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Incluso el realista necesita esperanza

Un optimismo ciego y un pesimismo sombrío son ambos fuente de caos y confusión. El optimista abre las ventanas de la Iglesia al mundo para dejar entrar el aire “fresco”. A medida que el hedor y la inmundicia del mundo ahogan la vida de la Iglesia, el pesimista entonces afirma que todos y todo perecerán. “Las cosas no pueden empeorar”, agrega. El optimista responde: “¡Oh, sí, claro que pueden!” Es un ciclo de falsa esperanza y ruina épica. Confiar en un loco es traicionero. No confiar en nadie es desesperación.

Pero, ¿y el realista? El realista observa las tribulaciones con sinceridad. Efectivamente, en este momento las cosas están mal, y pudieran ser peores. No obstante, incluso el realista debe refrenarse para que la dura realidad no suscite ira y amargura.

Estoy pensando en las realidades del momento presente que enfrentan los fieles católicos. Cristo dijo que un padre sensato no le daría una piedra a un niño que pide pan, o una serpiente en lugar de un pez, o un escorpión por un huevo (Lucas 11: 11-12). Lamentablemente, la realidad actual es que no estamos viviendo en una época de padres razonables. Hemos pedido un año dedicado a San José, pero tenemos un año en honor a “Laudato Si“. Hemos solicitado un retorno unificado al ayuno católico y a la oración para implorar la misericordia de Dios, y en su lugar se nos da un día para unirnos con budistas y musulmanes en pos de buenas ondas emanadas de la divinidad que mejor convenga a nuestros sueños. Hemos pedido un retorno rápido y prudente a los sacramentos, pero nos encontramos amenazados con una distribución sacrílega reinventada de la Sagrada Comunión. Por supuesto, las cosas están mal. Para un realista de corazón, como yo, la gravedad de la realidad con frecuencia aplasta el espíritu.

Como suele suceder, cuando una persona necesita una buena sacudida, Nuestro Señor se vale de un niño para que realice la tarea. Recientemente, una mañana, mi esposa y yo estábamos haciendo un recuento de nuestros sueños, o más bien, de nuestras pesadillas, como resultado de la tensión constante del COVID-19. Mi esposa me explicó cómo en su sueños, la Misa era restituida, pero durante la primera misa se encontraba de inmediato sumergida en un pugilato a gritos con el sacerdote acerca de la selección cursi de los himnos. Por mi parte, yo le contaba como empleaba el tiempo, en mi sueño, esquivando a las autoridades gubernamentales, al tiempo que me escondía en una nevera de leche de la tienda local -con un arma en una mano, y un cartón de leche refrescante en la otra. Nuestro hijo de ocho años que nos estaba escuchando exclamó diciendo: “¡Yo soñé que la abuela esta cabalgando sobre un cerdo en la ciudad!”. Este niño que había estado despojado de visitas a sus amigos y primos, privado de juegos de pelota y viajes a la piscina, y quien además estaba esperando indefinidamente hacer la Sagrada Comunión y recibir la Confirmación (y cuyo traje ya le quedaba pequeño), simplemente soñaba con su abuela cabalgando en un cerdo dentro de la ciudad. Todo lo que pude pensar fue: Quisiera estar soñando con montar cerdos en la ciudad.

Con ello no quiero hacer demasiado énfasis en cabalgar sobre un cerdo -como si incluso eso fuera posible- lo que quiero es poner de relieve la simplicidad y paz de tales sueños juveniles. Este sacerdote, frustrado evidentemente con mis explicaciones realistas de cada cosa, me reprochó diciendo: “¡Tienes que ser un realista, pero un realista con esperanza”! Me avergüenza admitir que esta declaración básica me sorprendió. ¿Un realista con esperanza? Estos tiempos son simplemente, como diría Santa Teresa de Avila, una noche en una mala posada. ¿Cómo puede un realista, en un mundo tan oscurecido por el pecado, tener todavía una esperanza real?

Y, ¿qué es la esperanza? Voy a comenzar diciendo lo que la esperanza no es. La esperanza no es desear algo totalmente desprovisto de realidad. El deseo del Obispo Robert Barron de que todos los hombres puedan salvarse no es esperanza en modo alguno. Puede ser tonto, desviado, optimista, pero no es una esperanza real. Más bien, el Padre Chad Ripperger presenta una prominente definición de esperanza al enunciarla como “la espera de la ayuda divina para alcanzar nuestra salvación”. Dicho en lenguaje pandémico, aunque los medios de sustento estén devastados, la soledad y el estrés hayan proliferado y la vida sacramental haya sido eliminada, la verdadera esperanza no consiste simplemente en esperar que la situación comience a mejorar. Más bien, es la confianza de que en medio del caos y de nuestros débiles esfuerzos por resistir la locura de la Iglesia y del mundo, Dios aún proveerá los medios para nuestra salvación- a pesar de no tener un año de San José, una convocatoria católica unificada a la oración y la penitencia, o la recepción de los sacramentos.

El realista puede decir que la vida es una noche en una mala posada, pero el realista con esperanza tomará nota de la palabra: posada. Es decir, nuestro verdadero hogar es el Cielo; nosotros simplemente estamos en un peregrinaje en medio de un valle de lágrimas. San Pablo escribe: “Quién nos apartará del amor a Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia?  ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La persecución? ¿La espada?” (Rom. 8:35). Incluso, todas ellas no eliminarán la divina asistencia ofrecida. ¡Esta es la verdadera esperanza! Y es tan real como posible.

Concluyo pensando una vez más en mi hijo de ocho años. Aunque tiene prohibido jugar en el parque con sus amigos o chapotear inocentemente en las aguas refrescantes de su lago favorito, y a pesar de que se ha visto forzado a rezar los domingos en la mañana con su papá, quien hojea torpemente las páginas de un misal, tales desventuras no tienen mayores consecuencias sobre la esperanza que posee. Todavía hay árboles en flor para escalar, rayos placenteros de sol que saborear, aventuras innumerables para explorar, y sueños traviesos y serenos que  imaginar. Nunca se atraviesa un pensamiento de que la asistencia divina de un Padre amoroso, el único verdadero Padre, estará ausente. Es tal cual Anthony Esolen tan encantadoramente concibe serán las primeras miradas del Cielo:

Quizás cuando despertemos

Y se borre la película de grandeza de nuestros ojos,

Veremos a un niño pequeño sentado en un lago,

Guiando su caña de pescar con una ligera presión de su pulgar

Quien se vuelve a nosotros sin la menor sorpresa

Para exclamar: “¡Al fin! Pensé que nunca vendrías”.[i]

Esto es mucho más que un sueño agradable. ¡Es verdadera esperanza!

Dan Millette


[i] Anthony Esolen, Defending BOYHOOD (Defendiendo la INFANCIA) (Charlotte, North Carolina: Tan Books, 2019), 195.

[Traducido por María Calvani]

Artículo original

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