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«Sería cismático el papa que cambiara todos los ritos de la Iglesia que son de tradición apostólica» (Francisco Suárez/Klaus Gamber)

Apenas han pasado cuatro años de la publicación del nuevo Misal con el que Pablo VI sorprendió a todo el mundo católico al promulgar el Novus Ordo Missae el 6 de abril de 1969. La revisión de 1965 no tocó la liturgia tradicional. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 50 de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, la principal  preocupación era suprimir algunos añadidos posteriores al Rito de la Misa. La publicación del Ordo Misae de 1969 creó, no obstante, un rito nuevo. Dicho de otro modo: la liturgia tradicional no había sido objeto de una simple revisión como pedía el Concilio. Todo lo contrario: había sido derogada, y un par de años más tarde el rito tradicional fue de hecho prohibido. De ahí que nos preguntemos: ¿se ajustan unas reformas tan radicales a la tradición de la Iglesia?

(…) Se podría argüir que la autoridad del Papa para introducir un nuevo rito, es decir, para hacerlo prescindiendo de la decisión de un concilio, puede derivar de la plena y suprema potestad que tiene sobre la Iglesia, según dice el Concilio Vaticano I; esto es, autoridad en cuestiones quae ad disciplinam et regimen ecclesiae per totum orbem difusse pertinent (de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe) (Denzinger 1831). Ahora bien, la palabra disciplina no se aplica en modo alguno al rito de la Misa, y menos aún si tenemos en cuenta que los pontífices han señalado en repetidas ocasiones que el rito se basa en la tradición apostólica. Por este solo motivo, el rito queda fuera de lo que atañe a la disciplina y gobierno de la Iglesia.

Podríamos agregar que no existe un solo documento, ni siquiera el Código de Derecho Canónico, que afirme concretamente que el Papa, como pastor supremo de la Iglesia, posea autoridad para derogar el rito litúrgico tradicional. Más aún: en ninguna parte se dice que el Sumo Pontífice tenga potestad para alterar siquiera una tradición litúrgica local. Que no mencione la existencia de dicha potestad añade un peso considerable a nuestro argumento. La plena y suprema potestas del Papa tiene unos límites claramente delimitados. Por ejemplo, es innegable que en cuestiones dogmáticas tiene que atenerse a la Tradición de la Iglesia universal. Es decir, como señala San Vicente de Lerins, lo que siempre se ha creído (quod semper, quod ubique, quod ab omnibus).

De hecho, algunos autores afirman con bastante claridad que derogar el rito tradicional queda sin lugar a dudas fuera de la competencia del Papa. El eminente teólogo Suárez (que falleció en 1617) citando a autores anteriores como Cayetano (que murió en 1534), piensa que el papa que tal hiciere sería cismático, ya que, «no estaría en plena comunión con la Iglesia como es su deber si, por ejemplo, excomulgara a la totalidad de la Iglesia o sustituyera los ritos que la Iglesia ha heredado de la tradición apostólica» [Et hoc secundo modo posset Papa esse schismaticus, si nollet tenere cum toto Ecclesiæ corpore unionem et coniunctionem quam debet, ut si tenat et totem Ecclesiam excommunicare, aut si vellel omnes Ecclesiasticas cæremonias apostolica traditione firmatas evertere.].

Al estudiar la cuestión de la autoridad ilimitada del Papa y en qué modo le daría potestad para alterar un rito litúrgico previamente establecido, es posible que si el argumento de Suárez no tiene suficiente peso éste otro lo tenga: el hecho incontestable de que antes de Pablo VI ningún pontífice efectuó cambios fundamentales en los ritos como estamos presenciando ahora.

Klaus Gamber

Die Reform der römischen Liturgie: Vorgeschichte und Problematik
(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

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