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El rendez-vous palaciego de Monseñor Omella al poder civil

Esas cosas pasan. Y es un gota a gota que nos va calando hasta los huesos. La jerarquía eclesiástica, fiel a su alcurnia, tan educada, tan mirada y remirada con el poder civil, tan cuidadosa de no pisar callos: aunque todos ellos, individual y colectivamente, se hagan pis sobre nuestras creencias, nuestros valores y nuestros símbolos. Por eso, por razones de altísima política, no pudieron faltar en el Palacio de la Generalidad de Cataluña para la bendición de las rosas de San Jordi, las dos máximas figuras eclesiásticas de la ciudad: el Cardenal emérito Sistach y D. Juan José Omella, el Arzobispo. Sin ellos hubiese quedado deslucida la fiesta. ¡Menudo desdoro! Y al fin y al cabo, si hasta hay una pastoral para presos, para militares (en Colombia dio mucho que hablar la pastoral de los sicarios) y para otros colectivos, ¿por qué no va a haber una pastoral para los enemigos declarados del cristianismo y de la cristiandad?

Y entretanto (bueno, la víspera del gran día), un cura de a pie, que ejerce su apostolado entre gente dicen que singular, iba acompañándoles en la manifestación por la libertad religiosa y contra la cristianofobia (de todo género de fobias, líbranos Señor). Por dar la nota. Y allá que se fueron con su Cristo desde la catedral a la plaza de los dos palacios: el de la Generalidad y el del Ayuntamiento de la Colau. Mientras los unos se esfuerzan en confundirse con el paisaje y hermanarse al enemigo, los otros, que mire usted… Pero la libertad tiene sus detractores: dentro y fuera.

La verdad es que no me saco el autobús de la cabeza. El de Hazte Oír. Y no me lo saco de la cabeza porque cuando me pongo a comparar el poder de los obispos: temible si llegaran a ejercerlo, y el poder de esos pobres diablos de HO (una mota de polvo en el panorama de la defensa de los valores), siento una profunda vergüenza por la actitud miserable de los obispos (los que tienen ese poder que no ejercen) en la defensa de los principios que supuestamente inspiran su pastoral. El cayado (¿no será con ll?) es impresionante; pero colectivamente son tan sumamente discretos los señores obispos, y tan políticamente correctos, que no desentonan del panorama. Y así, mientras nuestro Arzobispo se funde y confunde feliz con el ambiente, y les cuenta lindezas lisonjeras a los políticos que le agasajan, un cura de barrio sale con un Cristo a la calle, ¡pobre!, tan triste como los de HO, a protestar por la cristianofobia y a desdorarle a su obispo el rendez-vous palaciego. ¡Ah!, y un turista preguntándole al guardia de la puerta de palacio, si la movida aquella del Cristo formaba parte de la celebración oficial del día de la rosa. ¡Así no vamos a ningún sitio!

El cura, llevando su protesta ante los palacios de los poderosos, acusándoles de trabajar por la desnaturalización de la familia creando otros inventos de familia (¿a quién ofende esta verdad?); clamando contra el asesinato masivo de los inocentes no nacidos, que se practica en Cataluña (financiados por la Generalidad todos los abortos e infanticidios de nonatos capaces de nacer); eso tampoco es discutible. Acusándoles del infame control ideológico de la enseñanza (otra evidencia; pero los aludidos ya nos demostraron con la reacción ante el bus de Hazte Oir, que la evidencia es tremendamente subversiva). Y como síntesis de estas directrices del gobierno al que el prelado había ido a halagar, la laminación de la libertad de culto: que no genera conflictos mientras no se ejerza; pero que provoca incendios en cuanto se pretende ejercerla fuera de la reclusión de las iglesias y sacristías. Y la que se ejerce, siempre con la venia de estos poderes tan rabiosamente anticristianos. Es el tributo obligado a la “convivencia pacífica”.

El cura ladrando en la calle, y el obispo dándoles jabón en palacio. Que si el dragón, que si el diablo, el padre de la división, que si la defensa del pueblo ante las insidias del mal… En fin, que en ocasión tan señalada, ellos eran los buenos; y los malos quedaban fuera. ¿Y cuáles eran los males contra los que el obispo invitaba a luchar a los políticos para que les quedase el traje a la medida? Les recordó lo importante que era estar por el respeto a los derechos humanos, luchar contra el maltrato de los inocentes (¿no llamará maltrato al asesinato?; mucho eufemismo es ése, ¿no?), la violencia, el terrorismo, la persecución y la creciente desigualdad social. Y les encareció que todo se desarrollase sin confrontación, todo sin romper la concordia de todos con todos. ¿Y si esa seráfica concordia que nos recordaba San Jorge acariciando al dragón con la espada, era para dejarles atacar más dulcemente los principios cristianos? ¿Cómo se le iba a dar ese supuesto a Alicia en el País de las Maravillas? En fin, fue un sermón precioso, que les dejó a todos encantados. A la medida de los personajes y de su circunstancia.

Supongo que planteadas las cosas con ese buen rollo, en la Generalidad no le darían al obispo instrucciones como en el Ayuntamiento de Hospitalet; es de esperar que en una circunstancia así, no le afearían el desdoro que representa para instituciones honorables (tanto como lo fue el “molt honorable”), que en la víspera de tan señalado día, un cura recordase a Puigdemont, Junqueras y Colau la guerra encarnizada que mantienen contra los principios cristianos; y que les recordase, aunque no explícitamente, lo del padrenuestro sacrílego que tan ufana premió la alcaldesa de Barcelona. No, nada de eso. Todo manejado sagazmente, con una buena dosis de sonrisas de ida y vuelta. Sonrisas que en aras de la concordia intentarán hacerlas durar todo el año.

Es que si la imposición y la confrontación no son el modelo que enseñan Jesucristo y San Jordi, como los anfitriones del obispo no se sienten obligados ni por Jesucristo ni por ningún santo, resulta que esas enseñanzas quedan sólo para el obispo y sus ovejas. Las autoridades civiles pueden imponernos lo que quieran y pueden ir tranquilamente al enfrentamiento directo (no olvidemos el padrenuestro blasfemo); pero los cristianos, por serlo, nos hemos de plegar a sus imposiciones y no responder a sus provocaciones.

Pero claro, no todos los cristianos pensamos, como los señores obispos, que hemos de someternos a los abusos flagrantes del poder civil. No todos creemos que nuestro deber de cristianos sea doblegarnos a sus leyes inicuas sin rechistar. Ni todos creemos que la táctica más sensata sea aguantar todas las agresiones que desde el poder se cometen contra la moral que hemos recibido de nuestros padres, y soportar en silencio todas las provocaciones con que se burlan de lo más sagrado. Algunos pensamos que la manera de reventar algún día, ¡Dios no lo quiera!, es aguantar lo inaguantable. Y puesto que las consecuencias de aguantar tanto son catastróficas, creemos que es mucho más sano ir sacando el pus de la herida. La historia nos tiene bien aleccionados al respecto.

Si los obispos, pues, no son de ese temple, al menos que no vayan criticando a los del autobús en petit comité, buscándole los tres pies al gato para así tapar su cobardía. Si no se atreven ellos a defender los principios cristianos, que no critiquen a los que sí se atreven, que no les echen zancadillas. Claro que eso les deja a ellos en mal lugar. Pero debieran entender los señores obispos que estos valientes que defienden la libertad religiosa en la calle, al fin y al cabo les están haciendo un gran servicio a ellos mismos; porque se les atribuye también a ellos la valentía de sus fieles. El turista, convencido de que la manifestación era una aportación del obispo al esplendor de la fiesta.

En fin, tengo la extraña sensación de que nuestros pastores se han pasado del ostentoso cayado al estentóreo “callado”. Es que, pobres, en su singular pastoral con los poderosos se ven obligados a pasar mucho tiempo con ellos y a confraternizar con sus enemigos, de manera que han aprendido a ponerse en su lugar y a desarrollar sus mismos gustos y disgustos. Y por ese camino llega el momento en que las autoridades civiles ni necesitan mandar: aunque su objetivo sea tan desvergonzado como desvirtuar la escuela cristiana hasta las entretelas. ¡Pues fantástico! La jerarquía eclesiástica en peso se dedica a obedecer, y por encima de todo a callar. Es que lo del buen rollo y la concordia es la base de esa pastoral de los más altos eclesiásticos. Como al fin y al cabo se trata de llevarse bien con el corrupto y corruptor poder político, hemos de procurar que si acaso hay malestar, que no se note que nos sentimos perseguidos y burlados.

Pero esto es el colmo, ¿no? No, no, ¡esto es el Síndrome de Estocolmo!

Virtelius Temerarius




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