Los hombres que necesitamos

Antes de la confusión de las estructuras viene la confusión de las inteligencias. Ahí está la clave para interpretar el momento histórico que vivimos. La crisis que aqueja actualmente al mundo católico no es primeramente una crisis organizativa ni estratégica; es una crisis espiritual y cultural que afecta a la propia manera de pensar, de juzgar y de reaccionar a los acontecimientos.

Durante muchas décadas, el progresismo político y cultural ha ejercido un dominio sin igual sobre Occidente, llevando las riendas de los partidos políticos, los grandes medios informativos, las editoriales, el ámbito universitario, el mundo del espectáculo y hasta una parte considerable de las estructuras eclesiásticas. Se trataba de edificar un nuevo orden mundial cimentado en la abolición de las identidades naturales y religiosas, la disolución de toda autoridad tradicional y la sustitución del orden cristiano por una nueva religión secular.

Hasta hace no muchos años, esta hegemonía parecía irreversible. Todo el que se oponía era marginado o censurado, o simplemente no se le hacía caso. Pero toda construcción artificial lleva en sí el embrión de su propia disolución. Los albores del siglo XXI han evidenciado el surgimiento de una profunda crisis de dicho sistema. Ahora bien, sería un error confundir el instrumento y la causa.

La reacción no la ha creado internet. Simplemente la ha sacado a la luz para que sea eficaz. Muchas veces la Providencia se sirve de medios inesperados para favorecer sus designios. La red mundial ha permitido sortear el monopolio de la información, que puedan circular ideas censuradas, poner en contacto a personas hasta ahora aisladas entre sí. Pero la verdadera y profunda causa de la reacción está en el orden natural, que precede a toda construcción ideológica. Cuando ese orden es sistemáticamente conculcado, es la propia realidad la que reacciona. La naturaleza humana posee tal capacidad de resistencia que no hay propaganda que la pueda eliminar definitivamente. Podrá eclipsarse la verdad, pero es imposible borrar del todo la ley natural que ha impreso Dios en el corazón de todo hombre.

En los últimos veinticinco años esa capacidad de reacción ha irrumpido con inusitada evidencia, y de manera especial en el mundo católico. Son muchos los fieles que han intuido que se había echado a perder algo esencial y han procurado recuperar la liturgia tradicional, el catecismo de siempre, la filosofía realista, la teología clásica y el patrimonio espiritual de la Iglesia. Pero justo cuando parecía entreverse una posible convergencia de dichas energías, se ha manifestado algo que se podría considerar un coletazo del proceso revolucionario.

Estos últimos años hemos asistido a una serie de acontecimientos que han desestabilizado hondamente el mundo católico. La pandemia de 2020-21 introdujo un clima de miedo colectivo y mutua sospecha. La guerra rusoucraniana que estalló en 2022 confundió y polarizó más los ánimos. Los sucesos internos de la Iglesia en la transición del pontificado de Francisco al de León XIV acentuaron entusiasmos y desalientos, en muchos casos desproporcionados para el verdadero alcance de lo que sucedía. Este clima psicológico ha sido instrumentalizado con vistas a impedir toda posible recomposición del mundo católico ligado a la Tradición, dando lugar a una fragmentación tal vez sin precedentes históricos.

La consecuencia más grave de esta situación no es organizativa sino intelectual. En su libro Revolución y contrarrevolución, Plínio Corrêa de Oliveira denuncio en muchas ocasiones la atrofia de la inteligencia como uno de los fenómenos que caracterizan al mundo moderno. Por su parte, Marcel de Corte dedicó un clarividente libro al tema: La inteligencia en peligro de muerte. El desarrollo tecnológico ha acelerado este proceso. El hombre contemporáneo vive inmerso en una riada incesante de información, imágenes, emociones y polémicas. Los medios sociales –Facebook, Instagram, Tik Tok y otras plataforma que continuamente aparecen– sirven para algo más que para transmitir noticias: su propio funcionamiento está concebido para atrofiar el ejercicio de la inteligencia. Se buscan soluciones inmediatas, se priorizan las emociones por encima del juicio y la velocidad a la profundidad. Ya no se busca la verdad, sino la respuesta rápida.

Este fenómeno ha afectado también a ambientes que se consideran tradicionalistas y que, precisamente por su formación, deberían ser los más inmunizados. Se corre así el riesgo de incurrir en una paradoja: profesar principios doctrinales sólidos y al mismo tiempo vivir con arreglo a las categorías de la cultura revolucionaria. Se va de indignación en indignación, del entusiasmo a la desilusión, de una polémica a la siguiente, sin conservar la paz interior que es lo único que hace posible emitir un auténtico juicio sobrenatural.

Las grandes crisis de la Iglesia las afrontaron siempre hombres que eran, en el más auténtico sentido, contemplativos en la acción. San Atanasio, San Gregorio VIII, San Pío V y San Pío X no se dejaron agobiar por lo que sucedía, se impusieron a la situación, porque supieron evaluarla a la luz de principios superiores. Su fuerza provenía de la oración, de la disciplina intelectual, de la costumbre de subordinar los hechos a los principios y no al revés. Toda auténtica restauración empieza siempre por una restauración de las facultades del alma.

El estudio, la reflexión y la prioridad de la contemplación sobre la acción son los requisitos ineludibles para el desarrollo de la vida interior y la formación de hombres capaces de juzgar rectamente los sucesos actuales.

En su célebre libro El alma de todo apostolado, Dom Jean-Baptiste Chautard recordaba que la herejía de la acción consiste en sustituir la vida interior por la actividad. Hoy en día podríamos añadir que hay además una nueva forma de activismo: el activismo digital. Una constante agitación que da una impresión de diligencia mientras consume lentamente las energías espirituales. La búsqueda de lo sensacional reemplaza la fidelidad diaria. Lo excepcional atrae más que lo cotidiano. Cuando precisamente en la fidelidad en los detalles se forma el carácter cristiano. A veces hace falta más heroísmo para afrontar los deberes de cada día que para hacer frente a una situación extraordinaria. Como señala monseñor Pier Landucci, reconocer humilde la propia miseria puede ser señal de un futuro puesto en la gloria de los santos; pero todos están llamados a la santidad heroica, porque, como enseña San Pablo, «ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes. 4, 3).

Hay una última tentación, particularmente insidiosa. Ante las dificultades que encara la Iglesia, algunos son tentados a refugiarse fuera de ella. Parece más fácil combatir desde fuera que soportar los padecimientos acarreados por las crisis internas. Es más fácil imaginar comunidades perfectas que mantenerse fieles en la prueba. Pero ese camino termina inevitablemente en un callejón sin salida.

La Iglesia sigue siendo el Cuerpo Místico de Cristo aunque atraviese crisis de gran calado. Sus miembros pueden ser infieles. Sus pastores pueden cometer errores y hasta contribuir a graves confusiones; y en determinadas circunstancias la resistencia puede ser legítima y hasta obligada. Con todo, no existe una vía verdaderamente católica fuera de las instituciones de la Iglesia, ni es posible una restauración oponiéndose de forma estable y permanente a quienes ejercen legítimamente la autoridad.

Enseña la historia que todas las grandes restauraciones católicas las han hecho hombres que han sabido aunar una firme resistencia al error con un amor inquebrantable por la Iglesia visible y jerárquica.

Por eso, la batalla decisiva de nuestros tiempos consiste ante todo, no en alzar la voz, acusar al prójimo o multiplicar iniciativas y campañas mediáticas, sino en reconstruir hombres interiormente ordenados con capacidad de estudio, oración sacrificio y, sobre todo, equilibrio.

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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