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Diez elementos de renovación en la liturgia

¿Y por qué hablo del mundo venidero? Desde aquí este misterio hace a la tierra convertirse en el cielo. Abre sólo una vez las puertas del cielo y mira dentro; no, más bien no del cielo, sino del cielo de los cielos; y entonces podrás mirar acerca de lo que he estado hablando. Porque esto es lo más precioso de todo cuanto existe, esto podrá mostrarte la mentira que yace sobre la tierra. Pues lo más glorioso que hay en los palacios reales no son las paredes, ni los techos de oro, sino la persona del rey sentada en el trono; así igualmente en el cielo el Cuerpo del Rey. Pero he aquí que tienes la oportunidad de mirar esto sobre la tierra. No te muestro pues a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni al cielo de los cielos. Sino que te muestro al verdadero Señor y Dueño de todo esto.

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la 1ª carta a los corintios citada en la Dominus est por Mons. Athanasius Schneider, p.34

El 14 de febrero de 2015 el obispo de Astana, Kazajistán, Mons. Athanasius Schneider fue patrocinado por el Instituto Paulino para dar una charla en Washington, DC. Durante la charla el propuso acciones concretas –diez elementos esenciales-  que deben ser implementados para acompañar la renovación litúrgica.

Como asistente me impresioné de nuevo por la preocupación de su excelencia por la reverencia y piedad en el culto católico. Me gustaría ofrecerles mi propio resumen sobre los principales temas a causa de sus profundas ideas.

Este obispo dijo que siempre, aún desde los tiempos apostólicos, la Iglesia ha buscado el tener una santa liturgia, y eso solamente se consigue mediante la acción del Espíritu Santo el único con el cual se puede adorar verdaderamente a Cristo. Los gestos externos de adoración que expresan la reverencia interna son vitales dentro del contexto de la liturgia. Así como reverencias, genuflexiones, postraciones y cosas de este estilo. Su excelencia citó los escritos de San Juan Crisóstomo sobre liturgia, enfocándose particularmente en el siguiente tema: La liturgia de la Iglesia es una participación en y debe ser configurada altamente con la celestial liturgia de los ángeles.

La nación de la liturgia celestial, y nuestra participación en el Santo Sacrificio de la Misa, ofrece alguna perspectiva a algunos de nosotros que en ocasiones nos vemos tentados a tomar por asumido el increíble milagro en medio de nosotros. La realidad es que cada iglesia católica es, ensimisma, un lugar donde moran los ángeles, los arcángeles, el Reino de Dios, y el mismo Dios celestial. Si fuéramos capaces en algún modo de ser transportados a la liturgia celestial, no osaríamos hablar ni aún con los que conocemos y amamos. Cuando estamos dentro de una iglesia, debemos en cambio hablar reservadamente, y solamente acerca de cosas sagradas.

En la iglesia primitiva, el altar y las otras cosas sagradas estaban velados por fuera por respeto a los misterios sagrados en que jugaban rol cada uno. Nunca hubo, contrario a lo que la gente cree hoy en día, una celebración versus populum de la misa, o una extendida practica de recibir la comunión en la mano. En la liturgia del este el sacerdote y el pueblo miraban juntos hacia Dios.

Cuando celebramos la liturgia, es el mismo Dios quien debe estar al centro. El Dios encarnado. Cristo. Nadie más. Ni si quiera el sacerdote que actúa en su lugar.

Empobrece a la liturgia cuando reducimos los gestos de adoración. Cualquier renuevo litúrgica debe restaurar esto y traer un carácter más Cristocéntrico y trascendental a la liturgia terrena la cual es recuerdo de la liturgia angelical.

Diez elementos de Renovación

Mons. Schneider ofreció estos diez puntos a implementar que él considera fundamentales para la renovación litúrgica:

  1. El sagrario, donde Jesucristo, el Dios encarnado, está realmente presente bajo las especies de pan debe ser colocado en el centro del santuario, porque no hay otro lugar en la faz de la tierra donde Dios, el Emmanuel, esté tan verdaderamente presente y cercano al hombre como en el sagrario. El sagrario es la señal que indica que ahí se contiene la real presencia de Cristo, es por esto que debe estar cercano al altar y constituir con el altar la señal central del misterio eucarístico. El sacramento del tabernáculo y el sacrificio del altar no deben pues estar opuestos o separados, sino los dos en el lugar central y muy cerca dentro del santuario. Toda la atención de aquellos que entran en la iglesia debe espontáneamente dirigirse hacia el sagrario y el altar.
  2. Durante la liturgia eucarística –a lo menos durante la oración eucarística- cuando Cristo el Cordero de Dios es inmolado, el rostro del sacerdote no debe ser visto por los fieles. Hasta los serafines se cubren sus rostros (Is 6,2) cuando adoran a Dios. Así pues, la cara del sacerdote ha de tornarse hacia la cruz, la imagen de Dios crucificado.
  3. Durante la liturgia, debe haber más signos de adoración – especialmente genuflexiones- especialmente cada vez que el sacerdote toque la hostia consagrada.
  4. Los fieles que se acercan a recibir al Cordero de Dios en la santa comunión deben saludarlo y recibirlo con un acto de adoración, arrodillándose. ¿Qué momento hay en la vida del fiel más sagrado que cuando se encuentra con su Señor?
  5. Debe haber más espacio para el silencio durante la liturgia, especialmente durante aquellos momentos en que se expresa más completamente el misterio de la redención. Especialmente cuando el sacrificio de la cruz se hace presente durante la oración eucarística.
  6. Debe haber más signos externos que expresen la dependencia del sacerdote con Cristo, el Sumo Sacerdote, que sean más claras las palabras que el sacerdote dice (ej. “Dominus vobiscum”) y las bendiciones que el imparte sobre los fieles dependen y brotan de Cristo Sumo Sacerdote, no de él, la persona privada. No diga este tipo de cosas “Yo te saludo” o “Yo te bendigo” o “Yo el Señor”. Estos signos pueden ser (como lo fueron durante siglos) el besar el altar antes de saludar a los fieles indicando que este amor fluye no del sacerdote sino del altar; y también antes bendecir besar el altar, y después se bendice al pueblo. (Esto fue practicado miles de años y desafortunadamente el nuevo rito lo ha abolido) También el inclinarse delante de la cruz indicando de esta manera que Cristo es más importante que el sacerdote. Frecuentemente en la liturgia –en el rito antiguo- cuando el sacerdote decía el nombre de Jesús tenía que voltear a la cruz y hacer una reverencia para mostrar que la atención debe estar puesta en Cristo, no en él.
  7. Debe haber más signos que demuestren el insondable misterio de la redención. Esto se puede conseguir mediante el velar los objetos litúrgicos, porque el velar es un acto de la liturgia de los ángeles. Velar el cáliz, velar la patena con el velo humeral, velar el corporal, velar las manos del obispo cuando celebre solemnemente. El usar comulgatorios, y velar también el altar. También el santiguarse, el sacerdote y los fieles. Santiguarnos con el sacerdote durante la plegaria eucarística y durante los otros momentos de la liturgia; el santiguarnos es una señal de bendición. En la antigua liturgia los fieles se santiguaban tres veces durante el Gloria el Credo y el Sanctus. Estas son expresiones del misterio.
  8. Debe haber también un signo que exprese constantemente el misterio mediante el lenguaje humano, el latín es el lenguaje sagrado demandado por el Concilio Vaticano II en la celebración de todas las misas y la parte de la plegaría eucarística debe ser dicha siempre en latín.
  9. Todos aquellos que ejercen un rol activo durante la liturgia, como lectores, o aquellos que dicen la plegaria de los fieles deben estar siempre vestidos con vestimentas litúrgicas; y únicamente hombres, no mujeres, porque es un ejercicio en el santuario muy cercano al sacerdocio. También el leer el leccionario debe ser en dirección hacia la liturgia donde estamos celebrando a Cristo. Por consiguiente solamente hombres vestidos litúrgicamente deberían estar en el santuario.
  10. La música y las canciones durante la liturgia deben reflejar más verdaderamente el carácter sagrado y deben recordar la canción de los ángeles, como en el Sanctus, en orden a ser más capaces a cantar a una voz con los ángeles. No solamente en el Sanctus sino en toda la misa completa. Será necesario que el corazón, mente y voz del sacerdote y de los fieles se dirijan al Señor. Y esto bien será manifestado por signos y gestos exteriores.

Aquí se refleja una gran cantidad. Al menos me parece que cada uno de estos diez puntos es indispensable en nuestra búsqueda del verdadero culto reverente en nuestras iglesias. Ninguno de estos puntos es incompatible con la antigua liturgia de la Iglesia o, quizás más importante, con la liturgia prevista por los Padres Conciliares en Sacrosanctum Concilium.

Sería una bendición tremenda si más obispos tomaran estos diez puntos como guía esencial en las celebraciones litúrgicas en sus diócesis. Te animo a que se lo envíes a tu propio obispo para que lo considere.

Tuve también la oportunidad de conocer brevemente al señor obispo al final de la charla. Cuando le agradecí por su liderazgo en un tiempo en el que parece que nuestros pastores no hablan con clara voz según las enseñanzas de la Iglesia, me dijo, “Son ustedes los que deben hacer eso. Ustedes, los fieles, sus familias. Deben ser santos. Deben enseñar la fe a sus niños. Deben inspirar a los sacerdotes”. Respecto al tema de las vocaciones, dijo que debemos ofrecer a nuestros hijos a Dios si deseamos que reciban una llamada de su parte. Parece que con este aviso –unido con las concretas sugerencias que previamente el ofreció en su artículo publicado en los comienzos de este año- nos está llamando, a los laicos, a comenzar una revolución de santidad si es que queremos reformar a la Iglesia.

Parece que hemos comenzado.

Su excelencia Mons. Athanasius Schneider

[Traducción de Nicolás León. Artículo original]




Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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