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Estimado padre:

Me he demorado mucho en escribir esta carta. Quisiera saber qué ha sido de la manera en que la Iglesia Católica entendía la muerte. El Día de los Difuntos, el cura de mi parroquia ofició con vestiduras blancas y dijo que todos los fieles por los que rezamos ese día ya están en el Cielo. No sólo eso: dijo que somos “un pueblo resucitado”.  Cosas parecidas veo y oigo en casi todos los funerales católicos a los que asisto. Yo creía que había que rezar por las almas del Purgatorio para ayudarlas a llegar antes al Cielo. Pero si todo el mundo llega al Cielo en cuanto se muere, ¿a qué viene todo eso?
Atentamente,

Un católico atormentado.

Estimado católico atormentado:

Gracias por la preocupación que manifiesta en su carta sobre la confusión que reina en cuanto a la doctrina católica sobre la muerte. La experiencia que me confía es una de las consecuencias del sentimentalismo secular en la vida eclesial.

Es verdad que la mayoría de los funerales católicos actuales vienen a ser poco menos que canonizaciones del difunto. En cierta ocasión asistí al de una señora a la que conocía, una persona sencilla y de honda fe. El obispo que ofició dijo en la homilía que no le cabía duda de que dicha señora nos contemplaba desde el Cielo y bailaba de contenta. En otra ocasión, el sacerdote dijo al viudo: “Ya puede rezarle a su señora como si fuera una santa”.

No me cabe duda de que usted ha oído cosas parecidas por boca del sacerdote en misas por difuntos. Y cuando se dicen esas cosas –y se dicen mucho– la gente se ríe. No con carcajadas, sino risitas nerviosas y respetuosas, porque nadie se cree esas tonterías. Hay quienes se dicen:  “Este pobre cura no tiene ni idea de la realidad de la muerte: en muchos casos es muy dolorosa, y esto hace sufrir a los que se hallan presentes alrededor del moribundo. Allá el padre con sus sentimentalismos y sus cancioncitas tontas sobre la resurrección. Cantaremos esta canción heterodoxa, proseguiremos nuestra vida y trataremos de entender en el contexto de nuestra fe la muerte de mi padre, mi madre, mi hermano, mi amigo o quién sea. De entender lo que eso  quiere decir y cómo me puedo consolar con bobadas sensibleras disfrazadas de fe; lo que eso quiera decir en el contexto de la crucifixión del Hijo de Dios encarnado y “Yo soy la Resurrección y la Vida” y “Bienaventurados los que creen sin haber visto”.  Sólo en mi fuero interno encontraré una razón y consuelo para afrontar este misterio.”

Cuando una religión no se toma la muerte en serio no debe ser tomada jamás en serio.

Una religión que no acepta la cita de Kafka “murió como un perro” como alternativa cierta a “El que cree en Mí no morirá… y Yo le resucitaré en el último día” tiene que ser desechada.Diríase que el río cristalino de la fe católica se ha contaminado con los vertidos del sentimentalismo mundano que rehúye la realidad de la muerte y niega que dichos vertidos sean desechos tóxicos, un veneno tan potente que mata los peces que habitan en esas aguas.

Aquella gran escritora católica y enemiga acérrima del sentimentalismo religioso que fue Flannery O’Connor, dice en su colección de ensayos Misterio y maneras:

“Una de las tendencias de nuestro tiempo es servirse del sufrimiento de los niños para desacreditar la bondad de Dios. Una vez que Dios ha quedado desacreditado, se acabó con Él. (…) Ivan Karamazov no es capaz de creer en tanto que haya un niño padeciendo; la matanza de los inocentes impide al protagonista de la obra de Camus aceptar la divinidad de Cristo. Esta compasión popular es indicadora de nuestra mayor sensibilidad y nuestra pérdida de  visión de futuro. En otros tiempos no se sentía tanto pero se veía más. Veían más; veían con el ojo ciego, profético y nada sentimental de la aceptación. Es decir, de la fe. Ante la falta actual de fe nos guiamos por la ternura. La ternura, que hace mucho tiempo se separó de la persona de Cristo, está envuelta en teoría. Cuando la ternura se aparta de su fuente, la consecuencia lógica es el terror. Termina en los campos de trabajos forzados y el humo de las cámaras de gas.”

Son duras estas palabras, pero cuán ciertas. ¡Ojalá esta señora viviera aún y pudiera hablar en el próximo Sínodo de la Familia!  Cuando la ternura se desconecta de la fuente de la ternura, o sea, la persona de Jesucristo, la consecuencia lógica es la abolición de la justicia en nombre de la misericordia. ¿Qué es esa ternura sino la sustitución de la misericordia divina por el sentimentalismo?  Es una ternura que se aparta deliberadamente de la justicia de Dios –y de la muerte– y finge que, en general, la misericordia ha eliminado a la justicia.

No es casualidad que en el rito ordinario de la Misa de difuntos se haya eliminado la secuencia  Dies Irae presente en el Rito Extraordinario.  Como motivo para dicha eliminación se arguyó que era un himno “tétrico y macabro” –así lo veían los reformadores– y que una alusión tan marcada al juicio y temor de Dios no debía ser parte de la expresión de la fe de aquellos que creen en la Resurrección prometida por Cristo. Pero precisamente el Dies Irae es el antídoto contra el sentimentalismo que diluye la fundamental importancia y misterio de la muerte. Ese himno es la plegaria suprema implorando la misericordia de Dios ante su juicio y afrontando la propia condición de pecador.

El Magisterio de la Iglesia es claro: cuando el católico muere su alma es juzgada de inmediato y pasa al momento a la dicha celestial en el caso de los santos, a un lugar de purificación en el de la mayoría de los que se salvan o al infierno eterno en el de los condenados. La Iglesia enseña asimismo que el Santo Sacrificio de la Misa ayuda a las almas del purgatorio, mediante la Cruz de Cristo, a llegar al Cielo más rápido si bien no sabemos exactamente de qué manera. Por último, enseña también que todos resucitaremos el Día del Juicio Final con nuestros cuerpos mortales para comparecer ante el Juez supremo.

Le doy dos consejos. Cuando vaya a un rito fúnebre con homilías y canciones tontas, no preste atención y ruegue por el difunto. Y si quiere tener la certeza de que en su misa de réquiem no se dirán disparates, no olvide decir en su testamento que le recen la Misa según el Rito Tradicional romano. Qué mejor garantía, no digo del Cielo, pero al menos de que habrá un sobrio sentido de la realidad en que basamos nuestra firme esperanza.

[Traducido por JEF. Artículo original. Posteado por ]