THE REMNANT

PLAN B: La Caída del Novus Ordo Seclorum

Nota del Editor: no hay nada sensacional acerca de este artículo…ninguna noticia de último momento, ningún escándalo papal nuevo o mejorado, ningún trapo sucio que lavar. En una escala de atracción para lectores de internet, éste es un 1. Pero hágase el favor — léalo. Del primer al último párrafo, exuda sin dudas el sensus catholicus. Está lleno de esperanza y pone todos los escándalos de nuestros días en una perspectiva correcta — como meras notas al pie de página de la historia, escritas por alguien un tiempo después de que el Novus Ordo ha sido retirado, el Espíritu del Vaticano II exorcizado, y las liturgias y enseñanzas tradicionales restauradas por completo en la vida de la Iglesia. Fundamentalmente, si usted cree que esto no sucederá pronto—por favor siga leyendo. MJM 

El cristianismo no tendría enemigos si no fuera enemigo de sus vicios. ~Jean-Baptiste Massillon (1663-1742)

El Momento Rossiniano

A menos que realmente sepa de lo que estoy hablando, prefiero mantener mi boca cerrada. Esto me basta para mantenerme en silencio la mayor parte del tiempo, aunque últimamente me he visto reducido a un silencio casi cartujo. Es que me encuentro constantemente en medio de momentos Rossinianos. Permítanme explicarlo. 

La mayoría habrá escuchado hablar del compositor italiano Giochino Rossini (1792-1868), o de su ópera El Barbero de Sevilla. Probablemente todos reconocerán su Obertura Guillermo Tell. Rossini parece haber sido una clase de epicúreo, no muy proclive al trabajo duro, si podía evitarlo. Ciertamente, estaba entre esas personas a quienes un pago adelantado remueve todos los incentivos de su desempeño. La historia cuenta que un empresario suficientemente ingenuo como para pagar una nueva ópera por adelantado no encontró otra opción más que encerrar al compositor en su villa, con raciones magras. En las primeras 24 horas, se entregó la obertura de Otello por una ventana, firmada por el compositor escarmentado, ¡“senza macheroni”! 

Solamente pienso en esto porque en muchas de las operas de Rossini llega un momento en que los personajes dejan de hacer lo que están haciendo, miran sorprendidos a su alrededor, y confiesan estar absolutamente estupefactos por un nuevo descubrimiento o un giro en la trama. Los católicos tradicionales saben realmente cómo es eso. En estos tiempos absurdos, en que las mujeres pueden ser monaguillas, los prelados bocas sucias, y la libertad de opinión es censurada en universidades, se siente como si estuviéramos detenidos en un estado interminable de estupefacción: momentos Rossinianos.

Estoy seguro de que podríamos mencionar infinitos ejemplos, pero permítanme presentar uno solo. El otro día miraba el estante de CDs en la parte trasera de una parroquia cercana. Uno de ellos era una introducción a La Teología del Cuerpo, cuya tapa la ensalzaba como el “revolucionario trabajo teológico del papa Juan Pablo II”. Lo entendieron bien: la palabra “revolucionario” es utilizada como término de alabanza por una empresa católica que por otro lado se jacta de su ortodoxia. ¿Qué es lo que sucede aquí? La idea de que una teología es “revolucionaria” debería hacer que todo católico huya a las montañas. Después de todo, no fue hace mucho tiempo que algunos prelados eran elogiados por “la pureza de su doctrina”. Hoy, esto simbolizaría nada menos que una condenación, una indicación de “rigidez” o incluso enfermedad mental.

La Iglesia Católica es el albergue seguro al que Nuestro Señor, el Buen Samaritano, ha llevado a la humanidad herida. Pero continúa en un estado acelerado de descomposición. Al menos para los tradicionalistas, es obvio que esta crisis no se limita a la liturgia o a la conducción, sino que es más profunda, involucra propósito e identidad. Desafortunadamente, los miembros fieles de la Iglesia también están divididos en tribus:  la corriente principal del Novus Ordo, los reformadores de la Reforma, los tradicionalistas aferrados al misal romano de 1962, y aquellos aferrados al misal romano de 1920, con o sin los cambios de la década de 1950. ¿No podemos simplemente rezar juntos? Santo cielo, ya ni siquiera podemos rezar el rosario juntos. Algunos católicos insistirán en recitar públicamente los misterios luminosos porque son nuevos, mientras que otros se resistirán básicamente por la misma razón. 

Cambiando reinos, a veces pareciera como si los cristianos hubieran perdido cada batalla en la esfera de la vida pública y la moralidad. ¡Si solo tuviéramos un congresista republicano más, o una Corte Suprema de Justicia más conservadora, podríamos dar vuelta la situación! Lo siento, pero lo que nos aqueja como país no puede ser curado sencillamente con política. El científico político Harold Lasswell definió la política como “quién consigue qué, cuándo, y cómo”. Si bien no es una definición aristotélica, creo que es cierta.

Lo que quiero decir es que no están solos si se sienten como en una montaña rusa en un mundo extraño. Las cosas han estado mal por tanto tiempo que estamos empezando a olvidar qué es lo normal. No es normal que los laicos tengan que analizar las declaraciones espontáneas de un Papa para adivinar sus implicaciones, casi como oráculos romanos leyendo el vuelo de los pájaros. No es normal que la liturgia, en lugar de ser una expresión de unidad, sea una constante causa de conflicto y división entre católicos. 

Las diócesis que se habían perdido en conquistas musulmanas o que dejaron de ser funcionales, pasaron a ser caracterizadas desde hace un tiempo como in partibus infidelium, “en tierras de infieles.” Hoy todos estamos viviendo in partibus infidelium. No podemos escapar del hecho de que todo defensor contemporáneo de la mos maiorum (“la costumbre de los ancestros”) es por definición un hereje en relación a los dogmas naturalistas de hoy.

Pensamientos de Consolación

Los liberales a nuestra derecha, los socialistas a nuestra izquierda, los modernistas alrededor: hacia el valle del apocalipsis post-cristiano cabalgamos. Con un desquicio alimentándose de esta locura, ¿cómo hablar a otros de cordura? ¿Cómo mantener la armonía del alma? ¿Recuperar la estabilidad del orden que hace de lastre en las tribulaciones de la vida?

¿Qué hicieron los santos que vivieron tiempos similares? Por ejemplo, Boecio fue un estadista y filósofo romano encarcelado injustamente y luego ejecutado por el rey Teodorico el Grande. No pasó su tiempo en prisión lamentándose de su suerte sino que escribió La Consolación de la Filosofía, en la que nos dice: “siguen inconmovibles sólidas áncoras que te reservan el consuelo del día de hoy y la esperanza del mañana”.

Tomás Moro, prisionero en una torre, escribió el Diálogo de la Fortaleza Contra la Tribulación, en el que sugiere serenamente que “los actos comunes que realizamos en casa a diario tienen una mayor importancia para el alma que lo que su sencillez sugiere.” San Pablo, lejos de quejarse durante su encarcelamiento en Roma, escribió las cartas a ColosensesFilemónEfesios, y Filipenses para estimular y animar a los grupos de cristianos emergentes.

San Francisco Javier escribió desde Japón a sus hermanos en Europa: “Estoy en un país en que me faltan todas las comodidades de la vida. Sin embargo, siento tanta consolación interior que corro peligro de perder la vista por tanto llorar de alegría.” 

Recordemos que desde toda la eternidad, Dios eligió precisamente este momento de la historia para que viva cada uno de nosotros. No hay nada de arbitrario en ello. Este es nuestro turno de responder a las demandas de nuestro tiempo, tal como nos lo enseñaron los santos: siendo persistentes contadores de rosario y rígidos restauradores, y haciéndolo no solo con esperanza sino también con buen ánimo. 

“No debes abandonar el barco en una tormenta sólo porque no puedes controlar los vientos…..Lo que no puedes tornar bueno, debes al menos hacerlo lo menos malo posible.”  –  Santo Tomás Moro

Esto me recuerda a La Rebelión del Oeste que Michael Davies escribió hace algunos años. Thomas Cranmer, Arzobispo de Canterbury, completó el primer Libro de Oración Común a fines de 1548. El Acta de Uniformidad de 1549 ordenó su utilización mientras que el Acta de Disolución denunciaba, entre otras cosas, las “opiniones vanas del purgatorio y misas”. La respuesta fue un masivo levantamiento de armas que comenzó en Cornwall y se extendió al resto del oeste. Los hombres de Cornwall tomaron las armas para “mantener la vieja y antigua religión tal como lo habían hecho sus padres antes que ellos…”. En su lista de demandas, los líderes de la rebelión afirmaron: “tendremos nuestro viejo servicio de matines, misa, vísperas y procesión en latín, no en inglés, tal como se hacía antes”. Deseaban que su sacerdote retornara a su “viejo atuendo papista y dijera misa y demás servicios como acostumbraba en el pasado.” Eventualmente, la rebelión fue aplastada con una brutalidad que ruego jamás tengamos que ver en nuestro país. 

“Tradición no significa que los vivos estén muertos sino que los muertos están vivos. Significa que aún importa lo que dijo Penn hace doscientos años o lo que Franklin hizo cien años atrás; jamás sentí en Nueva York que importara lo que alguien hizo hace solo una hora.” G.K. Chesterton

Sursum Corda

La gente a veces se pregunta por qué el prodigioso San Antonio de Padua, doctor de la Iglesia y martillo de herejes, es hoy invocado con frecuencia para encontrar objetos perdidos. Bueno, tal como un desconcertado amigo a veces dice, “no son neurociencias.” Cualquiera que haya perdido un monedero o un recuerdo familiar sabe que perder algo de valor no es cosa trivial. En Lucas 15, Nuestro Señor nos dice que cuando el pastor encuentra su oveja perdida la carga gozoso sobre sus hombros, luego llama a sus vecinos y juntos dicen, “Alegraos conmigo, porque hallé mi oveja, la que andaba perdida”. Luego escuchamos sobre la mujer que tenía diez monedas de plata [dracmas]. Busca inmediatamente la que se le había perdido: “Y cuando la ha encontrado, convoca a las amigas y las vecinas, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido’.” El padre del hijo pródigo abraza a su hijo que ha regresado y declara, “comamos y hagamos fiesta.”

Por eso sugiero que hoy tenemos razones para regocijarnos, porque un gran tesoro que se había perdido para todo fin práctico ha sido encontrado. Este tesoro es sencillamente la liturgia romana gregoriana, el más antiguo de todos los ritos transmitidos casi sin obstáculos hasta el tiempo presente. Este sublime tesoro cultural de occidente, canal de gracia por generaciones, fue casi destruido por una jerarquía eclesiástica que se arrojó con todo su poderío y autoridad en su contra. No se equivoquen: por un tiempo estuvieron cerca de lograrlo, experiencia casi de muerte. Sin embargo, un pequeño grupo del clero y laicado (que ahora identificamos como tradicionalistas) se rehusó a permitir que la misa tradicional en latín muriera. Gracias a ellos, nuestro misal romano, pontifical, breviario y todos los venerables libros litúrgicos romanos no se extinguieron, y con la ayuda de Dios no solo sobrevivirán sino que perdurarán sin importar qué suceda con la liturgia occidental de estos días. Hubiera parecido inconcebible hace un tiempo, pero ahora hay más de treinta institutos de diversos tipos dedicados a la liturgia tradicional. Hay un pequeño número de parroquias personales que utilizan únicamente la liturgia tradicional, y un creciente número de sacerdotes entrenándose para celebrarla. Esto no significa que debiéramos sentirnos complacidos cuando nos dicen: “ya tienen su vieja misa, así que cállense”. No, no es suficiente. No será “suficiente” hasta que la liturgia romana tradicional sea instaurada en todas las Iglesias de rito latino del mundo, junto con el resto de los libros litúrgicos, funcionando en una sociedad que reconozca la soberanía de Cristo Rey.

Hay otra cosa por la que debiéramos sentirnos felices: a medida que avanza el padre Tiempo, el Concilio Vaticano II se esfuma rápidamente en el espejo retrovisor, junto con las cuentas del amor y el rock psicodélico. Con raíces en el ambiente revolucionario de la década de 1960, ha quedado completamente anticuado y sencillamente no responde a los problemas de la Iglesia de hoy. Sus documentos retienen una especie de presencia paradigmática, un valor mágico tanto para progresistas como neocatólicos, quienes los invocan esencialmente con el mismo propósito: como heraldo de una primavera que nunca llega, o un talismán que conjura un futuro gozoso siempre fuera de alcance. Bien, no importa cómo lo presenten, sigue siendo absurdo.

Hay un americanismo conocido como “Plan B.” Cuando pensamos en ello, ¿no describe acaso la historia de la salvación? El plan original de Dios era que la humanidad viva libre de pecado y sin enfermedad de cuerpo y alma, en el Jardín del Edén. Pero la caída destruyó el estado original del ser. Necesitaba la implementación de un programa alternativo: el “Plan B” que es la redención a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo. Esto cambió todo, incluso el significado de virtud y vicio. Por ejemplo, Adán no tenía que trabajar, no estaba intencionado que agotara su cuerpo y alma en pos de su subsistencia. Pero hoy, una persona que no trabaja no es un virtuoso Adán antes de su caída, sino un simple vago. De igual manera, llamar a alguien un “duro trabajador” es considerado un gran elogio, tornando los efectos de una maldición en bendición. 

Más aún, no era la intención que los seres humanos pecaran. Entonces, ¿no estamos creando nuestro propio Plan B cuando buscamos la misericordia en la confesión, cuando respondemos generosamente a las necesidades de aquellos que sufren los efectos de la caída? La repetición interminable del mantra de la “misericordia” no debiera endurecernos frente a la orden de Nuestro Señor de mostrar benevolencia a todo ser vivo. Por supuesto que esto no es misericordia barata, sin arrepentimiento ni reparación. Hablo de la misericordia que nace de reconocer que la vida misma es dura: dura para todos en diferentes medidas. La gente que encontramos al caminar por la calle, con la que interactuamos en el almacén: no sabemos qué cargas deben soportar estos hijos de Dios. ¿Por qué no tratar a todos con el respeto debido por sus sufrimientos inevitables, su inherente dignidad humana? ¿Por qué apilar cargas, incluso menores, sobre otro cuando ya la vida en la tierra se encarga de hacerlo eficientemente? Lo que esto significa es que en todo momento debiéramos intentar seguir el consejo más difícil del Cura  de Ars: “Jamás hagas nada que no puedas ofrecer a Dios.”

Los cristianos maduros saben que ninguna felicidad aquí abajo es duradera o perfecta, que las cenizas se asientan sobre todos los placeres terrenos. Pero si nos detenemos aquí, solo seríamos sabios como los paganos virtuosos eran sabios; habitaríamos el triste mundo de los estoicos que enfrentaron tanto a la fortuna como a la desgracia con ecuanimidad, en lugar del sorprendente y colorido mundo del cristianismo. El dato feliz es que, sin importar el mal de estos tiempos, es posible que el católico viva una vida de virtud. Y por eso hay verdadera felicidad incluso en nuestro mundo caído. Aristóteles nos dice que conseguir la eudaimonia (un estado de bendita felicidad) está alineado inextricablemente a “una actividad virtuosa en concordancia con la razón.”

Hay ventajas resultantes de ello. Si bien ninguno de nosotros puede evitar el dolor de los sentidos o de una pérdida, es más llevadero si no se le añade el dolor del remordimiento, si nuestra recepción humilde y el otorgamiento de la misericordia suaviza las ásperos bordes de este valle de lágrimas.

Por tanto, convenzamos a nuestra mente que el Te Deum, el himno de alabanza más grande de la Iglesia, es apropiado en todo tiempo. Aunque todos debemos sufrir, no quiere decir que debamos sentirnos miserables. Ciertamente no necesitamos desterrar el motivo de la felicidad personal de cada una de nuestras acciones. No hay límite para mi antipatía hacia la insidiosa enfermedad espiritual del Jansenismo, que con demasiada frecuencia afecta a los rectos. Los cristianos tienen permiso, son alentados, y hasta exigidos a ser felices. Si bien la felicidad no consiste enteramente en placer, tampoco excluye el placer. Por supuesto que no se trata de los superficiales y fugaces “buenos tiempos”, la mera satisfacción de los apetitos que el mundo utiliza para usurpar la realidad del placer. Es un bien racional, basado sólidamente en el reconocimiento de la verdad de Dios revelada en Su creación.

De hecho, el negarse obstinadamente a ser feliz es un acto de la voluntad, y en realidad es una falta de gratitud a Dios por todo lo que nos dio.

Como estudiante graduado en la Universidad de Illinois, solía viajar al campus en colectivo. Me sentaba con frecuencia junto a un profesor de clásicos semi-retirado. Una vez le pregunté dónde había estudiado. Se levantó la manga y me mostró un tatuaje en su brazo: “Auschwitz” me dijo. Luego, sin mucha elaboración, prosiguió con el asunto que lo ocupaba: si yo podía escribir una crítica del libro que él acababa de escribir con su mujer. Accedí antes de conocer el tema del libro. Me tomó por sorpresa que no fuera una meditación desesperada sobre el sufrimiento o la maldad del hombre, sino una serena y filosófica meditación sobre el tema de la “Felicidad”. 

Tú, básico conejo

Con la certeza de que usualmente juzgamos mal y cometemos errores, reconociendo que tenemos poco poder, salvo en la limitada esfera de nuestras vidas, lo mejor que la mayoría de nosotros podría hacer en estos tiempos perplejos es cooperar con las gracias de nuestro estado de vida, participar de la mejor manera posible en el año litúrgico de la Iglesia, y vivir con rectitud y felicidad. 

¡Por lo tanto, marchen hacia adelante en la vigorosa búsqueda del Plan B, ustedes, católicos con cara de funeral y recitadores de credos! Nunca se rindan, nunca se conformen, y si su estado de vida lo permite, y Dios provee  —procreen como conejos— y comprendan que no podemos ir “demasiado lejos” en el servicio a la tradición. De hecho, espero el día en  que en la Iglesia ya no haya algo como un “movimiento tradicionalista”. No somos una facción. Solo tratamos de hacer lo que los católicos hicieron siempre, creer y adorar en formas que en cualquier otro tiempo habrían sido consideradas comunes.

Lector paciente, ya sea que creas en la Opción Benedicto, te conviertas en un ermitaño en un bosque, te mudes a una fortaleza tradicionalista en Idaho, elijas una vida en la gran ciudad o los suburbios—lo que sea mejor para ti—seguirás viviendo in partibus infidelium . Esos momentos Rossinianos seguirán llegando. Tú continuarás despertándote cada mañana en una cultura cada vez más irracional y decadente, de un comportamiento vil y egoísta en políticos y líderes sociales, de una jerarquía eclesiástica que se tambalea entre teorías sociales lunáticas y necedades Teilhardianas. ¡Pero no se dejen desanimar por víboras verborrágicas en un avión! Vamos a ganar esta guerra. 

Esto es lo que creo: la liturgia tradicional será restaurada universalmente como la forma litúrgica primaria y norma de nuestra fe; el descabellado misal romano de 1970 se convertirá en una aberración histórica, una curiosidad disponible solo en bibliotecas de investigación. Los pontífices transmitirán lo que han recibido, gobernarán prudentemente la Iglesia, y no osarán perturbar nuestra piedad. Nuestros prelados serán santos y modestos pero tendrán hierro en sus vértebras. Ahora, no me sorprendería si ustedes me interrumpieran en este punto “¿Realmente crees lo que estás diciendo? Quizás deberías quedarte callado.” ¿Cómo puedo estar tan seguro? Porque estoy convencido de que esto es lo que quiere Cristo Rey. Adaptando una vieja frase: “Si el rey no está contento, nadie está contento”. Del prefacio de la misa para la Fiesta de la Soberanía de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo: Él nos dará: “el reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.”

En conclusión, no puedo darles un mejor consejo que el de Monseñor Vincent Giammarino, pastor de la parroquia de San Miguel, en Atlantic City, durante la década de 1950:

“Mis queridas y buenas personas: hagan lo que tienen que hacer, cuando deben hacerlo, y de la mejor manera que puedan, por amor a Dios. Amen.”

Anthony Mazzone

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]
THE REMNANT

Edición en español de The Remnant, decano de la prensa católica en USA