Hace más de cuarenta y cinco años conocí a un joven que con el paso del tiempo se hizo un amigo del alma. Cuando tenía algo más de treinta años, y debido a sus muchas ideas, llegó a ser uno de los que ahora conocemos con el nombre de “emprendedores”. Era un hombre práctico, que iba al grano y cuando le preguntabas algo de negocios sabía darte su sincera y certera opinión. Conforme se fue haciendo famoso, otras personas acudían a él para pedirle consejo en los temas en los que era un experto. Con el tiempo acuñó una frase que yo posteriormente hice también mía: “El que tenga una buena idea que la ponga por obra”. Es verdad, no es suficiente con presentar soluciones a los miles de problemas que todos tenemos. Si las ideas quedan en su mundo –en el mundo de las ideas- nunca se hacen realidad, y como consecuencia los problemas no se solucionan. Como nos dijo el apóstol Santiago: “Una fe sin obras es una fe muerta” (Sant 2:17)

Hoy día, como consecuencia de la profunda crisis que está sufriendo la Iglesia, encontramos a muchos que dan ideas: “Lo que tiene que hacer el Papa es…”, “lo que tienen que hacer los obispos es…”. Siguiendo las directrices de mi amigo emprendedor yo les diría a esas personas: Me parece muy bien lo que usted dice; pero, usted ¿qué hace para arreglar los problemas que tanto critica? Los toros se ven muy bien desde la barrera y el futbol desde las gradas, pero si usted quiere meter un gol tiene que bajar al campo de juego.

Algo parecido, salvando las distancias, ocurre en la vida real. Si usted se da cuenta de que hay muchos problemas en la Iglesia y se limita solamente a denunciarlos sin hacer nada para solucionarlos, permítame que le diga, es un hipócrita. Como dice el refrán: “Consejos vendo que para mí no tengo”. No tenemos “derecho” a criticar si luego no nos esforzamos en solucionar lo que esté en nuestras manos. Criticar es muy fácil, nos sale solo. Uno no puede poner verde “a los curas” y luego seguir viviendo en pecado grave. Jesucristo criticó duramente a escribas y fariseos; y luego, fue Él el primero en morir en la cruz. Por esa misma razón Él nos puede pedir: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5:48).

Aunque las cosas se pongan muy mal, nadie nos impide ser santos; es más, cuanto peor se pongan las cosas más fácil será conseguirlo. Y si no lo conseguimos, la culpa no será de los demás, sino solo nuestra. No en vano nos dijo Jesús: “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Mc 8:34).

Con mucha frecuencia tendemos a culpar a los demás de los males de nuestro mundo (políticos, economistas, religiosos), pero con muy poca frecuencia vemos en nuestra mediocridad una de las causas de esos males. Con nuestros pecados contribuimos al mal, del mismo modo que con nuestras virtudes contribuimos al bien. Eso es lo que en teología se llama “la Comunión de los Santos”.

Por otro lado, si nos esforzamos –con la ayuda de Dios- por ser santos, podemos estar seguros que no seremos atrapados por las tinieblas que dominan nuestro mundo; pues “el que se sigue no anda en tinieblas” (Jn 8:12). No sólo no estaremos en medio de la oscuridad, sino que nos transformaremos en “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5:13ss). Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se salará? (Mt 5:13).Cada uno de nosotros ha de actuar de acuerdo a su propia posición y responsabilidad dentro de la Iglesia (Lc 12:48). Todos seremos parte de la solución si luchamos realmente por la santidad personal.

Siguiendo, pues, los consejos de Cristo, luchemos por ser santos y así podamos salvar a nuestra querida y amada Iglesia. Y recordemos siempre que la lucha será hasta la sangre (Heb 12:4), y que hay demonios que no se echan sino con la oración y el ayuno (Mt 17:21)

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com