Por S.E. monseñor De Castro Meyer
Introducción
En 1978, monseñor De Castro Meyer, a la sazón obispo de Campos (Brasil), escribió una magnífica carta pastoral al clero de su diócesis en la que pedía a Juan Pablo II, recientemente elegido pontífice, la proclamación oficial mediante un pronunciamiento dogmático e infalible del Magisterio extraordinario pontificio del dogma de María Corredentora, Mediadora y Dispensadora de todas las gracias.
El obispo, fallecido en 1991, que fue un querido y valioso colaborador de Si si no no, demostró con singular maestría que los mencionados títulos atribuidos a la Bienaventurada Virgen María están contenidos en la Sagrada Escritura (desde el Génesis hasta el Apocalipsis), en la Tradición (la totalidad de los Padres de las iglesias latina y griega) y los Doctores escolásticos (desde Santo Tomás hasta los neotomistas del siglo XX).
Por eso, monseñor De Castro Meyer llegó a la conclusión de que se trata de una verdad que ya ha sido divinamente revelada y definida, aunque sólo por el Magisterio ordinario y todavía no de forma solemne.
Faltaba, por tanto, una declaración solemne ex cathedra o extraordinaria.
Desgraciadamente, dicha declaración jamás ha tenido lugar. Peor aún: el 4 de noviembre de 2025 la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró que no se puede presentar a María como Corredentora.
Declaración que objetivamente es al menos próxima a la herejía, si no materialmente herética.
Ofrecemos a nuestros lectores esas hermosas páginas que sintetizan la doctrina católica tal como está contenida en las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio eclesiástico sobre la mediación corredentora y dispensadora de todas las gracias por parte de la Madre de Dios.
Encomendémonos a Ella (en estos tiempos tan oscuros para la humanidad y para el elemento humano de la Iglesia), a fin de que nos acoja bajo su manto del mismo modo que el Arca de Noé acogió durante el Diluvio universal a los pocos hombres que se habían mantenido fieles.
***
María Santísima es Madre de Dios. Dulcísimo dogma, contenido explícitamente en los santos Evangelios y definido por el Concilio de Éfeso el 22 de junio de 431 contra las desviaciones de Nestorio, patriarca de Constantinopla, para gran exultación del pueblo fiel, que rindió un homenaje triunfal a los padres conciliares con un cortejo de antorchas y con jubilosas aclamaciones, cuando salieron de la asamblea para regresar a sus respectivas sedes.
María Santísima es Madre de Dios porque colaboró con su carne virginal a que el Espíritu Santo formara a partir de la naturaleza humana al Hijo de Dios, a raíz de lo cual San Agustín tuvo la osadía de afirmar, con hermosa expresión, Caro Christi, caro Mariae: la carne de Cristo es la carne de María (1).
Así pues, el Verbo de Dios vino al mundo por medio de María. Nació de María, es verdadero Hijo de María y dado que el Verbo es Dios (2), María Santísima es ciertamente Madre de Dios. En el pasaje de su Evangelio dedicado a la infancia del Señor, San Lucas cuenta como Dios transmitió su mensaje a a Santísima Virgen a través del arcángel San Gabriel. Dicho mensaje afirma de manera indiscutible la maternidad divina de María. Dijo el arcángel: «He aquí que vas a concebir en tu seno, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. […] El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá; por eso el santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios» (3). La expresión será llamado quiere decir: tendrá por nombre propio, indicativo de su naturaleza, porque en la Sagrada Escritura eso tiene el valor de un nombre impuesto por Dios (4).
Participación de María en la obra de la Redención
Que María Santísima haya sido elegida Madre de Dios, y que efectivamente lo sea, por ser Madre del Hijo de Dios hecho hombre, es una consecuencia indiscutible en la economía de la Gracia en el plano de la redención del género humano. Señala con bastante acierto San Agustín que Dios habría podido hacerse hombre sin tener que nacer de una mujer, sin el concurso de la Virgen María. Habría sido facilísimo para su omnipontente majestad. De la misma forma que pudo nacer de mujer sin concurso de hombre, habría podido prescindir de la colaboración de María (5). Por eso, si quiso nacer de Ella, es porque María formaba parte de los designios divinos que dispusieron la encarnación del Hijo de Dios.
De hecho, el Altísimo no hace nada porque sí. Por ser un agente infinitamente sabio, no hace las cosas así porque sí. Somos nosotros los que, si queremos participar de los designios de Dios, tenemos que aceptar la condición inapelable de su misericordia cuando dispuso que la Encarnación del Verbo se realizase por medio del cuerpo humano formado en el purísimo seno de María Santísima. Y así como Jesús se encarnó, como profesamos en el Credo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación (6), no nos es lícito excluir la colaboración de María Santísima de la obra con que la bondad divina redimió al género humano.
En la tradición eclesiástica
Por otra parte, la tesis que relaciona la maternidad de María con el plan de la restauración del género humano es anterior a San Agustín. El Doctor de la Gracia no es sino un eslabón, sin duda muy valioso, de la cadena engarzada por la tradición eclesiástica que se remonta al tiempo de los Apóstoles.
El caso es que ya en los primeros siglos los Padres de la Iglesia asociaban a María Santísima con su Hijo en la misión restauradora del género humano.
En la epístola a los Romanos, San Pablo declara que así como por la desobediencia de un solo hombre todos se hicieron pecadores, por la obediencia de uno solo todos fueron justificados (7). Como para completar el pensamiento del Apóstol de los Gentiles, los Padres de la Iglesia insertan en la antítesis entre Adán y Jesucristo la contraposición entre Eva y María. En el siglo II, los anales eclesiásticos recogen el testimonio de San Justino Mártir (†165), según el cual la obediencia de María contrarrestó la desobediencia de Eva: «Eva –afirma el santo–, virgen sin mancha, al hacer caso de la Serpiente engendró la desobediencia y la muerte. Pero María, al asentir a lo que le dijo el ángel […] engendró a Aquél que derrotó a la Serpiente junto con los ángeles y demonios que la sirven» (8). Más explícito todavía, declara San Ireneo (†202), obispo de Lyon, también en el siglo II: «Del mismo modo que Eva, que era virgen, se convirtió con su desobediencia en causa de muerte para ella y para todo el género humano […] la cadena de la desobediencia de Eva se rompió gracias a la obediencia de María. […] Así como el género humano quedó encadenado a la muerte por obra de una virgen, también se salvó por obra de la Virgen María» (9). En África, Tertuliano desarrolla el mismo pensamiento entre fines del siglo II y comienzos del III: «Eva creyó a la Serpiente; María, a Gabriel. Con su fe, una borró la culpa cometida por la incredulidad de la otra» (10). Conforme vamos avanzando a lo largo de la historia, en la enseñanza de la Iglesia se mantiene el mismo concepto de la economía de la gracia, que hace de María la reparadora de la desgracia acarreada por Eva (11).
Como vemos, la contraposición entre Eva, causa de la ruina, y María, causa de nuestra vida, es la manera habitual de la que se ha servido la Tradición para recalcar a los fieles la misión reservada a la Santísima Virgen María en la obra de la Redención del género humano.
En la divina Revelación
Es indudable, amados hijos, que esta doctrina proviene de los Apóstoles.
Es más, a través de San Ireneo llegamos a San Juan Evangelista, pues el obispo de Lion fue discípulo de San Policarpo, que a su vez lo fue del discípulo amado. Por otro lado, los santos padres de los primeros siglos se expresan de la manera en que lo hacen quienes transmiten una verdad que forma parte de la doctrina cristiana. O sea, de la doctrina revelada y confiada por Jesucristo a sus Apóstoles. Dicho de otro modo: al contraponer a Eva y María los santos padres no tenían intención de declarar sus propias ideas. Se limitan a exponer la verdad católica. Por eso mismo es general dicha enseñanza. San Justino era de Palestina y vivía en Roma; Tertuliano, africano; y San Ireneo, de Oriente, se estableció en la Galia. En las diversas regiones de la Cristiandad se perpetuó esa tradición: San Efrén era de Siria; San Cirilo, de Jerusalén, etc.
De manera que no hay duda: la participación de María Santísima en la obra de la Redención como reparadora de la desgracia causada por Eva es doctrina revelada.
Cómo será, que en la Edad Media llegó a incluirse en la sagrada liturgia y se convirtió en profesión de fe de la misma Iglesia. Igualmente en los últimos breviarios, se leen en el himno de las alabanzas del oficio común de la bienaventurada Virgen María versos atribuidos a Venancio Fortunato (†600), que profesan: «Cuanto nos quitó Eva infeliz, Tú nos lo das con tu santa descendencia» (12).
El Mediador principal y necesario
No os inquiete, pues, dilectos hijos, que la frase de la epístola a los Romanos que citamos no diga nada de María. De hecho, los textos de las Sagradas Escrituras hay que entenderlos siempre en armonía con otros datos de la Revelación, ya que forman parte de un todo coherente que es la verdad confiada por Jesucristo a sus Apóstoles. «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos […] enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado» (13). Si los sacamos de contexto y les damos un sentido exclusivista que no siempre tienen, nos arriesgamos a entenderlos mal y naufragar en la fe, como advertía San Pedro aludiendo explícitamente a los escritos de San Pablo (14). De ahí que aunque un texto determinado subraye una verdad de fe, no por ello excluye otras igualmente reveladas. En la epístola a los Romanos San Pablo inculca a los fieles un punto fundamental de la economía de la gracia: que solamente el sacrificio de Jesucristo ha podido satisfacer de condigno, por su infinito valor, respetando plenamente la justicia, majestad y santidad de Dios, las ofensas causadas por los pecados de los hombres. Por consiguiente, como la Providencia dispuso exigir una reparación perfecta por el pecado, ningún ser creado, sea ángel u hombre, podía restablecer la amistad entre el Cielo y la Tierra. En ese sentido, Jesucristo es el único Mediador, como afirma el Apóstol de las Gentes en su primera carta a Timoteo: «Pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús» (15), mediación de la cual se beneficia la propia Virgen Madre, como proclamó Pío IX al definir el dogma de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María (16).
No es este el único aspecto de la Redención
Ahora bien, las gracias adquiridas por los méritos de Jesucristo para santificar realmente a los hombres tienen que alcanzar a las almas, formarlas, expulsando de ellas el pecado y haciéndolas gratas a Dios, capaces de realizar actos sobrenaturales merecedores de la vida eterna. Y esa aplicación de la gracia a las almas obtenida por los méritos de Jesucristo, no tiene lugar sin intervención de María.
Así como es totalmente cierta la afirmación del Apóstol de que por la obediencia de uno todos son justificados, de la misma forma que por la desobediencia de uno se perdieron todos, es igualmente cierta la afirmación de que por medio de una mujer, María, nos vinieron la gracia y la vida, de la misma manera en que por medio de otra, de Eva, nos vinieron el pecado y la muerte. He aquí que los dos, Jesucristo y María, son causa de nuestra salvación: Jesucristo, porque es Él quien satisface aplacando la ira divina y ameritando la gracia para todo el mundo; y María, porque recoge dicha gracia, fruto de la satisfacción realizada por Jesucristo, y la aplica a cada hombre. Y como sin dicha aplicación el nombre no se salva, María es también causa de la salvación del género humano. Como dice San Bernardo (17), María es el canal, el acueducto por el que llega a raudales la gracia que brota de las sacratísimas llagas de Jesucristo. Por tanto, no tiene nada de raro que sin ese conducto los hombres no puedan saciar su sed con el agua viva que fluye para vida eterna.
Mediadora necesaria por la voluntad de Dios
Aquí está, amados hijos, la armonía entre el dogma contenido en la frase paulina al afirmar que sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, y la verdad transmitida por la Tradición que nos presenta a María Santísima como mediadora secundaria necesaria, por voluntad divina, en la aplicación de los méritos de Jesucristo, en vista de que, según los designios del Altísimo, la intercesión de Ella alcanza a los hombres las gracias para la salvación.
Esta mediación universal de María se fundamenta, como hemos visto, en la cooperación que según el misterioso beneplácito de la generosidad divina cumple en la obra redentora realizada por su Hijo unigénito. Cooperación que la hace Madre de todos los hombres.
Implícita en los diversos pasajes de los Santos Evangelios –de los raros casos en que aparece la Virgen Madre–, la Tradición destaca en particular dos que facilitan la explicación de dicho misterio que es la maternidad de la gracia, dulcísima irradiación de la persona amabilísima de María.
Como no podía ser de otra manera, la presencia de la Virgen Madre a los pies de la Cruz en el monte Calvario fue foco de la atención de los santos Padres. Allí, sufriendo los dolores más terribles que pueda padecer una madre, María asiste de pie y con pleno dominio de sí misma a la cruel y atroz en extremo muerte de su amadísimo Hijo unigénito. Allí, por una inefable misericordia, se incorpora al Sacrificio expiatorio del Hijo de Dios y sus dolores, su martirio, nos engendran para la vida de la gracia.
«En la Pasión de su Unigénito –escribe Ruperto de Deutz, teólogo a comienzos del siglo XII (†1129)– la bienaventurada Virgen María dio a luz la salvación de todos nosotros, de manera que es, por derecho, Madre de todos nosotros». Y hay además una secuencia de origen medieval que se canta en la festividad de la Dolorosa que afirma que al colaborar con el Hijo al pie de la Cruz salvadora se convirtió en nuestra Madre (19). Y como sabéis, amados hijos, la liturgia es uno de los medios de los que se vale la Iglesia para hacer profesión de la Fe católica.
En la Iglesia no han faltado reconocidos maestros que han puesto de manifiesto la misma convicción de que María, por los dolores soportados junto a su Hijo en el Calvario se convirtió en la Madre del Cuerpo Místico de Cristo. Esto dice San Alberto Magno (†1280): que con la Pasión se cumplió la profecía de Simeón, porque una espada traspasó su alma […] y «fue constituida Madre de todo el género humano» (20). San Antonino, arzobispo de Florencia (†1459), sostiene que «María nos engendró con los más grandes dolores padeciendo junto a su Hijo» al pie de la Cruz (21). Con mayor autoridad, los papas abrazan esta doctrina. Enseña León XIII que «por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario» (22).
Por su parte, San Pío X afirma que «por esta comunión de dolores y deseos entre Cristo y María, “María llegó a ser reparadora del mundo perdido”» (23). Las últimas palabras están tomadas de la bula Ineffabilis Deus de Pío IX.
El apóstol San Juan representa a todos los fieles
De resultas de esta maternidad, que costó a la Virgen dolores muchos más atroces que los dolores habituales de parto, Jesucristo promulgó desde lo alto de la Cruz la misión materna de María confiándole todo el género humano, a cada uno de los hombres, en la persona de San Juan, el discípulo amado. A pesar de que cierta exégesis que se preocupa excesivamente por que el sentido literal opaque el sentido espiritual de este pasaje del cuarto Evangelio en el cual el Señor encomienda su discípulo predilecto a María, es indudable que la Tradición siempre ha visto aquí una confirmación de la singular misión que cumple Ella en la obra de la Redención, por ser Madre de todos os hombres en el orden de la gracia.
Ya en el siglo III, Orígenes ponía de relieve el sentido místico de las palabras que dirigió Jesús a su Madre desde la Cruz: «He ahí a tu hijo» (24). «Ciertamente –afirma el doctor alejandrino– el fiel perfecto ya no vive por sí mismo, sino que vive en Cristo. Por eso se le dice de él a María: “¡He aquí a tu Hijo, el Cristo!”» (25). O sea, que quien renace a la vida de la gracia llega a se otro Cristo, y como tal, Hijo de María Santísima. La interpretación de Orígenes se vuelve con el tiempo común. Ruperto continúa con las siguientes palabras el trozo suyo que antes citamos: «Por eso, lo que entonces se dijo del discípulo predilecto se podría aplicar a cualquier otro que hubiera estado presente, porque Ella es Madre de todos» (26). En otra estrofa de la secuencia de la festividad de la Dolorosa que habíamos citado se transmite esta interpretación del pasaje de San Juan: «La Madre es dada al discípulo con gran misterio; por el nombre de Juan se entiende todo fiel» (27). Resultaría farragoso dar una lista exhaustiva de los teólogos, exégetas y doctores ascéticos que siguen la interpretación transmitida de la secuencia citada (28). Básteos, amados hermanos, la palabra autorizada de León XIII en su comentario al pasaje aludido: «Según la interpretación constante de la Iglesia, Jesucristo quiso designar en la persona de Juan a todo el género humano; y más especialmente a los que se adhiriesen a Él por la fe» (29). Principalmente, dice León XIII, porque, como subraya Pío XI, «habiendo recibido en el Calvario a todos los hombres por hijos suyos, intercede no menos por los que aún ignoran haber sido redimidos por Cristo Jesús que por los que gozan ya felizmente del beneficio de la Redención» (30).
María, nuestra Madre espiritual
En el Gólgota, María nos hizo nacer a la vida de la gracia.
Aun así, Jesús todavía no había llegado al fin de su vida mortal para hacer de María nuestra Madre. Dice con razón el padre dominico Braun en su comentario al pasaje joánico que estamos analizando: «La entrega de todos los hombres a María en el Calvario debe considerarse una consagración oficial de un hecho ya real en previsión del futuro» (31).
Y verdaderamente la revelación de la Maternidad espiritual de María Santísima está contenida en la doctrina de la recapitulación tan grata a los Padres de la Iglesia, sobre todo los de Oriente (32). Según dicha doctrina, Adán sintetiza en cierta forma en sí el género humano, dado que todos los hombres provienen de él. En esbozo, todos estaban ya presentes en nuestro primer padre. Por ser Adán padre de todo el género humano, su desgraciado pecado afectó a toda la estirpe humana (33). Y análogamente, Jesucristo, el nuevo Adán (34), engloba en sí a todos los hombres que, habiendo recibido de Él la gracia santificante, constituyen su prole en el orden sobrenatural de la vida eterna. San Ireneo lo sintetiza con estas palabras: «Así como todos morimos en el Adán corporal, somos igualmente vivificados en el espiritual» (35).
Como complemento natural del objeto de la Revelación que presenta a Jesucristo como cabeza de la humanidad que contiene en sí en germen a todos los hombres, los Santos Padres desarrollan la doctrina de la maternidad universal de María Santísima sobre todos los fieles. Del mismo modo que Jesús es el nuevo Adán, María es la nueva Eva, la nueva Madre de todos los hombres, si bien en este caso lo es en el orden sobrenatural.
La mejor explicación de este dulcísimo misterio la encontramos en la encíclica con la que San Pío X preparó al pueblo fiel para celebrar dignamente el cincuentenario de la bula Ineffabilis Deus, que definió el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Leamos, dilectos hijos, para edificación nuestra las dulcísimas palabras del último pontífice canonizado:
«Cada uno debe estar convencido de que Jesús, el Verbo que se hizo carne, es también el Salvador del género humano, y en cuanto Dios-Hombre, fue dotado, como todos los hombres, de un cuerpo concreto; en cuanto Restaurador de nuestro linaje, tiene un cuerpo espiritual, al que se llama místico, que es la sociedad de quienes creen en Cristo». (36). En apoyo de su doctrina San Pío X cita a San Pablo: “Siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo” (37). Y prosigue: “La Virgen no concibió tan solo al Hijo de Dios para que se hiciera hombre tomando de ella la naturaleza humana, sino también para que, a través de la naturaleza tomada de ella, se convirtiera en Salvador de los mortales. Por eso el Ángel dijo a los pastores: Hoy os ha nacido el Salvador; que es Cristo Señor” (38).
»Por tanto, en ese uno y mismo seno de su castísima Madre, Cristo tomo carne, y al mismo tiempo unió a esa carne su cuerpo espiritual compuesto efectivamente por todos aquellos que habían de creer en Él. De manera que cuando María tenía en su vientre al Salvador puede decirse que gestaba también a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador (39) hemos salido del vientre de María, como partes del cuerpo que permanece unido a la Cabeza. De donde, de un modo ciertamente espiritual y místico, también nosotros nos llamamos hijos de María y ella es la madre de todos nosotros. Madre en espíritu… “pero evidentemente Madre de los miembros de Cristo que somos nosotros” (40)» (41).
Como veis, amados hijos, San Pío X acentúa con estas palabras que María Santísima no es simplemente Madre del Hijo de Dios que será Redentor del mundo. Es, de forma directa, la Madre del Redentor. Colaboró con el Espíritu Santo de Dios a la formación de su propio Redentor. El que a lo largo de nueve meses se fue desarrollando en su purísimo seno y haciéndose hombre con el influjo vital que Ella le proporcionaba, era el Hijo de Dios como Redentor.
Entonces, dilectos hijos, como habíamos puesto de relieve, Jesucristo nos redime incorporándonos a su Persona. Por la gracia, que Él adquirió con sus méritos, nos unimos a Él y formamos con Él un solo Cuerpo Místico. La gracia es como la sangre vivificadora que desciende de Jesús y penetra en nuestra alma infundiéndonos vida sobrenatural y uniéndonos a Él, que es cabeza del organismo cuyos miembros somos. Por medio de esa incorporación a Jesucristo somos salvos. He aquí que, concluye legítimamente San Pío X, que en el momento en que María se convierte en Madre de Dios, en el mismo instante llega a ser Madre de los hombres, como lo expresa concisamente el enunciado de su tesis: «¿No es María Madre de Cristo? Pues entonces es también Madre nuestra».
De donde se desprende, como bellísimo corolario práctico, que los hombres renacen a la vida de la gracia bajo el influjo materno de María Santísima. ¡Cuánta alegría nos colma al pensar que somos realmente hijos de María! Como Madre de Dios, ¡nos ha engendrado también a nosotros para la vida eterna! «Glorifica mi alma al Señor» (42).
Conducto indispensable de las gracias de Dios
Amados hijos:
Como dijimos más arriba, la maternidad espiritual de María Santísima se funda en su mediación universal.
Los hombres ciertamente se salvan, como acabamos de ver, porque se injertan –en expresión de San Pablo (43)– en Nuestro Señor Jesucristo por medio de la gracia santificante que los hace hijos de Dios, justamente porque los incorpora al Hijo Unigénito del Eterno Padre.
La conclusión lógica de todos estos razonamientos es que sólo se salvan los que se refugian en el seno en el que se forma ese Cuerpo Místico de Cristo. Es decir, que nuestra incorporación a Jesucristo en la unidad de su Cuerpo Místico no se cumple sin intervención de María Santísima. Por otra parte, la comparación con el organismo humano acentúa enérgicamente esta verdad. Es más, es imposible imaginar una mujer que sólo dé a luz la cabeza de su hijo. Inevitablemente parirá el cuerpo entero de su hijo, la cabeza y los miembros. ¿Es concebible que María, Madre del Redentor, sólo engendrara la Cabeza del Cuerpo Místico, cuando el Redentor está constituido por el Cristo completo, tanto la Cabeza como los miembros, Jesucristo y los hombres unidos a Él por la gracia? (44)
Contemplando a su Hijo Unigénito, el Padre se compadece del mundo, porque su mirada amorosa alcanza a todos los hombres que en unidad con el Verbo Encarnado forman su Cuerpo Místico.
Se entiende, pues, amados hijos, por qué la concepción mediante la cual María Santísima es el conducto indispensable por el que descienden las gracias desde la Cabeza hasta los miembros del Cuerpo Místico sea parte de la profesión católica de fe desde los primeros siglos. Verdad que está contenida en la contraposición entre Eva, madre de los pecadores, y María, Madre de los vivientes en Cristo. Así como la colaboración de Eva, raíz de todo el género humano, es indispensable para que los hombres nazcan manchados del pecado original, la intervención de María es igual de indispensable para nacer en el orden de la gracia.
Enseñanzas de los santos
Hay también afirmaciones directas de que únicamente por intermedio de María los hombres obtienen la gracia de Dios. Veamos, por ejemplo, a San Efrén (†373), cítara del Espíritu Santo, melifluo cantor de la Virgen, que se dirige a la Madre de Dios con estas palabras: «A través de Ti, única inmaculadísima, se han transmitido, transmiten y transmitirán desde el primer Adán hasta la consumación de los siglos todo honor y santidad a los apóstoles, los profetas, los justos y los humildes de corazón» (45).
San Efrén considera directamente el origen del Salvador nacido de María. Con todo, sus palabras sólo se entienden por la asociación de la Virgen Santísima a la obra de su Hijo Unigénito, que la instituye Mediadora de todas las gracias para toda suerte de personas, empezando por los justos del Antiguo Testamento. San Germán, patriarca de Constantinopla († 733), es más tajante: «Nadie sino por Ti, ¡oh Santísima, consigue la salvación. Nadie líbrase del mal sino por Ti. Nadie halla indulgencia sino por Ti, ¡oh Castísima. A nadie sino por Ti, ¡oh Gloriosíma, se le concede misericordiosamente el don de la gracia» (46). En la Edad Media permanece, de hecho se intensifica, el fervor mariano, la certeza de que la vida eterna nos viene por medio de María. San Anselmo (†1109), arzobispo de Canterbury, lo expresa de la siguiente manera: «Sin Ti no hay piedad ni bondad, porque eres Madre de la virtud y de todos los bienes» (47). Y San Bernardo (†1153), sublime doctor de la Virgen, tiene una frase muy autorizada de la que los papas se servirán con frecuencia para caracterizar la misión de María Santísima en la economía de la gracia: «Veneremos, pues, a María con cada fibra de nuestro corazón, con todos los afectos y los deseos de nuestra alma, porque tal es la voluntad de Aquel que dispuso que todo nos viniera por medio de María» (48).
Entre los grandes teólogos del siglo XIII, Santo Tomás de Aquino, en el comentario a la salutación angélica, compara el recuerdo de la gracia de María sobre los hombres con la del propio Jesús. Como se puede apreciar, esta comparación afirma la universalidad de la mediación de María Santísima en la distribución de todas las gracias. Por su parte, San Buenaventura hace esta contundente afirmación: «Nadie puede entrar en el Cielo si no pasa por María, que es la puerta» (49).
Y Dante (†1321), condensa la profesión de fe del pueblo cristiano, cantando en su grandiosa Divina comedia: «Virgen y Madre, […] es tan valioso tu consuelo / que quien pide merced, si a ti no corre / es cual volar sin alas, vano anhelo» (50).
Documentos del Magisterio pontificio
No faltan tampoco, dilectos hijos, textos del Magisterio pontificio que garantizan la fe arraigada en el pueblo cristiano. Benedicto XIV (1740-1758), en su célebre carta apostólica Gloriosae Dominae proclama a la Santísima Virgen María río por el que corren todas las gracias y dones para el corazón de los miserables mortales (51). Pío VII (1800-1823) la declara Madre nuestra amabilísima y dispensadora de todas las gracias (52). Pío IX (1846-1878), repitiendo la frase de San Bernardo, atestigua que Dios quiso que «todo lo tuviésemos por María» (53). León XIII(1878-1903) insiste en esta verdad en sus numerosas encíclicas sobre el Rosario del mes de octubre. Por ejemplo, en Octobri mense evoca la conocida frase de San Bernardo según la cual «nada se nos concede, según la voluntad de Dios, sino por María» (54). San Pío X (1904-1914), en la espléndida encíclica Ad diem illum, que ya hemos analizado, llama a María Santísima «dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con su muerte y con su sangre» (55). Benedicto XV (1914-1922), en la carta apostólica dirigida a la Associazione della Buona Morte, declara: «Las gracias que recibimos del tesoro de la Redención son en cierta forma distribuidas por la mano de la Virgen Dolorosa» (56). Pío XI (1922-1939) enseña que «el «único Mediador entre Dios y los hombres» quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora» (57). Y Pío XII(1939-1958) dio en innumerables ocasiones a los fieles ejemplo de inamovible confianza en la protección de la Virgen Madre.
(Continuará.)
Notas:
(1) Bossuet se hizo eco de las palabras de San Agustín en el segundo sermón del viernes de dolores: «La carne de Cristo es la tuya, María, y su sangre la tuya», cit. en J. B. TERRIEN, Mère de Dieu, Mère des Hommes, parte II, libro V, cap. 1.
(2) Cf. Jn. 1, 1.
(3) Lc. 1, 30-35.
(4) Cf. Gén. 17, 5; 32, 28; Mt. 16, 18.
(5) Cf. SAN AGUSTÍN, sermón 51, cap. 2, n. 3, cit. en H. LENNERZ, De Beata Virgine, Univ. Greg., 1935.
(6) Credo nicenocostantinopolitano, que se reza en la primera parte de la Santa Misa.
(7) Cf. Rom. 5, 19.
(8) SAN JUSTINO, Diálogo con el judío Trifón, cit. en J. B. TERRIEN, op. cit., parte II, libro I, cap. 1.
(9) SAN IRENEO, Adversus haereses, libro III, cap. 22, cit. en J. B. TERRIEN, op. cit., parte II, libro I, cap. 1.
(10) TERTULIANO, De carne Christi, cit. en H. LENNERZ, op. cit.
(11) También San Cirilo de Jerusalén, San Jerónimo, San Efrén, San Agustín y otros, como se puede ver en J. B. TERRIEN, op. cit., parte II, libro I, cap. 1.
(12) Quod Aeva tristis obstulit / Tu reddis almo germine.
(13) Mt. 28, 19-20.
(14) «En las cuales [las cartas de San Pablo] hay algunos pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman, como lo hacen, por lo demás, con las otras Escrituras, para su propia ruina» (2 Pt. 3, 16).
(15) 1 Tim. 2, 5.
(16) PÍO IX, constitución apostólica Ineffabilis Deus del 8-12-1854: «la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano ha sido revelada por Dios, y de consiguiente,
qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles» (Maria SS., Insegnamenti pontifici a cura dei monaci di Solesmes, trad. it., 2ª ed. actualizada, Edizioni Paoline, Roma 1964, p. 74). Los destacados son nuestros.
(17) Abad de Claraval, auténtico doctor mariano, escribió cosas excelentes de la Virgen María como mediadora de las gracias celestiales. La expresión está tomada del sermón para la fiesta de la Natividad de María Santísima, conocido como El Acueducto, en SAN BERNARDO DE CLARAVAL, gli scritti mariani, Edizioni Centro Volontari della Sofferenza, Roma 1980, pp. 261-283. Aunque San Bernardo había propuesto la frase «Dios dispuso que todo lo tuviésemos por María», de la cual se han servido los últimos papas para expresar su convencimiento de que María es mediadora de todas lasa gracias, la idea se remonta al siglo II, pues se encuentra ya implícita en esta frase de San Ireneo: «Dios quiso que Ella fuera el principio de todos los dones». «Vult Deus ipsam omnium donorum esse principium» (Contra Valentinum, can. 33, cit. en CHARLES BOYER, Synopsis praelectionum de B. Maria Virgine, Pont. Univ. Greg., Roma 1946, p. 52).
(18) Cit. en P. M.-J. LAGRANGE O. P., Evangile selon Saint Jean, Librarie Victor Lecoffre, París 1925, p. 494.
(19) «Gratias tibi, Domina, / quae Mater es fatta nostra, / sub Cruce salutifera / Filio cooperans», cit. ein J. B. TERRIEN, op. Cit., parte II, libro IV, cap. 1.
(20) SAN ALBERTO MAGNO, Mariale, q. 29, cit. en G. ALASTRUEY, Tratado de la
Virgen Santíssima, parte II, cap. IV.
(21) SAN ANTONINO, Summa, parte IV, tit. 15, cap. II, cit. en G. ALASTRUEY, op. Cit., ibidem.
(22) LEÓN XIII, encíclica Quamquam pluries, del 15-8-1889, en María SS., cit., p. 106.
(23) SAN PÍO X, encíclica Ad diem illum laetissimum, del 2-2-1904, en María SS., cit., p. 180.
(24) Jn. 19, 26.
(25) ORÍGENES, en Io. Praefatio, nº6, cit. In C. BOYER, op. cit., pp. 52-53.
(26) Cit. en P. M.-J. LAGRANGE O. P., op. cit., íbidem.
(27) «Datur mater discipulo / cum maximo mysterio / Joannis sub vocabulo / Quivis venit fidelis», cit. in J. B. TERRIEN, op. Cit., parte II, libro IV, cap. 1.
(28) Cf. J. B. TERRIEN, op. cit., parte II, libro IV, capp. 1-2 ss.
(29) LEÓN XIII, encíclica Adiutricem populi christiani, del 5-9-1895, en María SS., cit., p. 13.
(30) PÍO XI, encíclica Rerum Ecclesiae del 28-2-1926, en Maria SS., cit., pp. 221-222.
(31) En La sainte Bible, Letourey et Ané, Parigi 1946.
(32) Cf. EMILE MERSCH, Le corps mystique, vol. I, Desclée, París 1936.
(33) Cf. Rom. 5, 12.
(34) Cf. 1 Cor. 15, 45.
(35) SAN IRENEO, Adversus haereses, libro V, I, 1-3, cit. in E. MERSCH, op. cit., p. 332, nota.
(36) SAN PÍO X, encíclica Ad diem illum laetissimum, del 2-2-1904, en María SS., cit., pp. 177-17
(37) Rom. 12, 5.
(38) Lc. 2, 11.
(39) Ef. 5, 30.
(40) SAN AGUSTÍN, De sancta virginitate, c. 6.
(41) SAN PÍO X, encíclica Ad diem illum laetissimum, del 2-2-1904, en María SS., cit., pp. 178-179.
(42) Lc. 1, 46.
(43) Cf. Rom. 11, 17.
(44) Este argumento lo expone SAN LUIS MARÍA GRIÑON DE MONFORT, Tratado de la verdadera devoción a María.
(45) SAN EFRÉN, Sermón en alabanza de la Santísima Virgen, cit. en C. BOYER, op. cit., p. 53.
(46) SAN GERMÁN, Hom. in S. Mariae Zonam, nº 5: cit. in J. ALASTRUEY, op. Cit., parte III, cap. III, art. 1, q. 1, tesis 3 B; y en J. B. TERRIEN, op. cit., parte II, libro V, cap. 2.
(47) SAN ANSELMO, Oratio 31, cit. en J. B. TERRIEN, op. cit., parte II, libro VII, cap. 4.
(48) SAN BERNARDO DE CLARAVAL, escritos marianos, cit., p. 268.
(49) Cit. en C. BOYER, op. cit., p. 54.
(50) DANTE ALIGHIERI, La Divina comedia. Paraíso, canto XXXIII, vv. 1, 13-15. San Antonino de Florencia retoma en el siglo XV el pensamiento de Dante, y escribe en su Suma teológica, parte VI, tit. 15, cap. 22, par. 9: «Qui petit sine ipsa duce, sine aliis tentat volare»: «quien pide y no la tiene por guía intenta volar sin alas». En nuestros tiempos, Pío XII escribió al cardenal Maglione instando al Secretario de Estado a rezar por la paz, y utilizó nuevamente la idea de Dante a fin de destacar la eficacia de la intercesión de María Santísima: «La bievanturada Virgen María es capaz de influir hasta tal punto en Dios y en su Hijo Unigénito que, como canta Dante, “quien pide merced y a Ella no corre es como si quisiera volar sin alas”» (PÍO XII, carta Superiore anno, del 15-4- 1940, en Maria SS., cit., pp. 262-263).
(51) Cf. BENEDICTO XIV, carta apostólica Gloriosae Dominae Dei Genetricis Mariae del 27-9-1748, en María SS., cit., p. 17.
(52) PÍO VII, constitución apostólica Quod divino afflata spiritu del 24-1-1806, en María SS., cit., p. 33.
(53) PÍO IX, encíclica Ubi primum, del 2-2-1849, en María SS., cit., p. 48.
(54) LEÓN XIII, encíclica Octobri mense, del 22-9-1891, en María SS., cit., p. 107.
(55) SAN PÍO X, encíclica Ad diem illum laetissimum, del 2-2-1904, en María SS., cit., p. 180.
(56) BENEDICTO XV, Lettera Inter sodalicia, all’Associazione della Buona Morte del 22-3-1918, en Maria SS., cit., p. 205.
(57) Cf. PÍO XI, encíclica Miserentissimus Redemptor, del 8-5-1928, en María SS., cit., p. 223.
(58) PÍO XII, encíclica Mystici Corporis, del 29-6-1943, en María SS., cit., pp. 276-277.
(59) ÍDEM, encíclica Mediator Dei, del 20-11-1947, en María SS., cit., p. 311.
(60) Is. 55, 1-3, 5, en la festividad de la Virgen Mediadora; Prov. 8, 22-24 e 32-35, en la festividad de la Virgen del Rosario y en la de la Inmaculada Concepción; Eclo. 24, 5-7, 9-11 y 30-31 en la festividad de María Reina; Eclo. 24, 23-31, en la festividad de la Virgen de Guadalupe; Eclo. 24, 14-16, en la festividad de María Auxiliadora.
(61) Misa concedida para algunos lugares el 27 de noviembre.
(62) Transcrito por J. B. TERRIEN, op. Cit., parte II, libro V, cap. 2.
(63) Decreto de la Sagrada Congregación de los Ritos del 21-1-1921, en AAS 1921, p. 345. La concesión se otorgó ante todo para Bélgica. Más tarde se extendió a otros países, entre ellos Brasil, que la fijó en su calendario el primero de octubre.
(64) Cuncta, quae nobis meruit Redemptor / Dona partitur Genitrix Mari».
(65) «Señor Jesucristo, nuestro mediador ante el Padre, que constituiste a tu Madre la Santísima Virgen Madre también nuestra, y mediadora delante de Ti, haz que cuantos a Ti acuden para pedirte beneficios se gocen de conseguirlo todo por Ella. Que vives y reinas…».






























