En la tarde del 23 de mayo ha fallecido Antonio Sánchez González del Pino, al que no tenemos reparo en calificar como un Héroe anónimo de la Misa Tradicional.

Conocimos a Antonio a finales de los años 80 y, por encima de las diferencias generacionales, o de cualquier otra circunstancia que nos pudiera distanciar, nos unió la fe. La fe en Cristo, en el seno de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. Pues al pensar en él, no podemos dejar de considerar que fue una de las personas más fieles que hemos conocido al rito romano, según el misal de San Pio V. Antonio fue, en su vida un hombre casi anónimo, uno de los millares de católicos que, ante las tormentosas vicisitudes del «espíritu del posconcilio» se erigió con firmeza de voz y actitud al modo orteguiano para decir con claridad: «¡No es esto!, ¡no es esto!». Y ¿qué cosa no era para Antonio aceptable de aquel «espíritu del post-concilio»? Pues, ni más ni menos que, lo que años más tarde el papa Benedicto XVI llegara a denunciar con la autoridad que le confería la sede petrina.

Antonio, como muchos otros, no solo no se conformaba con lo que estaba sucediendo, sino que tomó parte activa y mostró su compromiso laical en actividades asociativas como fundador del Círculo Católico San Miguel Arcángel —asociación que allá por los ochenta, defendía y promovía la Misa Tradicional y los Catecismos de San Pio V y San Pío X, por entonces los únicos vigentes—, participó en iniciativas internacionales como la manifestación parisina que en 1989 expresó el espíritu contrarrevolucionario como miembro honorario de la asociación L’Anti-89, y nos consta su temprana pertenencia a la asociación Una Voce Sevilla.

Vivió años aciagos, en los que la Santa Misa, la Misa de siempre, fue proscrita y perseguida. Tal era su fidelidad, que durante años, tenía que desplazarse en autobús hasta Granada (500km ida y vuelta), para asistir a la Misa que, una vez al mes, celebran allí los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pio X, en un localito de la periferia habilitado como capilla. Porque Antonio, como millares de católicos, fue una de tantas personas que pasó de vivir su fe cómodamente en su parroquia, a ser brutal y repentinamente desplazado a la periferia existencial, sin que sobre él se virtiera misericordia alguna, por parte de la jerarquía de la Iglesia ni de la sociedad aggiornadas.

La concesión de la Misa tradicional a Una Voce Sevilla, supuso para nuestro amigo un gesto de clemencia que podríamos entender de manera personalísima, dadas sus conocidas limitaciones físicas, pero sobre todo fue un regalo espiritual. A partir de entonces, Antonio reduciría los desplazamientos para asistir a la Santa Misa, a la Misa de siempre, ya que se rehabilitaba en su ciudad y la celebraba un sacerdote diocesano.

Antonio en su última Misa Tradicional, dos semanas antes de fallecer

Y todo esto tiene tanto más valor si consideramos los problemas físicos mencionados, que le hacían andar con muletas, y posteriormente con andador, que habrían amilanado a cualquiera de nosotros siquiera para ir a la tienda de abajo a comprar el pan. Pero allí iba él donde había una Misa, sólo, en autobús, en metro, tardando diez veces más que cualquiera, como fuera necesario si allí podía encontrarse con la Santa Misa Tradicional, con su Misa, donde él encontraba la paz espiritual unido a Cristo en el Calvario. Cuando la mayoría aún dormíamos, Antonio ya estaba en la calle iniciando su lento peregrinar hacia su Santa Misa. Una actitud verdaderamente heroica que despertaba la admiración de cuantos lo conocíamos.

A la familia queremos expresarle nuestras sinceras condolencias. Pues nos duele el perder la presencia de aquel con el que tanto compartimos. Nunca le conocimos la menor duda del camino a seguir, tuvo la gracia de la fidelidad y de la perseverancia. Por ello lo reconocemos como uno de los últimos tradicionalistas de Sevilla en estado puro, sin contaminación mundana. Nació en el seno de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y de rito romano. Y en ella vive, habiendo cumplido fielmente la fase militante, en la Iglesia perdura: ¡Que Dios lo tenga en su Gloria!. Descanse en Paz.