la vida en las manosVivimos inmersos en un mundo donde se valora ante todo lo útil, lo práctico, lo productivo. Nuestra sociedad es eminentemente consumista. Al alcance de todos está el poder adquirir cualquier cosa, pagando el precio fijado.Ni siquiera las personas escapan a esta ley de la oferta y la demanda. Muchos son “apreciados” más por lo que tienen que por lo que son. Se desvalora lo que no es rentable. No hay apenas lugar para el servicio desinteresado, para lo gratuito y menos para la admiración, contemplación o acción de gracias. Hay quienes están convencidos que todo lo que ellos son y tienen se debe solo a su esfuerzo Sería bueno que alguna vez, reflexionáramos y descubriéramos que lo más importante que hay en cada persona, no es fruto precisamente, del esfuerzo o mérito propio. Es un don, un regalo, algo no debido. Me quiero refiero al hecho mismo de la propia vida. Para un creyente la vida es el don, el regalo más valioso otorgado por Dios, el Autor y Dador de vida y de todo bien. Bernanos ha escrito atinadamente: “Todo es gracia.” ¡Cuán cierto!. Lo que pasa es que no se cae en la cuenta. No reparamos en ello. ¿Cómo se explica que haya tanta gente, que no ha descubierto la bondad divina que se manifiesta y hace presente dentro y fuera de cada uno, tanto en el macrocosmos, como en el interior del propio ser y el microcosmos?. El Dios cristiano – el Enmanuel y el Uno Trino, está tan cerca y dentro de nosotros, que casi nos pasa desapercibido. Andamos distraídos. No nos paramos a saborear con admiración y con gozo, el don inigualable de la vida. ¿Por qué no abundan más las personas que alaben, bendigan y den gracias de todo corazón a Dios, simplemente por vivir y sentirse disfrutando la propia existencia? ¿Por qué no cantar reconocidos al Dios de todo viviente, una alabanza continua y emocionada por el regalo cotidiano de nuestra vida?. El lenguaje de la Iglesia, ha escrito Xabier Barsurko, recurre al don de la vida, cuando hay que enfrentarse con el aborto, el suicidio, la eutanasia o violencia terrorista. ¿Por qué no habituar a los creyentes a amar y agradecer la vida, don admirable de Dios, introduciendo como motivo explícito y constante en el desarrollo de la plegaria eucarística? Sería la mejor escuela de Biofilia. Cada mañana al despertar volvemos a gozar del regalo formidable de la vida, que se nos entrega sin nada a cambio. ¡Qué maravilla! ¡Deo gratias!.

Padre Miguel Rivilla San Martín