La fe y las apariciones

Hace unos días me decía una chica joven: Padre, en el año 2013 peregriné a Garabandal; en el 2014 fui a Medjugorje, ¿dónde me recomienda que vaya este año pues mi fe lo necesita?

Algunos cristianos de hoy día me recuerdan a los actores de la película “Tornado” (Twister). La película cuenta la historia de unos meteorólogos que iban a la caza de tornados a todo lo largo de los Estados Unidos. Continuamente estaban estudiando los mapas del tiempo y en cuanto predecían que un tornado podía “tocar tierra” en un lugar, allí iban como locos con sus coches con el fin de recabar datos científicos, al tiempo que ponían sus vidas en grave riesgo de ser atrapados. Así son también algunos cristianos, siempre dispuestos y preparados para ir a la caza de nuevas apariciones de la Virgen María. Da la impresión que su fe depende casi exclusivamente de las experiencias religiosas que puedan venir a resultas de lo que hayan oído, visto…

Si se enteran que en algún pueblo o ciudad hay una nueva aparición, rápidamente comienzan a investigar, a informarse; y si está dentro de sus posibilidades van al lugar de los hechos. Si en un blog religioso sacan la noticia de una aparición de la Virgen en tal o cuál lugar, rápidamente se llena de comentarios. Con mucha frecuencia, apariciones que todavía no han sido aprobadas por la Iglesia, reciben carta de autenticidad de miles de fieles peregrinos en busca de signos palpables que sirvan para “acrecentar su fe”. ¿Hasta qué punto nuestra fe puede depender de apariciones, locuciones, visiones, y otro signos extraordinarios, ya sean verdaderos -o como ocurre en muchas ocasiones- frutos del demonio?

Aquí no vamos a juzgar sobre la autenticidad o no de las apariciones; eso es competencia de la autoridad de la Iglesia; sino que vamos a examinar la “relativa” utilidad para la fe cuando ésta se fundamenta casi exclusivamente en las vivencias o sentimientos que se han tenido por haber ido al lugar de las apariciones. Sé de buena tinta que ha habido auténticas conversiones en ciertas ocasiones; pero si cualquier empresa humana se juzga por los resultados, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que los frutos perdurables después de la asistencia a estos eventos son bastante reducidos.

Recuerdo hace ya bastantes años que estando en Ecuador de misionero, se comenzó a decir que la Virgen María se estaba apareciendo en la zona de El Cajas (Cuenca – Ecuador). El revuelo que se armó fue tremendo. De todos los lugares de la geografía ecuatoriana y de países cercanos comenzaron a acudir peregrinos. El mensaje de la Virgen era sencillo: conversión y rezar el Rosario. Durante un par de años era frecuente ver a penitentes que acudían a la confesión diciendo que se habían convertido gracias a los mensajes de la Virgen del Cajas. Algunas chicas jóvenes llevaban rosarios colgados del cuello, hacían reuniones en sus casas para rezar… Dos años después esos mismos jóvenes que asistían a las iglesias desaparecieron como por arte de magia. Esas mismas chicas que yo había visto con el rosario al cuello volvieron a sus fiestas, discotecas…, al tiempo que se alejaron de la Iglesia para no verlas nunca más. Por supuesto que no se puede generalizar. Puede que alguna persona, a raíz de esas apariciones se acercara a Dios y haya permanecido fiel; pero la gran mayoría siguió exactamente igual que antes, si no peor, una vez que hubo desaparecido el fervor inicial.

Según me informó hace unos meses un sacerdote que vive en aquella zona, la supuesta aparición está todavía pendiente de aprobación eclesiástica. El obispo del lugar aprobó la asociación “Guardiana de la fe” y autorizó el culto en una pequeña capilla que se ha levantado con motivo de la misma y adonde los devotos acuden ocasionalmente; de modo especial en el aniversario de las apariciones. Pero según me cuenta este mismo sacerdote, “la devoción no ha prendido”.

Si hacemos un estudio de las apariciones, preferentemente de la Virgen María, desde los inicios de nuestra fe hasta nuestros días, podemos constatar que la gran mayoría de ellas se concentran durante los últimos ciento cincuenta años. Y según análisis de los teólogos y personas encargadas de su investigación, la gran mayoría de ellas han sido falsas.

Es por ello que tenemos que andar con cuidado cuando se nos hable de una nueva aparición. Es mejor esperar el juicio de la Iglesia. Tenemos medios más que de sobra para fomentar nuestra fe. Es más, si necesitamos de apariciones para que nuestra fe no se pierda, eso es casi seguro un signo diabólico. El demonio sabe muy bien que esa “fe” igual que vino se marchará. Y si la persona tenía una fe mediocre y poca práctica religiosa, pasado el primer fervor, si no ha aprendido a alimentar adecuadamente su fe con los medios que nos dio Jesucristo -oración, sacramentos, sacrificios, buenas lecturas, actos de caridad…- caerá; y ahora, con el peligro de abandonar la práctica religiosa para siempre.

La fe no un mero “sentimiento religioso” sino una “virtud sobrenatural”

Uno de los padres del modernismo (F. Scheleiermacher) define la fe como un sentimiento de dependencia de la deidad. El sentimiento es un estado del ánimo que se produce por causas que lo impresionan, y éstas pueden ser alegres y felices, o dolorosas y tristes. El sentimiento surge como resultado de una emoción que permite que el sujeto sea consciente de su estado anímico.

La fe para muchos cristianos, teólogos modernos de renombre e incluso jerarcas de la Iglesia católica, ha quedado reducida a un puro sentimiento humano de carácter religioso; perdiendo su dimensión sobrenatural de virtud infusa en el bautismo.

El modernismo, que es diabólico, busca fomentar en sus “seguidores” una fe que se basa principalmente en el sentimiento. Y ya sabemos lo que pasa con los sentimientos, vienen y se van con muchísima facilidad. ¿No le ha ocurrido en alguna ocasión después de haber visto una película religiosa sobre la vida de un santo o sobre la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, tener unos inmensos deseos de cambiar, ser mejor, comenzar una nueva vida…? ¿Cuánto tiempo le han durado esos deseos? ¿Han llegado en alguna ocasión a producir en usted un cambio real? Yo no sé a usted; pero a mí me ha ocurrido en muchas ocasiones. Después de haber visto una de esas películas me he acostado con el propósito de salir de mi mediocridad, de luchar por la santidad…, pero esos deseos se acabaron con el primer sueño. A la mañana siguiente, cuando fui a buscar dónde habían quedado esos propósitos de la noche anterior, ya me veía sin fuerzas para cambiar de verdad.

En la actualidad son frecuentes las concentraciones de jóvenes por motivos religiosos –tipo JMJ o similares; las misas para jóvenes en las que un sacerdote, que más bien parece un actor o “showman” intenta, guitarra en mano, despertar sentimientos religiosos entre los “participantes”. Cantos, experiencias de conversión contadas por el mismo sacerdote o por otros, no son sino llamadas continuas a avivar el sentimiento e intentar conseguir que los asistentes “se lo pasen bien” y lleguen a tener una “experiencia sensible de Dios”. Aunque a decir verdad, los protestantes nos ganan en todas estas actividades. Recordemos las misas de curaciones y milagros, las arengas de líderes religiosos en estadios de fútbol. Algunos “ministros católicos” pretender imitar (torpemente) estas mismas actividades. Y ya se sabe cuáles son los resultados = el demonio está cada vez más feliz.

Frente a este modo superficial y meramente humano de entender la fe como un sentimiento, encontramos la doctrina del Concilio Vaticano I que define la fe como: “una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos” (Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, c. 3, Dz. 1789).

La fe “ilumina” nuestra mente y nuestro corazón para aceptar las verdades reveladas por Dios; no porque las entienda, sino por el hecho de ser Dios quien lo hace. Así pues, la fe no tiene como principio al hombre sino a Dios. El hombre se limita, ayudado por la gracia, a aceptar o asentir las verdades que Dios le revela. Reducir la fe a puro sentimiento es negar su dimensión sobrenatural, y como consecuencia, quitarle toda autenticidad.

En la fe debemos distinguir dos cosas: la virtud de la fe que se nos infunde en el bautismo; y el acto de fe que se encuentra en el asentimiento que da nuestro entendimiento a la verdad revelada. Así, por ejemplo, al decir “Creo en Dios” hago un acto de fe que actualiza el hábito infuso de la fe. El acto de fe es un acto de nuestro entendimiento, bajo el impulso de nuestra voluntad, movida por la gracia.

Los términos “sentimiento” y “asentimiento” se parecen pero no son sinónimos en absoluto. El sentimiento es un “fenómeno” natural que nace a raíz de una experiencia, emoción… Por lo general, los sentimientos son superficiales y pasajeros. En cambio el “asentimiento” es una aceptación de la persona tanto en su mente como en su corazón, ayudado por la gracia, a las verdades que Dios revela.

El sentimiento (la emoción) puede servir de praeámbula fidei, pero no es la fe; aunque la fe contiene emociones, y “siente”. No basta sentir para hacer efectiva la fe, no es suficiente. Sin embargo la fe es también “sensible”, se mete en los tuétanos y circula con la sangre sensibilizando hasta los pequeños músculos que horripilan el vello de la piel. La fe no es sentimiento, pero se siente, y es emocionante”. (Ex Orbe, 5 feb 2010)

El sentimiento humano es obra de Dios, como lo es el hombre entero, lo malo es cuando nuestra fe se fundamenta sólo en los sentimientos. El sentimiento, como las emociones, viene y se va. Lo cual hace que una fe basada en el sentimiento se pierda tan rápido como vino. Dios puede valerse inicialmente de sentimientos y emociones para llamar a una persona a la conversión; ahora bien, si después de las primeras emociones la persona no da el salto que proporciona la gracia, todos esos sentimientos se perderán y como consecuencia la persona dejará de practicar su fe.

El sentimiento es subjetivo, viene o va dependiendo del día que tengamos. En cambio la fe, no. La fe es una virtud sobrenatural, y por el hecho de ser “virtud” es un “hábito bueno”. ¿Se imagina una madre de familia que dijera: hoy no cocino, ni lavo la ropa, ni limpio la casa, ni voy al trabajo porque no me apetece? Hay cosas que tenemos que hacer, y es signo de madurez humana llevarlas a cabo independientemente de nuestro estado de ánimo o sentimiento. Lo mismo ocurre con nuestra fe. Rezar o no; ir a Misa…, no pueden depender del hecho de que hoy me apetezca o no. Si así lo fuera sería signo de inmadurez espiritual y de falta de fe. Los sentimientos pueden servir de punto de partida para aquél que ha vivido lejos de Dios, y Dios los “utiliza” para conmover a la persona, llamarla al arrepentimiento…, pero si todo se queda en sentimientos, antes o después desaparecerán, y con ello la fe y la práctica religiosa.

Una persona con fe auténtica -entendida en sentido sobrenatural- , edifica la casa sobre roca; ya vengan vientos, lluvias, enemigos… la casa seguirá en pie; en cambio si reducimos la fe a puro sentimiento humano, es como si hubiéramos edificado la casa sobre arena; al más mínimo problema o contratiempo la casa se vendrá abajo (Lc 6:48).

Así pues, fundamentemos nuestra fe sobre roca. Visitar los lugares donde ha habido apariciones aprobadas por la Iglesia puede darnos un empuje extra en un momento de debilidad; pero no caigamos en el error de ir a la “caza de apariciones” como la joven de la que les hablaba al comienzo de este artículo. El mismo Señor sabía muy bien lo que necesitábamos y es por ello que instituyó los sacramentos, nos enseñó cómo y cuándo teníamos que orar, nos dijo que teníamos que tomar la cruz cada día… Sólo así permaneceremos fieles a Aquél que deseamos amar con todo nuestro corazón.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com