Cristo. Más me agradan, hijo mío, la paciencia y la humildad en la adversidad, que grandes consolaciones y ferviente devoción en la prosperidad.

¿Por qué te contrista una cosita que contra ti se dijo? Aunque fuera peor no debiera alterarte.

Déjala pasar, que ni es la primavera, ni cosa nueva, ni será la última, si vives bastante todavía.

Eres muy valiente mientras ninguna adversidad te sucede.

Das buen consejo a otros; más, cuando repentina tribulación llama a tu puerta, se te acaban la fortaleza y el consejo.

Considera la gran fragilidad que sueles sentir en las pequeñas contradicciones. Pero cuando estas y otras cosas parecidas te suceden para tu salvación te suceden.

Olvida esas contradicciones lo más que puedas. Y si te lastimaron, ni te abatas, ni permanezcas mucho tiempo preocupado.

Si no puedes sufrirlas con alegría, súfrelas al menos con paciencia. Aunque no te guste oírlas y te indignes, reprímete, sin dejar que de tu boca escapen palabras indiscretas que a los pequeños escandalicen. Pronto la indignación se calmará, y cuando otra vez te visite la gracia, la amargura de tu corazón se endulzará.

Aún “Vivo yo, dice el Señor” (Is 49,18), y estoy pronto para ayudarte y derramar en ti consolaciones más grandes que de costumbre, si en mí confías y con fervor me invocas.

“Sé más ecuánime” (Bar 4, 30), y disponte a sufrir más todavía.

No estás todo perdido por sentirte a menudo atribulado o violentamente tentado.

Eres hombre, no Dios; carne, no ángel.

¿Cómo podrás tú permanecer siempre en el mismo estado de virtud, si ni los ángeles en el cielo, ni el primer hombre en el paraíso lo lograron?

Yo soy quien levanta el ánimo de los tristes (cf Job 5, 11), y a los que reconocen su fragilidad los elevó al consorcio de mi divinidad.

El discípulo. Benditas sean, Señor, tus palabras, “para mí más dulces que un panal de miel” (Sal 18, 11).

¿Qué haría en medio de tantas angustias y dolores, si con tus santas palabras no me confortaras?

Si por fin llego al puerto de salvación, ¿Qué me importa qué y cuánto sufrí?

Concédeme acabar bien y pasar felizmente de esta vida a la otra. Acuérdate de mí, Dios mío, y llévame derecho a tu santo reino. Amén.

Tomás de Kempis

[Fuente]