THE REMNANT

Magdalena: Vio morir al Señor (y jamás perdió la esperanza)

Santa María Magdalena fue una de las almas favorecidas que caminaron junto a Nuestro Señor

Santa María Magdalena fue una de las almas favorecidas que caminaron junto a Nuestro Señor, fue testigo de Su pasión y muerte, y mantuvo la fe incluso habiendo visto en primera persona los horrores de Su crucifixión. “Dios está muerto”, le dijeron los romanos, pero les prestó poca atención entonces, así como debiéramos hacer nosotros hoy, cuando nos dicen lo mismo.

En un tiempo de abatimiento y pérdida de la fe, Magdalena emerge como la poderosa patrona de la esperanza y la perseverancia. No es doctora de la Iglesia, pero muestra a dónde puede llegar el amor a Cristo, incluso para los pobres e ignorantes pecadores, y cómo Dios corona este amor con Su predilección. Sus libros son el alma y la humanidad sagrada de Nuestro Señor Jesucristo, y su sabiduría la sabiduría eterna. También fue la que lloró por Cristo porque no podía encontrarlo. “Los ángeles le dijeron ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Díjoles ‘Porque han quitado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto’.’”

Y gracias a su amor perdurable y fiel fue elegida por Nuestro Señor para ser apóstol de los apóstoles. Recayó en Santa María Magdalena el anunciar la buena noticia de la resurrección a los desconcertados y desanimados apóstoles que se habían escondido en el piso de arriba “por miedo a los judíos…”

Hoy, con la división en las familias, la desaparición de nuestra misa, y el mundo plagado de guerras, tampoco nosotros sabemos siempre dónde encontrarlo. Hasta en las Iglesias católicas el tabernáculo se esconde con frecuencia, para dar lugar en los santuarios al hombre deificado. ¿A dónde lo han llevado?

En tiempos como estos, parece más apropiado dirigirse a quienes retuvieron la esperanza incluso en las horas más oscuras de la historia humana, cuando parecía haber pocas razones para perseverar. Algunos dicen que el nuestro es el tiempo más terrible de la historia, y sin embargo, ¿cómo habrá sido para Magdalena el momento cataclísmico en que el Mesías dio su último suspiro y entregó Su espíritu? ¿Pueden imaginar el silencio y la desolación al pie de la cruz en ese instante?

Esta gran santa vio expirar ante sus ojos el cuerpo físico de Nuestro Señor. Y sin embargo, lejos de desesperar ese primer Viernes Santo, lloró y oró y no dejó de buscar Su adorable rostro. Su muerte en la cruz no aplastó su fe, su amor o su esperanza. ¿Entonces, qué razones tenemos para desesperar hoy cuando el cuerpo místico de Jesucristo parece estar expirando (en su elemento humano) ante nuestros ojos? El Domingo de Pascua llegará, María lo sabía y también debiéramos saberlo nosotros. Esperó pacientemente, a la sombra de la cruz junto a Nuestra Señora, el amanecer del tercer día. También debiéramos hacerlo nosotros.

Una acusación frecuente hacia los católicos tradicionalistas de estos días es que, en nuestra arrogancia, nos vemos a nosotros mismos como “más católicos que la Iglesia”. Si hay algo de verdad en esta acusación debiéramos lamentarlo con tristeza. Pero uno se pregunta si María no habrá sido acusada de algo similar, parada como lo hizo allí bajo la cruz, cuando huyeron todos los apóstoles excepto uno. ¿Quién es ella? ¿Quién se cree que es? ¡Pedro ni siquiera está allí!

Fue el amor, no la arrogancia, el que inspiró a María a pararse al pie de la cruz cuando ni siquiera Pedro estaba presente; así también, es el amor—amor a Nuestro Señor y su Iglesia—el que inspira a los católicos de hoy a aferrarse a la fe de todos los tiempos, incluso cuando la mayoría de los apóstoles parece esconderse por temor a los judíos.

Y para que esto no se confunda con ilusiones de grandeza o santidad exagerada de nuestra parte, nos apresuramos a admitir que el temor también nos motiva. Tememos apartarnos de la tradición por miedo a que flaquee nuestra fe. Si la salvación era tan difícil de alcanzar siglos atrás—cuando el cristianismo reinaba y se tenía la gloria de la misa tridentina ofrecida a diario en todo el mundo; las devociones; los ejércitos santos de monjes y esposas de Cristo; buenos colegios católicos; parroquias ortodoxas pujantes, sacerdotes y seminarios—¿cuánto peligro enfrentan nuestras almas cuando solo queda en pie la cáscara de la gran fortaleza católica?

¿Quién entre nosotros es tan tonto de presumir que la salvación está fácilmente a nuestro alcance cuando los bastiones de la vieja fe, que se mantuvieron fuertes durante casi dos mil años, han caído en la ruina y la Iglesia ha sido invadida por su antiguo enemigo? No somos héroes; seguimos paralizados de miedo, con nuestras armas sujetas a la tradición, como María a la cruz. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Observamos la crisis en la Iglesia y vemos en ella la pasión del cuerpo místico de Cristo desarrollándose ante nuestros ojos. Y en la oscuridad que cae una vez más, rogamos, como puedo haberlo hecho María: Amado Jesús, no somos fuertes sin Ti; tenemos miedo a los romanos. Permítenos quedarnos aquí, junto a Ti, un rato más.

Somos pecadores cuya única esperanza de salvación está en amarrar nuestros botes a las antiguas formas, a la misa tradicional y a las enseñanzas previas al Vaticano II, que guiaron a millones de santos y más almas de las que podamos contar a través de este valle de lágrimas.

Tomás de Aquino habrá razonado su camino hasta la cruz; Santa Teresa habrá orado hasta allí; Santa Juana de Arco obedeciendo hasta la muerte; el Cura de Ars y San Juan de la Cruz cabalgando hasta allí sobre las espaldas de su gran virtud. Pero los pecadores como nosotros solo pueden esperar encontrar el camino como lo hizo María…a través de la misericordia divina y el perdón. Nuestra oración solo puede constar en que Él vea nuestra despreciable debilidad, nos levante y le pida a Su madre que nos tome de la mano y nos conduzca hasta la cruz.

A fin de cuentas, María estuvo tan sola en el desierto que debió recibir la comunión de un ángel. Vivió en una cueva y fue separada de su hogar por un vasto océano. ¿Cuántos católicos abandonados no pueden regresar hoy a sus parroquias por el vasto océano del modernismo que se extiende entre ellos y su amado hogar? ¿Cuántos de ellos no saben si habrá quien les lleve el santo viático el último día, o si al final habrá un sacerdote para ellos—para perdonar sus pecados antes de morir? Por eso, rezan para que los ángeles estén a su lado en la oscura soledad de la cueva del mundo moderno.

Una vez más, María sabe cómo es ser como nosotros.

Aquí hay un breve relato de la vida de María. Que ella esté siempre con nosotros, y que su historia nos recuerde siempre la misericordia infinita de Dios, sin la cual nosotros, los pecadores, no tenemos la posibilidad de ver a Dios en el paraíso.

Santa María Magdalena

Santa María Magdalena es llamada “la penitente”. Recibió el nombre de ‘Magdalena’ porque si bien era una niña judía, vivía en una ciudad de gentiles llamada Magdala, al norte de Galilea, y su cultura y modos eran como los de los gentiles.

San Lucas cuenta que era una pecadora con mala fama, a la que le expulsaron siete demonios. Estuvo presente en la crucifixión de Nuestro Señor, y junto con María, la madre de Santiago, y Salomé, fue la primera en llegar a la tumba vacía de Jesús.

Catorce años después de la muerte de Nuestro Señor, los judíos pusieron a Santa María en un bote sin velas ni remos – junto con San Lázaro y Marta, Maximino (quien la bautizó), Sidonio (“el ciego de nacimiento”), su criada Sera, y el cuerpo de Santa Ana, la madre de la Santísima Virgen. Fueron enviados a la deriva hacia el mar y arribaron a las costas del sur de Francia, donde Santa María pasó el resto de su vida como contemplativa en una cueva conocida como Sainte-Baume. He llevado varios grupos de peregrinos norteamericanos a ese sitio que parece de otro mundo, en el sur de Francia. Los capellanes de Remnant Tours han devuelto la misa tradicional a la cueva donde la Magdalena pasó sus últimos días.

Ella recibió diariamente de parte de los ángeles la sagrada comunión como único alimento, y murió cuando tenía 72 años. Fue transportada milagrosamente, justo antes de morir, a la capilla de San Maximino donde recibió sus últimos sacramentos. He visto la cara esquelética de Santa María Magdalena en este santo lugar de peregrinación en Francia. El peregrino puede acercarse a medio metro de la calavera incorrupta de la santa. La experiencia es sobrecogedora, al mirar las cavidades de los ojos de Magdalena—la mujer que caminó con Nuestro Señor, estuvo a los pies de Su cruz, y fue la primera en encontrarse con Su cuerpo glorificado y resucitado.

Santa María Magdalena era una infame pecadora cuando se encontró por primera vez con Nuestro Señor. Era muy hermosa y orgullosa, pero tras su encuentro con Jesús, sintió un gran pesar por su mala vida. Cuando Jesús fue a comer a la casa de un hombre rico llamado Simón, María se acercó a llorar a Sus pies. Luego, con su hermoso y largo cabello secó sus pies y los ungió con caros perfumes.

Los fariseos estaban escandalizados porque Jesús permitía que semejante pecadora lo toque, pero Nuestro Señor, que podía mirar dentro del corazón de María, dijo: “se le han perdonado sus pecados, los muchos, puesto que ha amado mucho. A la inversa, aquel a quien se perdone poco, ama poco”. Después dijo a ella: “Tus pecados se te han perdonado”. 

De ahí en más, junto con otras mujeres santas, María sirvió humildemente a Jesús y a sus apóstoles. Cuando Nuestro Señor fue crucificado, ella estuvo al pie de Su cruz, sin temer por su propia vida, y pensando solo en los sufrimientos de Él. Sin dudas, fue por eso que Jesús dijo de ella: “ha amado mucho.” Luego de que el cuerpo de Jesús fuera colocado en la tumba, temprano en la mañana del Domingo de Pascua, María fue a ungirlo con hierbas. Al no encontrar el cuerpo, comenzó a llorar, pero vio a alguien que pensó que era el jardinero y le preguntó si sabía dónde habían puesto el cuerpo de su amado Maestro.

Después de decir esto se giró y vio a Jesús allí parado, pero no sabía que era Jesús. Él le dijo, “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Ella, pensando que era el jardinero, le dijo: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré”. Jesús le dijo: “Mariam”. Ella, volviéndose, dijo en hebreo: “Rabbuní”, es decir: “Maestro”. Jesús le dijo: “No me toques más, porque no he subido todavía al Padre; pero ve a, encontrar a mis hermanos, y diles: voy a subir a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. María Magdalena fue, pues, a anunciar a los discípulos: “He visto al Señor”, y lo que Él le había dicho.” Juan, 20: 15-18

El Evangelio muestra que María, la arrepentida, fue elegida por Nuestro Señor para anunciar a Pedro y los apóstoles la buena noticia de la resurrección. Era un honor tan grande el de ella que, en los primeros siglos de Iglesia, la fiesta de María Magdalena se celebraba como misa de un apóstol.

Podemos pedirle a Santa María Magdalena que nos otorgue corazones agradecidos y arrepentidos. Si amamos a Jesús como ella lo hizo, nada bueno nos será negado, e hasta superaremos los más grandes pecados.

Santa María Magdalena, ¡ruega por nosotros!

Michael Matt

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original]
Michael Matt

Director de The Remnant. Ha sido editor de “The Remnant” desde 1990. Desde 1994, ha sido director del diario. Graduado de Christendom College, Michael Matt ha escrito cientos de artículos sobre el estado de la Iglesia y el mundo moderno. Es el presentador de The Remnant Underground del Remnant Forum, Remnant TV. Ha sido Coordinador de Notre Dame de Chrétienté en París – la organización responsable del Pentecost Pilgrimage to Chartres, Francia, desde el año 2000. El señor Michael Matt ha guiado a los contingentes estadounidenses en el Peregrinaje a Chartres durante los últimos 24 años. Da conferencias en el Simposio de Verano del Foro Romano en Gardone Riviera, Italia. Es autor de Christian Fables, Legends of Christmas y Gods of Wasteland (Fifty Years of Rock n' Roll) y participa como orador en conferencias acerca de la Misa, la escolarización en el hogar, y el tema de la cultura, para grupos de católicos, en forma asidua. Reside en St. Paul, Minnesota, junto con su esposa, Carol Lynn y sus siete hijos.