Sermón para la dominica sexta después de pentecostés

1. Era tal el atractivo y la dulzura con que nuestro divino Salvador trataba a cuantos le seguían, que se llevaba tras sí millares de personas. Un día se vió cercado de una gran muchedumbre, que habiéndole seguido tres días, no tenían que comer. Y movido a compasión de ellos, dijo a sus discípulos: «Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace tres días están conmigo, y no tienen que comer. Movido por esta compasión, hizo el milagro de multiplicar siete panes y unos pocos peces que hallaron sus discípulos, y de este modo alimentó a toda aquella multitud abundantemente. Este es el sentido literal del milagro obrado por Cristo; pero el místico significa, que no hay manjar ninguno en este mundo que pueda saciar nuestras almas. Todos los bienes de la tierra, las riquezas, los honores, los placeres, deleitan los sentidos del cuerpo; más no pueden saciar al alma, que fue creada por Dios y para Dios, y que solo Dios puede contentar. Por esto quiero hablaros hoy de la vanidad del mundo, y demostraros cuan engañados viven sus amadores; que llevan una vida infeliz mientras viven en él, y se ponen en gran peligro de pasar otra todavía más infeliz en la eternidad.

2. El real Profeta clama contra los mundanos diciéndoles: ¡Oh hijos de los hombres! ¿hasta cuando seréis de estúpido corazón? ¿porqué amáis la vanidad y vais en pos de la mentira? (Psal.IV,3). ¿Creéis, acaso, que encontraréis la paz en los bienes del mundo? Pero, ¿cómo habéis de hallarla, si abandonáis el camino de la verdadera paz, y seguís los caminos de la aflicción y de la infelicidad? Por eso añade David: Todos sus procederes se dirigen a afligir y a oprimir; nunca conocieron el sendero de la paz. (Psal. XIII, 3) Vosotros pecadores, esperáis conseguir la paz del mundo; pero ¿cómo ha de daros el mundo la paz que anheláis, si, dice San Juan, que el mundo todo está poseído del mal espíritu? He ahí que  porque los mundanos viven esclavos del demonio. ¿Ignoran, por ventura, que el Señor declaró, que no hay paz en el mundo para los impíos que viven privados de su gracia?

3. Los bienes del mundo son bienes aparentes, que no pueden saciar jamás el corazón del hombre. Oid estas palabras del profeta Ageo: «Habéis comido y no os habéis saciado». (Aggœi.I,6). En vez de saciar nuestra hambre los bienes mundanos, dice San Bernardo, todavía la provocan más. Y en efecto; si los bienes de este mundo contentasen al hombre, serían enteramente felices los poderosos y los ricos; sin embargo, la experiencia demuestra todo lo contrario: ella nos hace ver que estos son los más desgraciados y que viven siempre oprimidos del temor, de la envidia y de la tristeza. Oigamos al rey Salomón, que abundó en estos bienes, y no obstante, dice: «He hallado ser todo en vanidad y aflicción de espíritu» (Eccl. I, 14). Y no solamente son vanidad y aflicción, sino tormento de la pobre alma que no halla en los bienes de toda la tierra ninguna que la contente, sino que todos la afligen y la llenan de amargura. Este es el justo castigo de aquellos que, en vez de servir a su Dios con alegría, quieren servir a su enemigo, esto es, al mundo que les hace sufrir la penuria de todos los bienes. Leemos en el Deuteronomio: «Por no haber servido al Señor Dios tuyo con gozo… serás hecho esclavo de tu enemigo… y lo servirás con hambre y sed, y desnudez y todo tipo de miserias». (Deut. XXVIII, 47, 48). Así es, en efecto: piensa el hombre que los bienes terrenos podrían saciar su corazón; pero, como a medida que los adquiere conserva el mismo vacío, jamás está contento, y cada día desea más. ¡Dichoso aquél que cifra sus delicias en el Señor! porque el Señor, dice David, le otorgará cuanto desea su corazón. Por eso exclamaba San Agustín: «¿Que buscas en los bienes de este mundo, hombrecillo? Busca aquél bien que los contiene todos». Y habiendo el Santo conocido por experiencia, que los bienes de este mundo no contentan nuestro corazón, sino que le afligen más, volviéndose hacia Dios decía: «En todos hallo aflicción, Tú solo eres mi descanso». San Francisco de Asís, aunque nada tenía con todo, se consideraba el más rico y alegre de todos los mortales, cuando repetía a Dios esta palabras: «Tu eres mi Dios y mi todo». La paz que goza aquél que no quiere más que a Dios, es infinitamente mayor que todo el placer que puedan proporcionar las criaturas; que si bien recrean el sentido, no pueden, sin embargo, satisfacer cumplidamente el corazón del hombre. Esta es la diferencia que hay según Santo Tomás, entre el sumo bien que es Dios, y los bienes de este mundo: «que Dios, cuanto más se posee, tanto más se ama, porque más se conoce entonces su infinita grandeza, y por lo mismo, más se desprecian las cosas mundanas. Pero, los bienes temporales se desprecian desde el punto que se poseen, y deseamos otras cosas que puedan contentarnos». (San Thom. 1, 2, qu. 2, art. 1 ad 3).

4. El profeta Oseas nos advierte, que el mundo tiene en sus manos una balanza engañosa. Es preciso, pues, que pesemos los bienes en la balanza de Dios, y no en la del mundo, que hace que las cosas parezcan lo que no son. ¿Que son en puridad, las cosas de esta vida, o los bienes del mundo? «Mis días -dice Job-, han corrido velozmente más que una posta: pasaron como naves cargadas de frutas». Las naves significan la vida del hombre, que pasa ligera y corre hacia la muerte; pero si el hombre atendió solamente a adquirir bienes terrenos, éstos no son más que frutas, que se marchitarán a la hora de la muerte, y no se pueden llevar a otro mundo. Falsamente -dice San Ambrosio- llamamos bienes nuestros aquellos que no podemos llevarnos nosotros a la eternidad, donde hemos de vivir siempre, y a donde solamente nos ha de acompañar la virtud. Y San Agustín dice: Tú te paras a considerar los bienes que posee aquél rico; pero, dime, ahora que se muere, ¿que cosa de las que posee puede llevarse al otro mundo? (Ser. 13, de Adv. Dom.) Nada más llevarán los ricos después de muertos, que un mal vestido, que se ha de pudrir con ellos en la sepultura; y, regularmente, la codicia de sus herederos eligirá el peor de todos. Y si viviendo habían adquirido grande nombradía, luego que mueren se desvanece como el sonido su memoria. (Psal. IX, 17).

5. ¡Oh! Si los hombres tuviesen siempre presente aquella gran sentencia de Jesucristo que dice: «¿De que le sirve al hombre el ganar todo el mundo, si pierde su alma?» Seguramente que dejarían de amar las riquezas. Porque, ¿de que les servirá a ellas a la hora de su muerte, si su alma es condenada al Infierno por toda la eternidad? ¿A cuantos movió esta sentencia a encerrarse en los claustros, o retirarse a los desiertos, y a exponerse a los tormentos y a la muerte, como hicieron los santos mártires? En la historia de Inglaterra se lle que abandonaron el mundo treinta reyes y reynas, y se retiraron a un claustro para tener una buena muerte. Este mismo pensamiento de la vanidad del mundo movió a San Francisco de Borja a retirarse de él, quien al ver el desfigurado cadáver de la emperatriz Isabel, que había muerto en la flor de su juventud, determinó servir únicamente a Dios, diciendo: «¿Con que este es el fin que tienen las grandezas y las testas coronadas de este mundo? Quiero, pues desde hoy en adelante servir a un amo que no pueda morir»El día de la muerte se llama día de perdición en el Deuteronomio (32, 35). Y lo es en efecto; porque en aquél día hemos de perder y abandonar todos los bienes temporales, todas las riquezas, todos los placeres. Las sombras de la muerte cubren enteramente todos los tesoros y las grandezas terrenas, y reducen a la nada las púrpuras y las coronas. decía sor Margarita de Santa Ana, carmelita descalza, hija del emperador Rodolfo II: «¿Y de que sirve ser el rey a la hora de la muerte?». Y en efecto; la hora funesta de la muerte pone fin a todas las delicias y pompas de la tierra. San Gregorio dice: que son falaces todos aquellos bienes que no pueden permanecer siempre con nocsotros, ni saciar nuestros deseos. (S. Greg. Hom. 15, in Luc.) Al pecador que excita la envidia de los mundanos con sus riquezas y honores, cuando está más deslumbrado con todas sus grandezas terrenas, le sorprende la muerte y deja de existir. Decía David: «Ví yo al impío sumamente ensalzado, y empinado como los cedros del Líbano; pasé de allí a poco, y he aquí que no existía ya».

6. Bien confiesan esta verdad, aunque inútilmente, los infelices condenados en el Infierno, en donde exclaman llorando sin cesar: ¿De que nos ha servido la soberbia? O que provecho nos ha traído la vana ostentación de nuestras riquezas? Pasaron como sombra todas aquellas cosas. En verdad, todo se desvaneció para estos desgraciados y sólo les queda llanto y desesperación eterna. ¡Ea, pues, oyentes míos! abramos los ojos y procuremos salvar esta alma que poseemos, porque si la perdemos, ya no podremos salvarla en la otra vida. Viajando una vez por el mar el filósofo Aristipio, naufragó con su nave y perdió cuanto llevaba; más, como él era apreciado por su mucha sabiduría, luego que llegó a la playa, los naturales de aquella comarca le proveyeron de todo lo que había perdido. Después el filósofo escribió una carta a los amigos que tenía en su patria, en la cual los exhortaba a que procurasen proveerse de aquellos bienes que no se pierden con el naufragio. Esto mismo nos envían a decir desde el otro mundo nuestros padres y amigos que allí están, a saber: que procuremos proveernos en esta vida de aquellos bienes que no puede arrebatarnos la muerte. Porque si hemos atesorado bienes terrenos, en aquélla última hora seremos llamados necios, y se nos dirá lo que se dijo a aquél hombre rico de quien hace mención San Lucas. Este rico había recolectado una buena cosecha en sus campos, y se decía a si mismo: «¡Oh, alma mía! ya tienes muchos bienes de repuesto para muchísimos años; descansa, come, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo al punto: «¡Insensato! esta misma noche han de exigir de ti la entrega de tu alma: ¿de quién será cuanto has almacenado?» Dice: te han de exigir, porque al hombre, no se le ha dado en dominio, de modo que pueda disponer de ella a su arbitrio, sino en depósito, para que la guarde fiel a Dios, y se la devuelva tal, cuando se presente al tribunal del supremo Juez. Y después concluye el Evangelio diciendo: Esto es lo que sucede al que atesora para sí y no es rico a los ojos de Dios. Pregunta San Agustín: ¿Que tiene el rico si le falta la caridad? ¿Y de carece el pobre que la tiene? El que posee todos los tesoros de la tierra y no tiene a Dios, es el más pobre de todo el mundo; pero el pobre que tiene a Dios, todo lo posee, aunque le falten todos los bienes de la tierra.

7. ¡Cosa extraña! Jesucristo dice: Los hijos de este siglo, o amadores del mundo, son en sus negocios más sagaces que los hijos de la luz. ¡Cuántas incomodidades sufren los hombres por adquirir esta posesión, o aquél empleo! ¡Cuánto cuidado ponen en conservar la salud del cuerpo! Consultan al mejor médico, toman las mejores medicinas, observan con el mayor rigor cuanto se les ordena. ¡Y por la salud del alma son tan descuidados los hijos de la luz, esto es, los cristianos, que no quieren sufrir la menor incomodidad! ¡Oh, Dios! a la luz de la candela de la muerte, en aquel tiempo que se llama tiempo de verdad, porque entonces se desvanecen todas nuestras ilusiones, conocerán y confesarán los mundanos toda su locura. Entonces exclamarán: ¡Ojalá hubiese abandonado todas las cosas del mundo y amado solamente a Dios! Estando para morir Felipe II, rey de España, hizo llamar a su hijo, y descubriéndose el pecho roído de gusanos, le dijo: Hijo mío, mira de que modo trata el mundo al fin de su vida , aún a los monarcas . Y murió exclamando: ¡Ojalá hubiese yo sido lego de alguna religión y no rey! Así hablaban a la hora de la muerte hasta los grandes de la tierra, a quien los hombres suelen llamar árbitros del mundo. Pero, ¿de que sirven entonces esos deseos y suspiros, sino para aumentar la pena y los remordimientos a los amadores del mundo, cuando se acaba el drama de la vida?

8. ¿Y que otra cosa es nuestra vida presente sino un drama que termina en un momento? Drama que puede terminar cuando menos lo esperamos, como sucedió a Casimiro, rey de Polonia, que mientras estaba un día en la mesa con los grandes de su corte, acercando una taza a los labios para beber, murió repentinamente y terminó el drama de su vida. El emperador Celso fue asesinado a los siete días después de su elección. Ladislao, rey de Bohemia, joven de dieciocho años, mientras esperaba a su esposa, hija del rey de Francia, y se preparaban las fiestas para recibirla, una mañana fue acometido de un dolor repentino que le quitó la vida: por lo cual se expidieron correos inmediatamente para avisar a la esposa que regresase a Francia, porque Ladislao había terminado el drama de la vida. Esto quiso dar a entender San Pablo cuando dijo: Prœterit figura hujus mundi. (I. Cor. VII, 31) Porque figura quiere decir escena, como interpretó Cornelio a Lápide, cuando comentando aquellas palabras de la Escritura: Pasa una generación y llega otra generación. En cada siglo se mudan los habitantes de este mundo. Las ciudades y los reinos se están llenando sin cesar de gente nueva. Pasan los primeros al otro mundo, y les suceden los segundos, y estos los terceros, etcétera. Los que en este drama han hecho el papel de rey, ya no son reyes. El dueño de aquella quinta, de aquel palacio, de aquella aldea, ya no es su dueño. Por esta razón nos aconseja el Apóstol: «El tiempo es corto; así, lo que importa es, que los… que gozan del mundo vivan como si no gozasen de él: porque la escena de este mundo pasa en un momento». (I. Cor. VII, 29, 31). Luego, si nuestra permanencia en este mundo es corta, y todo ha de terminar con la muerte, sirvámonos de este mundo únicamente para despreciarlo, como si no viviésemos en él, y atesoremos más bien para nosotros tesoros eternos en el Cielo, donde, como dice el Evangelio, no hay orín, ni polilla que los consuma, ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. Con razón decía Santa Teresa: No apreciemos lo que termina con la vida, el verdadero modo de vivir es, vivir de manera que no temamos a la muerte. Aquél no la temerá, que vive desengañado de las vanidades de este mundo, y se ocupe únicamente de adquirir aquellos bienes que pueda llevar consigo a la eternidad, y le hagan feliz por los siglos de los siglos. Amén.

San Alfonso María de Ligorio

[Fuente Ecce Christianus]