El Concilio de Nicea y el Vaticano II

¿Hay alguna relación entre el Concilio de Nicea, que tuvo lugar el año 325, y el Vaticano II, último de los veintiún concilios ecuménicos reconocidos como tales, que se clausuró el 8 de diciembre de 1965?

En una carta publicada el 29 de junio de 1975 y dirigida a monseñor Marcel Lefebvre, que criticaba éste último concilio, Pablo VI afirmó que el Concilio Vaticano II no tenía menos autoridad que el Nicea, y que incluso en ciertos aspectos era aún más importante» (cf. La Documentation Catholique, 58 (1976) p. 34). Semejante afirmación causaba estupor. El Concilio de Nicea nos transmitió verdades fundamentales de la Fe católica, que más tarde se expresaron en el Credo niceno-constantinopolitano que rezamos todos los domingos en la Santa Misa. El Concilio Vaticano II no definió ninguna verdad ni condenó error alguno, sino que se presentó como un concilio pastoral y no dogmático.

¿Cómo se puede atribuir a un polémico concilio pastoral más importancia de la que atribuye la Iglesia a su primer concilio ecuménico?

A pesar de ello, desde el punto de vista histórico, que no teológico, la afirmación de Pablo VI no está exenta de verdad hasta cierto punto, si bien en un sentido diferente de aquel en que la entendía el papa Montini. Para explicarlo, me basaré en un interesante artículo del filósofo belga Marcel de Corte (1905-1994) aparecido en 1977 en la revista francesa Itineraires, y titulado Nicée et Vatican II (n. 215, pp. 110-141).

En el siglo IV después de Cristo, a comienzos de la era constantiniana, la filosofía de moda entre las élites paganas era el neoplatonismo de Plotino (205-270). Aunque Pofirio (234-305), discípulo romano de Plotino, había puesto de relieve el carácter marcadamente anticristiano de dicho sistema religioso, no faltaban quienes promovían un encuentro entre la Fe cristiana y la filosofía plotiniana. En particular, el sacerdote alejandrino Arrio intentó combinar el modelo trinitario de la hipóstasis de Plotino con el dogma cristiano de la Santísima Trinidad.

En la Trinidad cristiana hay tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Este misterio central del cristianismo ha sido revelado por Dios, y sin contradecir la razón, no es creado por ella.

Plotino ideó por el contrario un sistema filosófico en el que existían tres hipóstasis: lo Uno (to hen), principio primero, abstracto e indeterminado; el intelecto (nous), grado que corresponde al ser y al pensamiento, y el alma del mundo (psyqué), que relaciona el mundo de lo inteligible con el de lo   sensible. Estas tres hipóstasis derivan unas de las otras por necesaria emanación sin que tengan igualdad de grado en cuanto al ser. No estamos ante una realidad sobrenatural, sino ante una rebuscada construcción de la razón.

Arrio, imbuido de neoplatonismo, sostenía que la persona del Hijo emanaba de la del Padre, y ponía a un nivel más bajo todavía la persona del Espíritu Santo, en tanto que se negaba a atribuir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo una misma sustancia divina. El Hijo y el Espíritu Santo no eran consustanciales al Padre, sino meramente semejantes a Él. El Concilio de Nicea condenó esta tentativa de remodelar el dogma trinitario con arreglo a la filosofía de la época, y proclamó que el Hijo no era semejante a Dios, sino verdaderamente Dios, «consustancial al Padre». En griego la diferencia la indica una insignificante iota (i): consustancial se dice homousios, mientras que semejante se dice homoiusios. El Credo de Nicea emplea el célebre adjetivo homousion, consustancial al Padre, en contraposición a Arrio, que utiliza homoiusion (semejante al Padre), inspirado directamente en Plotino. Por esa diminuta iota fue exiliado seis veces y excomulgado el papa Liberio: la consustancialidad de las tres Personas divinas es el centro del Credo de Nicea y de nuestra Fe cristiana.

A diferencia de Nicea, de Trento y del Vaticano I, el Concilio Vaticano II se presentó como un concilio pastoral, pero no puede haber un concilio pastoral que no sea también dogmático. El Vaticano II no quiso definir nuevos dogmas, pero dogmatizó la pastoral, haciendo suya la filosofía contemporánea, según la cual la verdad del pensamiento se verifica en la acción. La teología dogmática tradicional fue arrinconada y sustituida por una filosofía de la acción, que acarrea inevitablemente consigo el subjetivismo y el relativismo.

La teología pastoral del Concilio Vaticano II supone una ruptura con la teología dogmática del Concilio de Nicea, precisamente por su pretensión de adaptarse al inmanentismo de la filosofía moderna. Para acomodarse al mundo, la Iglesia tiene que arrinconar su doctrina y dejar que sea la historia la que verifique su verdad. Pero han sido los frutos de la nueva teología pastoral los que han demostrado su fracaso. Para entenderlo, no hay más que fijarse en cuántos van a Misa los domingos y en qué creen.

Marcel de Corte veía en el filósofo modernista Maurice Blondel (1861-1949) el introductor del inmanentismo y de la superioridad de la acción en la pastoral del Concilio Vaticano II. Si, como sostiene Blondel, no es posible una demostración especulativa de la existencia de Dios ni de la divinidad del catolicismo, es inevitable deslizarse hacia el subjetivismo y la filosofía de la praxis. Pues bien: el pasado 4 de junio, el arzobispo de Aix y Arles, monseñor Christian Delarbre, incoó oficialmente la causa de beatificación de Maurice Blondel en la iglesia de San Juan de Malta de Aquisgrán, que era la parroquia de Blondel, reconociendo con ello su paternidad teológica y filosófica en el desarrollo del cristianismo postconciliar.

Volvamos a loque dijo Pablo VI: «el Concilio Vaticano II no tiene menos autoridad que el de Nicea,  y en ciertos aspectos es incluso más importante».

Indudablemente, el Vaticano II es válido, y en ese sentido, tiene su autoridad, pero su importancia histórica no se debe a los beneficios que haya podido reportar a la Iglesia, como sucedió con el de Nicea, sino a los gravísimos perjuicios que ha producido. Si el Vaticano II está destinado a dejar en la historia una huella más honda que el de Nicea, es porque la crisis de nuestro tiempo es más grave y profunda que la arriana. Los prejuicios que vislumbraba monseñor Lefebvre y negaba Pablo VI son una realidad palpable hoy. La teología pastoral del último concilio se ha contradicho a sí misma a lo largo de los sesenta años transcurridos desde su clausura, y los historiadores no tienen más remedio que levantar acta de ello.

(traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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