El grande y noble sentimiento de la amistad se ha convertido para algunos en sinónimo de homosexualidad. Pero no basta, la ideología homosexualista va más allá y ataca al Catolicismo utilizando figuras y símbolos de la sequela Christi (seguir a Cristo), así, por ejemplo, las Santas Perpetua y Felicidad: martirizadas hoy en la memoria, como lo fueron en el cuerpo el 7 de marzo del año 203. La horrible ofensa a estas mártires es presentada en el «Proggeto Gionata. Portale su fede ed omossesualità» “Proyecto Jonatán. Portal sobre la fe y la homosexualidad“, donde se lee: «algunos las consideran santas lesbianas o patronas de las parejas del mismo sexo».

Quien sabe cuántas feministas, que ensalzan la unión civil, que se preparan para celebrar la “Fiesta de la mujer” del 8 de marzo, aplauden esta falsa e inmunda referencia. Hablemos ahora de estas santas a través de la historia de la Iglesia y preparémonos dignamente a hacer memoria litúrgica el próximo 7 de marzo. Junto con San Cipriano, Santas Perpetua y Felicidad forman parte del número de mártires africanos más ilustres de la Cristiandad. Estas dos esposas y madres sufrieron el martirio bajo el Emperador Septimio Severo junto con Saturo, Revocato, Saturnino y Secúndulo.

Vibia Perpetua, una aristocrática y culta matrona de 22 años, esposa y madre de un niño, era con sus sirvientes, compañeros de martirio, originaria de Thuburbo Minus, antigua ciudad del África proconsular -la actual Tebourba en Túnez- tierra que en el siglo III estaba tapizada de iglesias, como aparece en los mapas históricos, al punto que surgieron de allí tres Papas: Víctor I (189-199), Melquíades (311- 314), Gelasio I (492-496). Pero con la invasión de los árabes (siglo VII) se impuso la islamización (hoy el 98,6% de la población es de religión musulmana); por esta última razón, excepto en Cartagena, no se encuentran más trazos en África del culto dado a Perpetua y Felicidad, sin embargo eso ocurrió (entre el siglo III y IV)) en Italia y en España.

El aniversario de su martirio es recordado en el Depositio martyrum, calendario romano del siglo IV. Trazos de la devoción los reencontramos en un sarcófago de Bureba (España, mediados del siglo IV); también en el desfile triunfal de los mártires presentado en San Apolinario Nuovo en Ravena y en la basílica de Parenzo (ciudad situada en la costa occidental de la península istriana, siglo IV). En fin, en el nombre de todos los miembros del grupo de los compañeros mártires en el Martirologio jeronimiano. El encarcelamiento, los preliminares del martirio y el mismo martirio son narrados en la Pasión que a menudo se considera el arquetipo de la pasión de los mártires cristianos.

La Pasión es un documento compuesto, redactado inmediatamente después del martirio. Está constituido de cuatro partes: un prefacio de carácter oratorio (§ 1), seguido de un breve capítulo, en el cual el autor anónimo presenta a los catecúmenos, para dar enseguida la palabra a Perpetua, reproduciendo lo que ella escribió en su Diario de prisión (§ 2). Esta parte describe lo que le ocurrió después de su encarcelamiento, los esfuerzos de su padre para alejarla de la fe y las cuatro visiones que tuvo durante la prisión (§§ 3-10).

La narración se interrumpe en la vigilia de los juegos en el anfiteatro de Cartagena y concluye con las siguientes palabras de la santa: «Esto es aquello que yo hice hasta la vigilia de los juegos; con relación a aquello que ocurrirá durante los mismos juegos, si alguien quiere, que lo escriba» (§ 10-15). A continuación encontramos una breve narración del catequista Saturo, que revela una de sus visiones del Paraíso (§§ 11-13). La cuarta y última parte describe los juegos, en los cuales los cristianos resultaron muertos. Los estudios conducen a presumir que el original de la Pasión haya sido redactada en latín y no en griego (versión encontrada a fines del siglo XIX) y que el autor sea Tertuliano, el cual, sin modificar los relatos personales de Perpetua y de Saturo, los habría intercalado con una parte narrativa (§§ 14- 21), insertando el todo entre un prólogo y un epílogo. Sin embargo, el estudioso René Braun ha propuesto la tesis de que el narrador podría ser el diacono Pomponio, más de una vez mencionado por Perpetua como su maestro en la fe.

En toda la literatura hagiográfica no se encuentran muchos textos ricos en tanto espontáneo frescor cuanto nos lo muestra esta Pasión. La vida de los mártires en la cárcel es descripta de un modo ejemplar. Poco después del arresto, los catecúmenos, muy rápidamente bautizados, son encerrados en un obscuro calabozo de una cárcel de Cartagena. Dos diáconos, Tercio y Pomponio, se esfuerzan en aliviar un poco su sufrimiento. Perpetua, por su parte, es torturada no por sí misma, sino por causa de su niño.

Escribe: «¡Oh día terrible! Calor sofocante provocado por el hacinamiento […] lloraba de preocupación por mi niño, allí. Entonces Tercio y Pomponio […] pagando una propina, obtuvieron ser transferidos por pocas horas a una parte mejor de la cárcel, donde pudieron encontrar reposo. Entonces, saliendo de la cárcel (subterránea) todos teníamos el modo de pensar en nosotros mismos: yo amamantaba al bebé, ahora agotado por inanición; preocupada como estaba por él, hablaba con mi madre, daba valor a mi hermano, aconsejaba a mi hijo. Me atormentaba porque les veía atormentarse por causa mía. Soporté tales preocupaciones durante muchos días y conseguí que el niño permaneciera conmigo en la cárcel; e inmediatamente se recuperó y fui aliviada de la pena y de la preocupación […] y la cárcel se convirtió para mí de improviso en un palacio, a tal punto que prefería estar allí antes que en cualquier otro lugar » (§ 3, 6-9).

Esta santa madre que desea la vida para su hijo y la muerte para sí misma, no cede a la voluntad de la autoridad, que la procesa y le exige hacer el sacrificio a los dioses, y no sucumbe a la apostasía que los sacerdotes paganos le proponen por todos los medios.

De las cuatro visiones, la primera es la más rica en imágenes y símbolos, de la cual se ha nutrido la más antigua tradición iconográfica. La santa ve una estrecha escalera de bronce elevada hasta el cielo, al lado de la cual había diversos instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, aguijones. Si la persona no se daba cuenta le desgarraban la carne. A los pies de la escalera se encontraba una serpiente gigantesca, preparada para impedir la salida a quien se acercaba, pero Perpetua pisó su cabeza como si fuese el primer peldaño y continuó para alcanzar un inmenso jardín, habitado por miles de personas vestidas de blanco, en cuyo centro estaba un pastor que, mientras ordeñaba sus ovejas, le dio la bienvenida, después la llamó por su nombre y le ofreció un bocado de queso que comía, «y yo lo tomé con mis manos y lo comí; y todos en el entorno dijeron: ´Amen´. Al sonido de aquellas voces me desperté teniendo aún en la boca un no se qué de dulce. E inmediatamente me dirigí a mis hermanos y entendimos que habría pasión y comenzamos a no colocar más ninguna esperanza en el mundo» (§ 4, 9-10).

En el episodio final aparece Felicidad (quizás la esposa de Revocato), madre del niño que lleva en el útero desde hace ocho meses. Está profundamente afligida: teme que su martirio pueda ser pospuesto por causa de su gravidez. De hecho la ley romana prohibía la ejecución capital de las mujeres encintas. Pero donde no puede intervenir el hombre, para aquellos que tienen fe interviene Dios, así que dos días antes de los juegos romanos, donde los cristianos serían dados como comida a las bestias salvajes, el grupo se unió en oración y sucedió el milagro: Felicitas dio a luz una niña que una «hermana en la fe crió como si fuese su hija» (§ 15,7).

La mañana del 7 de marzo dejaron la cárcel para entrar en la arena. En la Pasión el autor define a Perpetua como matrona Christi (esposa de Cristo), Dei delicata (predilecta de Dios), mientras que de Felicidad está dicho: «dichosa de haber dado a luz sin perjuicio alguno, para poder combatir contra las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la comadrona al reciario -NT: una clase de gladiador solo cubierto por un taparrabos- preparada para recibir, después del parto, el baño de un segundo bautismo» (§ 18,3).

El coraje que el Señor dio a Perpetua fue el mismo que inculcó a Felicidad, la cual, mientras estaba en el trabajo del parto, respondió a un ordenanza de la cárcel que le preguntaba que haría estando frente a las fieras si ya ahora se lamentaba de las contracciones del parto: "Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él." (§ 15,6)

Algunos intérpretes modernistas de la “cuestión feminista” en el interior de la Iglesia han intentado leer la Pasión de Perpetua y Felicidad en clave feminista y es precisamente este malsano enfoque que ha abierto las puertas a los defensores de la blasfemia homosexual a ellas dirigida. Mujer noble la primera y ama de casa la segunda, se encontraron hermanas en Cristo, hermanas que compartieron la misma suerte, consumando el sacrificio por amor a Él, pero también hermanas para testimoniar en el tiempo su martirio y, por lo tanto, Hermanas Nuestras.

Cristina Siccardi

(Artículo original)

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