A lo largo de cuatro o cinco artículos intentaremos ayudar a los padres en la tarea, a veces difícil, de enseñar una adecuada educación sexual a sus hijos.

Hace más de 2.000 años, se presentó un Ángel del Señor a una chica jovencita y le propuso ser Madre de Dios. Como ella era virgen, preguntó al Ángel que cómo iba a ser madre si había permanecido siempre virgen, el Ángel le dijo, que el Espíritu Santo haría el milagro de que se transformara en madre, permaneciendo virgen; que para Dios no había nada imposible.  Y como prueba – que la Virgen María no había pedido, porque se fiaba de Dios y sabía que el Poderoso es capaz de todo – el Ángel le contó que su anciana pariente Isabel, a pesar de que  había tenido siempre vivido con Zacarías, su esposo, nunca había recibido de Dios el don de la vida – es decir jamás se había quedado encinta -, seis meses atrás había quedado embarazada la que siempre había sido estéril, porque para Dios nada hay imposible…

El novio de María se llamaba José. Suponemos que era un chico guapo y bien plantado. Lo seguro es que  no era un ancianito calvo y encorvado, como lo representan en las pinturas antiguas para dar a entender que no habían tenido trato íntimo indecoroso entre él y María, es decir, que ella había permanecido siempre virgen. Los dos ya eran novios; más propiamente hablando, “esposos”, porque ya habían celebrado la ceremonia judía que se llamaba “desposorios”, por la cual ya eran el uno del otro.

De esta historia real, podemos sacar algunas conclusiones de interés para ti en el tema que nos interesa aquí, el amor y la sexualidad humanos:

1ª. El sexo no tiene nada de malo; todo lo contrario: es un invento divino y un regalo maravilloso de Dios al hombre, que sirve para llevar a cabo milagros increíbles, y, en concreto, nada menos que la redención del hombre.

2ª.  María permaneció virgen antes de ser madre, como ella misma dice, cuando afirma: “Yo no conozco varón”; es decir que ella y su enamorado habían vivido su relación de amor con respeto a  Dios, a sus padres, y entre los dos, en castidad y pureza totales.

3ª. La Virgen María, a pesar de que era apenas una adolescente, no tenía nada de tonta y sabía las cosas que a esa edad hay que saber sobre el sexo. Concretamente, que para ser madre hay que tener relaciones sexuales.

En lo que se refiere al sexo, hemos de distinguir entre los hechos que debemos conocer y las actitudes que hemos de adoptar ante esos hechos.

Para entendernos, llamemos “información” al conocimiento de los hechos o realidades sexuales, y llamemos “formación” a la actitud que se tiene que tener ante dicha información.  Hoy, lamentablemente se confunde una cosa con la otra y se reduce la formación a la información.

Lamentablemente, hoy, se reduce la formación sexual a información sexual, y se dicen muchas mentiras, de tal modo que hoy te encuentras niños y niñas, muy informados, nada formados e, incluso, deformados… Debemos formarnos en la sexualidad para que cuando veas que hay niños o niñas que se ponen a hablar del sexo de modo incorrecto, tú puedas decirles: eso ya lo sé yo, no necesito estar hablando sobre ello…

Y ¿qué es lo que se debe saber acerca de la sexualidad? Lo mismo que la Virgen María a su edad; ni más ni menos.

Para responder a esta pregunta, acudamos a un ejemplo: la música. Si estamos en clase de música. Es verdad que la música tiene mucho que ver con el oído. Pero el profesor de música no puede dedicarse a hablarnos de lo que debe hablarnos el profesor de anatomía. Si el profesor de música se pasa todo el año hablándonos del oído y, además, con muchos gráficos, hace algo muy incorrecto. Hoy pasa algo parecido con los conocimientos que deben dar los profesores a los niños y adolescentes sobre la sexualidad. Los maestros, incluso los papás – que son los que tienen el deber y el derecho de hablar sobre la sexualidad – nos hablan de la anatomía de la sexualidad, pero no nos enseñan cuál ha de ser nuestra actitud, nuestra conducta ante esos hechos. Nos hablan del oído y no nos enseñan música…

Para precisar más la respuesta, acudamos a otro ejemplo: el dinero. Una muchacha de doce años ha de ser, al igual que una persona mayor, absolutamente honrada ante el dinero, y totalmente casta ante la sexualidad. Para ser honrada no necesita saber todo sobre el mundo de la economía: funcionamiento de los bancos, técnicas y secretos en torno a la impresión de los billetes, utilización de chequera y tarjetas de crédito, mercado de divisas… Bástale a una chica de doce años saber usar honradamente el dinero que maneja para sus pequeñas compras, y no tiene por qué saber, y ni siquiera va a entender, todo lo del complicadísimo mundo económico.

Igualmente sucede con la sexualidad: debemos proceder desde niños con total castidad y pureza, pero para esto no hace falta estar enterado totalmente de todo lo referente al sexo. La realidad sexual se va conociendo poco a poco, a medida que nuestro cuerpo y nuestra psicología van evolucionando. La información y la formación sexual la hemos de recibir ante todo de nuestros papás, que son los que naturalmente Dios ha puesto en nuestras vidas para que nos orienten.

Para saber qué actitud debes adoptar ante la sexualidad, te basta saber que para tener hijos, el esposo y la esposa viven en una constante relación de ternura, amor y fidelidad. Cuando deciden engendrar un hijo,  comienzan expresándose su cariño con abrazos y besos, hasta que llegan a una unión íntima de sus cuerpos e intercambian las células de darán lugar al origen de un nuevo ser, una nueva vida, que es sagrada.

Imagínate que tu papá está armando un avión de aeromodelismo. Cuando falta poco para terminar te dice: “¿Te gustaría terminarlo tú?”. Te sentirías feliz porque tu papá confía en ti y no te considera un inepto. Y para que logres que el avión llegue a volar te enseña cómo has de ir uniendo las piezas y te advierte: ‘Es muy importante que sigas las instrucciones que vienen con el avión’.

O suponte que tu mamá está haciendo en la cocina un pastel y te dice: “¿Te gustaría terminarlo tú? Pero, si quieres que te salga bien, sigue las instrucciones de la receta”.

Dios creó el mundo, se lo entregó al hombre y le dijo: “termínalo tú”. Así Dios trató al ser humano, como a un hijo y un compañero en la obra de la creación. Él pudo haber hecho el mundo con aviones y computadoras. Y pudo también haber creado a todos los hombres por sí mismo, pero le pareció una muestra mucho más bella de amor y confianza, dejarlo todo inconcluso para que nosotros lo acabáramos.

Y para que continuáramos su obra, Dios nos dio la capacidad de trabajar y, sobre todo, la facultad divina de procrear, es decir, de traer nuevos seres humanos al mundo; pero no de cualquier modo, sino como Él lo había hecho, por amor y con amor. Sí, porque también a los animales les dio la capacidad de engendrar a otros animales. Pero sólo el hombre lo haría como Dios, con amor y por amor.

Y así como tu papi te aconseja que para armar bien el avión debes seguir las instrucciones,  o tu mami te dice que sigas la receta para que el pastel te quede riquísimo, Dios, cuando hace partícipe al hombre de la facultad divina de traer nuevos seres al mundo le dice: Procrea, no como los animales, sino como Yo: con amor y por amor; y hazlo dentro del hogar y dentro del matrimonio. No vivas el sexo como los animales, de modo instintivo. Por esto, para que procedamos humanamente y no como los animales, Dios nos da sus santas Leyes.

Los animales no pro-crean, sino que se re-producen. Ellos viven sus impulsos sexuales – el macho busca a la hembra y se une sexualmente a ella – sin razonar y sin amar, movidos sólo el impulso del  instinto. Además, entre los animales no hay propiamente hablando, “familias”, sino manadas, bandadas… Los animales recién nacidos siguen a su madre mientras que la necesitan; luego, no queda ningún vínculo, ni siquiera instintivo. Los animales no aman, no tienen familias como el ser humano. Un animal a los dos años se alimenta solo; un niño necesita de sus padres, de su familia…

P. Paulino Toral