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¿También vosotros queréis marcharos? (Juan 6, 67)

La cita evangélica que intitula esta carta podríamos leerla HOY con una mirada valiente hacia nuestra conciencia. Para ello es necesario “volver” a la escena del evangelio haciendo un ejercicio saludable de imaginación, como propone San Ignacio de Loyola para orar con provecho, entrando en aquel contexto de gente descreída ante la predicación de Jesucristo. Entremos en ese gentío como uno más, y observemos:

– Todos seguimos con alegría al Redentor cuando lo vemos curar enfermos, liberar poseídos, alimentar a las muchedumbres, resucitar a algunos muertos, condenar las injusticias, evidenciar las hipocresías, vencer moralmente a los que trabajan para el Maligno….si, cuando lo vemos así y además cada uno de nosotros se beneficia de su poder amoroso, lo seguimos sin dudarlo. Y si además nos promete la vida eterna en el Cielo, nuestro seguimiento se torna en entusiasmo y somos capaces de poner nuestros mantos a sus pies como cuando entró en Jerusalén el Domingo de Ramos.

– Pero cuando escuchamos de su voz la llamada a la conversión, al arrepentimiento de los pecados, a cambiar nuestras vidas, a tomar la cruz y seguirle, a ser digno de Él relegando todos los afectos al amor debido a Dios sobre todas las cosas….., entonces ya no lo queremos, ya no es “nuestro” Salvador, ya nos acordamos que “antes” de conocerle vivíamos mejor y las “cebollas de Egipto” (ver Éxodo) nos hacen olvidar todas las prendas de Amor descritas en el párrafo anterior.

Entonces es cuando se produce el abandono masivo, casi todos los que aclamaban a Cristo como Salvador le dan la espalda porque, sencillamente, buscaban un “dios de bolsillo” y no un “Dios de Amor” que da y también exige porque el Amor o es correspondido o deja de ser Amor de verdad. Y, no obstante, unos pocos, si, el “resto de Israel”……….unos pocos fieles de verdad se quedan con el Mesías ante el espectáculo de la desbandada general. Pues bien, Nuestro Señor Jesucristo reacciona de la siguiente manera:

* A los pocos que se quedan les dice “¿También vosotros queréis marcharos?”……impresiona la respuesta del Señor ante la huida de la mayoría. Jesús no quiere cerca suya a nadie a la fuerza, sino desde la libertad de los hijos de Dios. A los fieles les “provoca” con esa pregunta, les da a entender que su fidelidad ha de estar marcada por una profunda libertad y sinceridad. Y será Pedro quien responda en nombre del sentir de esos fieles “¿Donde iremos Señor? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.

* Y a los muchos que se van…..¿les dice algo el Señor?…..¿les manda volver para suavizar su mensaje o para adaptarlo al sentir de la mayoría?……en absoluto. El evangelista no dice nada de eso. Se marcharon porque no soportaban la exigencia del mensaje de Cristo, y Cristo no cedió en esa exigencia para propiciar el regreso de esa mayoría.

Entonces, ¿Qué Conclusiones podríamos obtener para el HOY de nuestra Iglesia? Para expresar esas conclusiones hay que aludir a la VALENTÍA de reconocer la Realidad, y a la SINCERIDAD de proclamar el mensaje del Señor sin recortes ni edulcorantes. Seamos pues valientes y sinceros y Hoy hagamos examen de conciencia no sólo particular sino comunitario (o eclesial):

1ª: Hoy la llamada a la Conversión en las predicaciones y catequesis es muy débil, a veces abiertamente desaparecida, y a veces disfrazada con palabras muy cuidadas para no tocar las conciencias individuales y/o de grupo. La llamada a la conversión, cuando se da, suele ir precedida de una especie de adulación a lo mundano a la par de una vergonzosa y vergonzante crisis de identidad en la Iglesia. Da la impresión que la Iglesia “pide perdón” a los hombres por llamarlos a la conversión.

2ª: Hoy nos “quejamos” de la desaparición del sentido de pecado en las conciencias. Pero, ¿que hacemos en la Iglesia para solventar ese mal?; ¿Predicamos sobre el pecado o tememos crear “complejos de culpa” en las personas como si nuestra tarea fuera psiquiátrica y no evangelizadora?; da la impresión, en general y salvo excepciones, que en la Iglesia da miedo hablar del Pecado, se evita hablar del Tentador (o sea, Satanás, y no el “mal “ como concepto), da temor recordar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y sobre todo en el ámbito de la moral sacramental y afectiva, parece que todo lo que era pecado “antes” ya dejó de serlo ahora por el simple hecho de que la mayoría lo practica. Faltar a Misa en domingo y tener relaciones sexuales fuera o antes del matrimonio son dos ejemplos típicos de pecado mortal que casi todo el mundo comete sin tener conciencia alguna de pecado, ya que la mayoría lo hace y en la Iglesia no se recuerda su gravedad moral.

3ª: Hoy la “Cruz” desapareció de el anuncio cristiano de salvación. Lo de tomar la cruz y seguir a Cristo se ha cambiado por una leve alusión ética a la lucha contra las injusticias temporales pero sin revertir la mirada moral hacia la propia conciencia, hacia el alma inmortal donde ha de tener su espacio de combate la virtud y el pecado. Da la impresión que ser cristiano consiste en el solo crecimiento individual, la acción social colectiva del tipo “ong” vaciada de espiritualidad, la vida “sacramental” impregnada de tradición cultural y sociológica pero exenta de contenido sagrado.

4ª: El amor a Dios sobre todo lo demás se ha visto ahogado por una inmensa ideología de la emotividad afectiva, solo humanista y con apenas un simbolismo religioso que no deja señal alguna en los corazones. Cristo ha sido suplantado por el ser humano y relegado a la periferia de nuestra capacidad de amar, en un símil que podría aplicarse a esa tendencia de ubicar los Sagrarios no en el centro de los Templos sino en capillas laterales….

Tras señalar cuatro conclusiones desde un aliento de valentía, ¿cuales habrían de asumirse, a modo de propósito, desde la sinceridad de predicar a Cristo y su mensaje total, de cruz y resurrección?

Propósito de predicar para agradar a Dios y no al mundo (Gálatas 1, 10). No exageramos si reconocemos sinceramente que llevamos medio siglo en un torpe empeño de agradar a los hombres y no a Dios con nuestro estilo, en general, de predicar y formar. Y por sus frutos de conoce al árbol: medios siglo de confirmación en el abandono masivo. Si Cristo no fue a mendigar la aprobación de esa masa humana que lo abandonaba, ¿Porqué en la Iglesia caemos en la tentación de hacerlo?

Propósito de exhortar a las conciencias sobre la realidad del Pecado, del Juicio y del Infierno como tremenda posibilidad real. No olvidemos que “el principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Cfr Proverbios) que además es DON del Espíritu Santo.

Propósito de llamar a la conversión desde un cambio de vida que nos lleve a abrazar la cruz por amor a Dios y a los demás. Ese abrazo de la cruz lleva consigo recuperar la identidad, el signo visible de nuestra Fe y nuestra Iglesia. Los mártires nos dan ejemplo de ello: si en momentos tan duros abrazaron la cruz y expresaron su identidad, ¿como es posible que en momentos no tan duros mantengamos tantos complejos para ocultar la Cruz y todo lo que la Cruz lleva consigo como camino único hacia la Resurrección?

Es decir: imitemos a Cristo como Él mismo nos ha pedido. Seamos fieles a una predicación católica sin recortes ni medias verdades ni abiertas mentiras por oportunismo mundano. No caigamos en la tentación de creer que las almas se acercan a Dios si rebajamos el mensaje, pues se acercarán a nosotros humanamente pero NO a Dios. No vendamos la Palabra de Dios por treinta monedas de plata como hizo el traidor, el cual, nunca lo olvidemos, era movido más por contentar a los poderes de este mundo que a Dios Nuestro Señor. Si en la Iglesia imitamos a Judas Iscariote en vez de a Cristo, procurando contentar a las mayorías, ahorcaremos la doctrina y se condenarán las almas. Olvidaríamos que sólo CRISTO tiene Palabras de Vida Eterna.

[Fuente: Boletín diócesis de Oruro, Bolivia]




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