Al paraíso te lleven los ángeles. A tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén (De la Liturgia de difuntos)

«Después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos, que están en el purgatorio, porque conviene que la Iglesia militante, después de haber honrado e invocado con una fiesta general y solemne el patrocinio de la Iglesia triunfante, acuda al alivio de la Iglesia purgante con un general y solemne sufragio» (Catecismo Mayor).

I. En el libro de los Macabeos leemos cómo Judas, pensando en la futura resurrección de los soldados caídos en la batalla contra Gorgias, gobernador de la Idumea, ordenó que fueran ofrecidos sacrificios para alcanzarles la purificación del pecado cometido.

«Y encontraron debajo de la ropa de los que habían sido muertos algunos de los objetos consagrados a los ídolos que había en Jamnia, cosas prohibidas por la Ley a los judíos; con lo cual conocieron todos evidentemente que esto había sido la causa de su muerte» (v. 40). Habían cometido una culpa que necesitaba perdón de Dios pero a pesar de ello, Judas «consideraba que a los que habían muerto después de una vida piadosa, les estaba reservada una gran misericordia» (v. 45). Se refiere, precisamente, a los soldados que habían cometido el pecado que señala el v. 40 pero que morían en defensa de la fe de Israel. Es decir, se trataba, de un pecado leve (por ignorancia de la ley o por conciencia errónea) o, al menos, de un pecado grave del que se arrepintieron antes de morir. Por tanto, el perdón podía ser obtenido en la otra vida a base de las expiaciones ofrecidas en la tierra.

La tradición cristiana ha considerado este texto como demostrativo de la existencia del Purgatorio. «Todo este pasaje es el testimonio más explícito de la existencia de un purgatorio para los que mueren en gracia de Dios, pero no tienen suficientemente pura el alma, y de la eficacia de los sacrificios y de las oraciones ofrecidas por su salvación» (Schuster-Holzammer). Es, además, un testimonio de la fe en la inmortalidad y la resurrección (cfr. Mons. Straubinger, La Santa Biblia, in 2 Macabeos 12, 43-46.

II. La Iglesia llama Purgatorio a la purificación final de los elegidos, que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el cielo. 

«Es una idea piadosa y santa rezar, por los difuntos para que sean liberados del pecado» (v. 46). Sostenidos por esta verdad revelada por Dios, sabemos que podemos aliviar en sus penas a las almas del purgatorio con oraciones, limosnas, toda suerte de buenas obras, indulgencias y sobre todo, con el santo sacrificio de la Misa que los sacerdotes ofrecemos en sufragio del alma de los difuntos: «para que sean liberados del pecado».

En la Conmemoración de todos los fieles difuntos (2-noviembre) hemos de aplicar nuestros sufragios, no sólo por las almas de nuestros padres, amigos y bienhechores, sino también por todas las otras que están en el purgatorio. 

III. «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». Con estas palabras respondió Jesús a propósito de dos casos semejantes que sucedieron entonces, matando Pilato de repente a ciertos galileos y cayéndose la torre de Siloé sobre 18 hombres (cfr. Lc 13, 1-9).

«Que es decir: cuando viereis morir algunos de repente y con muerte desastrosa, no os aseguréis vanamente, diciendo que esto les sucedió por ser grandes pecadores; porque os digo de verdad que cualquier pecador, aunque no sea tan grande, si no hace penitencia, es digno de este castigo y vendrá a perecer como éstos perecieron» (padre Lapuente, Meditaciones).

En el momento de la muerte se aprecia la vida tal cual es. Se acaba la vida de los sentidos y se encuentra el hombre más cerca de Dios. Pero entonces será tarde. Hoy, en cambio, la consideración de la verdad de la muerte puede influir en los actos de nuestra vida al pensar que también nosotros hemos de presentarnos al tribunal de Dios para darle cuenta de toda nuestra vida.

Vivir en gracia santificante es lo único importante a la hora de la muerte. El resto de las cosas de este mundo debemos considerarlas como medio y no como fin. Usemos de ellas en cuanto llevan a Dios y rompamos con aquellas que nos alejan de Él. Examinemos si nuestras manos están llenas de obras hechas por amor al Señor, o si, por el contrario, una cierta dureza de corazón o el egoísmo de pensar excesivamente en nosotros mismos impide que demos a Dios todo lo que espera de cada uno.

Ante la muerte, lejos de ahogarnos en preguntas que no tienen respuesta, pedimos a Dios que aprovechemos cada día más de nuestra vida como una ocasión de gracia para poner en práctica la invitación de Jesús a la conversión, para abrirnos al mensaje de esperanza que se encierra en la Cruz de Cristo.

A la Virgen María, a su intercesión y a sus méritos, nos acogemos: que preparare nuestras almas para recibir al Señor que llega en los acontecimientos de nuestra vida y en el encuentro definitivo, el día que cerremos nuestros ojos a este mundo con la esperanza de contemplar a Dios por toda la eternidad.

Padre Angel David Martín Rubio