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Madurez en la fe: Evitando la teoría “cristiano anónimo” en la evangelización

En su carta a los Efesios, san Pablo escribe que debemos crecer en madurez en la fe. Leemos que los miembros de la Iglesia reciben diferentes dones para la edificación del Cuerpo Místico, el cuerpo de Cristo. (Efesios 4 12)

Estos dones son para ser usados hasta que arribemos todos a la unidad de una misma fe  y de un mismo conocimiento del Hijo de Dios, de humanidad madura hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, de manera de que ya no seamos niños fluctuantes ni nos dejemos llevar aquí y allá de todos los vientos de opiniones humanas, por la malignidad de los hombres que engañan con astucia para introducir el error. (Efesios 4 13-14).

Hay algunas cosas que hay que hacer notar aquí. Primero, alcanzar la medida total de la fe en Cristo no es un proceso autónomo. Más bien, la Iglesia como un todo está destinada a luchar por la madurez en la fe. Segundo, como miembros de la Iglesia, todos estamos destinados para lograr una plenitud en la fe que no se encuentra en una comprensión infantil. No podemos confiar meramente en doctrinas o enseñanzas simplistas. Antes bien, debemos abrazar totalmente la llamada de Cristo a tomar nuestra cruz y seguirlo; lo que es una enseñanza manifiesta de todas las doctrinas de la Iglesia. Si nosotros abrazamos la cruz de Cristo, en sus enseñanzas y en nuestras vidas, alcanzando la humanidad madura, tendremos posibilidad de evadir esas falsas doctrinas, que pueden fácilmente confundir a aquellos que están inmaduros en la fe.    

En su homilía Pro Eligendo Romano Pontifice dada la noche anterior a ser elegido como Supremo Pontífice, Joseph Ratzinger reflejaba en el pasaje anterior de Efesios y acuñaba la ahora famosa frase “dictadura del relativismo”. Dice lo siguiente: “¿Cuántas corrientes de doctrina hemos conocido en las recientes décadas, cuantas corrientes ideológicas, cuántas maneras de pensamiento?”. Él continúa diciendo que: “Los cristianos son arrojados de un lado al otro: del marxismo al liberalismo y aun al libertinismo; del colectivismo al radicalismo individual, del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo  al sincretismo y de ahí en adelante”. Al hombre moderno le falta dirección en sus creencias y filosofía: es mecido por sus pasiones y la cultura prevaleciente, tal que cualquier verdad se vuelve la “nueva” y por lo tanto, verdad apropiada, para seguir. Así Ratzinger concluye: “Estamos construyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y cuyo último objetivo consiste solamente en el propio ego y deseos”. Antes que buscar y descubrir la verdad, el hombre moderno (aun el cristiano) continúa permitiéndose ser sacudido por los vientos de las falsas doctrinas –doctrinas que incesantemente  remueven en él  su verdadera vocación, que es la felicidad con Dios.   

Como ya he insinuado, la dictadura del relativismo ha influenciado a los cristianos y de hecho, se ha metido en las enseñanzas de la Iglesia católica. En un modo particular, esta dictadura ha afectado nuestra forma de evangelizar a otros. Porque somos mecidos por muchas y variadas doctrinas e ideas concernientes a lo que dice la Iglesia o dijo Cristo; ya no tenemos la plenitud de Cristo (Efesios 4,13), lo cual significa que tenemos una gran dificultad en evangelizar a otros. Además, tenemos una muy diferente comprensión de otras religiones cristianas, aun aquellas que no creen completamente en Cristo. En un, tal vez,  intento mal dirigido de ver el bien y la verdad en todas las cosas, podemos estar inclinados a pensar que todo mundo va a ser salvado. Como católicos, nosotros mismos hemos sido influenciados por la dictadura del relativismo: inconscientemente, pensamos que, si cada quien tiene una pequeña parte de la verdad, es probable que seremos salvados, así no vemos la necesidad de convencerlos de la Verdad, encontrada (solo. NT) en la Iglesia católica.  Mientras es verdad que solo Dios sabe quién se salvará y quien no, (independientemente de su fe o falta de ella)  nosotros hemos partido de la entera comprensión de la verdad de Cristo en la forma en que evangelizamos.  

En una reciente entrevista de marzo de 2016, el papa emérito Benedicto XVI habló acerca de este mismo problema, que está conectado con el concepto de “cristiano anónimo”, originalmente definido por Karl Rahner. Benedicto XVI explica el concepto de Rahner: “Él sostiene que el básico, esencial acto en la base de la existencia cristiana, decisiva para la salvación, en la estructura trascendental de la conciencia, consiste en la apertura entera al Otro, hacia la unidad con Dios”. En otras palabras, la salvación está conectada con la conciencia del hombre: si está abierto a la verdad, entonces es posible para él ser salvado. Como tal, cuando un hombre se acepta en su ser esencial, él satisface la esencia de ser cristiano sin saber lo que es, en un modo conceptual”. Entonces, ser humano y ser cristiano es casi lo mismo. Aun si no sabe lo que es cristianismo se ha convertido en cristiano en algún sentido porque sabe lo que es ser un ser humano; “todo hombre que se acepta es cristiano aunque no sepa que lo es”. Cristianismo es reducido al nivel de humanidad así que todos tienen la posibilidad de salvarse, no importa en lo que crea, que es por lo que esta visión es llamada “la teoría del cristiano anónimo”, ya que un individuo puede ser cristiano sin aun saberlo.   

Con Benedicto XVI pudiéramos, más allá, decir que esta idea de “cristiano anónimo” ha influenciado cómo vemos otras religiones. Como lo explica Benedicto “aún menos aceptable es la solución propuesta por muchas teorías religiosas, por la que todas las religiones, cada una en su propia forma, sería un medio de salvación,  y en este sentido, por sus efectos, deben ser consideradas equivalentes”. En otras palabras, igualmente no podemos aceptar el pluralismo de las religiones, como que todas las religiones son iguales en valor y que todas pueden ser medio de salvación. Si aceptamos el “cristiano anónimo” podemos ver qué fácil es aceptar la idea del pluralismo religioso. La teoría del cristiano anónimo sugiere que no hay jerarquía de verdades, y que no hay necesidad de bautizarse cristiano o católico. Si damos un paso más allá, la idea del pluralismo religioso sugiere que no hay que convertirse al catolicismo para obtener la salvación. Cualquier religión es suficiente para la salvación.  

Debemos hacer una pausa aquí y recordar que Benedicto no condena la libertad religiosa, como lo hemos discutido en todas partes. Así como discutí en ese artículo, la homilía de Benedicto XVI en el Día Mundial de La Paz en 2012, apunta hacia la importancia de la libertad religiosa de la persona humana, pues ella “expresa lo que es único acerca de la persona humana, ya que nos permite dirigir nuestra vida social y personal hacia Dios, en cuya luz la identidad, significado y propósito de la persona es  cumplido” (1). Esta frase nos recuerda que la coerción- una verdad sostenida por la Iglesia- contradice la dignidad de la persona humana. La persona humana ha recibido el regalo del libre albedrio por el Creador y si es forzado a convertirse en católico, pudiera no estar de acuerdo a su propia dignidad. Porque la fe católica está en última instancia enraizada en el amor de Dios, el hombre debe ser libre de elegir ese amor- no forzado a Él. Sin embargo, esta libertad religiosa siempre debe ir unida a la verdad. Benedicto expresa esto en su mensaje ad limina a los obispos de Estados Unidos en 2012: “Cuando una cultura atenta a suprimir la dimensión del último misterio y cerrar las puertas a la verdad trascendental, inevitablemente se empobrece y cae presa, como el papa Juan Pablo II claramente vio en las lecturas reduccionistas y totalitarias de la persona humana y la naturaleza de la sociedad”. Entonces, si atentamos separar la verdad de la libertad, quedamos sujetos a los vientos de la cultura; estamos haciendo un  mal servicio a la dignidad humana. Al final de cuentas, mientras Benedicto XVI entiende que la libertad es necesaria al elegir una religión, también indudablemente mantiene la necesidad de que la verdad esté conectada a la libertad.   

Regresando ahora al concepto de evangelización, vemos que los grandes evangelizadores del pasado comprendieron totalmente la necesidad de la verdad. Como Benedicto explicó en su entrevista de marzo 2016: “En la segunda mitad del siglo pasado, ha sido muy afirmado el concepto de que Dios no puede dejar que vayan a la perdición a los no bautizados y que aun un estado de felicidad natural para ellos no representa una respuesta real a la pregunta de la existencia humana”. Esta firme creencia empujó a los grandes evangelizadores a instruir y bautizar a todos los individuos. Sin el obstáculo de la idea de que algunos individuos pudieran ser salvados por causa de su total inclinación hacia el bien, los misioneros sabían que debían tomar seriamente la orden de Nuestro Señor de bautizar a todas las naciones. Como ejemplo, podemos tomar el de san Isaac Jogues, uno de los grandes evangelizadores del Nuevo Mundo, quien perseveró en la santificación y salvación de las almas. Enviado a predicar con los hurones, y sufriendo la cautividad bajo los iroqueses, la perseverancia de san Isaac se manifiesta en todas sus acciones, por humildes que fueran. Francois Roustag SJ, comenta: “Para estar seguro, aprendió el lenguaje iroqués durante su cautiverio, aunque cualquier jesuita en su lugar hubiera hecho lo mismo”. (Francois Roustang SJ, Jesuit Missionaries to North America: Spiritual writigns and Biographical Sketches, Ignatuis Press, 2006, p. 207). San Isaac estaba preocupado solo con la presentación y manifestación de la verdad católica  para que pudiera convertir las almas de los iroqueses. Mientras todavía se sumergía en la cultura, a través del aprendizaje de la lengua iroquesa, sus acciones constantemente probaban la fe católica frente a la cultura iroquesa, revelando una “impaciencia apostólica” en la lucha por las almas. (Ibid) .

En una carta escrita a su madre desde Ontario, leemos: “¿Podemos pensar en la vida de un hombre mejor empleada en otro trabajo que este buen trabajo?  ¿Qué puedo decir? ¿No estarían bien recompensado los trabajos de mil hombres en la conversión de una sola alma a Cristo?” (Ibid 229). Aunque pudiera salvar una sola alma, san Isaac veía esto como una gran victoria del trabajo del Señor.  Una carta escrita a su provincial acerca de su cautividad bajo los iroqueses revela su total compromiso a salvar almas. Aunque sabía que podía escapar en cualquier momento, él escribe:   

He decidido que con la ayuda de la gracia de Dios viviría y moriría en la Cruz a la que nuestro Señor me había fijado. Por cierto, si hubiera escapado, ¿quién hubiera consolado a los prisioneros franceses o quién hubiera absuelto a cualquiera que hubiera querido el sacramento de la penitencia? … ¿Quién hubiera regenerado a los niños con las santas aguas del bautismo o que vieran la salvación los adultos moribundos o vieran la instrucción de aquellos que estuvieran en buena salud? (Ibid 290-291).

A pesar de muchos sufrimientos y dificultades que ambos padecieron y testimoniaron, el compromiso de san Isaac con las almas no conoció fronteras. De hecho, él arriesgó y eventualmente perdió su vida  mientras convertía almas a la fe católica.

¿Qué es lo que encontramos frecuentemente en nuestra evangelización de hoy? ¿Encontramos el mismo celo misionero que manifiesta san Isaac Jogues? En lugar de celo y pasión por predicar la verdad a otros, encontramos la tendencia a enmascarar la verdad por el temor de imponerla a las conciencias individuales. Como Benedicto XVI firmemente explica: “Si es cierto que los grandes misioneros del siglo XVI todavía estaban convencidos que aquellos que no estuvieran bautizados se perdían para siempre- y eso explica su compromiso misionero- en la Iglesia católica después del concilio Vaticano II esa convicción fue finalmente abandonada”. Como ya lo he mencionado, si no existe el  concepto real de que la verdadera fe salvará a un individuo de la perdición, entonces ¿cuál es el propósito de la evangelización? Si todos los individuos pueden ser salvados en base a sus buenas obras, por su intención de descubrir el bien, o el deseo de seguir una vaga noción de Dios, ¿por qué proclamaríamos las enseñanzas de la Iglesia católica como verdaderas y redentoras? Benedicto  nota un problema más, saliendo de esta creencia: si hay otros que pueden salvarse por otros medios no está totalmente claro, en un análisis final, ¿por qué los cristianos están dirigidos por los requerimientos de la fe católica y su moral? Si fe y salvación ya no son más interdependientes, la fe sola se encuentra sin motivación”. Entonces, aun para aquellos que están ya bautizados y parcialmente convencidos de las verdades de Cristo, pueden últimamente pensar si hay alguna conexión con sus propias vidas, dado que hay otros medios de redención.

Volviendo a la homilía Pro Eligendo Romano Pontifice  de Benedicto, él nos da una exhortación acerca de nuestra propia fe, en contraste con el reino del relativismo reinante en nuestra cultura  

Nosotros, como sea, tenemos un propósito diferente: el Hijo de Dios, el Verdadero Hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. La fe de un “adulto” no es una fe que siga las tendencias de la moda y las últimas novedades; una fe madura está firmemente enraizada en la amistad con Cristo. Es en esta amistad que se abre para todo lo que es bueno y nos da un criterio para distinguir lo verdadero de lo falso  y el engaño sobre la verdad. Debemos desarrollar esta fe adulta. Debemos guiar el rebaño de Cristo a su fe. Y es la verdad- solo la verdad- que crea unidad y es cumplida en el amor.

En otras palabras, la Iglesia tiene un fin diferente que el relativismo; la Iglesia no es supuesto que se marque con la verdad relativista. Antes bien, la meta de la Iglesia radica en Jesucristo, quien es el “camino, la verdad y la vida. (Jn 14:6). Él es quien guía nuestra fe y la forma de evangelizar a otros. Cierto, el Padre dio al hombre el libre albedrio para que eligiera seguirlo a Él. No coerciona a nadie a una relación con Él. Sin embargo, eso no nos previene, miembros del Cuerpo de Cristo, a presentar las verdades eternas de Cristo de una manera real y poderosa.

No podemos asumir la salvación de alguien simplemente porque él o ella es un protestante-cristiano o esforzándose por tener una vida buena. No, nosotros debemos estar firmemente convencidos de las verdades de la Iglesia católica y presentarlas como realmente salvíficas. Esta presentación fiel mostrará que tenemos una fe adulta—ese es el verdadero mensaje de Cristo de amor y verdad—.   

Verónica A. Arntz

[Traducido por E. N. Artículo original.]




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