3.- Formas de dañar la vida corporal del prójimo

3.1.- El homicidio

Por el que el hombre usurpa el derecho que sólo Dios tiene sobre la vida humana, destruye la seguridad del trato humano y suprime el mayor bien natural que hay sobre la tierra. El homicidio puede también acarrear la “muerte” del alma del asesinado. El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (cfr. Gen 4:19)» (CEC, 2268). También “prohíbe hacer algo con intención de provocar indirectamente la muerte de una persona. La ley moral prohíbe exponer a alguien sin razón grave a un riesgo mortal, así como negar la asistencia a una persona en peligro” (CEC, 2269).

3.2.- El aborto

El aborto provocado del feto, a partir del momento de su concepción, es un homicidio especialmente grave, porque, además de la vida corporal, priva con seguridad a la criatura inocente de la gracia de Dios: la Iglesia castiga ese crimen con la pena de excomunión. “La vida es sagrada desde el primer momento de su concepción”.[1]

“El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente”[2]. Está castigado con la excomunión latae sententiae tanto para el que lo practica como para todos aquellos que participan en el mismo.

El canon 1398 del Código de Derecho canónico menciona que “una persona que realiza un aborto exitoso, incurre en la excomunión automática” (latae sententiae). Esto significa que en el mismo momento en que el aborto es consumado exitosamente, la mujer y todos los participantes son excomulgados.

El aborto se define como “el asesinato del feto, de cualquier manera o en cualquier momento, desde el momento de la concepción” (Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, publicado en las ” Actas de la Sede Apostólica ” vol. 80(1988),(1818)). Esta definición aplica a cualquier significado, incluyendo drogas, por medio de la cual un ser humano en el vientre de la madre es sacrificado. Cuando una mujer está consciente de estar en estado, la muerte intencional de la nueva vida en ella, no es solamente asesinato sino una ofensa sujeta a excomunión. Una mujer que sospecha que está esperando, tiene una grave responsabilidad y debe averiguar y proteger la posible vida en ella. Cualquier acción para terminar una “posible” vida, aunque probablemente no sea materia de excomunión, si refleja una gran indiferencia por la vida y es materia de pecado grave.

Todos aquellos que colaboran en llevar a cabo el aborto, son considerados conspiradores y sujetos a ser excomulgados. Esto incluye sin duda a los médicos y las enfermeras que participaron directamente, a los esposos, familiares y otros que con cuyo consejo colaboraron en hacerlo moralmente posible para la mujer afectada, y también todos los que la apoyaron en llevarlo a cabo.(Llevando a la clínica, financiando el aborto etc.)

Claramente hablando, aquellos que piensan que la posibilidad de tener abortos químicos solucionaría el problema, se engañan a sí mismos. Solamente ampliaría el grupo sujeto a la excomunión y culpables de falta grave, incluyendo entonces a los fabricantes de las medicinas, farmaceutas y médicos familiares. También debe de tomarse en consideración que actualmente muchas píldoras anticonceptivas son abortivas. Teóricamente el uso y conocimiento de las características abortivas de estas pastillas podría causar la excomunión. Los fabricantes de estas pastillas han estado considerando últimamente la peligrosa responsabilidad que comparten.[3]

“Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón y proclamada por la Iglesia”. El respeto de la vida debe ser reconocido como el confín que ninguna actividad individual o estatal puede superar. El derecho inalienable de toda persona humana inocente a la vida es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación y como tal debe ser reconocido y respetado tanto por parte de la sociedad como de la autoridad política (cfr. CEC, 2273).

Así, podemos afirmar que “el derecho a mandar constituye una exigencia del orden espiritual [moral] y dimana de Dios. Por ello, si los gobernantes promulgan una ley o dictan una disposición cualquiera contraria a ese orden espiritual y, por consiguiente, opuesta a la voluntad de Dios, en tal caso ni la ley promulgada ni la disposición dictada pueden obligar en conciencia al ciudadano (…); más aún, en semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa”[4]. Tanto es así que “leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”.[5]

“Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano” (CEC, 2274).

3.3.- El duelo

Participa de la malicia del homicidio y del suicidio, pues es la lucha concertada de antemano entre personas con armas propias para matar o herir gravemente. Además del pecado mortal que cometen los duelistas y sus cómplices, la Iglesia castiga a unos y otros con severas penas canónicas.

3.4.- Mutilaciones, cambios de sexo y manipulación embrionaria

Son consideradas también formas de dañar el propio cuerpo: las mutilaciones (ligadura o sección de las trompas de Falopio para evitar los embarazos), los cambios de sexo, la manipulación genética y embrionaria que no tenga fines curativos.[6]

Exceptuados los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral (CEC, 2297). Por lo tanto, no son contrarias a la ley moral aquéllas que se siguen de una acción terapéutica necesaria para el bien del cuerpo tomado en su totalidad, y que no se quieren ni como fin ni como medio, sino que se sufren y se toleran.

3.5.- Las lesiones

Las lesiones están también, lógicamente, prohibidas por este mandamiento, que, además de dar muerte, prohíbe golpear, herir o hacer cualquier otro daño al prójimo en el cuerpo, ya por sí, ya por otros. Como también agraviarle con palabras injuriosas o quererle mal.

4.- Otros pecados contra el quinto mandamiento se cometen dañando la convivencia

Además de los pecados por falta del amor y respeto debido al prójimo, se puede quebrantar  la caridad para con el prójimo con los siguientes pecados, que presentan aspectos internos de este mandamiento, que liga también los pensamiento y los afectos

4.1.- El odio.

El odio que es desear el mal del prójimo. “El que tiene odio a su hermano es un homicida” (1 Jn 3:15). Se da cuando la ira no encuentra un decidido freno en la voluntad. El hombre cegado por este afán malsano lleva camino de incurrir en todo género de pecados; continuamente cae en juicios temerarios y siniestros, en iras, envidias, detracciones,[7] y, especialmente, en una sed de venganza, que le lleva a buscar la ocasión para resarcirse de las injurias recibidas, tomando la justicia por su mano. Los pecados internos contra el quinto mandamiento comienzan justamente en esos repentinos enconos que –aunque retenidos en el corazón — enfrentan al hombre con sus semejantes; y puede ser pecado grave sí se da de ellos alguna señal.[8] Por eso es preciso moderar siempre el ímpetu de la pasión, sin permitir que deje algún rastro de rencor.

El corazón del hombre vengativo se encuentra en el extremo opuesto de la mansedumbre y de la paz que predicó Jesús en el sermón de la Montaña (Cfr. Mt 5: 4-9), que puso como norma de conducta para todos los cristianos.

4.2.- La envidia.

Del latín “invidĭa”. La envidia es el deseo de obtener algo que posee otra persona y que uno carece. Se trata, por lo tanto, del pesar, la tristeza o el malestar por el bien ajeno. En este sentido, la envidia constituye el resentimiento (el sujeto no quiere mejorar su posición sino que desea que al otro le vaya peor).

La envidia es uno de los sietes pecados capitales, ya que supone la fuente de otros pecados. El envidioso desea tener algo a costa de privar a otra persona de dicha posesión.

Esta doble condición de desear algo que no se tiene y pretender obtenerlo a partir de lo que otro tiene hace que la envidia cause infelicidad y dolor a aquel que experimenta el sentimiento. El envidioso no se conforma con obtener algo, sino que quiere producir mal a la persona que tiene lo que él envidia.

4.3.- La discordia, que es la disensión de voluntades en lo tocante al bien de Dios y del prójimo, y que no se desea superar.

4.4.- La riña, que procede muchas veces de la discordia y consiste en la pelea verbal, o con golpes y heridas, contra el prójimo.

4.5.- La violencia contra la sociedad, que, como la guerra, se opone directamente al bien de la comunidad.

5.- Pecados contra la vida espiritual

Pecan también contra el quinto mandamiento los que atentan contra la vida o salud espiritual del prójimo. Los cristianos, como consecuencia del amor que debemos tener a todos, estamos obligados a ayudar a los demás para que se acerquen a Dios, con la comprensión, alabando lo bueno, sabiendo aconsejar y animar en sentido siempre positivo y optimista, corrigiendo al que yerra cuando sea oportuno y llenando todos los ambientes de la convivencia humana de paz y de alegría.

El escándalo

A la caridad que exige el quinto mandamiento, se opone de un modo directo el pecado de escándalo, es decir, las palabras, hechos u omisiones que inducen al prójimo a ofender a Dios:

– Es pecado grave porque pretende destruir la obra más grande de Dios, que es la Redención,  provocando la pérdida de las almas. Nuestro Señor nos advirtió claramente de la gravedad de este pecado.

El escándalo directo puede ser causado por odio -entonces es diabólico- o por pasión. Pretende directamente el pecado ajeno.

Se puede también provocar escándalo indirectamente, cuando se obra de modo ligero e imprudente y, con el debido cuidado, se hubiera podido prever y evitar las consecuencias malas.

El escándalo indirecto es el más corriente, y se evita con la buena formación de la conciencia. Existen muchas maneras y campos de la vida social en que es fácil provocar escándalo: comentarios poco justos, de palabra y por escrito; ciertos espectáculos; la distribución de libros y revistas; las modas, los nuevos medios comunicación; etc.

6- La reparación

Hay obligación de reparar de manera proporcionada a los que se haya perjudicado en el cuerpo o en el alma. Es decir, no es bastante que uno se confiese: ha de reparar el mal que ha hecho, resarciendo los daños producidos, retractándose de los errores que enseñó, dando buen ejemplo, etc.

7.- El perdón

Se debe procurar no odiar al enemigo y renunciar a la venganza, que son los límites negativos que impone el quinto mandamiento: el que los traspasa mata de raíz la caridad fraterna, contenido positivo del precepto.

Para saber perdonar las ofensas e injurias debemos tener presente que:

  • las injurias, aunque pueden pecar los que las hacen, las permite Dios, y pueden servirnos para nuestra purificación personal : “Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9);
  • si perdonamos las ofensas ajenas, Dios nos perdonará las nuestras, y nos ennoblecemos al asemejarnos a Dios que nos perdonó y sigue perdonando a los pecadores ;
  • si guardamos odio o rencor contra los que nos ofenden, este pecado se acabará clavando tan profundamente en nuestro corazón, que nos apartará de Dios y nos llevará a cometer otros muchos pecados.

Para no admitir en nosotros el odio o el rencor, nos conviene:

  • contemplar la Pasión sufrida por Nuestro Señor con objeto de recibir el castigo merecido por nuestros pecados;
  • pensar en el juicio que sigue a la muerte, en el que necesitaremos de mucha misericordia de Dios.

8.- La Misericordia

La caridad lleva necesariamente a buscar el bien de los demás y a remediar sus miserias como si fueran propias. En esto consiste justamente la misericordia.

Es propio de Dios tener misericordia y perdonar; ya que su misericordia se derrama constantemente sobre nuestra indigencia. De ahí que, para seguir sus pisadas y querer de verdad a Dios y a los demás por Dios, debamos ejercitar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.

Santo Tomás estudia la misericordia como uno de los efectos interiores del amor, acto principal de la virtud de la caridad.

El Señor nos ha dicho: Sed misericordiosos como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6:36); “cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”(Mt 25:40), y “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5:7).

La Iglesia ha codificado tradicionalmente las manifestaciones de la misericordia en siete obras espirituales y siete corporales.

Hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales.

Obras de misericordia corporales:

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Las obras de misericordia corporales, en su mayoría surgen de una lista hecha por Jesucristo en su descripción del Juicio Final. La lista de las obras de misericordia espirituales la ha tomado la Iglesia de otros textos que están a lo largo de la Biblia y de actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento, etc.

Todas son importantes, porque el hombre está hecho de carne y espíritu, y como tal ha de dar gloria a Dios. Sin embargo, las espirituales alcanzan de modo más inmediato el fin de la caridad, y guardan cierta preeminencia sobre las corporales, ya que el don espiritual siempre es mejor

Junto a eso, cada uno ha de procurar poner remedio según su capacidad a las necesidades materiales de los demás, principalmente ejerciendo la propia profesión y los derechos y deberes de ciudadano con el pensamiento puesto en los demás, con espíritu de justicia y de misericordia; así podrá contribuir de manera eficaz a resolver los problemas y miserias de la sociedad, tanto materiales como espirituales. que el corporal. De ahí que la preocupación por socorrer al prójimo en las necesidades del alma, deba estar presente en todas las circunstancias de la vida del cristiano.

Padre Lucas Prados


[1] Declaración de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el aborto procurado. 1 8-Xl-1974.

[2] Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, 62.

[3] Para incurrir en la excomunión, uno debe de estar en conocimiento de que el aborto conlleva esa consecuencia. El Canon 1323 prevé excluir de la sanción a aquellos que no han cumplido los 16 años, los que no conocen esta Ley o están en error sobre su alcance, los que fueron forzados a esta decisión, los que tuvieron un accidente imprevisto, los que actuaron por miedo o no estaban en su santo juicio, (excepto culpabilidad causada por el alcoholismo). Por lo tanto una mujer forzada por un hombre abusivo, para hacerse un aborto, no estaría sujeta a la excomunión.

[4] Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, 51.

[5] Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, 73.

[6] Puede ampliar información acudiendo a los artículos que se publicaron en esta web sobre “Cuestiones médicas con implicaciones morales”: https://adelantelafe.com/download/cuestiones-medicas-implicaciones-morales-p-lucas-prados/

[7] Cfr. Catecismo Romano. parte III, cap. VI, 24.

[8] Cfr. Catecismo Romano. parte III, cap. VI, 12.

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com