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La comunión de los Santos

Una de las mejores cosas que me han pasado en la vida han sido mis abuelos. En concreto mis abuelos maternos, a los que adoro y quiero. Ellos han sido para mí unos padres más, pero unos padres puros y buenos. Y no les podré pagar en vida el bien que me han hecho.

Con dolor compruebo cada día que la mecha se les acaba. Los veo apagarse, a pesar de que Dios les ha dado una vejez envidiable, una salud de hierro y una mente preclara y todavía muy viva. No quiero que se vayan. No quiero. Pero sé que antes o después, y no ha de quedar mucho, mis abuelos se irán y yo dejaré de verlos. Un desgarro seguramente indescriptible sentiré entonces por dentro (mis ojos se empapan mientras escribo estas líneas con solo pensarlo). Pero la vida es así. Los grandes cuadros de Valdés Leal o Jacques Linard nos hablan precisamente de la caducidad de la vida y del tempus fugit. Nos recuerdan que venimos a la vida para prepararnos a morir.

Yo rezo por mis abuelos a diario y, si Dios me da fuerzas, seguiré rezando por ellos cuando se hayan ido, hasta que sea yo quien cruce el umbral que a todos espera. No puedo hacer menos. Algunos creyentes, sin embargo, no creen que pueda hacérseles bien alguno a los difuntos (y si me apuran, tampoco a los vivos). ¿Quién no ha oído la frase: «lo que tengas que hacer por alguien, hazlo mientras viva»? ¿Y después no? La fe del cristiano no es ésa. El bien se hace en esta vida, y después de ésta también. Y, además, los bienes no son todos materiales. De hecho éstos son los que con el tiempo menos valoramos. Mis abuelos me han dado sin duda multitud de bienes materiales, pero no me siento afortunado por los bienes de esa clase, sino por las lecciones que me han dado para poder ser hoy un hombre como Dios manda. Este patrimonio que poseo de ellos es de otro orden. Y el cofre en el que lo guardo es mi propia alma.

Puedo decir por lo tanto que ellos han sido mis maestros espirituales. Su influjo me ha calado. Su bondad me ha moldeado. Algo bueno, sin duda, se me ha pegado de mis abuelos. En este sentido puedo decir que también soy obra o resultado de ellos. Y ellos, asimismo, consecuencia del bien que yo les haya aportado.

La Iglesia no es más que eso, la comunión de los santos, un cuerpo formado por muchos fieles que se influyen y se tienden la mano. Pues de forma espiritual, o mística si se quiere, los creyentes forman un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo, y por eso el bien de los unos se comunica a los otros. De forma similar del alimento que ingerimos participan todos los miembros de nuestro cuerpo, pues todo nuestro organismo se beneficia de lo que comemos.

Pero una Iglesia infectada de modernismo ha extendido en las últimas décadas una idea que no favorece en nada esta transfusión de bienes entre sus miembros. Ahora se dice que la Iglesia somos todos. Todos los creyentes, pues solo faltaría que también lo fueran los que ni siquiera están bautizados. Pero con esta idea de que la Iglesia somos todos los fieles, se da por supuesto, entre las gentes más humildes (que son la mayoría), que la Iglesia es únicamente el conjunto de los creyentes vivos de cada siglo. Esto, antaño, era únicamente la Iglesia militante; porque hay una Iglesia militante, que es la que en cada momento histórico experimenta la prueba; la Iglesia purgante, que se purifica y aguarda la hora en la que luzca inmaculada para poder ingresar en el Cielo; y la Iglesia triunfante, que ya goza de la gloria eterna y contempla a Dios cara a cara.

Pero estas realidades trascendentes quizá sean demasiado opacas para personas que ya no alcanzan más que la distancia que hay entre ellos y el televisor de casa. Personas que, considerándose creyentes, se creen más bien las tontadas que escuchan en la tele, y no las palabras de Jesús recogidas en el Evangelio. Las ánimas del Purgatorio, el Cielo y el Infierno, supersticiones en las que ya no cree nadie. No están de moda. Y a nadie le apetece que se rían de uno en su cara. Sin embargo, cuando les preocupa de verdad algo levantan la mirada, se encomiendan a Dios y al diablo, mentan a todos los santos, invocan las energías de la tierra, y confían ciegamente en el médico, que no es más que un pobre hombre que como mucho puede retrasar lo inevitable, y que con frecuencia anuncia una enfermedad irreversible que te lleva en dos días al otro barrio.

No creemos en tonterías que no se ven pero echamos mano de ellas por si acaso. ¡Qué triste es la vida, si los que se van se disuelven como la niebla de la mañana! Sin embargo los creyentes nos comportamos como si así fuera. De nada sirve llevar una cruz en el pecho, si el Dios que llevó esa cruz está hecho a nuestra medida y sólo dice lo que queremos que diga. Pero en El Principito, que está escrito para que los más ciegos dejen de serlo, se recuerda una verdad insuperable: «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos».

La fe y la oración no solo mueven montañas, sino que atraen los más increíbles milagros. Estos están al alcance de cualquiera. Son reales. Solo hay que buscarlos. Que nadie espere sin embargo verlos en un telediario. En fin, yo de sobra sé que lo que hago y sufro por Dios da fruto para todos. También para mis abuelos.

¿Por qué no pedimos los unos por los otros y nos deseamos solo lo bueno? ¿Por qué no nos esforzamos para que aquellos que están cerca de nosotros se lleven únicamente lo mejor de nosotros mismos? Para cambiar el mundo me tengo que cambiar yo primero.

Luis Segura




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Luis Segura
Luis Segurahttp://lacuevadeloslibros.blogspot.com
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros

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