Yo no asistiré a la ordenación episcopal del nuevo Obispo de Ciudad del Este. Aunque él personalmente no tiene nada que ver con mis problemas con la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), no quiero estar con los obispos de la CEP como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Había decidido guardar silencio sobre lo ocurrido con la penosa Visita Apostólica a la Diócesis de Ciudad del Este y a mi posterior destitución como Obispo de ella, al ser declarada por el Vaticano como “sede vacante”. Sin embargo, el Sr. Arzobispo de Asunción, Monseñor Edmundo Valenzuela, ha vuelto sobre el tema en una entrevista brindada al diario ABC Color, en su edición del pasado 8 de diciembre, expresando sus deseos de que este domingo, día fijado para la ordenación del nuevo Obispo de Ciudad del Este, los Obispos del Paraguay me abracen y yo a ellos, como símbolo de comunión. También realiza una serie de consideraciones que reclaman mis agradecimientos, por un lado, así como algunas precisiones y reflexiones, por el otro.

En primer término, me reconforta que el Arzobispo haya dejado absolutamente en claro que el problema suscitado, que tuvo amplia divulgación en los medios de prensa, se debió a un problema de «crisis por comunión interna», es decir, de relaciones entre mi persona y los otros Obispos del Paraguay. En efecto, no hubo otro fundamento, sea éste de orden financiero, sexual o doctrinal, como falsamente algunos sospechaban, sino exclusivamente a la «falta de comunión».

Agradezco también a Mons. Valenzuela que haya reconocido lo que tantas veces había afirmado: los problemas de «comunión» comenzaron antes incluso de que yo ponga un pie en la Diócesis de Ciudad del Este, con el solo hecho de mi nombramiento como Obispo por parte de san Juan Pablo II. Claramente, esto indica que no se trataba de un mal relacionamiento de carácter personal –comenzaron antes de que me conocieran.

¿Cuál es, entonces, la causa de los conflictos que comenzaron hace más de 10 años? En ese momento, los Obispos querían para Ciudad del Este un Pastor que compartiera con ellos su misma visión y modelo de Iglesia. Como pensaron que yo no «encajaba» en su paradigma, protestaron a la Santa Sede, pidiendo que revocara mi nombramiento. Pero Roma se mantuvo firme y me «impuso» contra el parecer de la Conferencia Episcopal.

De hecho, y a pedido del Papa Benedicto, yo desarrollé un modelo pastoral distinto, cuyo eje principal fue la creación de un nuevo Seminario diocesano. Y abundancia de sacramentos. He ahí la raíz de las desavenencias.

Hoy muchos, incluso entre los mismos Obispos, reconocen el dinamismo y los buenos frutos que se han producido en Ciudad del Este. Frutos muy grandes que han cambiado el perfil espiritual de nuestra querida Diócesis. Sin embargo, aquí el juicio del árbol no se hace en base a los frutos, sino a la importancia que le dan a la uniformidad monolítica entre los Obispos, a la que erróneamente se define como «comunión». Las tradiciones y normas «de los hombres» de Iglesia son más importantes que las sorpresas de Dios y las normas de la fe y la doctrina.

El Sr. Arzobispo, en su entrevista, reconoció que el Obispo es la máxima autoridad pastoral en la diócesis que Dios mismo le encomendó. Sin embargo, aquí siguiendo la lógica de la unidad monolítica, destacó que dicha autoridad se debe ejercer siguiendo las orientaciones de la Conferencia Episcopal. A los Obispos en comunión con todo el colegio episcopal del mundo y al Papa los estableció Jesucristo, como fundamento de su Iglesia. Las Conferencias Episcopales, por su parte, son sólo creaciones humanas que se consolidaron recién a mediados del siglo pasado –con todas las ventajas y desventajas que las cosas humanas tienen. La comunión de los Obispos en el colegio episcopal, por lo tanto, no pasa por la conformidad con las recomendaciones que tenga a bien una Conferencia Episcopal sugerir a sus miembros. Pero, insisto, las tradiciones y normas humanas terminan imponiéndose con más fuerza que las leyes de Dios. Esto técnicamente se llama fariseísmo, ya Jesucristo había señalado este modo de ver las cosas problemático, pero típico, dentro de la religión. Las únicas autoridades que Dios ha constituido en su Iglesia, y sobre la que esta se edifica, son el Obispo de Roma, sucesor del Apóstol Pedro, y los Obispos en sus diócesis, sucesores de los otros Apóstoles. Las Conferencias Episcopales, de suyo, no tienen autoridad alguna sobre los Obispos. Sólo las delegadas por la autoridad de la Santa Sede que, de hecho, ha delegado muy poco a las mismas.

El Concilio Vaticano II reafirmó la autoridad divina de los Obispos frente una indebida centralización vaticana que se había venido imponiendo –como otra de tantas tradiciones humanas– especialmente después del Concilio Vaticano I y su proclamación de la infalibilidad del Papa y su suprema autoridad.

En otro frente, me entristeció ver que el Sr. Arzobispo manifestara que yo debía volver a un estado de comunión no sólo con la Conferencia Episcopal, sino también con el Papa Francisco. Siempre he estado en comunión con todos los Papas y siempre lo seguiré estando. Incluso cuando me tocó asentir a la decisión de mi destitución como Obispo. Y esto a pesar de que, personalmente y en el juicio de mi conciencia, considero esta decisión como injusta procesalmente, infundada en cuanto a la substancia de la causa, arbitraria y atentatoria contra la legítima autoridad que Dios ha dado a los Obispos como sucesores de los Apóstoles, y totalmente contraria a lo enseñado por el Concilio Vaticano II.

En breve, un abuso de autoridad, que en buen cristiano se llama un acto tiránico y dictatorial. Pero como no hay autoridad en la tierra superior a la del Papa, he acatado sin resistirme, precisamente, como expresión extrema de mi comunión con el sucesor de Pedro, a pesar de que me retirara el apoyo que los anteriores Papas me habían dado en esta misma causa.

Que el Papa tenga que rendir cuentas ante Dios por este acto que considero malo no tiene nada de raro ni de polémico. Como tantos Papas que han condenado o mandado a la hoguera equivocadamente. Es una simple verdad de fe: tendremos, todos, que dar cuentas de cada uno de nuestros actos a Dios. Especialmente los más poderosos, los que más autoridad han ejercido en nombre de Dios. No creo, por lo tanto, haber sido irrespetuoso, sino franco y al mismo tiempo un disciplinado hijo de la Iglesia. A pesar de lo injusto obrado, preferí someterme – sin renunciar – a los requerimientos pontificios para evitar mayores males a las obras que yo habría promovido, principalmente los seminarios. Pero igual le pedí disculpas si mis expresiones pudieran haberse considerado como una ofensa a su supremo oficio o persona sagrada.

En cuanto a la «revisión» de mi caso a la que Mons. Valenzuela se refiere, la única forma de cambiar algo mal fundado y mal decido es, sencillamente, volver atrás. Pero eso no es algo que a los hombres nos resulte fácil, incluso cuando nos hemos equivocado gravemente, como creo que ha sido en mi caso.

Yo colaboraré con el nuevo Obispo, si él lo desea, en la ayuda a las instituciones creadas por mí y también otras, si me pareciera conveniente. Hay que tener en cuenta que duramente mi servicio a la Diócesis, los bautismos se triplicaron; las bodas se duplicaron y ordené a 70 sacerdotes, cosa que no ha ocurrido en todo el Paraguay, juntas las Diócesis, aletargadas desde hace decenios. Así es que tengo qué dar.

Le deseo éxito al nuevo Obispo.

+Rogelio Livieres
Ex Obispo de Ciudad del Este

Monseñor Rogelio Livieres
(♰) Doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Navarra (España) y especialista en Derecho Administrativo por la Escuela Nacional de Administración Pública de Madrid (España). Fue ordenado Sacerdote el 15 de Agosto de 1978, perteneciendo al clero de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. Nombrado como Obispo de Ciudad del Este por el Papa Juan Pablo II, el 12 de julio de 2004 y tomó posesión del cargo el 3 de octubre del mismo año. Estuvo al frente de esta Diócesis hasta el 25 de septiembre de 2014.