Ahora que el PP ha revelado ya su verdadera faz de liberal falsario y engañador, siempre engorrinada con los chafarrinones guarros del más abyecto y oprobioso relativismo, no sorprende a ninguno de los bien avisados españoles esa reforma de la ley del aborto con que se inflan los carrillos sus más endomingados próceres, en virtud de la cual —y dicho sea lo de virtud con un tono de evidente cachondeo—, la protección del nasciturus se ha quedado en incluir, tan solo, como a modo de rebaja o de escurraja del consenso, la obligatoriedad del permiso paterno para las menores de dieciséis años que decidan abortar. Sí sorprende, en cambio, esa tan pesada e insultante contumacia del político por pretender que el votante es gilipollas; por pretender que, sepultados bajo esa farfolla vacua con que intentan aturdirnos el seo, o demolidos por el peso plúmbeo de esa cháchara de pacotilla con que nuestros próceres nos muestran su más oceánico deprecio hacia la verdad y la coherencia, el votante, tal vez, no llegue a atisbar jamás el papel de memo imperturbable que le corresponde en esta democracia que nos hemos dado, tan defenestrada ya de cimientos morales que la sostengan y tan estrábica de equilibrios.

Pues no es sino el papel de memo imperturbable el que nos corresponde en el embeleco de la representatividad; y al que muchos, por desgracia, sin duda ensimismados o anegados sin remedio de farfolla, se entregan con verdadera delectación y optan por el no muy saludable ejercicio mental de hurgarse las narices o sorberse los mocos. Y así, investidos de la más rampante desfachatez, también resguardados bajo la favorable protección con que las masas cretinizadas los reconfortan, el político sigue urdiendo trampantojos por doquier y fabricando sus más inicuas componendas, con el único fin de subvenir al advenimiento de un nuevo orden social donde no haya, al fin, frenos morales que encorseten a la plutocracia ni sociedades lo bastante pías como para elevar la voz y así truncar sus mefíticos planes. Pues en su más rampante desfachatez —y discúlpenseme las contantes repeticiones—, estos del PP evacúan sus disculpas recordándonos que el recurso que, a la sazón, presentaron ante el Tribunal Constitucional, permanece todavía en ese limbo documental donde se marchitan los asuntos más complejos o aquellos que se antojan susceptibles de acarrear consecuencias indeseadas. Y así aseguran que, entretanto no se dirime tal recurso, resultaría baladí modificar la ley por otra más benéfica o atenuada.

Y en esas siguen, erre que erre, muñendo engaños y aturdiendo sesos.

Y es que al igual que las cabras y otros bichejos agrestes, transidos todos ellos de esa naturaleza bucólica que los constituye, que acostumbran a tirar para el monte y se empeñan en hociquear por entre cerros y peñascales yermos de matojos; o los cerdos, tan cochinos ellos, que se arrojan a los excrementos pese a estar recién lavados, en la naturaleza trastabillada del político hodierno, tan cochambrosa ya de verdad, aletea el más ínsito afán de tejer perniciosos artificios sociales y ocultarlos tras un muy abstruso velo de mentiras o de absurdos eufemismos; el muy pugnaz deseo, en suma, de trastocarlo todo, instaurar nuevas sociedades y aniquilar, de una vez por todas, los pocos vestigios cristianos que aún resisten.

Pues bien, procuremos los católicos, entonces, si no deseamos ser demolidos, esgrimir cierta coherencia y dar cumplida respuesta con nuestro voto a las exequias de la moral que estos políticos nuestros vienen celebrando.

Gervasio López