Ojos-Tristes-35

Los hijos de separados tienen el dolor, pero siempre viven en la esperanza que sus padres se reconciliarán y volverán a estar juntos. Anhelan verlos juntos.

Los hijos de los divorciados vueltos a unir en una segunda unión con otra persona, viven el dolor unidos a la desesperanza. Son hijos sin esperanza. Crecen con el dolor acuestas; son los hijos de la tristeza.

Alejandro Agresti autor y director de la película “Buenos Aires viceversa” contaba: Me crie con mi abuelo paterno, porque mis padres se separaron cuando era muy chico.Cuando cumplí trece años mi papá se volvió a casar.Mi abuelo murió y yo me fui a vivir con ellos, pero no nos llevamos bien, así que a los quince años decidí irme. Con mi hermana, dos años mayor que yo, sentíamos que no pertenecíamos a ningún lado, porque si se enfermaba el abuelo, por ejemplo, nos mandaban al campo y el tío del campo nos mandaba de vuelta. Rebotábamos de acá para allá.Me acuerdo que a escondidas escuchaba a los grandes decir: ¿Qué hacemos con ellos? ¡Era muy triste!””

Era la tristeza de los hijos de padres divorciados. Son los hijos de la desesperanza; viven en la tristeza. Para ellos la esperanza murió.

Son los hijos que deben crecer su vida con el dolor acuestas, que tienen que aprender a soportar el convivir con otra persona que hace de padre o de madre, sin ser ni su madre, ni su padre. Es un nuevo personaje que invade su intimidad. Es alguien que ha cambiado la figura paterna o materna.

Cada hijo tiene su propia figura de su padre o de su madre, la cual no puede ser cambiada como si fuera una pieza de ajedrez, aunque se insista y se trate de buscar explicaciones, como queriendo ganar una partida que sus propios hijos ya han perdido.

¿La partida de quién? ¿La del padre o la de la madre? ¿Qué buscaron una nueva felicidad a espaldas de la de los hijos? Hasta hay algunos que dicen divorciarse por amor a los hijos. A las personas no les gusta la verdad desnuda……la prefieren disfrazada. ¿Con qué palabras puede ser explicada esta situación? ¿Egoísmo? ¿Falta de conciencia de lo que hago? ¿Distorsión de valores? ¿Carencia de principios rectores? ¿Ausencia de cariño? ¿Falta de responsabilidad? ¿Aunque se diga que se aman a los hijos? Cada uno puede añadir o elegir lo que la experiencia le va enseñando.

A ese panorama tétrico hay que añadir otro no menos temible: la deformación que esos padres van obrando en la mente de sus hijos. La mayor ignorancia es la de no tener conciencia del mal que se hace: primero a los hijos y después a la sociedad toda con su actitud de vida. Actitud que se convierte en un verdadero cáncer para la vida futura de la familia en el mundo.

Decía Juan Pablo II: Lo peor que le pasa a la humanidad es no tener conciencia de lo que está mal. Se hace el mal como si fuera el bien. Habrá que aprender a pensar para poner el bien y el mal cada uno en su lugar. Habrá que hacer este esfuerzo si queremos un mundo mejor. Y en este buscar lo mejor necesitaremos la iluminación de Dios.Entonces, solo entonces, las crisis serán para bien, porque serán resueltas con la sabiduría del gran sabio, que es Dios.

En el mundo erótico de hoy, es tan común acostarse juntos, que se llega a la cama como si se tomaran un café con leche. Esto crea alrededor de las personas un clima de liviandad en su vida que a muchos se le hace imposible respetar promesas de fidelidad. Son los nuevos irresponsables sexistas que hacen de cada fin de semana un salto a una nueva cama. ¡Con esa mentalidad, ¿se puede fundar una familia estable?

Cuando se es padre o madre jamás de los jamases se puede volver a pensar y actuar como si solamente siguiéramos siendo mujer u hombre. Los hijos necesitan seguir teniendo unos padres que los amen y que se amen; ¡ver que sus padres se aman!

Me viene a la memoria que mi amigo el P. Remigio Paramio, agustino él, siempre nos decía que para enseñar a los hijos lo que es el amor, hay una sola sílaba de diferencia: más que amarlos, hay que amarse.

Se dice por ahí que se cosecha lo que se siembra.

La sociedad cosechará lo que sus sembradores hayan vivido.

Siempre fue así.

Salvador Casadevall