/Johnthemadmonk/status/1313616541385134080/photo/1

https://twitter.com/massimofaggioli/status/1313569449065222145?s=21

[3] «Debemos evitar caer en estas cuatro actitudes perversas, que desde luego no contribuyen a una investigación objetiva y un diálogo sincero y productivo para la construcción del futuro de nuestro planeta: negación, indiferencia, resignación y confianza en soluciones inadecuadas».

cfr. https://www.avvenire.it/papa/pagine/papa-su-clima-basta-negazionismi-su-riscaldamento-globale

[4] «Religio, id est cultus Dei, qui homo fieri voluit, atque religio – talis enim est aestimanda – id est cultus hominis, qui fieri vult Deus, inter se congressae sunt. Quid tamen accidit? Certamen, proelium, anathema? Id sane haberi potuerat, sed plane non accidit. Vetus illa de bono Samaritano narratio excmplum fuit atque norma, ad quam Concilii nostri spiritualis ratio directa est. Etenim, immensus quidam erga homines amor Concilium penitus pervasit. Perspectae et iterum consideratae hominum necessitates, quae eo molestiores fiunt, quo magis huius terrae filius crescit, totum nostrae huius Synodi studium detinuerunt. Hanc saltem laudem Concilio tribuite, vos, nostra hac aetate cultores humanitatis, qui veritates rerum naturam transcendentes renuitis, iidemque novum nostrum humanitatis studium agnoscite: nam nos etiam, immo nos prae ceteris, hominis sumus cultores». Paulo VI, Alocución en la última sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 7 Diciembre de 1965,

cfr. http://www.vatican.va/content/paul-vi/it/speeches/1965/documents/hf_p-vi_spe_19651207_epilogo-concilio.html

[5] https://twitter.com/i/status/1312837860442210304

[6] Cfr. www.educationglobalcompact.org

[7] Congregazione per l’Educazione Cattolica, Lettera Circolare alle scuole, università e istituzioni educative, 10 de septiembre Settembre 2020, cfr. http://www.educatio.va/content/dam/cec/Documenti/2020-09/IT-CONGREGATIO-LETTERA-COVID.pdf

[8] https://www.lastampa.it/cronaca/2020/10/03/news/green-blue-la-nuova-voce-dell-economia-sostenibile-via-con-il-papa-e-bill-gates-1.39375988

https://remnantnewspaper.com/web/index.php/articles/item/2990-the-vatican-un-alliance-architects-of-death-and-doom

[9] Card. Miguel Ángel Ayuso Guixot, Il documento sulla Fraternità umana nel solco del Concilio Vaticano II, 3 de febrero de 2020. Cfr. https://www.laciviltacattolica.it/news/il-documento-sulla-fratellanza-umana-nel-solco-del-concilio-vaticano-ii/

[10] https://www.cfnews.org.uk/bishop-schneider-pachamama-worship-in-rome-was-prepared-by-assisi-meetings/

[11] Mons. Fulton Sheen, discjrso radiofónico del 26 de enero de 1947. Cfr. https://www.tempi.it/fulton-sheen-e-linganno-del-grande-umanitario/

[12] https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=38792

[13]https://twitter.com/grandeorienteit/status/1312991358886514688

[14] https://youtu.be/s8v-O_VH1xw

[15] «Vous amènerez des amis autour de la Chaire apostolique. Vous aurez prêché une révolution en tiare et en chape, marchant avec la croix et la bannière, une révolution qui n’aura besoin que d’être un tout petit peu aiguillonnée pour mettre le feu aux quatre coins du monde». Cfr. Jacques Cretineau-Joly, L’Église romaine en face de la Révolution, París, Henri Plon, 1859 (aquí).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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