Basta recorrer las biografías de los numerosos formadores de la juventud que llenas las páginas santoral católico para ver como Dios nunca abandona a aquellos que pasan por esta peligrosa edad y tantas veces son dejados a su suerte por sus mayores. Es una multitud de llamados en las más variadas situaciones históricas para apoyar y santificar a quienes pasan por aquella fase en que el resto de la vida se decidirá. Entre ellos, tal vez ninguno tenga el reconocimiento que San Juan Bosco suscita por la amplitud de su obra, nacida en circunstancias adversas y que hoy se extiende por el mundo entero. Se puede afirmar que Don Bosco no ignoraba ningún aspecto de la hoy llamada –y tan poco y mal entendida– formación integral del hombre. Incontables enseñanzas suyas podrían ser recordadas con provecho, pero será suficiente transmitir aquí la más importante de todas: “El primer grado para educar bien a los jóvenes consiste en trabajar por que confiesen y comulguen con las debidas disposiciones. Estos sacramentos son los más firmes sostenes de la juventud. La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio educativo”. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 428-429)

juan_boscoEl santo turinés tenía muy claro quien es capaz de salvar la juventud: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14). Con estas palabras a su vez tan sencillas y repletas de significado teológico San Pedro anuncia la buena noticia, enseñando que Cristo Crucificado compró para los hombres ―¡a precio muy alto!― la justicia perdida por el pecado. Pero, ¿qué significa exactamente justicia? El Concilio de Trento la define: “la justificación misma que no es sólo remisión de los pecados [Can. 11], sino también santificación y renovación del hombre interior, por la voluntaria recepción de la gracia y los dones, de donde el hombre se convierte de injusto en justo y de enemigo en amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna (Tit 3, 7)” (Denzinger-Hünermann 1528). El justo es, pues, el santo. Y para la santidad son llamados todos los hombres, desde su niñez y juventud, sean ricos o pobres, de la élite o de las periferias. Por eso, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre” (CCE 2526), camino para la santidad. Sin enseñar el camino de la santidad, por lo tanto, no se educa, sino que apenas se instruye, como bien recordaba el mismo San Juan Bosco.

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Y ese deber educativo es parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia y en esta misión, dijo Benedicto XVI a los educadores católicos de Estados Unidos, “las instituciones educativas juegan un papel crucial, está en consonancia con la aspiración fundamental de la nación de desarrollar una sociedad verdaderamente a la altura de la dignidad de la persona humana” (Discurso en el Encuentro con los educadores católicos, en el salón de conferencias de la Universidad Católica de América, Washington, D.C., 17 de abril de 2008). El pontífice alertó además a los Obispos de este mismo país: “No es exagerado afirmar que proporcionar a los jóvenes una sólida educación en la fe representa el desafío interno más urgente que debe afrontar la comunidad católica en vuestro país. El depósito de la fe es un tesoro inestimable que cada generación debe transmitir a la sucesiva, conquistando corazones para Jesucristo y formando las mentes en el conocimiento, en la comprensión y en el amor a su Iglesia” (Discurso a Obispos de EUA en visita “ad limina”, 5 de mayo de 2012). Este fue el panorama del Congreso Mundial de Educación Católica, promovido por la Congregación para la Educación Católica en noviembre pasado, cuya síntesis conclusiva afirma: “una escuela católica, haciendo escuela desde la perspectiva católica, sirve a la evangelización. Porque evangeliza la cultura, las relaciones, los valores, la educación en sí misma. Y porque, del modo en el que sea posible en cada caso, hace su aportación específica a la formación religiosa y al anuncio de Jesucristo, de manera especial desde ámbitos extra-académicos. La Educación Católica sirve a todo tipo de alumnos y familias, y a todos puede ayudar a acercarse al don de Jesucristo”. Desde siempre la Santa Iglesia entendió la educación católica de esta manera. Sí, como para Don Bosco, para la Santa Iglesia la educación siempre tuvo como fin principal preparar a los jóvenes para su entrada en el Cielo. Actualmente, contra toda expectativa, nacen nuevas teorías al respecto en el ámbito católico que levantan dudas y… confusión, y más confusión.

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No hace mucho Francisco fundó una red llamada Scholas Ocurrentes que aspira a convertirse en una referencia mundial para la educación de los jóvenes. Cualquiera que escuchara hablar de un movimiento educativo fundado por el Sumo Pontífice pensaría en las más urgentes necesidades de los jóvenes, entre las que deberían destacarse las mismas que tenía San Juan Bosco hace más de un siglo. Por eso, nos sorprende que esta entidad destaque como su fin vincular “la tecnología, el arte y el deporte para fomentar la integración social y la cultura del encuentro” a partir de una educación que “recupere una mirada antropológica y los valores humanos esenciales y que abarque toda la realidad que viven los chicos. Es decir, una mirada holística y de integración social” (Scholas Ocurrentes). No deja de ser curioso que el propio Francisco, fundador de esta red laica de enseñanza, haya querido que el símbolo de la misma sea su propia mano dentro de la cual parece estar el mundo entero. En fin, fuera de las suspicacias que esto levantará no deja de ser cierto que es bastante extraño para quien siempre desea mostrarse como muy humilde y sencillo. Pero lo cierto es que en ningún momento se encuentra en esta página un símbolo religioso católico, ni tan siquiera una sencilla mención a Dios, pero abundan las recurrentes coletillas de la integración y del encuentro y… ¡¡como no!!, a los famosos “valores” que nadie define, pero a los que todo el mundo se agarra y que, por lo tanto, parecen adolecer de un contenido tan arcano como sospechoso… porque bajo la coraza de los valores etéreos se cobijan hoy desde clubes de fútbol hasta los políticos del más variado pelaje. Curioso que asume esos pastosos valores quien no tuvo empacho en despreciar la expresión “valores no negociables” acuñada por Benedicto XVI, colocándose una vez más por encima de todos los papas anteriores. Pero, ¿de qué valen los valores sin el fundamento de la única moral objetiva, que es la católica? Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿Qué necesita la juventud? ¿Qué valor tienen los valores sin Dios? ¿Cómo se debe formar católicamente los jóvenes? Estas preguntas como tantas otras siempre han sido respondidas por el Magisterio y por el propio hijo de Mamma Margherita. Para más profundización sobre este importante problema de la educación católica ver estudio del Denzinger-Bergoglio aquí→.