Patrística y escolástica

La época patrística representa la fermentación de la teología: los padres eclesiásticos, en el siglo III, empiezan a  profundizar sobre las verdades de  la fe y a presentarlas de manera científica.

San Agustín (430), resume y sistematiza la Patrística oriental y latina en una síntesis grandiosa: da inicio a la Teología Sistemática. La época patrística se cierra con San Juan Damasceno (749). Sin embargo, es solamente con la Escolástica que se alcanza la plena síntesis sistemática entre fe y razón:“La teología nacida con la Patrística tiene como primera piedra angular la obra de San Agustín; con la Escolástica se llega a los más altos niveles de la especulación aguda y serena, en plena armonía de la razón con la fe”, (P. Parente)

La “primera” y la “segunda” escolástica

La “primer escolástica” se inicia con San Anselmo D’Aosta (siglo XI) y llega a su punto más alto con Santo Tomás de Aquino (1.274). Se mueve desde San Agustín e imprime una fecunda especulación sobre los dogmas. Dentro de ella encontramos dos corrientes: una corriente mística, de inspiración platónico-agustiniana propia de los franciscanos, que culmina con S. Buenaventura; y otra corriente de tinte más especulativo, propia de los dominicos que, basándose en Cuatro Libros de las Sentencias de Pietro Lombardo da Novara (1.160)[1], juntamente con el Aquinate, unen platonismo, agustinismo, y aristotelismo en una síntesis suprema: la metafísica del ser como acto supremo de toda esencia.

El Humanismo, el Renacimiento, y el Protestantismo intentan desacreditar a la Escolástica, que había decaído en el trecientos después de Duns Scotto (1308), pero obtienen el resultado opuesto: La Escolástica revive con Jean Capreolus (1.444) quien polemizó con Scotto por defender el tomismo, y con grandes comentadores de la Somma Teologica, como el cardenal Tommaso de Vio conocido como Cajetanus (1.534) y de la Somma contro i Gentili de Francesco de Silvestris conocido como Ferrarensis (1.528). Ellos marcan el pasaje de la “primera” hacia la “segunda” escolástica del seiscientos, la cual es, sobretodo, española y se vuelve analítica con Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Domingo Soto, Domingo Bañez y el portugués Giovanni da S. Tommaso; todos ellos dominicos, además de Francisco Suárez, Ludovico Molina, Gabriel Vázquez y Roberto Bellarmino, jesuitas y suaristas más que tomistas. Ésta es llamada, en sentido estricto, “Segunda Escolástica” y ha desarrollado la filosofía moral, social, o política… y también la polémica antiluterana.

En el setecientos hay otro periodo de estancamiento debido a la irrupción de la filosofía moderna y subjetivista (Cartesio [1.650] y Malebranche [1.715]) con la cual polemiza la “tercera escolástica” o neotomismo, que va desde el jesuita alemán Joseph Kleutgen (1.883) 2[2] a León XIII (aeterni patris, 1879) pasando por los escolásticos italianos hasta nuestros días.

El neomodernismo y el… retorno a las fuentes

El llamado retorno a las fuentes es decir, a los padres eclesiásticos proclamado por la “nueva teología”, es un pretexto para dejar de lado la sistemática claridad sin posibilidad de dudas del tomismo y poder retomar viejos errores que en algún Padre, todavía “pionero en teología” era perdonable, como por ejemplo la apocastástasis en San Gregorio de Niza y Origenes, que fueron retratados, haciendo abstracción desde la refutación hecha por Aquinate y escolásticos posteriores, por los neomodemistas, en particular Jean Daniélou ([Origène, Paris, 1.948], voz «Gregorio Nisseno», en Enciclopedia Católica) y por Hans Urs Von Balthasar que, en sus obras, propaga la apocastástasis de Origenes, siendo más bien el hilo conductor.

He aquí porqué la patrística sola, sin la escolástica, no basta; pero es necesario acompañar a la primera con la segunda, como escribe S. Ignacio de Loyola en las «Reglas para sentir junto a la Iglesia» de sus Ejercicios espirituales. Se entiende entonces el adagio: «Saca a S. Tomás y destruiré la Iglesia». Es aquello que ha buscado hacer con éxito la “nueva teología” con el pretexto de retornar a las sources chrétiennes.

El mérito y la originalidad de la metafísica tomistica

Santo Tomás, “el máximo doctor común o oficial de la Iglesia Católica” (Pietro Parente) en De ente et essentia, cap. 5, explica que: todo ente, o es acto puro de cada composición con la potencia, o está compuesto de acto de potencia. El acto puro (definido también “perfección pura”) es único e infinito, ya que no es recibido, multiplicado y limitado por ninguna potencia. El acto mixto a la potencia es, en cambio, múltiple y finito. Como después, cada ente o es por sí mismo lo que es, o lo es ab alio, entonces el acto puro es un ente por sí mismo (aseitas: ser aquello que se es a se y no ab alio); o sea, no depende de ninguna causa para ser lo que es. Por tanto, el acto puro es encausado y los actos mixtos, en potencia, son causados por el acto puro, que es la primera causa encausadora.

El acto puro es llamado también Dios o aquel que existe por su esencia (Jhawhè o Ego sum qui sum, Exod, III, 15): «Sólo Dios puede decir no solamente: “Yo poseo el ser, la verdad y la vida”, sino:”Yo soy el ser, la verdad, y la vida”.  […] Solamente en Dios la esencia y el ser son una cosa idéntica: In solo Deo essentia et esse sunt idem. Dios solo es el ser mientras, en cambio, todo ser limitado y finito es solo capaz de recibir el ser para participar[3] y, de hecho, existe solo si Dios libremente lo crea y lo conserva.  […]  La esencia finita no es su ser y es realmente distinta de eso. Dios solo, como acto puro, es su ser, él es el ipsum Esse subsistens irreceptum et irreceptivum»[4].

El mérito y la originalidad filosófica de Santo Tomás es haber considerado, ya desde su juventud (el De ente et essentia lo compuso en 1.255 con sólo 30 años de edad, ya que había nacido en 1.225), al ser como acto último/supremo de toda esencia, la cual viene a ser para el ser como la potencia al acto.

Por lo tanto, mientras Aristoletes se había detenido en la composición de materia/forma, potencia/acto, el “Doctor Común” u oficial de la Iglesia lo rebasa e innova con la composición de esencia/ser[5].

Ente por esencia y ente por participación

Posteriormente, en 1.266, con 41 años, retornará sobre el concepto de ser y especificará que: «El ser es acto de cada acto y perfección de toda perfección» (con la «Cuestión disputada», De potentia, q. 7, a. 2, ad 9; y la Summa Theologiae, I, q. 4, a. 1 ad 3). En efecto: «La esencia non sería nada si el ser no la considerara tal» (De pot., q.3. a. 5 ad 2); es decir, el ser hace salir (ex-sistere) la esencia fuera de la nada y de su causa, dándole la existencia. Todo acto que no es puro está compuesto de una potencia participante, el ser, o el acto puro.

Dios es el acto puro de toda potencia o el ser por si mismo subsistente, el ser a se, el Ipsum Esse o aquel Ente que tiene como esencia el ser, mientras todas las otras esencias no son sus seres, pero lo reciben o lo tienen. Dios solo es su propio ser ipsum esse suum, Deus solus est suum esse; todas las criaturas son entes por participación en cuanto sus esencias participan en el ser y, por lo tanto, sus esencias son en potencia respeto al ser, que es el acto último de toda realidad: en resumen, las criaturas son esencias que tienen o paticipan del ser: “Deus est ens per essentiam, et alia per participationem” (S. Th. I, q. 4, a. 3, ad 3). Por esto, en todo ente creado, hay una composición de esencia/ser como también de potencia/acto. En resumen: si Dios es el acto puro de ser (Actus separatus), y las criaturas son entes compuestos de esencia/ser, significa que Dios solo es el ser infinito, perfectísimo (De pot., q. 7, a. 2, ad 9; S. C. Gent., lib. I, c. 28; S. Th., I, q. 4, a. 2), mientras las criaturas son finitas e imperfectas.

El tomismo: confutación anticipada de la filosofía moderna y postmoderna

La noción de ser como acto supremo y la noción de participación, resuelven todos los problemas con los que el aristotelismo y la patristica, aún no sistematizada y completada por la escolástica, no hubiesen podido hacer frente de manera adecuada. Si se piensa, por ejemplo a las cuestiones traidas por la filosofía moderna (desde Cartesio  hasta Hegel, 1.831) como el inmanentismo panteista, que es refutado por el ser por esencia o a se realmente distinto del ente por participación o ab alio, compuesto de esencia y de ser, que no es su ser pero tiene o recibe y participa el ser.

Toda la modernidad, incluso aquella no explicitamente hostil al cristianismo (desde Melebranche, [1.751] a Rosmini, [1.855][6]) así como aquella abiertamente incompatible con la Revelación (Cartesio; Kant, [1.804]; Fichte, [1.814]; Schelling, [1.854] o Hegel) encuentra, primero, una respuesta y segundo, una radical refutación en la metafísica del actus essendi y de la participación. La post-modernidad (desde Nietzesche, [1.900] a Freud, [1.939] y sus sucesores (Escuela de Frankfurt y el Estructuralismo francés), que está caracterizada por un sustancial nihilismo metafísico (gnoseológico y ético) o negación del ser (cognoscible y bueno moralmente), encuentra en la metafísica del ser el dique que se interpone entre aquello que es la nada (hacia lo que tiene la postmodernidad) la cual, por odio satánico contra el ser mismo subsistente o participado, busca destruir el ser por participación, en cuanto existente (enti-cidio), en cuanto cognoscible (razio-cidio) y en cuanto bueno (mori-cidio) del mismo modo que Satanás tienta al hombre o al ente por participción (creado a “imagen y semenjanza de Dios”, inteligente y libre) para golpear indirectamente Dios o el Acto puro, ser por esencia. Por esto, el inmanentismo panteista (orgullo auto-exaltador), el nihilismo teorético (odio auto-lesionista) y el neo-modernismo son confutados in nuce por el tomismo originario. Es aquello que han sacado a la luz la segunda y la tercera escolástica.

Leon XIII, S. Pio X, Pio XII: Tomismo contra modernismo

El Padre Cornelio Fabro escribe que, León XIII, con la Enciclica Auterni Patris (1.879), lanzó el renacimiento del neotomismo en contraposición a la filosofía moderna y subjetivista que bajo, el pontificado de Pío IX y el suyo, había sacado a la luz al tradicionalismo o fideismo francés (De Bonald, [1.840]; De Lamennais, [1.854 d.C; Bautain, [1.867 d.C.]; Bonnetty [1.879 d.C.]), el ontologismo italiano (Gioberti [1.852 d.C.] y Rosmini [1.855]) y el neo-idealismo germánico (Hermes, [1.831] y Günther, [1.863]). El Papa Pecci invitaba a desconfiar de toda síntesis entre doctrina cristiana y filosofía moderna y a presentar el tomismo como la antítesis completa del subjetivismo inmanentista el cual, con Feurbach (1.872), había comprendido muy bien que la doctrina teológica a destruir era justamente el tomismo (cfr. Essencia del Cristianismo) para remplazarla con el “nuevo Cristianismo”.

San Pío X estimuló el estudio sistematico del tomismo para hacer frente al modernismo con la Pascendi (8 de septiembre de 1.907) y con la enciclica Sacrorum Antistitum del 1 de septiembre de 1.910: alejarse del Aquinate, especialmente en el campo metafísico, no es más que un gran daño. Un pequeño error al principio, y grande al final, con el Motu proprio doctoris angelici del 29 de junio de 1.914 y, finalmente, con el elenco de 24 puntos o tesis de la filosofía tomista, redactada por Guido Mattiussi (1.925) y por Mons. Biagiole di Fiesole, hechas publicar por la S. Congregación de los Estudios el 27 de julio de 1.914. Benedicto XV les dió fuerza de ley introduciendo en el CIC la obligación para todas las escuelas católicas de seguir los principios de Santo Tomás en filosofía y teología (Can. 580 § 1 y Can. 1366 § 2). Pío XI, en la Constitución Apostólica Deus scientiarum Dominus del 1.931, reafirmó el valor de los sucitados cánones del CIC. El padre Fabro concluye[7] que, se ha de tener la seguridad de que la distinción real entre esencia y ser como acto supremo pertenece a la naturaleza del tomismo, mientras que alejarse de ella, como esbozaba S. Pío X en el Motu Proprio Doctoris Angelici, es peligroso pues, si se abandona la via tuta, la via segura, para llegar a la verdad, se arriesga a perderse.

En fin, el 12 de agosto de 1.950 Pío XII, en la Humani Generis, condenaba el neomodernismo[8], que había realzado la cresta en los años treinta-cuarenta. El padre Garrigou-Lagrange, que contribuyó materialmente con la Encíclica, escribe que: «El error fundamental de éste es el relativismo filosófico, el cual conduce al relativismo dogmático. (…) ¿Dónde tiene origen este relativismo, que tuvo su influjo en estos últimos tiempos en algunos ambientes católicos? Esto deriva, sea desde el empirismo sensista, sea desde el kantismo, sea desde el idealismo evolucionístico de Hegel (…). Este relativismo filosófico ha influido en algunos teólogos (…) y tiende a aparecer siempre más en algunos ensayos de la “nueva teología” (o neomodernismo) en los cuales se dice que las fórmulas dogmáticas a largo plazo envejecen, no están más de acuerdo al progreso de la ciencia y de la filosofía, y entonces deben ser sustituídas por otras declaraciones “equivalentes” pero que son igualmente inestables (…). Alguna vez se ha dicho directamente que es necesario bautizar a los sistemas filosóficos modernos, como Santo Tomás hizo con el sistema aristotélico. Pero, para hacer esto, son necesarias dos cosas. Sería necesario, sobretodo, tener el genio de Santo Tomás y luego sería necesario que los sistemas filosóficos fueran capaces de ser bautizados. Para ser bautizados es condición que haya un alma racional. Un sistema que se funda, enteramente, sobre un falso principio no puede ser bautizado[9]». Por ejemplo, el materialismo, que niega el alma, no puede ser bautizado; y así también el espiritualismo idealista, que niega la materia. En efecto, el alma del neonato presupone un cuerpo para informar. El ángel, que no tiene cuerpo o el muerto, cuya alma le ha abandonado, no pueden ser sujetos del bautismo.

Potencia asimiladora y confutativa del Tomismo

A aquellos que quieren “bautizar” los sistemas filosóficos modernos responde el padre Cornelio Fabro (en torno a la noción tomisma de contingencia, en Revista de filosofía neoescolástica, 1.938, p.132 ss.) afirmando que: la distinción real de esencia/ser y la noción de participación, centro del tomismo originario, son la condena del imanentismo como derivación teológica (modernismo) y al, mismo tiempo, son la definición de criatura como ente contingente y finito del Creador, como ser necesario e infinito. La composición esencia/ser, refuta todo antropocentrismo imanentista y panteista que es la base de la modernidad subjetivista (Cartesio-Hegel) y de la post-modernidad voluntarista y niquilista (Nietzsche-Freud, Escuela de Frankfurt/Estructuralismo frances).

Al mismo tiempo, el padre Reginaldo Garrigou-Lagrange escribe que: «El tomismo puede ser similar a aquello que hay de verdad en las distintas tendencias existentes en la filosofía contemporanea, retirando cuanto hay de falso (…). Por ejemplo, el materialismo es verdadero cuando afirma la existencia de la materia, pero es falso cuando niega el espíritu; y vicecersa el espiritualismo (…). El tomismo se opone profundamente al kantismo y a las concesiones que derivan del mismo[10]». Además agrega que, el nihilismo, el cual ha declarado “Dios ha muerto”, es una consecuencia lógica y última de la negación sofistica e idealista del principio de no contradicción, el cual es dependiente; y ninguno puede sotraerse de esto, pues: “¿Puede Hegel ser Hegel, y, al mismo tiempo y bajo la misma relación, no ser Hegel? Si se pone en duda este principio, se llega al nihilismo completo (…) Es hacer una afirmación que se niega si misma y esto quiere decir, que se destruye todo lenguaje y se admite que no se puede hablar; todas las palabras serían sinónimos (…). Se desemboca así, en el nihilismo doctrinal, moral, estético, en el nihilismo completo y no hay más nada, ni ser, ni unidad, ni verdad, ni bien, ni mal, ni devenir, todo desaparece[11]».

Potencia constructora del Tomismo

León XIII, en 1.879, sostuvo el renacer del Tomismo. «El programa de Papa Pecci era la construcción de una “nueva” civilización cristiana: veía en la filosofía (de S. Tomás) un muro importante e insustituible en la construcción del nuevo edificio. Ella podía dar una ayuda indispensable a sugran diseño, que no se diferenciaba de aquel de su predecesor, Pío IX: la restauración de la sociedad según los principios cristianos. Pero León XIII (…) había comprendido que la restauración de la sociedad cristiana, pasaba por la restauración de la inteligencia cristiana y que era en vano emprender la reconstrucción de un orden social integral, que sería el objeto de sus grandes encíclicas sucesivas, desde Inmortal Dei e Libertas praestantissimum alla Rerum novarum, si antes no hubiese habido una rigurosa base de disciplina del pensamiento, a imponer en todas las escuelas católicas. En otras palabras: el contragolpe del tomismo de León XIII estaba ciertamente inspirado por una intención filosófica, pero  que superaba ampliamente “el Tomismo de los profesores”, ya que él estaba convencido de que el problema de una filosofía cristiana y de una política cristiana no son más que un aspecto especulativo y la fase de práctica de un mismo problema. Tal proyecto estaba (…) encaminado a reconquistar, para el Catolicismo, el terreno perdido desde el siglo XVIII en adelante[12]».

En el  siglo XX, en efecto, hubo grandes filósofos tomistas que han examinado minuciosamente el pensamiento del Doctor oficial de la Iglesia y lo han empleado para refutar o invalidar los errores del siglo, y mucho más del modernismo, y para construir una filosofía política capaz de hacer reinar a Cristo en la sociedad.

Thomas

[Traducido por Fernando Suárez]

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[1] Una Summa del fior fiore de la patristica, escrita entre el 1.148 y el 1.152, en la cual Pietro Lombardo recoge: la doctrina de los Padres sobre Dios Trino como fin último en el primer libro; la creación del hombre y de los ángeles como medios a Dios y la gracia, en el segundo; en el tercero el verbo encarnado, las virtudes y los mandamientos y los sacramentos y los novedosísimos en el cuarto. Cfr. De ghellineck, J. (1948) Le mouvement théologique du XIIme siècle, 2a ed., Bruges-Parigi; Id., voz “Pierre Lombard”, in D. Th. C.

[2] Contrario a todo tomismo mezclado con el apriorismo kantiano e incluso con el hegelismo, escribe un manual, Die Philosophie der Vorzeit vertheidgt en dos volúmenes (Münster, [1860-63]; rist. Frankfurt, [1966]), traducido al italiano (1866-1868) con el título La filosofía antigua expuesta y defendida, para dar la idea de refutación de los falsos sistemas filosóficos, y también la exposición sistemática de la veraz filosofía tomística.

[3] “PARTICIPACIÓN” de partem capere; significa recibir o tener una parte limitada del ser mismo subsistente: Dios quiere estar participado por el mundo creado, el cual es el participante o el efecto de Dios. La “Participación” funda también la “Analogía” en cuanto se basa sobre la semejanza/no semejanza (participante/participado) entre causa y efecto. Los entes creados (o por participación) participan, o sea tienen una parte de aquel que es el ser por esencia, (In Johannem, Prol nº 5).

[4] GARRIGOU-LAGRANGE, R., (1953). La síntesis tomística, Brescia. Queriniana. Págs. 393 y 405.

[5] Nótese que, hasta el fin del cuatrocientos, el texto base para el estudio de la teología, también para los Dominicos era el Libro de las Sentencias de Pietro Lombardo da Novara (1.160). Sólo en el quinientos la Summa teologica de S. Tomás deviene texto oficial de escuela. Sin embargo, había una especie de falta de método crítico que hacía atribuir al Angélico los opúsculos espurios. Allí donde por la distinción real de ser y esencia uno se rehacía al agustiniano EGIDIO ROMANO (que la negaba contrariamente a lo escrito por el Aquinate, y muchos tomistas, pero no todos lo siguieron). Cfr. Fabro, C., (1941), Neotomismo y Suarezismo; rist. Segni, Edizioni Verbo Incarnato, 2005, págs. 95-103. Más allá de eso, los grandes comentaristas del Aquinate (Capreolo [1.444];  Ferrarense [1.528]; Gaetano [1.534];  Bañez [1.604];  Giovanni da S. Tommaso [1.644]) han afirmado la distinción real entre ser y esencia (negada por Suárez) incluso sin profundizar sobre el concepto de acto de ser realmente distinto de la esencia como acto supremo de cada acto, esencia y perfección de toda perfección. (Cfr. Fabro, C., Enciclopedia Católica, (1954). Ciudad del Vaticano, vol. XII. Voz «Tomás de Aquino», col. 285-286).

[6] Incluso desde el punto de vista de p. Maréchi y Rahner, también Juan Pablo II, en su encíclica de 1.980 Dives in misericordia nº 1 escribió que: «Mientras varias corrientes del pensamiento humano en el pasado y en el presente fueron y continúan siendo propensas a dividir, e incluso contraponer el teocentrismo con el antropocentrismo la Iglesia (del Concilio Vaticano II, ndr) (…) busca la conjunción de manera orgánica y profunda. Y este es uno de los puntos fundamentales, y quizás el más importante, del “magisterio del último concilio». También aquí la distinción entre “esencia/ser” y entre “ente por participación/participado”, separan netamente y en forma irreconciliable teo y antropo/centrismo. Visto que uno solo es el acto puro, no mixto a potencia, no compuesto de ser y esencia, que es su mismo ser, mientras el mundo y el hombre están compuestos de potencia/acto, esencia/ser, con entes por participación, tienen el ser, son  realmente e infinitamente distintos del ser mismo subsistente por su esencia. Como se ve el Tomismo veraz y originario es el reparo a cada error antiguo revestido nuevamente.

[7] Idem, col. 289

[8] GEMELLI, A. ; GARRIGOU-LAGRANGE, R. ; OLGIATI, F. ; CALVETTI, C., (1951). Commentario a la Encíclica « Humani generis » Vida y pensamiento, « Publicaciones de la Universidad Católica del S. Corazón », fascículo 1°. Milán. Cfr. también el « Comentario a la Encíclica Humani generis» en  Euntes Docete, Roma, Propaganda Fide, fascículo 1° y 2°, 1.951.

[9] La sintesis Tomistica, cit,, págs.541, 542, 543, 547.

[10] La sintesis Tomistica, (1953). Brescia, Queriniana. Págs. 383, 384, 385.

[11] Ivi, pág. 495. CORDOVANI, M., (1.924). La actualidad de Santo Tomás. Milán.

[12] MONDIN, B. (1998). Historia de la metafísica, 3°vol. Bolonia, ESD. Pág. 652.

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