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Misericordia y justicia

1 La tragedia del pecado es terrible, no solamente por los efectos que produce en el individuo, sino más aún por los efectos que produce en la Iglesia en virtud del dogma de la comunión de los santos. El pecado paraliza la acción benéfica de la Iglesia, la detiene, limita su poder para el bien. Así como el fango en las luces de un vehículo disminuye su poder de iluminación, así también el pecado disminuye el influjo espiritual de la Iglesia.

Cuando contemplamos al hombre y su actuar de manera más profunda, y en todos sus matices, es evidente que la causa de todos los males radica en que Dios ya no está en el corazón de las personas, y por tanto, tampoco en el de la familia, y no puede consecuentemente permanecer en la sociedad. Arrojar a Dios fuera de la vida humana, significa quitarle completamente el sentido al mundo espiritual y material. Donde Dios está ausente, ahí comienza el infierno, porque sólo Dios es bueno, y lo bueno sólo puede germinar del bien.

¿Es el castigo algo nuevo en la historia de la salvación? ¿No tenemos los antecedentes del Antiguo Testamento, de las grandes plagas, exilios y la destrucción que cayó sobre la gente de Dios, cuando persistieron en su pecado y rechazaron escuchar a los profetas? ¿No es tampoco verdad que los lugares donde la Iglesia está padeciendo las más grandes oposiciones de sus propios miembros, donde la fe se está volviendo muy débil y la apostasía se está desparramando, son precisamente los lugares donde aún no ha habido una gran prueba para la Iglesia?[1]

En el Antiguo Testamento vemos cómo cuando el pueblo de Jerusalén cayó en un estado grave de pecado entregándose a la depravación, Yahvé habla:

«Prepara las cadenas porque llena está la tierra de sangre, y la ciudad se halla atestada de violencia. Haré venir los pueblos más feroces que se apoderarán de sus casas; así reprimiré la soberbia de los poderosos, y serán profanados sus santuarios. Viene la ruina, y cuando busquen la paz, ya no la habrá. Vendrá calamidad sobre calamidad, y a un rumor seguirá otro; entonces pedirán (en vano) visiones al profeta, y al sacerdote le faltará la Ley como a los ancianos el consejo. El rey andará de luto y los príncipes se vestirán de tristeza, y temblarán las manos del pueblo del país. Pues los trataré conforme a su conducta, y conforme a sus juicios los juzgaré; y conocerán que Yo soy Yahvé».[2]

Luego Yahvé conduce a Ezequiel por Jerusalén y le muestra abominaciones en cada rincón de toda la ciudad, cada una más depravada que la otra:

«Entonces Él me dijo: “¿Has visto, oh hijo de hombre, lo que los ancianos de la casa de Israel hacen en la oscuridad, cada uno en su cámara (cubierta) de imágenes? porque dicen: Yahvé no nos ve, Yahvé ha abandonado esta tierra.” Y me dijo: “Verás aún abominaciones peores que las que éstos están cometiendo.” Entonces Él me dijo: “¿Has visto, oh hijo de hombre, lo que los ancianos de la casa de Israel hacen en la oscuridad, cada uno en su cámara (cubierta) de imágenes? porque dicen: Yahvé no nos ve, Yahvé ha abandonado esta tierra.” Y me dijo: “Verás aún abominaciones peores que las que éstos están cometiendo”

El resto de la historia nos relata cómo Dios ordenó la exterminación de la ciudad, salvando sólo a aquellos que se mantuvieron puros en Él, colocando una marca en su frente.

2. La historia de la humanidad ha sido escrita por Dios y por el hombre pecador, marchan simultáneamente por caminos paralelos la bendición de Dios y la condenación del pecado, el amor de Dios y la colaboración activa del hombre en su autodestrucción. Y por uno y por otro camino van también Abel y Caín, Noé y sus coetáneos pecadores.

Dios no castiga por ira o debilidad, Él no castiga como castigan las personas, y no castiga si se puede evitar hacerlo. Pero si no nos arrepentimos, si no nos corregimos, entonces Dios nos castiga porque es necesario.

El hombre que no siente remordimientos por su mala conducta, ha vuelto su espalda a Dios y, como consecuencia de su pasado y presente pecaminosos, su futuro sólo puede ser terrible. El mundo apesta porque está en proceso de descomposición. La Iglesia ya no corre el peligro de ser penetrada por la impiedad, ésta ya ha entrado en ella. Estamos ya en un tiempo difícil y tensionante.

El cardenal Hoeffner, de Colonia, dijo en Fátima el 13 de octubre de 1977:

«Hoy, somos testigos de una gran rebelión contra la santa voluntad de Dios. La conducta moral se ha deteriorado a un punto inconcebible hace veinte años».[3]

El entonces Obispo de Fátima, en un discurso similar pronunciado el 10 de diciembre de 1975, dijo:

«Teniendo en cuenta el mensaje de Fátima, el pecado no es un fenómeno de orden sociológico, sino que es, según el verdadero concepto teológico, una ofensa contra Dios con las evidentes consecuencias sociales. Quizás la vida no ha sido nun0ca más pecaminosa que en el siglo XX, pero hay algo nuevo que se añade a los pecados de este siglo: el hombre actual, más pecador que sus antepasados, ha perdido el concepto de pecado. Peca, se ríe y hasta se vanagloria del pecado cometido… el hombre hoy en día ha llegado a este estado porque ha colocado una división entre él y Dios… creyendo que cuando se ignora a Dios, todo es posible».[4]

¿Por qué se condenan? Es significante la parábola de Jesús respecto al banquete que prepara Dios: Primeramente invita a unos cuantos selectos que no acuden a la sala, después a otros grupos que terminan por matar a los mensajeros de la Buena Noticia, finalmente a todos los demás.

Hay tres motivos por los que los invitados no gozaran del banquete que representa la felicidad eterna.

Así lo explica Jesús: el primero le dijo, ah yo he comprado un campo y es necesario que vaya a verlo, el otro, acabo de comprar cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas, otro dijo, acabo de casarme, y por esta razón pues no puedo ir.

Jesús elige certeramente los detalles de sus parábolas, y en estas tres respuestas negativas, podemos hallar a quienes se autoeliminan de la paz eterna.

Primero, el que ha adquirido un campo es el que ambiciona y goza del mando sobre los demás. No solamente son los políticos, sino todos los que en su escenario anhelan ser algo más que los otros, y sacrifican su propia vida, por alcanzar algún puesto que les distinga de la masa.

Otros no van a la boda porque han comprado bueyes, son los que apetecen los bienes de la tierra de cualquier clase que sea, y entregan su tiempo, sus esfuerzos y su ilusión a amontonarlos, tanto por la vanidad de poseerlos cuanto de la ventaja que llega de la posesión.

El tercer grupo se justifica diciendo que se ha casado, y quiere sentir inmediatamente los goces propios del matrimonio, son los que dicen que hay que vivir porque la vida es corta y buscan con afán los deleites, las diversiones, los placeres a todo precio y a toda costa.

En estos tres grupos pueden situarse todos aquellos que se condenan, porque la conclusión es clara, se les ha invitado con ilusión, pero son ellos los que han hallado alguna justificación para no acudir a la sala del banquete, de la felicidad, de la paz.

¿Quién tiene la culpa de que no disfruten de un banquete inolvidable? Sólo ellos. Sí, sólo ellos, porque por parte de Dios, ha habido una insistencia exagerada, en que todos llegaran a la sala y disfrutaran de lo que podría llamarse «el banquete del siglo».

San Alfonso María de Ligorio, citando a San Basilio, explana que Dios aparece a menudo con ira porque quiere tratar con nosotros misericordiosamente, y nos amenaza no con la intención de castigarnos sino de librarnos del castigo. Sus amenazas no surgen de su incapacidad de castigar, porque Él puede ser vengado cuando Él lo quiera, pero Él quiere vernos arrepentidos y por lo tanto exentos de castigo… Tampoco amenaza con odio, para atormentarnos de temor. Dios amenaza con amor, para que podamos convertirnos a Él y por lo tanto escapar del castigo: amenaza, porque no quiere vernos perdidos… «No es moroso el Señor en la promesa, antes bien –lo que algunos pretenden ser tardanza– tiene Él paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen al arrepentimiento (2 Pedro 3, 9)».

3. Dice San Agustín que “de dos maneras engaña el demonio a los cristianos; a saber: desesperando y esperando”. Después que el hombre ha cometido muchos pecados, el enemigo le incita a desconfiar de la infinita misericordia de Dios, poniéndole a la vista el rigor de la justicia divina. Pero, antes de pecar le da ánimo para que no tema el castigo que merece el pecado, recordándole la divina misericordia. Por eso el santo aconseja, que después del pecado, confiemos en la misericordia; y antes de pecar, temamos la justicia divina. Porque quien abusa de la misericordia de Dios para ofenderle más, no merece que el Señor sea misericordioso con él. El abulense escribe: que quien ofende a la justicia, puede recurrir a la misericordia; más quien ofende e irrita contra sí a la misericordia; ¿a quién recurrirá?[5]

Hoy en día se ha olvidado el Sacramento de la Confesión o Penitencia, y la razón de este olvido es que se ha perdido la conciencia de pecado. Uno de los resultados de este abandono son las numerosas comuniones sacrílegas.

San Ignacio de Loyola en su Discernimiento de espíritus dice que el diablo es como un amante ilícito: él trabaja mejor en secreto. Tan pronto como es descubierto o destapado, huye. La luz de la confesión lo llena de miedo y lo manda lejos.

El arzobispo Fulton J. Sheen escribió: «Nada forma tanta parte de nosotros como aquello que tratamos de ocultar… Incontables son las conciencias que se tiran sobre un sofá para explicar sus culpas. Cada racionalización es un entierro, no una cancelación… No todas, pero muchas psicosis y neurosis son manifestaciones superficiales de alguna negación de ser pecador».

La Confesión es algo mucho más profundo de lo que se piensa.

Para el hijo pródigo hubo un gran festín, el mayor de la historia de la hacienda. Mateo convocó a todos los publicanos para beber y comer y hacerlos partícipes de la alegría de su conversión, Zaqueo ofreció un gran banquete.

En el Evangelio los pecadores perdonados, se quedaron toda la vida con su confesor, y nunca de les ocurrió pasar de largo, como si no lo hubiesen conocido nunca. Ellos se quedaron toda su vida en el confesionario.

María Magdalena toda su vida, había sido tan estupendo aquel perdón. Toda su vida llena de alegría, no hacía más que reírse, llorar de gozo en aquel confesionario. La confesión bien practicada con tiempo y emoción, con sinceridad y dolor es una aventura inolvidable. Eliminada la presencia del oprimente Satanás, el alma desata toda la alegría que estaba aplastada y se siente en un arrebato de felicidad incomparable. Zaqueo y Mateo invitan a un banquete, porque han descubierto por primera vez en su alma, el tesoro e una auténtica resurrección del espíritu y han contemplado la belleza divina retratada en sí mismo.

En el confesionario podremos morir a nuestros caprichos, a esos pecados nuestros, a nuestra pobre y mezquina voluntad, para resucitar a la voluntad de Dios, que es amor, paciencia, confianza, ternura, apertura, indulgencia, alegría y misericordia infinitas.

Una verdadera confesión nos dará la experiencia de que existe el perdón de los pecados, de que es verdad de que el hombre puede ser purificado, que puede ser perdonado, y esto da tanto gozo, tanto gozo, que en el Evangelio terminaba siempre con un banquete.

Pero no olvidemos que la misericordia no pasa por alto el pecado. La Iglesia está siempre con los brazos abiertos para acoger al pecador, como ocurrió con el Hijo Pródigo del Evangelio, empero, no arrastra al pecador, como no lo hizo el padre con su hijo, sino que espera su retorno, y no le dice en una actitud de falsa piedad: ven con las prostitutas a casa.

Hablar de la compasión “no crítica” es una contradicción en los términos puesto que niega el papel fundamental de la razón y de la Moral. Es apenas un artificio más, empleado en esta Guerra Cultural donde las palabras y los conceptos se convierten en verdaderas armas.

Desde el punto de vista católico y racional, la compasión es verdadera solamente cuando busca el verdadero bien de su prójimo. Este bien consiste, sobre todo, en su salvación eterna, pero también abarca el aliviar sus sufrimientos temporales. Asistirle para que permanezca en el vicio y el pecado por una compasión equivocada de sus sufrimientos temporales, es ignorar su bien espiritual y su salvación. No puede haber una crueldad mayor.[6]

Hoy asistimos a una manipulación de la compasión, una falsa misericordia.

Germán Mazuelo-Leytón 

[1] Cf.: MIRAVALLE STD, MARK, El Dogma y el Triunfo..

[2] EZEQUIEL 7, 23-37.

[3] FLYNN, TED Y MAUREEN, El Trueno de la Justicia.

[4] JOHNSTON, FRANCIS, Fátima: The Great Sign.

[5] DE LIGORIO, SAN ALFONSO MARÍA, Sermón para la dominica duodécima después de Pentecostés.

[6] Cf. ACCION FAMILIA, En defensa de una Ley Superior.




Germán Mazuelo-Leytón
Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines

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