En la primera lectura de la Misa de este segundo Domingo de Adviento (Is 40, 1-5. 9-11), Isaías que había vaticinado la cautividad del pueblo hebreo en Babilonia, le consuela ahora con la profecía de su libertad: se acabó su aflicción y está perdonada su maldad.

Para proclamar su anuncio, el profeta se sirve de la imagen de los mensajeros o pregoneros que en la antigüedad se encargaban de anunciar la llegada de los reyes, requiriendo a los habitantes para que arreglasen los caminos y alejasen los obstáculos. Ello obligaba a rellenar valles y hondonadas, rebajar montes y colinas, enderezar sendas torcidas… (vv. 3-4).

El anuncio se ha cumplido cuando la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se ha encarnado para redimirnos: Dios en persona ha venido al mundo, y el Evangelio de hoy nos presenta al mensajero, al heraldo que había de prepararle el camino:

«Y tú, pequeñuelo, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación, en la remisión de sus pecados» (Lc 1, 76-77).

La profecía de Isaías se aplica al reino de los cielos que se aproxima, traído por Jesucristo y a su pregonero y precursor: San Juan Bautista. «Voz de quien grita en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos (v.3) […] tras de mí viene uno más fuerte que yo» (v.7).

II. «Después que Juan hubo sido encarcelado, fue Jesús a Galilea, predicando la buena nueva de Dios, y diciendo: “El tiempo se ha cumplido, y se ha acercado el reino de Dios. Arrepentíos y creed en el Evangelio”» (Mc 1, 14-15). La condición necesaria para entrar en el reino de Dios que anunció Juan y, poco después, el mismo Jesucristo, es arrepentirse de los pecados y creer en el Evangelio

El Bautista predica la conversión, la cual, se manifiesta exteriormente recibiendo su bautismo que no era sino una preparación de Israel para recibir al Mesías, un medio eficaz para conseguir la gracia del arrepentimiento, condición del perdón. La preparación a la que invita San Juan Bautista es la conversión o penitencia que se expresa con la palabra griega metánoia que quiere decir “cambio de mentalidad”, es decir cambio de manera de pensar, de ideas que nos hacen comportarnos de una determinada manera: hacer unas cosas y omitir otras. El cambio de manera de pensar y la vuelta a Dios son condición indispensable para recibir la salvación que trae el reino de Dios, y que va a consistir en el perdón de los pecados.

«La Penitencia interior es aquella por la cual nos convertimos a Dios de todo corazón, detestando y aborreciendo las culpas cometidas, proponiendo al mismo tiempo firme y resueltamente enmendar la mala vida y perversas costumbres, con esperanza de conseguir el perdón de la misericordia de Dios. A ésta se sigue el dolor y la tristeza, que es perturbación y afección, y a la cual muchos llaman pasión, como compañera inseparable del aborrecimiento de los pecados. Y por esta razón muchos Santos Padres definen la Penitencia por este dolor o tormento del alma» (Catecismo Romano II, 5, 4).

El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es concedido por un sacramento propio llamado sacramento de la confesión o de la penitencia.

El Señor «instituyó el Sacramento de la Penitencia, por el cual estuviésemos confiados de que mediante la absolución del Sacerdote, se nos perdonaban los pecados, y sé tranquilizasen más nuestras conciencias por la fe, que con tanta razón se debe dar a la virtud de los Sacramentos. Porque las palabras del Sacerdote, que legítimamente nos absuelve de los pecados, las liemos de tomar del mismo modo que las de Cristo Señor nuestro, cuando dijo al paralítico: “Confía, hijo, tus pecados te son perdonados”. Pero además de esto como nadie puede salvarse sino por Cristo y por el beneficio de su Pasión, fue muy conveniente y muy útil para nosotros, que se instituyese este Sacramento, por cuya virtud y eficacia se nos aplicara la sangre de Cristo, y se nos quitasen los pecados que cometimos después del Bautismo, y de esa manera nos reconociésemos obligados a sólo nuestro Salvador por el beneficio de la reconciliación» (Catecismo Romano II, 5, 10).

III. Por último, podemos preguntarnos si el mensaje de San Juan Bautista tiene algo que decirnos a nosotros. Si todavía hoy, dos mil años después, es necesario convertirse, prepararse para recibir a Cristo que viene.

La razón de la respuesta positiva nos la da San Pedro en la segunda lectura (2P 3, 8-14): «El día del Señor vendrá como ladrón, y entonces pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ella no serán más halladas» (v.10) […] Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia (v.13)»

Frente a la tendencia de los innovadores a celebrar los afanes mundanos del hombre, conviene subrayar que el cielo nuevo y la tierra nueva no son realidades de la historia de este mundo, sino del otro. Se refieren a la renovación escatológica, a la final y eterna reordenación del universo creado. Y no son, ni el culmen de una evolución como pretenden los progresistas ni el resultado de la implantación de un mesianismo temporal, concepto de raíces judaizantes.

Por eso, en estas palabras de San Pedro coincidentes con otros tantos lugares de la Revelación, se puede fundamentar una espiritualidad auténticamente apocalíptica que resulta de vivir esa esperanza: «Si, pues, todo ha de disolverse así ¿cuál no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad para esperar y apresurar la Parusía del día de Dios (vv.11-12a) […] Por lo cual, carísimos, ya que esperáis estas cosas, procurad estar sin mancha y sin reproche para que Él os encuentre en paz (v.14)».

Por eso cuidaremos de no poner el corazón ni en los objetos ni en nuestras obras sino de conservarnos sin mancha y esforzarnos por anticipar ese día, con la mirada puesta en Cristo, autor y consumador de nuestra fe: «El que sigue la Ley de Dios, dice Teodoreto, y conforma su vida a esta Ley, es amigo de pensar en la venida del Señor» (Teodoreto).

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A punto de celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción, recordemos que la devoción a la Virgen es la mejor garantía para alcanzar los medios necesarios y la felicidad eterna a la que hemos sido destinados. Que ella nos recuerde que este mundo sólo es camino para el otro, que nos enseñe «a despreciar lo terreno y a amar lo celestial» (Misal Romano 1962, II Dom. Adviento, Or. Poscomunión). Y que nos alcance de su Divino Hijo la gracia de que todos los que la veneramos en la tierra podamos reunirnos un día para cantar sus alabanzas en el Cielo.

Padre Ángel David Martín Rubio

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