El título de este breve artículo causa de entrada sorpresa, y precisamente esa es la sensación que se pretende, para llevarnos al fondo de la reflexión sobre la caridad. Entremos en la escena evangélica narrada en Mateo 25 (juicio universal) y penetremos en la misma para escuchar de viva voz de Jesucristo aquellas palabras en las que Él mismo se vincula por completo a la suerte de los más desfavorecidos: “cada vez que disteis de comer al hambriento, conmigo lo hicisteis”, y eso igual para calmar la sed, visitar al enfermo, ver al preso en la cárcel…etc. Son dignos de ir al cielo, a la eterna salvación y reino eterno de amor, todos aquellos que vivieron la caridad con el prójimo pues de ese modo con Cristo lo hicieron. Pues Dios nos ama a todos, pero de manera especial a los que sufren de modo injusto, y siendo Dios padre de todos, sus hijos predilectos son aquellos que nombra Cristo en esa parábola del juicio de las naciones. 
          Desde esa fundamentación bíblica, vivamos, o, al menos, tratemos de vivir el amor fraterno como quiere Dios, o sea, desde la caridad participada en la Iglesia y no desde una ambigua solidaridad inserta en una ONG. Pues ni la caridad es mera solidaridad y ni la Iglesia es una empresa de fines de interés temporal. El concepto solidaridad es sobre todo jurídico y contractual: las partes solidarias de un acuerdo establecen mutuos derechos y deberes, de forma que el incumplimiento de una parte puede generar el abandono de la otra. El término solidaridad ha entrado en nuestra Iglesia, en nuestro vocabulario, como efectos de la secularización negativa y mimetismo de la Iglesia con el mundo posmoderno. La caridad está muy por encima de la solidaridad, que a su vez está contenida en ella. Caridad es dar, darse, sin tasa y sin medida, desde un amor que no exige respuesta aunque si la espera. Revisar el himno a la caridad de Pablo a Corintios, es entrar de forma preciosa en su contenido comprometido, generoso y eterno.
          Además, la Iglesia no es una ONG, aunque muchos desearían que fuera así. La Iglesia, al vivir la caridad, no solo procura el bien material del desfavorecido, sino que lo acompaña a la vida eterna donde ya no habrá ninguna necesidad del cuerpo o del alma. Llevar a Dios todas las almas, esa es la mayor caridad que vive la Iglesia, y en ese camino entra no solo la labor social sino también la formación evangélica y la celebración sacramental. El sacerdote, hay que decirlo bien claro, no es un “hombre del pueblo” sino “un hombre PARA el pueblo”. Y la diferencia es sensible y casi esencial. Un sacerdote “del pueblo” se queda en el ámbito de lo material y social, pues no reconoce que su vocación viene de Dios a través de la Iglesia. Un sacerdote “para el pueblo” sabe que es “de Cristo” y que se ofrece al pueblo para ayudar a todos a parecerse a Cristo, y en esa labor se incluye la caridad como centro y motor de su ministerio de servicio. Un sacerdote “del pueblo” corre el riesgo de vivir la caridad solo desde la solidaridad, y claudicar la doctrina y principios ante la avalancha de una cultura posmoderna alejada y contraria al evangelio. 
          Nos encomendamos a la Virgen María, consoladora de los que sufren , para que gracias a su guía en nuestros corazones, vivamos la gran virtud teologal de la caridad y nos mueva a hacerlo Cristo y el prójimo, pero siempre por Cristo y en Cristo.
Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".