En la primavera del año 430 los caminos que conducían a Hipona eran recorridos por una muchedumbre de fugitivos. Procedían de Mauritania y de Numidia, y llevaban consigo lo que habían conseguido salvar de la devastación. A sus espaldas avanzaban los vándalos de Genserico, que habían saltado de España a África el año anterior junto con un grupo de alanos y otros pueblos germánicos.
Los pueblos habían sido incendiados, los campos saqueados y las iglesias profanadas. Posidio, obispo de Calama y futuro biógrafo de San Agustín, cuenta que los sacerdotes, monjes y vírgenes consagradas huían en todas direcciones. Algunos fueron muertos, y otros reducidos a la esclavitud. De tantas ciudades africanas, sólo Cartago, Cirta e Hipona resistían todavía (Posidio, Vita Augustini, cap. XXVIII-XXXI).
En Hipona se había refugiado también Bonifacio, comes Africae, que estaba al mando de las escasas fuerzas romanas que quedaban y algunos contingentes federados godos. Tras haber participado en los combates que desgarraban la corte de Rávena, se había reconciliado con Gala Placidia, regente que gobernaba en nombre del joven Valentiniano III. Se había enfrentado a los vándalos en campo abierto, pero quedó derrotado y se había visto obligado a replegarse tras los muros de la ciudad episcopal.
San Agustín, que a la sazón contaba setenta y cinco años, se hacía cargo de él. El prelado acababa de concluir su gran obra La ciudad de Dios antes de que los vándalos atravesasen el Estrecho de Gibraltar. Pero las ideas expuestas en dicho libro iban haciéndose realidad ante sus ojos. Después de meditar sobre el saqueo de Roma de 410, San Agustían asistía a la ruina del África romana, en la que había nacido y a la que había dedicado toda su labor episcopal.
San Agustín era consciente de que la crisis del Imperio Romano tenía su origen en la corrupción religiosa y moral, y de que los bárbaros eran instrumento del castigo divino. Sin embargo, eso no le daba motivo para abrirles las puertas de Hipona. Los romanos tenían el deber de defenderse contra el enemigo que los atacaba. Eso era lo que le había dicho algunos años atrás a Bonifacio, explicándole que la profesión de las armas no era incompatible con la santidad. David había sido soldado. El centurión del Evangelio y Cornelio habían servido en ejércitos. Los monjes combatían en oración contra enemigos invisibles. Y el general contendía contra los bárbaros, enemigos visibles del pueblo cristiano (Epistula 189 ad Bonifacium).
La relación entre el obispo y el general no estaba exenta de desacuerdos. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Bonifacio había pensado abandonar el siglo y retirarse a un monasterio. Pero San Agustín y Alipio lo habían disuadido. Su misión consistía en seguir en el ejército para defender a la Iglesia a fin de que los cristianos pudiesen llevar «una vida tranquila y sin alteraciones con toda piedad y dignidad».
Con todo, el general se había dejado arrastrar por las disputas en pos del poder. En el año 427 San Agustín le dirigió una severa carta en la que le recordaba sus antiguas promesas, le recriminaba sus actitudes mundanas y le preguntaba cómo podía ser que ejerciendo tanta autoridad y tan numeroso ejército los pueblos bárbaros devastaran impunemente África. Reconocía San Agustín que el origen de semejante calamidad estaba en los pecados de los hombres, pero amonestaba a Bonifacio a no convertirse él mismo en inicuo instrumento del castigo divino (Epistula 220 ad Bonifacium).
Ante los muros de Hipona, aquellas palabras debieron de regresar a la memoria del general. Las luchas internas eran incesantes. Afuera, las huestes de Genserico apretaban progresivamente el asedio; por dentro, Bonifacio organizaba la resistencia mientras San Agustín sostenía al pueblo mediante la oración y con su presencia.
Uno defendía las murallas; el otro, las almas. Eran dos combates diferentes, pero orientados a un mismo fin. El obispo se había negado a abandonar a su grey. Cuando el obispo Honorato le propuso que los sacerdotes huyeran ante el avance de los bárbaros, le respondió que si pastores y fieles afrontaban un mismo peligro, no se debía abandonar a los que tenían necesidad de asistencia espiritual: «O se retiran todos a un lugar seguro, o quienes deban quedarse no sean abandonados por los que sean necesarios por su ministerio, a fin de que vivamos y padezcamos juntos lo que sea voluntad del Padre Celestial» (Epistula 228, 2-6, ad Honoratum).
Durante el tercer mes de asedio, San Agustín se vio aquejado de fiebre. Estando sentado un día a la mesa con Posidio y los otros prelados que se habían refugiado en Hipona, les confió su oración: pedía a Dios que liberase la ciudad o que, en caso de que fuera otra su voluntad, infundiera fuerzas a sus siervos o se los llevase consigo.
En los últimos días pidió que se transcribiesen los salmos penitenciales y se los clavase en las paredes de su aposento. Los leía desde la cama llorando sin cesar. Diez días antes de morir, pidió que lo dejaran solo salvo por las visitas del médico y de quien le llevaba la comida. Falleció el 28 de agosto del año 430 mientras Hipona continuaba resistiendo.
El sitio duró casi catorce meses. Al final, los vándalos se vieron obligados a retirarse, pero la salvación fue transitoria. Bonifacio salió de la ciudad para juntarse a los refuerzos llegados de Oriente. Hipona, abandonada por sus habitantes, cayó en las manos de sus enemigos y fue incendiada. Cartago sería conquistada por Genserico en 439. El África romana estaba destinada a desaparecer.
La enseñanza que nos deja San Agustín no es la resignación. Roma no era la Ciudad de Dios ni ningún imperio posee la promesa de la eternidad. Pero precisamente porque la patria terrenal es frágil, es preciso servirla con la mayor pureza de intención sin transformarla en un ídolo ni abandonarla cuando parezca perdida.
Sobre los muros de Hipona, Bonifacio empuñaba la espada y San Agustín recitaba los Salmos. Ambos perseveraban en cumplir su deber. Aunque los bárbaros devastaran el Imperio, no se podía faltar a la fidelidad a Dios y a la misión por Él encomendada.





























