El título de este breve artículo requiere una respuesta meditada con posibilidad de, si cabe, revisión y reversión. Todos los que somos y nos sentimos cofrades debiéramos preguntarnos si lo somos como consecuencia de ser católicos o. si por el contrario, priorizamos nuestra pertenencia a una hermandad al mismo compromiso que por el bautismo tenemos como hijos de Dios.

Desde el dato frío, e indiscutible, de la estadística diocesana, tenemos en primer lugar la impresionante cifra de 535 hermandades ubicadas a lo largo y ancho de nuestra provincia de Sevilla. Obteniendo el dato del número de hermanos, sucede que casi la tercera parte de la población sita en la diócesis es miembro de una hermandad; además, muchos de estos hermanos lo son a su vez de otra u otras hermandades ya sean de penitencia, gloria o sacramentales. Hasta aquí todo parece ser grato y esperanzador en pleno contexto cultural laicista que trata de reducir la expresión religiosa a lo más íntimo y privado de cada persona. El problema, de por si inquietante, es que en esta misma diócesis sevillana el porcentaje de asistencia a Misa dominical no llega, si acaso se acerca, al diez por ciento. O sea que una gran mayoría de cofrades no viven el mínimo compromiso que, por mandato divino y eclesial, se pide a los que proclamamos la fe cristiana. Si extendemos el estudio a la práctica del sacramento de la confesión, entonces el porcentaje se sitúa bajo mínimos. Y si además constatamos que una cantidad sensible de cofrades viven en situaciones de vida irregular (o sea en condiciones objetivas de pecado mortal) como parejas de novios conviviendo juntos antes de casarse y/o divorciados vueltos a casar sin nulidad reconocida, debemos concluir que algo grave está sucediendo a la hora de asumir el ser cofrade como opción autónoma (o casi independiente) de ser católico. Y el primer paso para revertir esta situación es darse cuenta del peligroso error que lleva implícito la misma.

Es pues fundamental asumir el ser cofrade como una derivación natural de ser y sentirse católico. Comprender, y dar gracias a Dios, de que el bautismo como principal sacramento nos ha dado la misma fe y la vocación a la santidad común a todos los hijos de Dios. Esa vocación nos invita a llevar una vida de semejanza con Cristo, respondiendo con nuestro amor finito al infinito Amor de Dios, y avalando la verdad de ese amor con la caridad fraterna para y por el prójimo donde, sobre todo en los que más sufren, debemos ver el rostro de nuestro Señor. Para hacer ese camino cristiano, personal y a la vez comunitario, Cristo nos ha regalado la Iglesia (su mismo Cuerpo) con sus sacramentos, y el gran don de la Palabra Divina válida para todos los tiempos. Una vida cristiana sincera, integrada por la celebración sacramental que es indispensable (cuyo centro es la Eucaristía y la Confesión) y por la filiación leal a la Iglesia de Cristo, nos puede llevar como justo sentido a un compromiso con una cofradía donde nos santifiquemos y cooperemos a la santificación de los demás. El camino ha de ser ese y no el contrario. Si acudo a una hermandad siguiendo el mero instinto, superficial de por si, de una tradición familiar o popular, y no valoro la fe (y la vida de la fe) ni respeto el referente moral de la Iglesia, entonces estaría viviendo un cristianismo de teatro o folklórico sin raíces morales y sin frutos de amor al prójimo aunque me pusiera el disfraz de la solidaridad.

Seamos pues cofrades por ser católicos, y no católicos como débil consecuencia de ser cofrades.

Padre Santiago González

Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".